CAPÍTULO 25
A un prisionero se le lleva de dos maneras: escondido, o de escaparate. Cathal Mordha me lleva de escaparate, y sabe muy bien por qué.
Dos días enteros de marcha atado a un caballo, siempre al frente de la columna, siempre a la vista, para que cualquier centinela de Strathos me distinga desde muy lejos y corra a llevar el aviso adentro: el ciervo viene con ellos, atado, vivo aún.
Soy su heraldo y soy su moneda a la vez, y no hay nada más humillante que servir de bandera al enemigo.
Aun así, aprovecho el escaparate para lo único que me queda en este mundo: leer.
Cuento su hueste según desfila a mi alrededor por el camino.
Doscientos hombres, puede que más. Caballería pesada, de la que parte una línea de infantería como se parte el pan.
Arietes montados en carros, tres, con las cabezas de hierro tapadas con cuero mojado para que no las quemen.
Un ejército entero, disciplinado, hecho a conciencia para una sola tarea: partir una puerta y entrar por ella.
Los hombres de Mordha no hablan entre ellos, ni cantan, ni maldicen el barro como haría cualquier tropa del mundo.
Marchan callados, ordenados, con una disciplina de secta más que de ejército, y esa quietud dice más de su jefe que doscientas espadas juntas.
Un ejército que ríe tiene miedo a la muerte.
Este no ríe. Este cree que hace la obra limpia de Dios, y los que creen eso no se rompen fácil cuando la cosa se tuerce.
Lo apunto en la cabeza, junto a todo lo demás, para cuando pueda contárselo a los míos: no esperéis que huyan a la primera. No huyen los que se creen limpios.
La puerta este , pienso a cada legua, y rezo con todo lo que tengo por que los míos hayan entendido a tiempo lo que yo entendí demasiado tarde, la noche del palomar.
Coronamos el último cerro al atardecer del segundo día, y ahí está, de pronto, recortada contra un cielo de ceniza y de sangre: Strathos.
Mi casa. Negra y firme sobre su peña, con las almenas erizadas de gente pequeña como hormigas y un humo espeso, tozudo, subiendo derecho de la fragua que no ha descansado en dos días.
Se me llena el pecho de una cosa que no sé nombrar y que me cierra la garganta.
Siguen en pie. No se han rendido. No han huido. Me esperan. La quieren.
Busco entre las hormigas de las almenas una silueta que sé de sobra que no voy a distinguir a esta distancia, y la busco igual, tonto de mí, con el corazón subiéndoseme a la boca.
En algún punto de esa piedra negra está ella, viéndome llegar atado, midiéndose para no bajar corriendo.
Le mando un pensamiento por encima del llano entero, sabiendo que no le llega y mandándoselo igual: aguanta, mujerzuela.
He entrado en esta trampa yo solo, para que tú no tuvieras que entrar. No la deshagas ahora viniendo a por mí.
Mordha ordena plantar el campamento a tiro largo de los muros, con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa, y a mí me llevan al frente, a un poste que clavan en la tierra en mitad del llano, a la vista de todo el castillo.
Después, cuando cae del todo la noche y las antorchas se encienden en los dos bandos como dos cielos estrellados enfrentados, el Segador se acerca a pie hasta el pie del muro, bajo tregua de parlamento, y me arrastran tras él, para que sirva de argumento vivo a lo que va a proponer.
—¡Morvenna! —Su voz sube hasta las almenas, mansa, sin esfuerzo ninguno, la voz del que da por descontado que lo van a escuchar—.
¡Cuánto tiempo, vieja amiga! ¡Cuarenta años huyendo de mí por toda Escocia, y al final vas y te construyes un nido y te quedas quieta en él!
Debí imaginármelo. Los pájaros, por muy alto que vuelen, siempre acaban volviendo a posarse en alguna rama.
Arriba, en el muro, aparece mi madre. Pequeña y recta entre dos almenas, con el pelo gris al viento de la noche, sin una sombra de miedo en la postura.
—Cathal. —Su voz baja fría como el granizo de marzo—. Has envejecido mal, muy mal. Ya lo decía yo: la maldad no conserva a nadie.
—Y tú has escondido de maravilla a tus cachorros todos estos años.
—Me señala con la mano abierta, exhibiéndome—.
Aunque este se me cayó del árbol él solito, sin que yo moviera un dedo.
—Alza la voz para que lo oiga el muro entero, todos los defensores—.
Os hago una oferta limpia, gente de Strathos.
Escuchadme bien. No tengo nada contra vosotros, ni contra vuestro laird, ni contra vuestros hijos.
Solo quiero una cosa: la raíz. Que la bruja del norte salga por su propio pie por ese portón, se entregue a mí sin resistirse, y yo me llevo mi peste lejos de aquí y os devuelvo a vuestro hombre sano y entero.
Vivo. Os doy hasta el alba para pensarlo.
—Me pone una mano en el hombro, casi con afecto, casi paternal, y es lo más obsceno que me han hecho en la vida—.
Pasada el alba, si no sale, empiezo por él, delante de vosotros. Y sigo, uno a uno, por todos los demás.
