CAPÍTULO 27
Lo más difícil que he hecho en mi vida no es soltar la tormenta. Es no soltarla.
El asedio lleva ya media mañana, y la trampa de la puerta este ha funcionado tal como la soñamos sobre el plano de ceniza.
Los primeros arietes reventaron la madera con un rugido de triunfo, y la hueste de Mordha entró aullando por la brecha, convencida de que había roto la casa por su punto flaco.
Se encontró dentro con la segunda boca, la de lobos: Cael y sus hombres cayéndoles desde los dos flancos del patio, Ciaran taponando la única salida como un muro con espada, el embudo cerrándose sobre ellos sin sitio para maniobrar.
La primera oleada entera quedó tendida en el suelo, entre gritos y hierro, y el patio de Strathos huele ya a lo que huelen todas las guerras del mundo: a sangre, a miedo, a barro removido.
Desde el adarve lo veo todo, y no sé si mirar o cerrar los ojos.
El patio se ha vuelto un matadero ordenado: los hombres de Mordha entran creyendo que ganan y descubren, un paso tarde, que han entrado en una tumba con forma de plaza.
Cael pelea en el centro, medio hombre y medio lobo según le conviene, con una economía de movimientos que no gasta ni un tajo de más.
Ciaran es un muro que avanza. Los del norte cantan mientras matan, una tonada vieja y grave que pone los pelos de punta, la misma con la que sus abuelos capearon otras galernas.
Es una carnicería, y es de las nuestras, y me sorprendo deseando bajar y meterme en ella con las manos, no con el poder, solo con las manos, para no ser la única de esta casa que mira desde arriba mientras los demás sangran abajo por mí.
Pero Mordha tiene números, muchos, y yo tengo una promesa que cumplirle a Morvenna.
Guárdalo para él. Me lo repito como un rezo mientras subo cubos de agua, mientras aparto una flecha perdida con un soplo de viento que nadie ve, mientras hago cosas pequeñas —una ráfaga que desvía un dardo, una racha que ciega a un arquero un instante— y me muerdo por dentro para no hacer la grande.
La grande, la de verdad, la que lo arrasa todo, me la cobra el poder de un tirón, entera, y no me devuelve el cambio.
Si la suelto ahora, en la segunda oleada, llego vacía y temblando a la hora de Cathal Mordha, y entonces nada de todo esto habrá servido para nada, y habré tirado mi única bala a los pies.
Nadie sabe lo que me cuesta esta quietud.
Para los de fuera soy la bruja del norte que espera su momento en lo alto del muro, temible, dueña de sí.
Por dentro soy una mujer clavándose las uñas en las palmas hasta hacerse sangre para no alzar las manos, porque cada fibra de mí quiere alzarlas, quiere terminar esto de un solo golpe de cielo.
Guardar el poder cuando podrías usarlo es como aguantar la respiración mientras ves ahogarse a alguien: el cuerpo entero se te rebela.
Pero Morvenna tenía razón, y Beitris, y hasta el ciervo, que me frenó la mano en un vado.
Todos me han enseñado lo mismo por caminos distintos: que la fuerza que no se gobierna no sirve, solo asusta.
Así que espero. Esperar, mientras a tu alrededor cae la gente, es una tortura que no le deseo ni a mi peor enemigo.
Cae un hombre de Ciaran en el adarve, a diez pasos de mí, con una flecha clavada en el cuello, y yo podría haber desviado esa flecha con un solo dedo, con menos que un pensamiento, y no lo hago, y él se desploma mirándome sin saber que yo la vi venir y la dejé llegar.
Cae un mozo de la fragua defendiendo la brecha con un martillo.
Cae otro. Cada uno que cae me grita por dentro, con la voz de todos mis muertos de Ardan, sálvame, tú puedes, sé que puedes , y yo aprieto los dientes hasta que crujen y guardo la tormenta, y me odio con un odio limpio y frío, del que quema más que el fuego.
Cada muerte que no impido me cuesta un pedazo distinto del que me costaría un rayo, pero me lo cuesta igual.
El poder no se me gasta guardándolo; se me gasta el alma.
Aprieto los puños contra la piedra fría de la almena y me repito los nombres de los que sí voy a salvar si aguanto: Aila, los tres cachorros, Beitris, Èimhir, Morvenna, el ciervo del poste.
Los cuento como contaba tejados, solo que estos siguen en pie, y de mí depende que sigan.
Es la aritmética más cruel que he hecho nunca: restar unos pocos hoy para no restarlos todos mañana.
Mi madre la habría entendido. Mi madre, que voló para no morir y por eso pudo parir tres hijos que hoy defienden esta casa.
Empiezo a entender, con dos inviernos de retraso, que a veces no soltar es la forma más difícil de amar, y la que menos se agradece, porque nadie te ve hacerla y todos ven, en cambio, solo lo que dejas de hacer y te lo reprochan sin saber el precio.
—No puedes salvarlos a todos. —Bríde aterriza a mi lado en el adarve, jadeando, con una flecha rota en un puño y sangre ajena secándosele en la cara—. Lo llevas escrito en la cara, esa cuenta espantosa que estás echando ahí dentro. Para ya. Te va a partir por la mitad.
