CAPÍTULO 28
Un ciervo no piensa cuando arranca a correr, y esta vez, por fin, después de veintitrés años, yo tampoco.
Llevo toda la mañana atado a mi poste en mitad del llano, viendo arder a lo lejos el humo de mi casa, calculando fugas imposibles con esta cabeza mía que de pronto no me sirve para nada.
Los guardias que me vigilan son cuatro, buenos, veteranos, atentos, y no le quitan el ojo al prisionero valioso ni para rascarse.
No hay grieta. No hay descuido. No hay plan.
Lo he mirado cien veces desde todos los ángulos que sé mirar, y sencillamente no lo hay.
Llevo horas así, y la impotencia es un sabor nuevo y asqueroso en la boca.
Veo el humo subir de Strathos y me imagino lo peor detrás de cada voluta: la puerta cediendo, los muros cayendo, ella gastándose antes de tiempo.
Tiro de las cuerdas hasta despellejarme las muñecas, y no ceden.
Mido a mis guardias una vez más, por pura costumbre, aunque ya me sé el resultado: el de la izquierda es zurdo, el de la derecha cojea de la pierna mala, el de atrás bebió anoche y le huele el aliento, el de delante es el más joven y el más nervioso.
Datos. Datos inútiles, porque de nada sirve leer a cuatro hombres que no te quitan el ojo de encima.
Por primera vez en mi vida entiendo lo que debió de sentir cada presa que yo cacé leyéndola: la rabia de ser transparente para otro y ciego para una salida propia.
Rezo. Le he cogido el gusto, a mí que no rezaba.
Le rezo a la mujer del norte y le rezo a mi madre, que llevaba razón en todo y a la que no escuché a tiempo.
«Tenías razón, madre», pienso, atado a mi poste inútil.
«No se gana con la cabeza. Hay cosas que solo se ganan con el cuerpo entero por delante.
» No sé todavía que dentro de unos minutos voy a demostrarlo con el mío, en la boca de una poterna, sangrando sobre unas piedras por tres críos que no son míos y son lo más mío que he tenido nunca, aunque no lleven mi sangre ni mi nombre ni sepan todavía lo que hoy les cuesto.
La familia, he aprendido tarde, no es la que se hereda: es la que uno decide defender con el cuerpo.
Entonces Mordha lanza el grueso de su hueste en tromba contra la poterna del huerto, y mis cuatro guardias, que antes que carceleros son hombres de guerra, giran la cabeza un instante hacia el asalto, hacia el fragor, hacia la gloria, hacia donde de repente se está decidiendo todo.
Lo veo antes de entenderlo del todo: el grueso de la hueste virando en tromba hacia el flanco del huerto, y a mis cuatro guardias, hombres de guerra hasta la médula, incapaces de no volver la cara hacia donde va a caer la casa.
Es la grieta. La única. La que llevo toda la mañana buscando con la cabeza y me regala ahora la batalla, por un instante que no volverá.
Un instante. Uno solo.
No lo pienso. Por primera vez en toda mi vida no lo pienso, no lo calculo, no lo leo, no busco el ángulo.
Dejo que el ciervo decida por mí, como dejó decidir una vez a un lobo en la orilla de un río crecido, y el mundo entero se me rompe y se me recompone en el espacio de un latido: el fuego conocido bajo la piel, los huesos buscando a tientas su otra memoria, la cornamenta abriéndose paso, y las cuerdas que me mordían las muñecas resbalando de golpe, sueltas, inútiles, por unas patas que ya no son manos de hombre.
Salgo del cerco del poste convertido en una mole parda que embiste, y para cuando mis cuatro guardias terminan de volver la cabeza, solo alcanzan a ver a un venado enorme lanzado hacia Strathos a una velocidad que no alcanza ningún caballo del mundo.
No hay palabras para lo que es soltarse por fin en la forma que uno lleva toda la vida escondiendo.
Siempre he sido primero el hombre y a ratos el ciervo, con vergüenza, a escondidas, como quien saca un secreto sucio de un cajón.
Ahora, por una vez, dejo que el ciervo sea lo primero y el hombre el pasajero, y descubro que no da miedo: da alivio.
El venado no calcula. El venado no duda.
El venado sabe una sola cosa con todo el cuerpo, y esa cosa es correr hacia los suyos.
Mis cascos comen llano. El viento me limpia el miedo de la cabeza.
Por primera vez en semanas no voy tres jugadas por delante de nada; voy a donde tengo que ir, en línea recta, y es la libertad más grande que he sentido en la vida.
Cruzo el llano en un puñado de galopadas.
Cruzo la brecha de la puerta este entre el fragor y el humo, esquivando hierros, saltando cuerpos.
En el patio interior, cuando freno y recupero de golpe las dos piernas de hombre y le arranco la espada de la mano a un muerto que ya no la necesita, veo delante de mí lo que la sangre entera de esta familia teme por encima de cualquier otra cosa en el mundo.
