CAPÍTULO 23
Mi madre decía que la venganza es un plato que se come frío. Nunca me advirtió que una se enfría junto con él, que del mismo hielo que sirve el plato se sirve una a sí misma.
Al día siguiente, cuando el sol todavía no ha despegado del todo de las colinas del este, la muralla da la voz de alarma: un jinete solo se acerca a Strathos por el camino del norte, bajo bandera blanca de parlamento.
Subo al adarve con el corazón atascado en la garganta, rezándole a una Madre en la que no creo por que sea Oisín, por que lo hayan soltado, por que sea el ciervo volviendo a casa.
En cuanto distingo la silueta contra la luz gris del amanecer, se me cae el alma a los pies, porque no es él. Ni de lejos es él.
Es Artair.
Mi primo detiene el caballo a tiro largo de flecha, con las dos manos bien en alto y un trapo blanco atado a la punta de una lanza, y cuando alza la cara hacia el muro veo lo que Mordha ha hecho con él en dos días: lo ha usado y lo ha gastado, como se usa y se tira una herramienta barata.
Tiene un ojo hinchado y morado, la ropa rota y sucia, y sobre todo tiene el gesto encogido del perro al que le han enseñado a base de patadas de quién es la mano que da de comer y quién la que pega.
Lo miro desde lo alto del muro, a ese despojo de hombre que fue mi primo, y no siento el triunfo que creía que sentiría al verlo así, caído.
Siento un cansancio hondo, viejo, el de la sangre que se derrama sola sin que nadie gane nada con ella.
Nos criamos juntos en el mismo establo. Compartimos hambres, primeras heladas, la teta de una nodriza que ya está muerta.
Aquí estamos hoy, uno en un muro robado y el otro de rodillas en el barro, los dos últimos de un clan que ardió, enfrentados por culpa de un carnicero que nos ha usado y tirado a los dos por igual.
—¡Muireall! —grita hacia lo alto del muro, y le tiembla la voz—. ¡Traigo palabra del Segador! ¡Déjame hablar, prima, solo eso!
Bajo yo misma al portón. Cael quiere impedírmelo, me pone una mano en el brazo, y yo le pongo la mía en el pecho y niego con la cabeza, despacio, sin discutir, porque esto es mío.
Esta sangre es mía. Esta cuenta la abrí yo y la cierro yo, y nadie de esta casa va a cobrármela en mi lugar.
Salgo sola al camino, por el postigo, y la tormenta baja conmigo, discreta, controlada, un frío que se extiende alrededor de mis pies por el barro y que hace piafar y retroceder al caballo de Artair aunque su jinete no entienda por qué.
—Habla. —Me planto a diez pasos de él—. Y elige muy bien las palabras, primo, que a lo mejor son las últimas que dices.
—Tiene al ciervo. —Le tiembla todo, la voz, las manos, la lanza con su trapo—.
Vivo. Entero. Marcha hacia aquí con toda su hueste, dos días a lo sumo, puede que menos.
Y manda decirte esto, con estas palabras: que si la raíz sale a su encuentro sola, y se entrega por su propio pie sin resistirse, soltará al cambiante sano y salvo y perdonará Strathos y a toda su gente.
Y que si no lo haces… —Traga saliva, y le cuesta seguir—.
Si no, entra a sangre y fuego, sin cuartel, y empieza colgando a Oisín de la muralla, delante de tus ojos, para que sea lo primero que veas de la batalla.
Se me revuelve el estómago al oírlo, y la tormenta me araña las costillas por dentro al imaginar al ciervo colgando de mi propia muralla, y la sujeto con los dientes apretados, porque perder los nervios ahora, delante de este mensajero roto, sería regalarle a Mordha exactamente lo que ha venido a buscar por boca de mi primo.
—Mientes tú, o miente él por tu boca. —Doy un paso hacia él, y la escarcha se extiende otro palmo por el barro, blanca, crujiente—.
Mordha no perdona a nadie, jamás. Me lo dijiste tú mismo, hace dos inviernos y hace dos días: mientras exista mi sangre suelta por el mundo, no dejará nunca de segar.
Perdonar no le cabe en la naturaleza, es un lobo, no sabe.
Así que no vengas ahora a venderme otra vez el mismo humo con el que me vendiste a mí, Artair. No cuela dos veces.
—¡Ya lo sé! —Se le rompe la voz del todo, en pedazos, y hace algo que no me esperaba: desmonta, se deja caer de rodillas en el barro helado delante de mí, con las manos abiertas, y es a la vez lo más patético y lo más humano que le he visto hacer en toda la vida—.
¡Lo sé, prima, lo sé mejor que nadie! ¡Me mintió a mí el primero!
Le entregué la raíz, te entregué a ti, le abrí Strathos…
y en cuanto dejé de serle útil, en cuanto ya no le quedaba nada que sacarme, arrasó lo que quedaba de Ardan igual, con los mismos que yo creía estar salvando dentro.
Los tejados. La tierra. Todo lo que no habíamos podido sacar a tiempo.
—Solloza, sin vergüenza ya, sin nada que perder—.
No queda nada de lo que compré. Nada. Vendí a los míos por un invierno con grano que nunca me iba a dar, que nunca pensó darme.
