La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Un castillo que se prepara para un asedio suena como una fragua sin descanso.

Llevo dos días metida hasta las orejas en ese ruido, y todavía no me acostumbro, porque en Ardan nunca fuimos suficientes para hacer tanto estruendo junto.

Once tejados no dan para un estrépito así.

Aquí, en cambio, Strathos entero se afana de sol a sol y de sol a sol otra vez: los herreros no apagan el fuego ni de noche, golpean el hierro hasta que se les caen los brazos, forjando puntas de flecha por cientos; las mujeres suben agua a las almenas en cubos que se pasan de mano en mano en una cadena que no se detiene; los hombres refuerzan la puerta este —la que dibujó Artair con su mano de Judas— con vigas nuevas y planchas de hierro remachadas; y hasta los tres cachorros de Cael «ayudan», que en el idioma de dos años significa estorbar entre las piernas de todo el mundo, cargar un solo clavo con la solemnidad de quien carga una espada, y caerse cada tres pasos.

Conall, el mayor de los tres por un suspiro, se me planta delante en mitad del trajín con un guijarro en la mano, muy serio, y me lo ofrece como quien ofrece un tesoro.

«Para la piedra que tira rayos», me dice, porque ha oído a los grandes hablar de mí y lo ha entendido a su manera.

Me agacho, le tomo el guijarro con toda la solemnidad del mundo, y le prometo que lo guardaré para el momento importante.

Se va corriendo, satisfecho, a estorbar en otra parte.

Me quedo con la piedrecita caliente en el puño, y pienso que por críos como este, que reparten guijarros en vísperas de una guerra, vale la pena no gastarse entera antes de tiempo.

Verlos, en medio de todo esto, en medio de la víspera de una guerra que podría no dejar ninguno de ellos vivo, me sube algo cálido y doloroso a la garganta que no sé nombrar.

Me han dado un sitio en todo esto, y esa es otra cosa a la que no me acostumbro.

En Ardan yo era la hija del laird, la que mandaba, la que cargaba sola con cada decisión porque no había nadie por encima.

Aquí soy una más entre muchas manos, y descubro que pesa mucho menos una carga cuando la levantan trece brazos a la vez.

Subo agua con las mujeres. Reparto flechas.

Aprendo los nombres de los hombres de Ciaran, que son del norte como yo y me hablan con el acento de mi infancia, y por un rato, entre cubo y cubo, casi se me olvida que mañana pueden estar todos muertos por mi culpa.

—La puerta este es el problema —dice Cael esa tarde, inclinado sobre el plano que Oisín dejó trazado con ceniza en la mesa larga antes de que lo capturaran.

A todos se nos encoge algo en el pecho al ver ese trazo suyo, y nadie dice su nombre en voz alta, porque decirlo dolería demasiado—.

Mordha vendrá por ahí. Lo sabe. Sabe que nosotros sabemos que lo sabe.

Y vendrá igual, porque es el punto flaco de la casa y no nos queda tiempo de volverlo fuerte.

—Entonces que crea que sigue siendo flaco.

—Me inclino sobre el plano, y noto cómo se me contagia un poco esa cabeza de estratega que tanto admiro, a mi pesar, en el ciervo ausente—.

No lo reforcemos por fuera. Lo dejamos con la misma pinta ruinosa de siempre, para que apunte ahí sus arietes convencido.

Y detrás, en el patio interior, le montamos una segunda boca.

Una boca de lobos. Que entre por la brecha creyendo que ha roto la casa, y que se encuentre dentro, ya sin retirada, con lo peor que guarda esta casa.

Cael estudia el plano un buen rato, moviendo el dedo por el trazo de ceniza, buscándole la pega como se la buscaría su hermano, y no se la encuentra.

—Un embudo —murmura al fin—. Los metemos por la brecha en fila, sin sitio para maniobrar, entre dos muros nuestros, y ahí dentro un ejército de doscientos no vale más que veinte, porque solo pueden entrar de veinte en veinte.

—Levanta la vista, y hay un brillo nuevo de lobo en ella—. Es sucio. Es cruel. Me gusta.

—A tu hermano también le gustaría —digo, sin pensarlo, y el nombre que no decimos se nos vuelve a colar en la mesa y nos calla a los dos un instante.

Cael levanta la cabeza del plano y me mira. Por primera vez desde que crucé su portón hecha una extraña embarrada, en esos ojos grises de lobo desconfiado hay algo nuevo, algo que se parece mucho al respeto.

—Le habrías caído bien a mi hermano —gruñe, y aparta la vista enseguida, incómodo con su propia ternura—. Digo… le caes. Ya me entiendes.

—Le caigo fatal —lo corrijo, y se me escapa media sonrisa a mi pesar, la primera en dos días—. Por eso me persigue tanto. A tu hermano lo que le pasa conmigo no tiene arreglo posible, créeme. Lo he intentado.

—Eso —tercia Bríde, que pasa en ese momento cargando un haz de flechas casi tan grande como ella y no pierde jamás la ocasión de un pinchazo— lo hemos notado toda la familia, cuñada. Hasta las cabras del corral lo han notado. Va detrás de ti como un ternero detrás del cubo.

