CAPÍTULO 32
Nunca en mi vida me había estado quieto tantas horas seguidas, y resulta que se me da fatal. También resulta que lo voy a hacer igual, todo el tiempo que haga falta, aunque se me caiga el cuerpo a pedazos.
Han pasado tres días. Los cuento por los amaneceres grises que entran por el ventanuco del salón, porque no hay otra manera de contarlos aquí dentro: el tiempo no se mueve en esta sala, igual que no se mueve ella.
Muireall sigue en el filo, ni de un lado ni del otro, respirando ese hilo finísimo que apenas mueve la lana de la manta sobre su pecho, y yo sigo en el banco, con su mano entre las mías, hablándole en voz baja cuando no hay nadie cerca que me oiga hacer el ridículo.
Le cuento cosas. Es lo único que se me ocurre para que no pierda el camino de vuelta, para dejarle migas por el sendero como en los cuentos.
Le cuento del manzano, de la manzana que me estampó en la cabeza el primer día, de cómo me llamó pasmarote antes siquiera de saber mi nombre.
Le cuento que Conall, el crío al que le salvó la vida su ciervo, ha empezado a señalar el cielo y a decir «tomenta» cada vez que ve pasar una nube, y que no hay quien se lo quite de la boca, y que Aila no sabe si reír o llorar cuando lo oye.
Le cuento que su tormenta le partió a Mordha un hierro negro que se bebía la vida, que se acabó, que lo consiguió ella sola, que su madre por fin puede descansar en paz, y que ahora solo falta que descanse ella un poco menos y se despierte de una vez, que ya está bien de vaguear.
Le invento hasta futuro, por si el futuro la tienta a volver.
Le cuento la boda que vamos a tener, con las tres familias y medio norte invitado, aunque ella no me haya dicho que sí ni yo se lo haya pedido en condiciones todavía.
Le describo la casa que le voy a levantar, con un huerto para que hunda las manos en la tierra y escuche crecer las coles, y un manzano propio, para que tenga munición a mano cuando quiera tirarme algo a la cabeza.
Le prometo hijos con su mal genio y mi cara de bobo, o al revés, que tampoco me importa el orden.
Le tiendo el futuro entero como se le tiende una cuerda a alguien que se ahoga, por si se agarra.
Vuelve, y todo eso es tuyo. Solo tienes que abrir los ojos y venir a cobrarlo.
Hablo hasta quedarme ronco, día tras día, y a veces me siento el tonto más grande del mundo, hablándole a una mujer que no me oye, contándole bodas que no he pedido y casas que no he construido.
Pero si hay una sola posibilidad entre mil de que en ese filo donde está ella oiga un hilo de mi voz y decida seguirlo de vuelta, entonces voy a hablar hasta quedarme sin lengua.
He usado esta boca toda la vida para engañar, para despistar, para hacerme el bobo y esconder lo que pienso.
Que sirva, por una vez, para lo único que de verdad importa: para traerla a casa.
No contesta. Nunca contesta. Yo sigo hablando de todas formas, porque callarme sería empezar a rendirme, y rendirme no entra en el trato.
La familia entra y sale del salón, y todos hacen lo mismo a su manera, sin ponerse de acuerdo.
Mi padre me deja un cuenco al lado sin decir una palabra y se va; el cuenco se enfría intacto; al rato vuelve, se lo lleva sin reproche, y trae otro caliente.
Cael se sienta enfrente de mí y no me suelta el sermón que le arde en la lengua, solo me acompaña el silencio un rato con esa presencia de lobo que pesa aunque no diga nada.
Aila me trae al pequeño Conall en brazos, y el crío me planta su manita de futuro estrangulador en la rodilla y me mira muy serio, muy fijo, como preguntándome por la señora de las tormentas que le enseñó la palabra, y eso, esa pregunta muda de un niño de dos años, me parte por dentro más que cualquier reproche que pudieran echarme.
Beitris también viene, cada día. Se sienta al otro lado del jergón, le toma a Muireall la otra mano con sus dedos de vieja, y le habla en el idioma del norte, muy bajo, cosas que no entiendo ni necesito entender, la clase de cosas que una comadrona le dice a la cría que sacó al mundo con sus propias manos.
«La saqué yo del vientre de su madre», me dice sin mirarme, «no pienso verla irse antes que yo.
No es el orden. Los viejos primero, ese es el orden de las cosas, y a mí no me lo cambia ni ella.
» La riñe, la riñe con cariño de abuela, como si la testarudez pudiera curar, y a lo mejor puede, a lo mejor en esta sangre la testarudez cura más que todas las hierbas juntas.
Una de esas veces, Cael rompe por fin el silencio, y no es para el sermón que me temo.
—Le debo la vida de mi hijo —dice, mirando el fuego, no a mí—.
A Conall. Se metió tu ciervo entre el acero y el crío, y esta mujer le prendió fuego a un ejército entero por la misma razón.
—Traga—. En esta familia nos gusta decir que no dejamos arder a nadie solo.
