CAPÍTULO 31
Hay un silencio que llega después de las batallas, y es peor, mil veces peor, que todo el ruido junto que lo precede.
Lo conozco bien. Lo he oído dos veces en mi vida, y las dos me cambiaron para siempre.
Es el silencio de cuando ya no queda nada por hacer salvo empezar a contar lo que ha quedado en pie y lo que no.
Esta vez, mientras me arrastro por el patio embarrado con el costado abierto, sujetándome las tripas con el antebrazo para que no se me salgan, ese silencio tiene una sola forma en todo el llano, y es la de un cuerpo pequeño y quieto, tendido de bruces en mitad de la tierra quemada, con el pelo negro desparramado alrededor como tinta derramada.
—Muireall. —No es un grito. No me quedan gritos dentro, se me fueron con la sangre—. No. Muireall, no. Eso no.
Llego hasta ella a rastras, dejándome medio cuerpo por el camino, y le doy la vuelta con el brazo que me obedece.
Está fría. Fría como no debería estar jamás nadie que aún respire, fría como la escarcha de la que sacaba flores.
La subo contra mi pecho, y pesa lo que pesaría una brazada de leña seca, nada, un puñado de huesos y de pelo, porque de ella se ha ido de golpe todo lo que la hacía tormenta, todo lo que la hacía pesar en el mundo.
Le busco el aliento pegando la mejilla a sus labios, y apenas lo encuentro: un hilo, menos que un hilo, la sombra de una respiración.
Le pego la oreja al pecho, y el corazón le late tan despacio y tan hondo que tengo que contener mi propia respiración para convencerme de que de verdad late.
La abrazo contra mí en mitad del llano, meciéndola como se mece a un crío, y no me importa que me vean, ni la sangre mía que la mancha, ni el frío que me sube por el costado abierto.
Toda mi vida he sido el que calcula, el que mide, el que tiene lista una jugada para cada cosa.
Ahora no tengo ninguna. Solo tengo dos brazos y una mujer helada dentro de ellos, y la certeza espantosa de que toda mi inteligencia no sirve de nada contra esto.
No hay ángulo que leer. No hay trampa que desmontar.
Solo una vida colgando de un hilo, y yo, por primera vez, sin nada que ofrecer más que mi propia presencia terca.
Le hablo bajito, al oído, aunque sé que a lo mejor no me oye.
Le digo las cosas que no le dije cuando podía oírme, que las guardaba para un después que daba por seguro y que ahora se tambalea.
Le digo que la quiero. Así, sin adornos, sin guasa, sin escudo.
Se lo digo por primera vez en voz alta, tarde, en un llano quemado, con ella fría en mis brazos, porque me da un pánico atroz habérmelo callado hasta que ya no sirva.
«Te quiero, mujerzuela. Vuelve, y te lo repito todos los días hasta hartarte. »
—Vive. —Se lo ordeno con la voz rota, porque pedir ya no me sirve—.
Me oyes. Sé que me oyes ahí dentro, en el filo donde estés.
Te di un hilo de mi vida en la poterna, ¿te acuerdas?
Pues devuélvemelo si hace falta, o quédatelo, o cógeme el resto, cógelo todo, pero vive.
—Le beso la frente helada, una y otra vez, como si mis labios pudieran prestarle calor—.
Me dijiste que nunca más venías sola. Me lo juraste.
Pues yo tampoco te dejo irte sola a ningún sitio, ¿me oyes?
No cuela, mujerzuela. Contigo el «no querer» se me da fatal, y el dejarte ir se me va a dar peor. No cuela.
Morvenna llega a mi lado, se arrodilla en el barro sin importarle nada, le pone a Muireall las dos manos sobre el pecho y sobre la frente, y cierra los ojos.
La veo buscar con esa hondura antigua que tiene la sangre vieja, hundirse en ella como quien mete el brazo entero en un pozo oscuro a tientas, y la veo abrir los ojos con una expresión que no le había visto ni el día que nos contó su huida entre lágrimas de cuarenta años.
—Se ha vaciado, Oisín. —Le tiembla la voz, a ella, que no le tiembla nunca—.
Hasta el fondo del fondo del fondo. Ha dado por Mordha, por esta casa, por todos nosotros, muchísimo más de lo que nadie da y sobrevive para contarlo.
—Me sostiene la mirada, y hay pena y hay verdad en la suya, sin adornos—.
Está en el filo, hijo. Ni de un lado ni del otro.
Ni viva del todo ni muerta del todo. Y de ese sitio no se la trae de la mano, por mucho que yo sepa.
De ahí se vuelve una sola, por su propio pie, o no se vuelve.
Es la única batalla de todas en la que ninguno de nosotros puede entrar a pelear por ella.
—¿Cuánto? —Es lo único que se me ocurre preguntar, y me da miedo la respuesta—. ¿Cuánto puede durar en ese filo?
—No lo sé, hijo. Nadie lo sabe. —Morvenna le aparta a Muireall un mechón negro de la cara, con una ternura de madre que no es la suya y lo parece—.
Horas. Días. Lo que le aguante el hilo. He visto a gente volver del filo al tercer día, fuerte como un roble.
