CAPÍTULO 33
No hay frío al otro lado. Es lo primero que aprendo aquí, y es también lo que más me tienta a quedarme.
Toda mi vida el frío ha sido mi único compañero fiel: el frío del río donde pescaba lo que mataba a mi padre, el de la cabaña sin leña en los peores inviernos, el de las noches en vela contando tejados con el estómago apretado hasta el dolor.
Ha estado siempre conmigo, pegado a la piel, como una segunda saya que no me pude quitar nunca.
Aquí no está. Aquí hay una luz tibia que no viene de ningún sol que yo vea, y una hierba verde que no se marchita ni se dobla, y una paz tan honda, tan completa, que me entran unas ganas terribles de tumbarme en ella y dejar de pelear por primera vez en dos inviernos enteros.
Es lo que Cathal Mordha nunca llegó a entender de nosotras, comprendo ahora, viéndolo desde este lado: no nos aferramos a la vida por miedo a la muerte.
La muerte, resulta, es esto: es hermosa, es tibia, es descanso.
Nos aferramos a la vida por lo que dejamos atrás en ella, no por lo que tememos encontrar aquí.
Me tumbo un momento en esa hierba que no pincha, y el cansancio de dos inviernos se me sale del cuerpo como se sale el agua de una esponja apretada.
Aquí no hay que contar tejados cada mañana.
Aquí no hay que medir las salidas de cada sala ni guardar la última gota de una misma por si acaso.
Aquí, por fin, podría dejar la guardia baja para siempre, y nadie me haría daño, y nadie me pediría nada a cambio.
Comprendo, con una punzada, por qué mi madre no volvió: no es que no pudiera.
Es que esto es un descanso que una se ha ganado a pulso, y cuesta un mundo levantarse de él.
—Sabía que llegarías dándolo todo, hasta la última moneda.
La voz me llega antes que la figura, y cuando me vuelvo, el corazón se me para en el pecho, si es que aquí queda todavía un corazón que pueda pararse.
—Siempre fuiste incapaz de guardarte nada, hija mía. Ni la última moneda del bolsillo, ni la última gota de ti misma. Te lo decía yo: un día te vas a dar entera y no vas a saber cómo volver.
—Madre.
La palabra me sale rota, de niña. Fionnghal está entera delante de mí.
Sin poste. Sin cadenas. Sin las quemaduras, sin el humo, sin la ceniza que fue lo último, lo únicamente último, que pude abrazar de ella hace dos inviernos.
Está como la recuerdo de muy pequeña, antes de que el miedo nos lo agriara todo: alta, morena, con esa manera suya de mirar de frente.
Me toma la cara con las dos manos, tibias, vivas, reales, y por primera vez en dos años lloro sin que las lágrimas me sepan a rabia, sin que me quemen al salir. Lloro como se llora de alivio.
—Te busqué —le digo, contra su hombro, con la voz de la niña que fui—. Después, entre la ceniza. Quería guardar un hueso, un diente, algo que abrazar. No quedaba nada. Dos inviernos he cargado con eso, madre: con no haber podido enterrarte entera.
—Chsss. —Me mece como cuando era pequeña—.
No me enterraste porque no me perdiste, hija.
La ceniza era solo la cáscara. Lo que yo era de verdad se fue contigo aquella noche, en la sangre, y ha estado peleando dentro de ti dos inviernos enteros.
¿De dónde crees que sacabas la fuerza para no rendirte nunca?
No estuviste sola ni una sola noche. Ni una.
—Lo hiciste. —Me limpia la cara con los pulgares, como no pude limpiársela yo la última noche—.
Le enseñaste al mundo entero de qué sangre eres, sin esconderte, a plena luz.
Segaste al segador con su propio hierro.
Y de paso, de puro añadido, salvaste una casa entera: trece vidas, una vieja tozuda, tres cachorros de lobo que dirán tu nombre cuando ya no estés.
—Me sonríe, orgullosa y triste a la vez, las dos cosas cabiéndole en la misma cara—.
Puedes quedarte, ¿sabes, hija? Aquí. Conmigo.
Ya has pagado de sobra, el doble, el triple.
Nadie en este mundo ni en el otro te reprocharía descansar por fin.
Quiero. Que la Madre me perdone, pero quiero.
Quiero quedarme con toda mi alma cansada.
Apoyo la frente en su hombro, que huele como olía cuando yo era pequeña y el mundo todavía no me había enseñado los dientes, y por un instante largo me dejo ser solo una hija cansada que ha caminado mucho y ha encontrado por fin a su madre al final del camino.
Entonces siento la otra presencia.
No es una figura. Es un peso. Una hondura.
La cosa vieja de la que todos salimos y a la que todos volvemos, la que Mordha llamaba abominación y engendro y peste, y que aquí, en su propia casa, no tiene ningún nombre porque no le hace ninguna falta tenerlo.
La Madre. La raíz de la raíz de la raíz.