La poterna del huerto, reventada, colgando de un gozne.
Media docena de hombres de Mordha ya dentro, con las espadas en alto.
Contra el muro del fondo, sin una sola salida a la espalda, Aila.
Con los tres cachorros detrás de ella, tapados con su cuerpo, y una triste daga de cocina en la mano, plantándoles cara a seis espadas de guerra con la fiereza magnífica e inútil de una madre que sabe que va a perder y no piensa moverse ni un dedo.
Nunca la había visto así a Aila, la dulce, la del pequeño Ailean siempre al hombro, la que reparte pan y cura raspones.
Aquí hay otra mujer: los dientes apretados, la daga de cortar cebollas por delante, el cuerpo hecho muralla entre seis espadas y tres criaturas.
No grita. No suplica. Calcula, a su manera de madre, cuál de los seis llegará primero y a cuál puede arañarle los ojos antes de caer.
Es la misma cuenta que hace Muireall en el muro, la misma que hizo Morvenna hace cuarenta años, la misma que hará cualquiera de las mujeres de esta sangre cuando le toquen a un crío: la de venderse lo más cara posible.
—¡Aila! —Mi voz sale convertida en un rugido que no es del todo humano.
Llego tarde para todos menos para uno, y ese uno es el que importa.
Al primer hombre que alza la espada por encima de Aila, apuntando al mayor de los críos, a Conall, a mi sobrino de dos años con su manita gorda de futuro estrangulador, le llego yo antes que le llegue su acero al niño.
Me meto entero en medio, entre el filo y el crío, y recibo yo en el costado el tajo largo que iba derecho para Conall.
El niño ni se entera de lo cerca que ha estado.
Me mira desde detrás de las faldas de su madre con esos ojos serios suyos, sin miedo, porque a los dos años el mundo todavía es un sitio donde el tío grande siempre gana.
No pienso quitarle esa idea. No hoy. Aunque me cueste el costado, aunque me cueste todo, ese crío va a seguir creyendo un rato más que los tíos grandes ganan siempre.
Duele de una manera que no sabía que se podía doler.
El mundo entero se me blanquea de golpe, se me va el color de las cosas.
Pero me quedo en pie, plantado entre el hierro y los cachorros, y con la espada robada del muerto me llevo por delante a dos de los asaltantes antes de que el frío que me nace en el costado abierto empiece a bajarme hacia las rodillas.
—¡Corre! —le grito a Aila, con la voz que me queda—. ¡Al torreón, con los niños! ¡Ya! ¡Yo aguanto la puerta!
No sé de dónde saco lo que viene después.
No es cálculo, ya no me queda cabeza para calcular; es pura tozudez de animal herido.
Cada vez que un hombre de Mordha asoma por la poterna, ahí estoy yo, con la espada del muerto, más lento a cada golpe, más frío, dejándome la vida por el costado a borbotones, pero en pie.
Pienso en Conall, en su manita ofreciéndome guijarros que no llegué a ver, en los tres cachorros que no van a crecer si yo me caigo ahora.
Ese pensamiento me sostiene las rodillas tres golpes más de los que me tocaban.
Después ya no. Después el cuerpo, que aguanta lo que aguanta y ni una pizca más, dice basta.
Ella corre, con los tres a cuestas, sin mirar atrás, porque es una buena madre y sabe que mirar atrás es perder un paso.
Yo aguanto, porque es lo único que me queda ya por hacer en este mundo: aguantar.
Ya no leo el combate. Ya no calculo ángulos ni tiempos ni salidas.
Solo me planto en la boca reventada de la poterna, sangrando por el costado como un cerdo en la matanza, y no dejo pasar a nadie más, un solo hombre roto tapando con su cuerpo un agujero por el que cabría un ejército, hasta que las piernas dejan de obedecerme y caigo de rodillas sobre las piedras mojadas, con la espada todavía en alto y la vista llenándoseme despacio de puntos negros que crecen.
Levanto la cara una última vez, con el esfuerzo que me queda, buscándola. Ahí está, arriba, en el adarve, entre el humo, mirando hacia el patio, hacia mí, hacia el charco oscuro y caliente que se me extiende bajo las rodillas sobre la piedra.
Nuestros ojos se encuentran a través de todo el fragor de la batalla, del humo, de los gritos, como se encontraron una vez sobre una muralla, al principio de todo.
En ese cruce de ojos le digo todo lo que no me da la voz para decir.
Le digo que lo siento, que llegué tarde a casi todo, que la quise desde el manzano aunque tardara en saberlo.
Le digo que aguante, y ella, desde el muro, me contesta sin una palabra lo único que necesito oír antes de que se me apague la vista: que ya no tiene miedo, que va a soltarlo todo, que no me trajo a esta casa para enterrarme en ella.
Me caigo del todo con esa promesa suya clavada en los ojos, y hasta el negro que me sube me parece menos negro por ella.
Veo, con la última claridad que me queda, el instante exacto en que Muireall del norte deja de tener miedo.