La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

En veintitrés años no había estado nunca en un sitio del que mi cabeza no supiera sacarme. Ahora estoy en dos a la vez: unas cuerdas que me muerden las muñecas, y el miedo.

Llevo medio día atado a un poste en mitad del campamento de Mordha, y he hecho lo único que sé hacer bien cuando no puedo hacer nada: leer.

Cuento las tiendas, una por una. Cuento los centinelas, memorizo sus caras, sus turnos.

Mido el ánimo de la tropa por cómo comen, por cómo ríen, por lo que beben.

Busco la grieta de siempre, la rutina floja, el guardia que se distrae, el descuido por donde un hombre listo mete una fuga.

Llevo media vida encontrando esa grieta en cualquier sitio.

Aquí no la hay. Este hombre no deja grietas.

Sus centinelas no charlan entre ellos, sus turnos no se solapan ni un instante, su campamento está tan limpio de descuidos como, dicen, el alma de un santo.

Por primera vez en toda mi vida, mi cabeza da vueltas y vueltas y más vueltas, y vuelve siempre con las manos vacías, sin traerme nada.

Es una sensación nueva, y no me gusta un pelo.

Toda mi vida he tenido esta cabeza de red de seguridad: por mal que se pusieran las cosas, siempre había una salida que ver antes que nadie, un ángulo, una rendija por donde escurrirse.

Es lo que soy: el que ve venir el mundo.

Aquí, atado a este poste, por primera vez, el mundo no viene; está quieto, cerrado, perfecto, sin una sola grieta por donde colar la esperanza.

Me sorprendo haciendo lo que no hago jamás: rezar.

No a la Madre, que no sé rezarle. Rezo a una mujer del norte que me tiró una manzana a la cabeza, por que sea más lista que yo una vez más, la última y la que importa.

Es entonces, al caer la tarde, cuando Cathal Mordha en persona viene a verme.

No es lo que yo esperaba, y eso es lo primero que me desarma.

No hay locura ardiendo en sus ojos, ni la crueldad de las que se anuncian a gritos.

Es un hombre mayor, sereno, de manos limpias y cuidadas, con la voz mansa y baja del que lleva tanto tiempo seguro de tener la razón que ya ni siente la necesidad de levantar el tono para convencer a nadie.

Se acuclilla frente a mí, a mi altura, sin miedo, y me estudia como se estudia una herramienta que uno se plantea usar.

—Así que tú eres por quien vendrá. —Ladea la cabeza, curioso—.

Un cambiante. Uno de los cachorros de Morvenna, la que se me escapó volando hace cuarenta años.

Cuánto tiempo llevaba sin ver de cerca a uno de los tuyos.

Casi los echaba de menos, como un cazador echa de menos a la pieza que da caza.

—Me repasa de arriba abajo—. ¿Sabes lo que sois, en realidad, muchacho?

Un error. Una grieta en el orden natural de las cosas.

Hombres que se creen bestias, bestias que le roban la forma a los hombres.

Brujas que tuercen la voluntad de la Madre con las manos.

El mundo estaba limpio, ordenado, cada cosa en su sitio, hasta que la sangre vieja lo ensució.

Yo no soy más que la escoba que lo barre.

—Qué modestia la tuya. —Le escupo las palabras, porque callar sería concederle algo, y no pienso concederle nada—. La escoba que quema a mujeres atadas a un poste delante de sus hijos. Muy limpio, sí. Muy ordenado. Se te ve la santidad desde aquí.

Ni parpadea. Ni una sombra le cruza esa cara mansa.

—Su madre gritó igual —comenta, y lo dice sin una gota de saña, con la misma voz con que se comenta el tiempo, y eso, esa falta absoluta de crueldad, es justo lo que lo vuelve monstruoso de verdad—.

La madre de la bruja del norte, la que viene a por ti.

Gritó, y ardió, y el mundo amaneció un poco más puro al día siguiente.

—Se incorpora, despacio, sacudiéndose el polvo de las rodillas—.

Y ahora la hija vendrá a mí por ti, como vino la madre por los suyos, y con ella caerá por fin la raíz, y las dos ramas quedarán juntas en el mismo sitio.

Cuarenta años, muchacho. Cuarenta años esperando con paciencia a que la sangre se reuniera ella sola en un solo lugar para poder segarla entera de un tajo.

Y me la habéis reunido vosotros solitos, sin que yo moviera un dedo, con vuestros amores y vuestras lealtades y vuestras familias.

—Casi sonríe, y es peor que si escupiera—.

El corazón siempre ha sido mi mejor aliado en esta obra.

Los de tu clase hacéis por amor las tonterías que yo no lograría sacaros ni con mil lanzas.

—Fíjate en ti mismo, sin ir más lejos —continúa, paseándose despacio delante del poste, con las manos a la espalda, como un maestro que da lección a un alumno lento—.

Te metiste en mi vado a sabiendas. Lo leíste, sé que lo leíste, un muchacho tan listo como tú olió la trampa a una legua de distancia.

Y entraste igual. ¿Por qué? Por catorce pastores que no son sangre tuya.

Por una mujer a la que conociste hace un mes escaso.