No me habla con palabras, que las palabras son cosa de hombres; me habla como le habla la tierra a las manos que saben escucharla, directa, sin rodeos, y lo que me dice me lo deja entero en el pecho de una sola vez, sin que me quede duda:
No eres la última. Nunca lo fuiste. Eres el paso, no el final. Del otro lado, en el frío, hay alguien que apenas empezó a empezar contigo, y que si tú te quedas aquí a descansar, se queda solo a medias, sin terminar de empezar nunca.
El mensaje me cae dentro como cae una piedra en un pozo hondo, y hace ondas hasta el fondo del fondo.
No soy el final. Nunca fui el final. Toda mi vida me pesó ser el último eslabón de una cadena rota, la que tenía que cerrar la cuenta de los muertos porque no quedaba nadie detrás para llevarla.
Ahora, aquí, en el sitio donde todo se sabe sin preguntar, la raíz de la raíz me dice justo lo contrario de lo que me dije yo dos inviernos: que soy un puente, no un muro.
Que detrás de mí hay más camino, si me atrevo a caminarlo.
Veo a Oisín. Lo veo con una claridad imposible, como si el filo tuviera una ventana abierta a la sala del torreón: sentado en un banco junto a un jergón, con el costado a medio coser supurando, la cara gris de un muerto de tres semanas, sosteniéndome una mano que ya casi no está de este lado, hablándole en voz baja a un cuerpo vacío para que no se le olvide el camino de vuelta.
Cinco días lleva ahí. Cinco días sin probar bocado, sin dormir de verdad, sin soltarme los dedos.
El hombre que lo controla todo, que lo lee todo, que siempre va tres jugadas por delante del mundo, roto de arriba abajo por no poder controlar esto, por no encontrarle la jugada a la muerte.
—Me espera —susurro, y no es una pregunta.
—Te espera. —Mi madre me aparta de su hombro con suavidad, despacio, y cuando le miro la cara ya no hay tristeza en ella: hay permiso, que es una forma más difícil del amor—.
Escúchame bien esto, hija, que es lo último que te enseño.
Yo elegí el miedo aquella noche, y me costó la vida y me costó dejarte sola.
Morvenna eligió el miedo hace cuarenta años, y le costó cuatro décadas subiéndole romero a una tumba vacía.
Tú, en cambio, elegiste el amor delante de un hombre con un hierro que se bebía las vidas.
—Me besa la frente, y sus labios son cálidos—.
No estropees ahora la mejor elección que ha hecho nuestra sangre en cien años quedándote aquí a descansar como una cobarde.
Vuelve. Empieza lo que empezaste. Sé la primera de algo, como te dijo la vieja del torreón, y no la última de nada.
Me lo dice sin una sombra de reproche, aunque tendría todo el derecho: yo estoy aquí, con ella, después de tanto buscarla, y ella me está echando de vuelta al mundo.
Es lo más generoso que puede hacer alguien que te quiere: soltarte hacia la vida cuando lo tendría tan fácil quedarse contigo.
Mi madre, que en el mundo eligió el miedo, en la muerte elige por mí el amor, y con ese último gesto me enseña, tarde pero a tiempo, la lección que no supo darse nunca a sí misma.
—Te voy a echar de menos, madre. Otra vez.
—Ya no. —Sonríe, y hay una picardía en esa sonrisa que le robaré para siempre—.
Porque ahora ya sabes lo que antes no sabías: que no me perdiste.
Que la sangre no se acaba nunca. Que un día, muy lejos de hoy, una cría tuya me va a llevar dentro sin saberlo siquiera, y le va a tirar manzanas a algún pobre incauto desde lo alto de un árbol, y ni tú ni ella sabréis que soy yo, riéndome.
—Me da un empujoncito suave en el hombro, el último de mi vida—.
Anda. Vuelve con tu ciervo antes de que se muera él de tonto en esa silla.
Y dile una cosa de mi parte, palabra por palabra: dile que gracias por quedarse cuando yo ya estaba a salvo.
Que es lo único que le pedí siempre a la vida, y que la vida nunca me lo dio, y que a ti, en cambio, sí.
La luz tibia empieza a alejarse de mí. O soy yo la que se aleja de ella, no lo sé, hacia el frío, hacia el dolor, hacia un latido terco y cabezón que me llama desde muy abajo, desde el otro lado del filo.
No me resisto esta vez. Por primera vez en dos inviernos, camino hacia el fuego en lugar de correr lejos de él, y descubro que hacia el fuego se camina distinto: sin miedo.
Duele volver. Nadie te avisa de eso. Irse es tibio y quedarse es dulce; volver, en cambio, es meterse otra vez en un cuerpo roto, en un mundo donde todavía hay que contar y medir y pelear por cada cosa.
Vuelvo igual. Vuelvo porque al otro lado del dolor hay un ciervo que no ha comido en cinco días por no soltarme la mano, y yo ya le prometí una vez, en un refugio de pastores, que nunca más vengo sola.
Cumplo mis promesas, aunque me cuesten el descanso más dulce que me han ofrecido nunca.
Lo último que oigo, antes de que el mundo entero vuelva a doler de golpe, es la voz de mi madre, ya lejana, riéndose con esa risa suya que creí perdida:
—¡Y comeos algo cuando lleguéis, por el amor de la Madre, que estáis los dos en los puros huesos!