La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Toda mi vida me enseñaron a esconder lo que soy. Mi madre murió por no esconderlo a tiempo. Yo voy a vivir, y a hacer vivir a los míos, por dejar de esconderlo del todo.

Veo caer al ciervo.

Lo veo meterse entre el acero y los niños.

Lo veo recibir en el costado el tajo largo que iba para Conall.

Lo veo aguantar de rodillas la boca de la poterna con las tripas frías, tapando un agujero de muralla con su propio cuerpo roto, comprándole a Aila y a los cachorros los pasos que necesitan para llegar al torreón.

Algo dentro de mí, la última cuerda, la única que Morvenna me suplicó que no cortara antes de tiempo, se rompe con un chasquido seco que siento en los mismos huesos.

Durante dos inviernos he tenido miedo de este momento.

No del enemigo: de mí. De lo que soy cuando dejo de contenerme, de la anchura del daño que puedo hacer, de acabar siendo la cosa que los aldeanos vieron en mi madre antes de atarla al poste.

He guardado la tapa cerrada no por prudencia, sino por terror a mirarme entera.

Ahora, viendo al ciervo de rodillas en su charco, ese terror se me cae de las manos como se cae un abrigo que ya no abriga.

Que me miren. Que vean lo que soy. Lo que soy acaba de meterse entre seis espadas y un niño de dos años, y no pienso desperdiciar ni un segundo más avergonzándome de la única cosa mía que puede salvarlo.

Se acabó el cálculo. Se acabó el cuidado. Se acabó esperar. Se acabó, para siempre, esconderme.

—¡Apartaos! —Mi voz sale de un sitio que no conozco, honda, doble, porque ya no es solo mía—. ¡APARTAOS TODOS DE LOS MUROS! ¡AHORA!

Los míos me obedecen sin dudar, porque en esta casa han aprendido en una sola mañana a temer y a confiar en lo que soy a la vez.

Veo a Ciaran arrancar a sus hombres del adarve norte, veo a Cael replegar a los suyos hacia el torreón, veo a Morvenna, abajo, alzar la cara hacia mí, y en sus ojos viejos no hay miedo: hay reconocimiento.

Ve en mí lo que ella pudo haber sido si no hubiera volado aquella noche.

Ve a la bruja del norte que se queda y pelea.

Me hace un gesto mínimo con la cabeza, un permiso y una bendición a la vez, de rama a rama de la misma sangre. Suéltalo, hija. Ahora sí.

Alzo las dos manos al cielo gris de la mañana, y suelto de golpe la tapa del arcón que llevo dos inviernos enteros cerrando a sangre y a fuerza de voluntad.

Lo que sale de mí no tiene nombre en ninguna lengua que hablen los hombres.

El cielo despejado se cierra en un solo instante, negro como boca de lobo, de un horizonte al otro, y se junta sobre el llano una tormenta que no ha parido ninguna estación conocida: nubes hinchadas que hierven y giran, un viento que se levanta aullando desde ninguna parte y arranca de cuajo las tiendas del campamento de Mordha como quien arranca malas hierbas de un bancal.

El aire se carga hasta doler en los dientes, hasta erizar el vello de todos los brazos del llano.

Lo siento salir de mí, y es a la vez el mayor dolor y el mayor alivio de mi vida.

Dos años de rabia guardada, de tejados contados, de noches en vela, de esconderme en cada forma y en cada nombre falso, sale todo de golpe por las manos abiertas, y me vacía, y me llena, y me quema por dentro como si yo misma fuera el pararrayos de mi propia tormenta.

Noto cada gota de vida que me cuesta, y no me importa ni una.

Por esto se guarda una durante dos inviernos enteros: para tener algo grande y entero que dar cuando por fin merece la pena darlo del todo.

Sobre los sitiadores, sobre los arietes y la caballería y los hombres sin colores que quemaron mi casa y antes la de mi madre, empieza a caer el cielo entero.

No es lluvia lo que cae. Son rayos. Uno, y otro, y una docena, y luego cien, cayendo exactamente donde yo poso los ojos, buscando el hierro de sus armaduras y sus espadas como el rayo busca siempre el metal, y cada uno se lleva por delante a los hombres del Segador entre alaridos que el trueno se traga enteros.

La caballería se desboca, los caballos enloquecen de puro pánico animal.

Las filas se rompen. El ejército disciplinado que venía a segar Strathos de un tajo se deshace en una desbandada de hombres que corren, por primera vez en cuarenta años, huyendo del cazador que se les ha vuelto presa entre las manos.

Los que ayer quemaron granjas para sacarnos a campo abierto arden ahora ellos, y no siento la alegría negra que llevo dos inviernos imaginando que sentiría este día.

Siento otra cosa, más limpia y más triste: justicia, que no es lo mismo que venganza aunque de lejos se le parezca.

La venganza querría que sufrieran despacio, uno a uno.

La justicia solo quiere que paren, que no le hagan a otra casa lo que le hicieron a la mía.