—Podría pararlas. —Se me quiebra la voz de pura rabia contenida—. Las flechas. Todas. Ahora mismo, de golpe. Podría dejar el aire quieto y que no volara ni una.
—Y llegarías hueca a Mordha, y nos mataría a todos, uno detrás de otro, cuando ya no te quedara nada dentro.
—Me agarra del brazo con una fuerza que no le suponía, y me obliga a mirarla—.
Mi madre te lo dijo bien claro: el amor calcula.
Esta es la parte más cruel de todo el cálculo, la que nadie te cuenta: elegir a quién no salvas hoy para poder salvarlos a todos al final.
—Le tiembla la voz a ella también, y descubro que no está regañándome, está compartiendo una carga—.
¿Tú crees que Cael no hace esta misma cuenta en cada batalla?
¿Que no elige, cada vez, qué hombre suyo cae para que ganen los demás?
Bienvenida al peor oficio del mundo, Muireall. El de mandar. El de decidir quién vive.
—No sabía que doliera así —confieso, y me tiembla todo—. Creí que lo peor de tener este poder era el miedo a hacer daño sin querer. No es eso. Lo peor es poder evitar un daño y no hacerlo, a propósito, por una cuenta más grande.
—Ahora lo sabes. —Bríde me limpia con el pulgar una lágrima que ni sabía que se me había caído—.
Por eso vas a poder con Mordha, cuñada, aunque él tenga doscientos y tú una sola vida.
Porque él mata sin que le cueste nada, y a ti te cuesta cada muerto el alma entera.
El que paga caro cada golpe es el que no falla el que de verdad importa.
—Se cala mejor el arco—. Aguanta un poco más.
Vuelvo al cielo. Grita si lo necesitas, que te oigo desde arriba.
Tiene razón, y la razón me sabe a hiel en la boca.
Miro más allá de los muros, hacia el llano gris, hacia el poste lejano donde tienen atado a Oisín, una mancha parda que sé que es él aunque no le distinga la cara, y me agarro a esa imagen con las dos manos del alma para no romperme aquí mismo: aguanto por él.
Guardo la tormenta por él. Cuando entre Mordha por esa brecha, la suelto entera de una vez, y lo primero, lo primerísimo que hago con ella, antes que nada, es cruzar el llano y abrirle a mi ciervo esas cuerdas.
Entonces, abajo, en la brecha humeante de la puerta este, algo cambia en el ritmo de la batalla.
Mordha ha comprendido que la puerta este es una trampa que se traga a sus hombres.
En lugar de seguir alimentándola con oleadas, hace lo que hace un cazador de verdad cuando la presa le muerde: cambia de presa.
Retira de golpe el grueso de su gente de la brecha y lo lanza, todo a la vez, en tromba, contra el único punto que nadie estaba guardando de verdad, porque a nadie se le ocurrió que un ejército llegaría hasta tan lejos: la poterna del huerto.
Lo veo desde el adarve como se ve venir una desgracia en un sueño, sin poder correr lo bastante rápido.
La marea de hombres sin colores rodea el muro por el flanco ciego, encuentra la puertecilla que mi madre usaba para entrar sus hierbas, la revienta a hachazos en un abrir y cerrar de ojos.
Grito el aviso, grito hacia el patio interior con toda la voz que tengo, pero se me pierde en el fragor, se la traga la batalla entera.
Nadie me oye. Nadie llega a tiempo. La puertecilla de mi madre.
La que no da al patio de la trampa, sino directa, sin defensas, al patio interior. Donde hemos metido a los heridos.
Donde está Aila. Con los tres niños a la espalda.
Se me para el corazón dentro del pecho. Comprendo entonces, con un horror frío que me sube desde las tripas, que Cathal Mordha no ha venido solo a segar la raíz de un tajo.
Ha venido a enseñarme, despacio, antes de matarme, lo que se siente al ver arder lo que amas por no haber soltado el poder a tiempo.
Justo, exactamente, lo mismo que le hizo a mi madre hace cuarenta años.
No pienso dárselo. Esa es la diferencia que a Mordha se le escapa en todas sus cuentas: mi madre estaba sola aquella noche, sin muros y sin hijos, y no le quedó más que volar o arder.
Yo tengo trece razones con nombre y una casa entera de piedra a la espalda.
Miro hacia el patio interior, hacia la poterna reventada por donde entra ahora la marea, y por primera vez en toda la mañana dejo de morderme la mano.
La cuenta acaba de cambiar. Ya no se trata de aguantar para Mordha.
Se trata de que hay niños al otro lado de ese muro, y una madre con una daga de cocina, y el arcón que llevo dos inviernos cerrando a sangre empieza a temblarme solo, pidiendo salir.
Todavía no. Espero a verlo con mis propios ojos.
Espero, sin saberlo aún, a ver caer a un ciervo, que es lo único en este mundo capaz de romperme la última cuerda que me queda por romper.