La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Cuarenta años cazando a los que estaban solos, y al final vino a morir a manos de una que, por los pelos, dejó de estarlo.

Cruzo el llano hacia Cathal Mordha caminando sobre mi propia tormenta, entre sus hombres que huyen a la desbandada y sus muertos que humean bajo la lluvia de rayos, y él me espera sin moverse un dedo, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cara serena, como si toda esta ruina que lo rodea no fuera con él, como si estuviera esperando el correo de la tarde y no a la mujer que acaba de deshacerle un ejército.

—Impresionante —comenta cuando me detengo a diez pasos de él, y lo dice de verdad, sin una gota de miedo en la voz, con la curiosidad fría del que estudia un fenómeno—.

En cuarenta años de oficio no había visto tanta sangre vieja junta en un solo cuerpo.

Tu madre era una vela, niña. Una buena vela, pero una vela.

Tú eres el incendio entero. —Ladea la cabeza, mirándome como se mira un prodigio y una plaga a la vez—.

Ahora entiendo por fin por qué el mundo os teme desde el principio de los tiempos.

Y por qué es tan necesario que yo te apague.

Lo miro y no veo a un loco, que sería más fácil de odiar.

Veo a un hombre convencido hasta el tuétano de que hace el bien, de que el mundo será más limpio sin mí en él, y esa certeza suya me da más frío que cualquier crueldad.

Los crueles dudan a veces, de madrugada.

Los que se creen justos, nunca. Cuarenta años segando a mi gente y durmiendo a pierna suelta, seguro de estar del lado de la luz.

Ese es el verdadero monstruo, comprendo: no el que goza matando, sino el que mata en paz consigo mismo.

—Lo has intentado con doscientos hombres. —La tormenta me ruge en las manos, ansiosa, tirando de mí hacia él—. Mira cómo ha quedado tu ejército de santos. Cenizas que se lleva mi viento.

—Ah, pero el ejército era para la casa, para entretener a tus lobos.

—Sonríe, y descruza despacio las manos—.

Para ti, para la raíz, traigo otra cosa muy distinta.

Llevo cuarenta años preparándome a conciencia para el día exacto en que la raíz de toda la sangre vieja se plantara ella sola delante de mí, harta de huir. Y aquí estás. Puntual.

De la manga le sale entonces una hoja. No es de acero brillante, como esperaba: es de un hierro viejo, negro, mate, sin un solo reflejo, cubierto de marcas grabadas que me repugnan sin saber por qué, que me revuelven algo hondo en la sangre solo de mirarlas.

Hasta que doy un paso más hacia él y lo noto en la piel, en los huesos, en la parte de mí que es tormenta: ese hierro bebe .

Bebe el aire cargado. Bebe los rayos. Bebe mi poder como una boca reseca de tres días bebe el primer trago de agua.

En cuanto lo tengo a tres pasos, siento mi propia fuerza escaparse hacia él, drenarse, irse por un sumidero que no veo, y por primera vez desde que solté la tapa del arcón, la tormenta me flaquea entre las manos.

Es una sensación que no había sentido nunca, y es peor que el dolor: como si alguien me abriera una vena por dentro y viera correr mi propia fuerza hacia fuera sin poder taparla con nada.

La tormenta, que hace un momento me obedecía como un perro fiel, empieza a estirarse sola hacia esa hoja negra igual que el agua busca el desagüe, sin que yo se lo mande, contra mi voluntad.

Cuanto más cerca tengo el hierro, más tira de mí.

Retrocedo un paso por instinto, y él avanza dos, sonriendo, porque sabe que acabo de entender la trampa entera de un solo vistazo, y saborea el momento como un cura saborea una conversión.

—Hierro frío del norte profundo —murmura Mordha, avanzando hacia mí muy despacio, con la hoja negra por delante como un cura lleva una cruz—.

De las minas viejas, las de verdad, de donde salió hace mil años tu propia sangre.

Es lo único en este mundo que la Madre no puede rehacer ni deshacer.

Bebe lo que sois, os vacía. Y aquí viene lo hermoso, niña, escúchame bien: cuanto más poder sueltas contra él, más se harta, y más te secas tú.

—Da otro paso hacia mí, sereno—. Puedes apagar mis rayos, ya lo he visto.

No puedes apagar esto. Así que tienes dos caminos: te rindes ahora, mansa, y acabo rápido, o te gastas hasta la última gota intentando lo imposible.

De un modo o de otro, hoy segamos por fin la raíz.

Cuarenta años lo llevo esperando. Puedo esperar diez minutos más.

Diez minutos. Lo dice con la tranquilidad del que ya ha ganado, y casi le doy la razón, porque su trampa es perfecta, redonda, sin una sola fisura por donde meter la esperanza.

Un hierro que se bebe lo único que tengo.

La cabeza del ciervo, que se me ha pegado de tanto quererlo, busca por costumbre la salida lista, el ángulo, el truco de siempre.

No lo hay. Por una vez, igual que le pasó a él atado a su poste, no hay jugada que valga.

Solo queda elegir de qué manera pierdo. Ahí, justo ahí, donde Mordha cree que me tiene cogida, es donde se equivoca de raíz: porque él piensa en cómo no perder, y yo ya solo pienso en por quién vale la pena perderlo todo.

Comprendo su cálculo entero, tan frío, tan perfecto, tan de él: si retiro la tormenta para no alimentarla, me clava el hierro en el pecho antes de que parpadee.