Y ahora vengo aquí… no sé ni a qué vengo, prima.
A avisarte. A que me mates tú, ya que él no lo hizo.
A lo que tú quieras hacer conmigo. Me da igual. Ya me da todo igual.
Ahí lo tengo. Por fin. De rodillas en el barro, deshecho, llorando, culpable de todo, de cada muerto que llevo contado.
El hombre por cuya boca ardió mi gente. Levanto la mano, despacio, y la tormenta acude a ella ansiosa, hambrienta, obediente por una vez, y sería tan justo.
Tan fácil. Tan merecido. Un solo gesto de estos dedos y le devuelvo cada tejado, cada niño, a Beitris que me sacó al mundo con sus manos.
Mi madre, desde la hoguera, me gritaría que lo hiciera sin dudar.
Todos mis muertos me lo gritan a la vez desde dentro, un coro entero pidiendo sangre.
La mano me tiembla en el aire, cargada, a un solo gesto de cerrar la cuenta.
Veo el rayo antes de soltarlo, lo veo caer sobre Artair, lo veo convertido en la misma marca negra en la que Mordha convirtió a mi madre atada a un poste.
Es lo que quiere de mí, comprendo de repente, con un escalofrío que me hiela más que el barro.
No solo me quiere muerta, ni entregada. Me quiere convertida.
Quiere que la raíz de la sangre vieja se vuelva, antes de caer, otro segador como él: que mate de rodillas, que queme suplicantes, que se justifique con la venganza igual que él se justifica con la limpieza de Dios.
Quiere ganar por dentro aunque pierda por fuera.
A punto he estado de dárselo, gratis, en un camino embarrado.
Cierro los ojos. En la oscuridad, en lugar de a mis muertos, veo otra cosa.
Veo a Morvenna sujetándome la cara en el patio, diciéndome que hasta ayer peleaba por venganza, que es fría y sola, y que desde hoy peleo por amor.
Veo a Oisín en el adarve de un vado, frenándome la mano con dos dedos, él no es la batalla, Muireall, guarda la tormenta .
Oigo a Beitris agarrándome el brazo antes de salir a cabalgar: no vuelvas siendo él, niña, vayas a por quien vayas, no vuelvas siendo él .
Me doy cuenta, con un asco frío que me sube por la garganta, de que si mato a Artair ahora, de rodillas y suplicando y desarmado, no me diferencio en nada del hombre que quemó a mi madre atada a un poste porque le pareció justo.
Bajo la mano. La tormenta se retira de mis dedos rugiendo de rabia contenida, dándome zarpazos por dentro, y me deja temblando, empapada en sudor frío, vacía de otra cosa que no es poder.
—No —susurro, más para mí que para él—. No vas a hacer eso de mí.
No vas a convertirme en lo que Mordha se convirtió a sí mismo.
—Me agacho hasta su altura, lo agarro de la pechera rota con las dos manos, y le hablo a un palmo de la cara con una voz que no reconozco de tan fría, de tan quieta—.
Vas a vivir, Artair. Esa es tu condena, y es peor que cualquier rayo.
Vas a vivir con lo que hiciste, cada mañana, al despertar, contando los tejados que ya no están por tu culpa.
Y mientras vivas, vas a servirme, porque es lo único que te queda para no ser del todo basura: me vas a contar cada hombre de la hueste de Mordha, cada arma, cada plan, cada costumbre, hasta el último detalle que le robaste a esa cabeza de cura mientras le lamías las botas.
—Lo suelto, y se derrumba de bruces en el barro—.
Y cuando esto acabe, si acaba, te irás lejos, muy lejos, cruzarás el mar si hace falta, y no volveré a verte la cara nunca.
Porque si te la veo otra vez, primo, después de todo esto, la mano no me va a temblar una segunda vez. De eso sí que puedes estar seguro.
Me levanto. Le doy la espalda, y camino de vuelta hacia el portón, hacia mi familia prestada que me espera en el muro, hacia los dos días escasos que me quedan para prepararle a Cathal Mordha el peor recibimiento de toda su larga vida de carnicero.
Por dentro, mientras la tormenta se me va calmando despacio, gota a gota, entiendo una cosa que me sostiene mejor que cualquier venganza: que acabo de ganar la primera batalla de esta guerra sin gastar una sola gota de poder, sin un rayo, sin un trueno.
Beitris tenía razón. Volví, y no volví siendo él.
La veo venir por el patio a recibirme, pequeña y encorvada, con los ojos lechosos llenos, y en su cara leo que lo sabe, que ha visto desde el muro lo que no hice, y que está más orgullosa de eso que de cualquier rayo que hubiera podido soltar.
Me pasa una mano nudosa por la mejilla, sin decir palabra.
No hace falta ninguna. Las dos sabemos lo cerca que he estado del filo, y las dos sabemos que me he apartado de él por los pelos, agarrada a su voz de vieja y a la de una madre muerta.
La batalla contra lo que Mordha llevaba dos años queriendo que me convirtiera.
Esa, la primera de todas, la más difícil, la he ganado entera, y con esa ganada ya no me da tanto miedo la siguiente.