Desde el muro no contesta nadie enseguida, y ese silencio es ya una respuesta.
Mordha espera, paciente, con la mano todavía en mi hombro, tan seguro de que el miedo hará su trabajo por él que casi puedo oírlo contar los latidos que tardarán en rendirse.
No sabe con quién se ha metido esta vez.
No sabe que dentro de esos muros hay una mujer que lleva dos inviernos enteros entrenándose para no rendirse ante exactamente esto.
Le sonrío desde mi poste, magullado, y él me mira de reojo sin entender de qué me río. Va a entenderlo enseguida.
Entonces, en el muro, junto a mi madre, aparece ella.
Muireall. Con el pelo negro suelto al viento y una quietud que desde aquí abajo, a través de la oscuridad y del llano, se me clava en el pecho como una lanza.
Me busca con los ojos entre las antorchas del campamento, me encuentra atado a mi poste, y aunque a esta distancia no puedo verle los rasgos con detalle, sé, por cómo se le tensa entero el cuerpo, por cómo se agarra a la piedra de la almena, lo que le está costando en este instante no bajar corriendo a por mí.
Levanto la barbilla, lo único que puedo mandarle desde aquí abajo, atado y mudo: aguanta.
No caigas en su trampa. No por mí. Prometiste no caer.
Ella me entiende. Siempre me ha entendido sin palabras, desde un manzano.
En lugar de gritar, en lugar de suplicar, en lugar de hacer nada de lo que Mordha espera de una mujer enamorada y desesperada, hace algo que les hiela la sangre en las venas a los hombres del Segador que me rodean: alza una sola mano hacia el cielo despejado y sin nubes de la noche.
De la nada, sobre el campamento, se forma una nube negra, una sola, hinchada, y descarga un único rayo, blanco, cegador, que parte en dos limpiamente el poste vacío clavado a mi lado, a un palmo escaso de mi hombro, sin tocarme ni un pelo de la ropa.
El trueno llega pegado, ensordecedor, y en su eco cruza el llano la voz de Muireall, tan clara que la oye hasta el último hombre del campamento.
—Ese es mi alba, Cathal Mordha. —No grita: truena—.
No pienso entregarme. Ni ahora, ni al amanecer, ni nunca.
Vas a tener que entrar a por mí con todos tus doscientos.
Y te juro por la ceniza de mi madre, a la que quemaste en un poste como este, que la casa que crees débil va a ser la última cosa que vean tus ojos en este mundo.
Los hombres que me rodean retroceden un paso del poste partido, mirándome como si yo tuviera la culpa, como si fuera contagioso lo que sea que corre por esa mujer del muro.
Uno se santigua. Otro murmura una oración entre dientes.
Yo, atado, molido, de rodillas en el barro de mi propio escaparate, me río por dentro con una carcajada que no me cabe en el pecho, porque acabo de ver a doscientos hombres santos tenerle un miedo cerval a una sola mujer plantada en una almena.
Ese miedo vale por cien lanzas. Lo ha sembrado ella con un único rayo, sin gastarse apenas, y va a crecer toda la noche por el campamento como crece la mala hierba entre el trigo.
El silencio que sigue es de los que hacen historia, de los que se cuentan cien años después junto al fuego.
Mordha mira el poste partido, humeante, a mi lado.
Mira a la mujer pequeña y firme del muro.
Por primera vez desde que lo tengo delante, en esa cara serena y mansa de cura seguro de sí mismo, veo cruzar algo que ese hombre no ha sentido en cuarenta años: la sombra de una duda.
Le dura poco. Se recompone, endereza la espalda, da media vuelta hacia su campamento, y ordena a sus capitanes exactamente lo que yo sabía desde el principio que iba a ordenar.
—Al alba —dice, y la voz le sale un punto menos firme que antes—. Los arietes a la puerta este.
Lo he oído dudar. En esas cuatro palabras, «los arietes a la puerta este», ha habido un cuarto de tono de menos que en todo lo demás que ha dicho esta noche, un titubeo mínimo que solo capta quien se gana el pan escuchando lo que la gente no quiere decir.
Cathal Mordha lleva cuarenta años cazando presas solas y aterradas.
Acaba de toparse, por primera vez, con una que le parte un poste a un palmo de su rehén solo para decirle que no.
No sabe qué hacer con eso, y un cazador que no sabe qué hacer ya ha empezado a perder.
Me arrastran de vuelta al poste y me atan a él para pasar la noche, de cara a Strathos.
Mientras las cuerdas me muerden las muñecas y contemplo el castillo iluminado enfrente, con la tormenta de Muireall velando quieta sobre sus almenas como un perro guardián, sonrío en la oscuridad, magullado, prisionero y de escaparate, más esperanzado de lo que he estado en muchos días.
Porque he visto la cara de Cathal Mordha en el instante en que ese rayo partió el poste vacío.
He visto, por fin, después de temerlo tanto, a un cazador que empieza a intuir, muy tarde, que se ha equivocado de presa. Cuarenta años cazando corderos solos, y ha ido a echarle el lazo al pastor de una manada entera.