La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Hay una quietud, justo antes de una batalla, que se parece peligrosamente a la paz, y que no lo es en absoluto.

La vivo esa madrugada en el adarve, envuelta en una capa gruesa que huele a otra mujer, a lavanda y a lana, mirando las hogueras del campamento de Mordha salpicar el llano oscuro como estrellas caídas del cielo.

Abajo, en algún punto de esa oscuridad, hay un poste clavado en la tierra, y atado a ese poste, el hombre por el que voy a romper el mundo dentro de unas horas. No he dormido nada. No pienso dormir.

He pasado la noche entera repasando el plan como lo repasaría él, buscándole las grietas una por una: por dónde entrarán, cuánto aguantará la puerta este, cuántos caben en el embudo del patio, en qué momento exacto me conviene aparecer y en cuál me conviene seguir siendo solo un rumor en el muro.

Pienso como el ciervo me enseñó a pensar sin proponérselo, y me doy cuenta, con una punzada, de que lo llevo dentro aunque él esté ahí abajo atado a un poste.

Me ha dejado su cabeza fría de recuerdo, por si no vuelve.

No pienso permitir que ese «por si no vuelve» se cumpla.

Lo he decidido esta noche, entre hoguera y hoguera del enemigo: hoy no entierro a nadie más de los míos.

Hoy no. No me sorprende oír unos pasos lentos subir la escalera y saber, sin volverme, que es Morvenna, que viene a hacerme compañía con dos cuencos de leche caliente entre las manos, igual que el primer día que hundí las manos en su huerto.

Me trae recuerdos, esa leche caliente en la madrugada.

La primera vez fue el día que llegué a Strathos, empapada y desconfiada, midiendo las salidas de este castillo como se miden las de una jaula.

Cuánto ha cambiado todo en unas pocas semanas.

Aquella mujer que llegó no se habría dejado subir leche por nadie, no habría bajado la guardia ni para dormir, no habría dejado que se le colara un ciervo bobo por una rendija del pecho.

Miro a Morvenna soplar su cuenco, tranquila como si abajo no hubiera doscientos hombres esperando el alba para matarnos a todos, y entiendo de golpe de dónde le viene a Oisín esa calma suya de jugador que lo ve todo antes que nadie.

La sacó de aquí. De esta mujer que hace leche caliente la noche antes de una guerra.

—Bebe. —Me tiende uno, y el vaho sube entre las dos—. La tormenta con el estómago vacío tiembla y falla. ¿No te lo enseñó nadie, allá en el norte?

—Beitris. —El nombre me raspa la garganta al salir—. Con esas mismas palabras, casi. Vosotras dos os habríais entendido.

Bebemos en silencio un rato largo, dos mujeres de la misma sangre vieja viendo cómo el cielo empieza a pensarse el amanecer sobre una guerra.

Entonces, sin ceremonia ninguna, sin avisar, mi madre prestada empieza a contarme la cosa que llevo toda la vida sin saber que necesitaba oír para no romperme.

—Crees que eres la última —murmura, con la vista puesta en las hogueras del llano—.

La última de tu rama. La última bruja. La última raíz de toda la sangre vieja.

Lo llevas escrito en la manera de pelear, niña, se te ve a leguas: peleas como pelea el que no tiene nada detrás que proteger ni a nadie delante que lo herede.

Sola contra el mundo entero, gastándote hasta la última gota sin miedo, porque total, piensas, cuando yo me apague no queda nadie que recoja lo mío.

—Se vuelve hacia mí en la penumbra—. Te equivocas de medio a medio.

—Vi arder a mi madre atada a un poste, Morvenna. —Se me cierra la voz—. Vi los once tejados humeando. Enterré a los míos con estas manos, de uno en uno. Sé contar. Se me da bien.

—Sabes contar muertos. —Me toma la mano entre las suyas, secas y calientes, y en ese tacto hay algo antiquísimo, de rama a rama del mismo árbol—.

No sabes contar sangre, que es distinto.

Escúchame bien esto, que la historia entera te la cuento otro día, delante de todos, pero hoy necesitas un pedazo para no romperte antes de tiempo.

La sangre vieja no muere cuando muere el que la lleva encima.

No se apaga así. Se esconde. Salta de un cauce a otro.

Se duerme durante generaciones enteras y despierta de golpe donde nadie la esperaba ya.

Yo hui de este hombre creyéndome la última cambiante que quedaba viva sobre la tierra, y mira: bajé al sur, me escondí, y parí tres. Tres.

—Tres —repito, mirando hacia el patio a oscuras donde duermen los cachorros de Cael, tres cambiantes que no existirían si Morvenna se hubiera dejado morir aquella noche creyéndose la última—. Si te hubieras entregado entonces, convencida de que contigo se acababa todo…

—No habría Cael. No habría Bríde. No habría Oisín para caerse de tu manzano.

—Asiente despacio, sin apartar la vista del llano—.

La que se cree la última se entrega, niña, porque piensa que ya da todo igual.

La que sabe que es la siguiente, pelea con uñas y dientes, porque sabe que no da igual en absoluto.

Ahí está toda la diferencia entre morir y sobrevivir.