Los rayos que suelto no buscan el dolor.

Buscan el hierro, y donde hay hierro hay un hombre que vino a matar niños, y cae, y con él cae también un poco del miedo que este mundo le tiene desde siempre a la gente como yo.

No camino: la tormenta me lleva. Bajo del adarve sin sentir la piedra bajo los pies, solo el zumbido del aire cargado, el pelo levantado, las chispas saltándome entre los dedos.

Un hombre de Mordha se me cruza en el camino con la espada temblándole en la mano, y ni lo toco: el aire a mi alrededor lo aparta como aparta el viento una hoja seca, y sale despedido contra un muro y ahí se queda, encogido, rezando.

No he venido a por los peones. He venido a por el que mueve el tablero, y todo lo que se ponga entre él y yo es hierba que se aparta sola.

El viento me abre solo las puertas a mi paso, y los pocos sitiadores que aún quedan dentro del patio me ven llegar, sueltan las armas y huyen despavoridos, porque habrán visto muchas cosas terribles en sus años de guerra, pero no han visto jamás a una mujer bajar de un muro con relámpagos vivos enredados en las manos y los ojos llenos hasta el borde de cielo negro.

Voy hacia él. Solo hacia él. Hacia el ciervo caído en la boca de la poterna, en su charco.

Me arrodillo a su lado sin importarme la sangre, le tomo la cara helada entre las manos, y bajo el fragor de mi propia tempestad hago lo contrario de lo que sé hacer mejor: en vez de quitar vida, le meto un poco, le abro las heridas un instante y le empujo dentro un hilo del calor de la mía, poco, lo justo, un préstamo para que aguante hasta que esto acabe.

Es lo más difícil que hago con este poder, más difícil que los rayos: dar en vez de quitar.

La tormenta sabe segar de maravilla; le cuesta un mundo sembrar.

Le meto el hilo de vida con el mismo cuidado con que hice crecer aquella flor blanca en el huerto, temblando, midiendo cada gota, porque pasarme sería tan malo como quedarme corta.

El ciervo da una bocanada honda, como quien saca la cabeza del agua, y algo de color le vuelve a los labios.

Él abre los ojos, pálido como la cera, y me busca la cara, y sonríe con los labios sin una gota de color.

—Sabía… —jadea, y le cuesta cada sílaba— que no vendrías sola.

—Nunca más vengo sola, ciervo. Nunca más. —Le beso la frente fría, y una lágrima mía le cae en la mejilla y se le mezcla con la sangre—. Aguanta. Respírame esto y aguanta. Esto todavía no ha terminado. Falta el jardinero que ha sembrado todo este infierno.

Me levanto. A través de la cortina de rayos y de hombres que huyen a la desbandada, al fondo del llano arrasado, distingo la única figura que no corre.

Quieta en mitad del desastre, entre sus tiendas arrancadas y sus muertos, mirándome venir con esa serenidad de cura seguro de su Dios que ya, por fin, no me da ningún miedo, está Cathal Mordha.

Cuarenta años segando a los que estaban solos.

Vamos a ver ahora cómo siega a una que por fin, gracias a una casa prestada, ha dejado de estarlo.

Me pongo en pie despacio, entre el ciervo herido y el carnicero quieto, y por un momento el llano entero parece contener el aliento.

Los que huyen se detienen a mirar. Los míos, en los muros, callan.

Dos figuras solas en un campo de rayos: la última bruja del norte, que ya no se cree la última, y el hombre que lleva cuarenta años convencido de que la sangre vieja es una mancha que él vino a limpiar de la faz de la tierra.

Uno de los dos se equivoca de raíz. Vamos a averiguar cuál, delante de todos, con la tierra por testigo, con mi familia mirando desde los muros, y con el cielo entero de mi parte, por fin, por primera vez en cuarenta años de huida y de ceniza.

Echo a andar hacia él sobre la tierra quemada y humeante, descalza de miedo por primera vez en dos inviernos, con la tempestad rugiéndome a la espalda como un perro enorme al que por fin han soltado la cadena.

Por dentro, muy por debajo de toda la furia, oigo con una claridad de campana la voz de mi madre desde su hoguera, la promesa que me hizo entre las llamas hace dos inviernos, cumpliéndose al fin, palabra por palabra:

Ese día, Muireall, hija mía, que se enteren todos de qué sangre eres.

Ya lo saben, madre. Doscientos hombres lo saben, y los que huyan lo contarán en cada posada del norte.

Durante dos inviernos esa promesa suya me sonó a maldición: que se enteren todos de qué sangre eres.

La oí como se oye una condena, la de no poder esconderme nunca del todo.

Hoy la oigo distinta. No es una condena.

Es una herencia. Mi madre no me pidió que ardiera como ardió ella.

Me pidió que dejara de esconderme para no tener que arder.

Cuarenta años tardó la sangre vieja en aprender la diferencia, y la aprende hoy, en este llano, por mi boca y por mis manos llenas de rayos.

Ahora se lo voy a enseñar a él.