—Ternero no —protesto, más por deporte que por otra cosa—. Un ternero es dócil. Tu hermano es más bien la cabra que se sube al tejado por llevar la contraria y luego no sabe cómo bajar.

—¡Esa es buena! —Bríde casi suelta el haz de flechas de la risa—. Esa se la cuento cuando vuelva. Palabra por palabra.

—Cuando vuelva —repite Cael, bajito, y las tres nos agarramos a esas dos palabras como a un cabo en plena galerna, porque decirlas en voz alta es una manera de obligarlas a cumplirse. Cuando vuelva. No si vuelve. Cuando.

La risa que recorre la mesa es corta, nerviosa, entrecortada, de esa que se permite la gente que sabe de sobra que a lo mejor mañana ya no le quedan ganas de reír.

Aun así es risa, y en una casa que se prepara para morir, la risa es un acto de guerra tan bueno como una flecha.

Ronan reparte el resto del plan con la calma pétrea de quien ha capeado cien tormentas y no piensa perder los nervios en la ciento uno: Ciaran y sus hombres del norte guardan el adarve; Cael y los suyos, la trampa del patio; Bríde vuela el reconocimiento y baja a los muros a la primera flecha; Morvenna dirige a las mujeres, el agua y los heridos desde el torreón.

Cuando llega mi turno, todos se me quedan mirando en un silencio raro, porque nadie en esta mesa sabe muy bien en qué casilla de un plan de batalla se coloca a una tormenta con forma de mujer.

—Yo espero —contesto a la pregunta que ninguno se atreve a hacerme en voz alta—.

Me guardo lo mío para el final. Para cuando entre Mordha en persona por esa brecha, y no antes.

—Trago, y lo que sigue me cuesta más que todo lo demás—.

Y os pido una sola cosa, y os la pido en serio.

Cuando lo suelte del todo, cuando deje salir lo que llevo dentro…

no os acerquéis a mí. Ninguno. No voy a poder distinguir entre lo vuestro y lo suyo. Prometédmelo.

Lo pido porque lo he visto con mis ojos.

La tormenta, cuando la suelto entera, no distingue amigos de enemigos, no sabe leer lealtades, solo arrasa lo que tiene delante.

En Corrie Dubh me contuve por eso, con las manos y una daga corta, por puro miedo a llevarme por delante a los míos.

Aquí, si la suelto del todo, en un patio cerrado, con la familia dentro…

no me lo perdonaría mientras viviera. Prefiero pedirles que se aparten a arriesgarme a apagar yo misma una de esas trece velas que acabo de descubrir que quiero.

Se hace un silencio espeso. Es Aila quien lo rompe, con el pequeño Ailean dormido babeándole el hombro, y lo hace sin dudar un instante.

—No pensamos prometerte nada de eso. —Me sostiene la mirada, dura y tierna a la vez, esa mezcla que solo saben hacer las madres—.

En esta casa, Muireall del norte, cuando uno de los nuestros se rompe salvando a los demás, los demás corremos hacia él, no lejos.

Es la regla. Vas a tener que ir acostumbrándote, porque ya eres de los nuestros, te guste o no, lo aceptes o no.

Y a los nuestros no se les deja arder solos en mitad de un patio.

—Baja la voz—. Pregúntale a Morvenna, si no me crees, cuánto duele durante cuarenta años lo contrario.

Miro a Morvenna, que no dice nada, que sigue removiendo su olla con la vista baja, y sé que Aila ha dado en el hueso: eso es exactamente lo que le pasó a ella.

Se apartó. Voló. Dejó arder sola a su madre por salvarse el pellejo, y lleva cuarenta años pagándolo en romero y en silencio.

Esta gente aprendió de su dolor la lección contraria.

En esta casa nadie arde solo. Es la regla que Morvenna no pudo darle a su propia madre, y que sus hijos han hecho suya sin saber siquiera de dónde les viene.

Se me cierra la garganta del todo, y no me sale la voz para contestar.

Miro a esta familia prestada, ruidosa, imperfecta, deslenguada, que se prepara con flechas y con risas nerviosas para morir de pie defendiendo lo que yo soy, una cosa por la que a mi propia gente la quemaron.

Comprendo, con una claridad que me duele, que llevo dos inviernos enteros peleando por venganza únicamente porque no me quedaba en el mundo ninguna otra cosa por la que pelear.

Ahora sí me queda. Ahora tengo trece razones con cara y nombre, y tres de ellas todavía no saben andar bien.

Eso, descubro con un miedo nuevo y luminoso que me aprieta el pecho, me vuelve al mismo tiempo mucho más fuerte y mucho más frágil que cuando no tenía nada que perder.

Esa noche, la última antes de que Mordha corone el cerro, no rezo por ganar.

Rezo porque, pase lo que pase al amanecer, no tenga que enterrar a ninguno de los trece con estas manos.

Ya llevo demasiados enterrados. Los guijarros que reparte Conall no caben en una tumba, y no pienso averiguar si caben.

Guardo el suyo en el bolsillo, junto al corazón, como se guarda una promesa, y me juro que se lo devolveré con la guerra ganada y con un cuento de rayos que contarle.