Si la mantengo para defenderme, se la bebe él y me deja seca y temblando a sus pies.

Ha venido, el muy santo, a hacerme elegir la manera de mi propia muerte.

Ha convertido mi mayor fuerza en la soga con la que piensa colgarme.

Miro atrás un instante. Uno solo. Hacia Strathos, negro y firme contra el cielo que empieza a abrirse.

Hacia la poterna del huerto, donde un ciervo se desangra por tapar un agujero con el cuerpo.

Hacia el adarve, donde Morvenna sostiene a los suyos y me mira.

Hacia trece vidas, tres cachorros, una vieja comadrona, una niña con tos, una familia entera que me abrió su puerta sin conocerme y sin deberme nada.

En esa mirada atrás cabe todo lo que soy ahora y no era hace dos meses.

Cabe Èimhir enroscada a mi cuello. Cabe Beitris riéndose dentro de una jaula.

Caben tres cachorros que dicen «tomenta» y reparten guijarros como tesoros.

Cabe un ciervo bobo que se cayó de un manzano dentro de mi pecho tapiado.

Hace dos inviernos habría hecho sin dudar la cuenta de Mordha: si peleo sola, me guardo; si me guardo, sobrevivo.

Ya no hago esa cuenta. Ahora hago la otra, la que me enseñó Morvenna con dos cuencos de leche: cuánto vale que esa gente vea mañana.

La respuesta, cuando la sumo, es que vale mi vida. Barata me sale.

Elijo.

—Tienes razón en una cosa, Segador —le digo, y por dentro dejo de contener nada—. No puedo apagar tu hierro. Ni voy a intentarlo.

Suelto todo lo que soy. No un rayo. No una tormenta.

Todo. Dos inviernos enteros de rabia guardada bajo llave, la ceniza de mi madre en el viento, los once tejados humeando, cada muerto que no salvé esta mañana por guardarme para este instante, la vida entera de la raíz vaciándose de golpe, sin freno, sin cuidado, sin cálculo, por estas dos manos abiertas.

El hierro frío bebe, y bebe, y bebe más.

Se pone al rojo de tanto tragar, después al blanco, chirriando en la mano de Mordha, y yo sigo dando, más allá de lo prudente, más allá de lo sensato, más allá de lo que ningún cuerpo de sangre vieja ha dado nunca y ha vuelto para contarlo, hasta que el hierro frío del norte profundo, ese que la Madre no puede rehacer, el que llevaba mil años esperando beberse a alguien como yo, no aguanta lo que ningún hierro del mundo fue forjado para tragar, y estalla en la mano del Segador en mil astillas incandescentes.

El estallido lo lanza hacia atrás, cegado, con las manos abrasadas, y por un instante fugacísimo veo en su cara mansa lo que no ha sentido en cuarenta años: sorpresa.

Ha calculado la muerte de todas las brujas que ha segado, una por una, y ninguna hizo esto.

Ninguna dio tanto que rompiera lo que no se rompe.

No contaba con que una raíz que ha dejado de estar sola no mide, no se guarda, no se rinde a la mitad del precio.

Se lo enseño en el último segundo que le queda de vida: la sangre vieja, cuando por fin tiene por quién, no conoce el límite.

Con lo poquísimo que me queda, con el rescoldo del rescoldo del fuego, junto las manos vacías y hago caer sobre Cathal Mordha el último rayo de mi tormenta.

No grita. Se lo enseñó él mismo a mi madre, supongo, cómo se arde sin darle a nadie el gusto de un solo grito.

Cuando la luz cegadora se apaga y puedo volver a ver, donde estaba de pie el Segador del Norte no queda más que una marca negra en la tierra quemada y el olor de una cosa muy vieja y podrida que por fin, después de cuarenta años, se acaba.

Se acabó.

Los once tejados. Mi padre en la tormenta del mar. Mi madre en el poste. Los solos de cuarenta años, la aldea de Morvenna, todos. Se acabó del todo.

Lo pienso y no lo siento, y eso me sorprende.

Debería estallarme el pecho de alegría, de alivio, de venganza cumplida por fin.

Solo siento un cansancio infinito y una paz rara, la del que suelta por fin un fardo que llevaba cargando cuesta arriba desde niño.

No hay triunfo. Hay descanso. La cuenta que llevaba dos inviernos abierta se cierra sola, sin ruido, y por debajo de ella no hay odio ni queda nada: solo el sitio vacío que ocupaba, y un sueño enorme que me llama desde muy hondo.

Entonces el suelo se me viene encima, porque ya no me queda absolutamente nada con qué sostenerme en pie.

Ni tormenta, ni rabia, ni rescoldo, ni vida apenas.

Caigo de rodillas primero, sobre la tierra humeante, y después de bruces, y lo último que alcanzo a ver antes de que el mundo entero se apague es el cielo.

Mi cielo. Abriéndose despacio otra vez sobre Strathos, deshaciéndose la tormenta que ya no tengo fuerzas para sostener, limpio, azul, en paz por primera vez en dos inviernos.

Ya está, madre , alcanzo a pensar, con lo último que me queda. Ya lo saben todos de qué sangre soy. Ya no tienes que arder en mi memoria. Descansa.

Me dejo caer al otro lado, al sitio callado donde por fin no hace frío.