He visto a otros apagarse en una hora sin más aviso.
La sangre vieja es tozuda para vivir, más que ninguna, y ella es la más tozuda de todas las que he conocido nunca.
Si alguien vuelve de ahí, va a ser esta cría.
Pero no te voy a mentir, que no te lo mereces: a lo mejor no vuelve, Oisín.
Tienes que estar preparado también para eso.
—Para eso no me preparo. —Se lo digo sin dudar—. Prepararme sería medio rendirme, y yo a esta mujer no me rindo.
—Entonces la espero. —Me sale del sitio donde ya no hay cálculo ni orgullo, del fondo limpio—. En el filo, dices. Pues me siento yo en el filo con ella, del lado de acá, y la espero. El tiempo que haga falta. Días. Semanas. El que sea.
—Estás herido de muerte tú también. —Morvenna me mira el costado, la sangre que no deja de manar entre mis dedos—. Deja que te curen primero, Oisín, o vais a cruzar los dos ese filo a la vez, y entonces sí que no vuelve ninguno.
—Cúrenme aquí. —La aprieto a Muireall contra el pecho, terco—. Aquí mismo, en el suelo, al lado de ella. No pienso soltarla ni moverme de su lado. Cosedme donde estoy.
No me muevo.
Me cosen el costado ahí mismo, en el barro del patio, a la luz de las antorchas, mientras yo sostengo a Muireall contra el pecho con el otro brazo y no la suelto ni cuando la aguja me atraviesa.
Después la suben con cuidado a un jergón, en el salón grande, cerca del fuego para que el calor haga lo que yo no puedo, y yo arrastro un banco hasta pegarlo al jergón, me siento, y ahí empieza lo único que sé hacer ya por ella en este mundo: estar.
El hombre que no se ha estado quieto un día entero en toda su vida, el que siempre iba tres jugadas por delante, se sienta junto a un jergón y decide, por primera vez, dejar de moverse.
Es lo más difícil que he hecho en mi vida, y he hecho cosas difíciles.
Más difícil que meterme en el vado a sabiendas.
Más que soltarme en ciervo delante de cuatro guardias.
Estarse quieto cuando cada fibra del cuerpo te grita que hagas algo, que resuelvas, que salves, y no hay nada que resolver ni que salvar, solo esperar: eso es lo que no me enseñó nadie.
Toda la vida presumiendo de leer el mundo, y el mundo me pone delante la única página que no se lee, que solo se acompaña.
Aprieto su mano fría entre las mías. Aprendo, a los veintitrés años y a la fuerza, el oficio más duro de todos: el de quedarse.
Bríde me trae un cuenco de caldo caliente al anochecer. No lo toco.
—Oisín. —Me lo pone entre las manos casi a la fuerza—. Come algo. Ella no querría, cuando despierte, encontrarte muerto de tonto a su lado por no comer.
—Cuando despierte, comemos los dos juntos. —Le devuelvo el cuenco sin probarlo—. No antes.
Mi hermana abre la boca para pelearlo, con esa terquedad de halcón que tenemos todos en esta familia.
Me mira la cara un momento largo. La cierra despacio, y se sienta a mi lado en el banco, en silencio, porque a veces querer de verdad a alguien es dejar de discutirle la única locura que lo mantiene en pie.
Nos quedamos los dos así, hermano y hermana, velando en silencio a la mujer del norte.
Bríde, que tiene ya el vientre redondo, se acaricia sin darse cuenta al hijo que viene mientras mira a la que a lo mejor no llega a verlo nacer, y algo en esa estampa —una vida empezando al lado de otra que se apaga— me aprieta la garganta hasta hacerla doler.
Le pongo la mano en el hombro a mi hermana.
Ella la cubre con la suya. No decimos nada.
En esta casa, cuando no hay palabras que sirvan, nos basta con la mano del otro encima, que es una manera de decir «aquí sigo, no estás solo» sin gastar aire.
Fuera, el cielo sigue limpio y azul, sin una nube. La tormenta de Muireall se llevó la guerra por delante y dejó paz a cambio. Yo velo, junto al fuego, a la mujer que compró esa paz con su vida entera, y me niego con toda mi alma terca a creer que la haya pagado del todo, hasta el último cobre.
He hecho cuentas toda la vida, y esta sencillamente no me cuadra.
No puede ser que el precio de la paz sea justo la única persona que me enseñó que la paz existía.
No puede ser que ella salve a trece y no le quede sitio en el trato a la decimocuarta, que es ella misma.
Me niego a firmar esa cuenta. Si el mundo funciona de verdad así, si se lleva primero a los que se ponen delante, entonces el mundo está mal calculado, y yo, que me paso la vida arreglando lo que otros suman mal, pienso pelearle este resultado hasta quedarme sin dedos con que contar.
Vuelve , le pido en silencio, con su mano fría entre las mías. Vuelve, y esta vez te dejo empezar a ti. Te dejo besarme primero, tomarme la mano primero, llamarme pasmarote delante de quien quieras. Hasta darme el cachete ese en el culo delante del clan entero, si te apetece.
Solo vuelve.