Ella lo ha cumplido mejor que ninguno de nosotros, siendo la última en llegar a la casa.
—Me pone una mano en el hombro, pesada, de lobo—.
Come, hermano. Aguanta en pie. Te la vamos a devolver entre todos, como ella nos devolvió la casa.
Morvenna, al tercer atardecer, se planta delante de mí con los brazos cruzados y la cara de señora del torreón que no admite ni una tontería más.
—Cuatro días sin comer en condiciones, Oisín.
—No es un ruego, es un parte de guerra—.
Tienes el costado a medio cerrar, la herida caliente, y la cara de un muerto de tres semanas.
Si sigues así, cuando ella despierte se va a encontrar dos jergones ocupados en este salón, y en el segundo, tú, y no de sueño precisamente.
—Cuando despierte, como. —Ni levanto la vista de la mano de Muireall—. Se lo prometí, madre.
—No se lo prometiste a ella. Te lo prometiste a ti mismo, que es distinto.
—Se arrodilla a mi altura, despacio, con las rodillas viejas crujiéndole, y su voz se ablanda de golpe, de señora del torreón a madre a secas—.
Hijo. Sé perfectamente lo que estás haciendo, porque lo he hecho yo.
Crees que si sufres con ella, si te niegas el pan y el sueño y el descanso, la estás acompañando en el filo, que así no la dejas sola allí en la oscuridad.
Lo sé porque yo hice exactamente lo mismo, hace muchos años, con tu padre, la vez que lo trajeron medio muerto y lo dieron por perdido.
Me dejé morir de hambre a su lado creyendo que lo acompañaba.
—Me toma la cara con las dos manos, obligándome a mirarla—.
Pero acompañar a alguien no es morirte tú también a su vera.
Eso es abandonar a dos en vez de a uno. Acompañarla de verdad es estar entero para cuando vuelva.
Come, Oisín. No lo hagas por ti, ya sé que eso no te mueve.
Hazlo por ella. Para que, cuando abra los ojos, lo primero que vea sea un hombre fuerte y en pie esperándola, y no otro moribundo al que también tenga que llorar.
La miro. Por primera vez en cuatro días, algo de la niebla espesa que tengo dentro se me despeja un dedo, porque mi madre acaba de hacer conmigo exactamente lo que hace Muireall: coger mi terquedad por el mango y darle la vuelta con paciencia hasta que la muy testaruda trabaje a favor de lo que quiero en lugar de en contra.
Cojo el cuenco frío que me dejó mi padre hace un rato. Me lo bebo entero, de un trago largo, sin soltar en ningún momento la mano de Muireall con la otra.
Sabe a poco y sabe a rendición, ese caldo frío, pero me lo trago entero porque mi madre tiene razón, como casi siempre, y porque de pronto veo la escena desde fuera: un hombre matándose de hambre al lado de una mujer que dio la vida entera para que la gente que quiere siguiera respirando.
Sería el peor de los insultos a lo que ella hizo.
Muireall no se vació hasta el fondo del fondo para que yo me apagara a su vera de puro cabezón.
Se vació para que viviéramos, todos, yo incluido.
Lo menos que puedo hacer mientras la espero es cumplir mi parte del trato: seguir vivo.
Comer, resulta, es otra forma de esperarla.
—Así me gusta —murmura Morvenna, y me pone la palma abierta en la coronilla un instante, como cuando yo medía cuatro palmos y me caía de los árboles—.
Ahora duerme un rato, aunque sea con la cabeza apoyada en su jergón, que buena falta te hace.
Yo velo mientras. Y te juro, hijo, que si mueve un solo dedo, uno solo, te despierto al momento. Palabra de madre.
Me quedo mirándola un rato más antes de dejar caer los párpados, esta mujer imposible que bajó de un muro con rayos vivos en las manos y ahora cabe entera en un jergón estrecho, pequeña, quieta, vencida solo por haber dado demasiado.
Le retiro un mechón de la cara, como le vi hacer a Morvenna, y le digo lo de siempre, lo que le repito cada noche por si me oye desde donde esté: «el no querer se te da fatal, mujerzuela.
Pues que el no volver se te dé todavía peor.
Tú, que eres tan cabezona para todo lo demás, sé cabezona también para esto. »
Le hago caso a medias, que es lo máximo que sé dar cuando estoy en pie: como, y bebo, pero no me voy de su lado ni un palmo.
Apoyo la cabeza en el borde del jergón, con su mano todavía entrelazada en la mía, y por primera vez en cuatro días larguísimos dejo que se me cierren los ojos un momento, agarrado a ella como se agarra un náufrago a la única tabla que flota en todo el mar.
En ese duermevela, con los dedos enredados en los suyos, juraría —juraría por la ceniza de su madre y por la mía, que es el juramento más grande que tengo— que noto, apenas, levísimo, un latido nuevo bajo la palma de la mano.
Uno solo. Terco. Cabezón. Como ella.
Como quien empieza, muy despacio y a su manera, a encontrar el camino de vuelta a casa.