Tu madre murió en aquel poste creyéndote a ti la última raíz del mundo.

—Me aprieta los dedos con fuerza—. La raíz no eres tú sola, Muireall.

Nunca lo fuiste. La raíz es la sangre entera.

Y mientras quede una sola gota de ella despierta en cualquier rincón del mundo, no eres la última de nada. Eres la siguiente .

Se me llenan los ojos hasta el borde, y por una vez, la primera en dos años, no me da ninguna vergüenza que se me llenen delante de otra persona.

Lloro un poco, en silencio, con la leche enfriándose entre las manos, y no es llanto de miedo ni de duelo, es otra cosa que no conocía: el de soltar un peso que llevabas cargando tanto tiempo que ya lo creías parte de tu propio cuerpo.

Morvenna me deja llorar sin decir nada, sin abrazarme, sin esas prisas que tiene la gente por consolar y callar cuanto antes al que llora.

Solo se queda a mi lado, viendo el amanecer conmigo, dándome la única compañía que de verdad sirve para algo: la de estar ahí, sin más.

—Yo peleo como si nada me fuera a sobrevivir —susurro, entendiéndolo al fin, entendiéndome—. Por eso me gasto sin medirme, sin miedo, a lo loco. Porque cuando de verdad crees que eres el final de todo, ¿qué más da vaciarse del todo? No hay un mañana que cuidar.

—Exacto, hija. Justo eso. —Morvenna me sujeta la cara con las dos manos, obligándome a mirarla—.

Y ese es el regalo que te hago esta madrugada, antes de que se líe todo ahí abajo y no haya ya tiempo de regalos: te quito de encima el ser el final.

Hoy no peleas como la última de nada. Hoy peleas como la primera de algo.

Con todo el cuidado, con toda la cabeza fría del que sabe que su sangre tiene que llegar viva a mañana, y a pasado, y a dentro de cien años.

—Sonríe, y por un instante brevísimo no hay guerra abajo, no hay doscientos hombres, no hay nada más que dos mujeres y un amanecer—.

Bienvenida a la familia de verdad, Muireall.

No a la mía, a la otra, la grande. La de la sangre que no se acaba nunca.

Me quedo un momento sin palabras, sosteniendo el cuenco tibio, dejando que eso me cale hasta donde llevo dos años helada por dentro.

Toda mi vida he cargado el peso de ser el último eslabón de una cadena rota, la que tiene que vengar a todos los que ya no están porque no queda nadie más para hacerlo.

Es un peso que aplasta los hombros. Morvenna, en una sola madrugada, con dos cuencos de leche, acaba de quitármelo de encima y ponerme otro en su lugar, uno que pesa distinto: ya no soy la que cierra la cuenta de los muertos.

Soy la que tiene que abrir la de los vivos.

La primera de algo, no la última de nada.

Se pelea distinto por eso. Se pelea mucho mejor.

No me da tiempo a contestarle. Tampoco hace falta que conteste nada.

Porque en ese preciso momento, con las primeras luces grises rasgando por fin el cielo del este, suena el cuerno de Mordha allá abajo en el llano, largo, grave, un lamento de guerra que eriza la piel, y le contesta al instante el redoble atronador de doscientos hombres golpeando a la vez sus escudos con el hierro, y la tierra misma empieza a temblar bajo el peso de los arietes que echan a rodar hacia la puerta este.

—Ya vienen. —Me pongo en pie, dejo el cuenco vacío sobre la piedra, y la tormenta se me despierta en las manos, ansiosa, hambrienta, tirando ya de las yemas de los dedos, y esta vez, por primera vez en mi vida, la sujeto no por miedo a lo que soy, sino por cuidado de lo que quiero.

Para que llegue entera, sin gastarse, al único momento que de verdad importa.

—Ya vienen —confirma Morvenna a mi lado, y me aprieta el hombro una última vez antes de bajar a los suyos, a las mujeres, al agua, a los heridos que aún no lo son.

Sobre el llano gris de Strathos, mientras el primer ariete muerde con un golpe seco la madera de la puerta este y el primer grito de guerra rasga el amanecer en dos, empieza el asedio por el que se acordará esta casa dentro de mil años, cuando de todos nosotros no quede ni el nombre.

Miro por última vez el llano antes de que todo se convierta en humo y en gritos.

Los arietes avanzan como escarabajos negros hacia mi puerta.

La caballería de Mordha se despliega despacio en dos alas.

En algún sitio, atado a un poste en mitad de todo, un ciervo espera que yo cumpla lo que le prometí sin palabras desde este muro: aguantar, no caer en la trampa, y luego, cuando llegue el momento justo, soltarlo todo de golpe.

Aprieto en el puño el guijarro que me dio Conall, «para la piedra que tira rayos», y respiro hondo.

No soy la última. Soy la primera. Las primeras no se gastan a lo tonto: se guardan enteras para el golpe que lo decide todo.

Bajo del adarve con el guijarro de Conall en el puño y la tormenta dormida en la sangre, dispuesta por fin a pelear no como quien no tiene nada que perder, sino como quien lo tiene todo.

Empieza mi tormenta.