—Se detiene frente a mí—. Eso que tú llamas amor y yo llamo debilidad es lo que os vuelve predecibles a todos.

Lo que os pierde, generación tras generación.

Un hombre sin ataduras es libre. Un hombre con corazón es una correa tendida en el suelo, esperando la mano que la recoja.

Yo llevo cuarenta años recogiendo correas.

Ahí, atado a ese poste, con la cabeza por primera vez en mi vida incapaz de encontrarme una salida, entiendo por fin, de golpe, lo que mi madre llevaba semanas intentando meterme en la testuz sin que yo la escuchara.

No voy a pensar mi manera de salir de esta.

No la hay. La he buscado medio día y no existe.

Mordha tiene razón en una cosa terrible: a los míos nos pierde el corazón, es cierto, nos hace bajar la guardia, cargar por un vado, subir a un cuarto la víspera de una guerra.

Se equivoca, sin embargo, en la otra mitad, y esa equivocación suya es toda la esperanza que me queda.

Porque cree que el amor es la grieta, la debilidad, la tontería blanda que se hace por sentimiento y que a él le sirve de correa.

No sabe, el pobre carnicero santo, que es justo lo contrario.

—Bonitas palabras para un hombre atado a un poste —dice, sin inmutarse apenas—.

Tu bruja del norte pensaba parecido, imagino.

Y su madre antes que ella. Todos os creéis distintos, todos creéis que vuestro amor es el que por fin va a vencerme.

—Se encoge de hombros—. Cuarenta años llevo enterrando ese amor vuestro.

Es abundante, no lo niego. También lo es la hierba, y se siega igual de fácil.

—La hierba vuelve a crecer cada primavera —le contesto, y por primera vez soy yo el que sonríe—. Pregúntale a cualquier segador viejo si ha ganado alguna vez, del todo y para siempre, contra un campo.

Lo miro pasear, tan seguro, tan mansamente cruel, y por fin dejo de tener miedo, porque acabo de encontrar su único punto ciego.

Cree que el amor es una correa que él sostiene.

No sabe que es también una cuerda que tira del otro lado, con mucha más gente agarrada a ella.

Él ha atado a un hombre a un poste; del otro extremo de esa misma cuerda va a tirar, dentro de dos días, una familia entera, dos ramas de sangre vieja, un lobo, un halcón, un padre de manos grandes y una tormenta.

Mordha sabe restar de maravilla. No ha tenido nunca que enfrentarse a una suma.

—Vas a perder —le digo, y por primera vez desde que me ataron a este poste la voz me sale entera, tranquila, sin un temblor—.

No porque yo sea listo. Lo he sido toda la vida, listo, el más listo del bosque, y mírame: atado a tu poste, sin una salida.

La inteligencia no te va a ganar. Vas a perder por otra cosa.

Vas a perder porque llevas cuarenta años cazando siempre a gente sola.

Una bruja sola en un risco. Una madre sola en una plaza.

Un clan sin nadie fuera que lo defendiera.

—Le sostengo la mirada, y siento cómo me crece algo por dentro que no es miedo—.

Y por primera vez en cuarenta años, Cathal Mordha, vas a encontrarte enfrente no a alguien solo, sino a una familia entera.

A un bosque. Y las familias no calculan el precio cuando pelean por los suyos, no miden, no dudan.

Ese es tu error de cuentas, viejo. Sabes restar muy bien.

Sabes segar. No sabes multiplicar por amor.

Por un instante, uno solo, algo cruza esos ojos limpios y serenos que no es serenidad. Una grieta. La primera que le veo. Después se cierra, recompone la cara mansa, me da la espalda, y ordena a sus capitanes que levanten el campamento.

—A Strathos —dice—. Nos vamos. Llevad al cachorro delante de la columna, bien a la vista de sus almenas.

Que la raíz lo vea llegar atado y sepa que el reloj ya corre.

—Me mira una última vez por encima del hombro, sin odio ninguno, que es lo peor de todo—.

Terminemos esto donde empezó hace cuarenta años. En casa de Morvenna.

Me arrancan del poste, me suben a un caballo y me atan a él, de cara al sur, hacia Strathos, hacia ella.

Mientras la hueste entera se pone en marcha a mi alrededor, con su hierro y sus antorchas, yo hago lo único que me queda por hacer, lo único de toda mi vida que no es cálculo ni jugada: cierro los ojos, pienso con todas mis fuerzas en una flor blanca que creció de la escarcha bajo dos manos unidas, y confío.

Confío en que ella no vendrá sola. En que esta vez seremos muchos.

En que habrá un bosque entero esperando al segador.

El caballo se pone en marcha bajo mi cuerpo atado, hacia el sur, hacia el hilo de humo que sube al fondo de las chimeneas de Strathos, y me obligo a no mirar el hierro que me rodea, ni las lanzas, ni la cara mansa del hombre que me lleva de moneda.

Miro el sur. Miro el humo. Dentro de esos muros hay una mujer que me enseñó que la puerta se abre por dentro, y una madre que me lo repitió mil veces sin que yo la escuchara.

Voy a llegar a esa puerta atado y de escaparate, humillado.

No voy a llegar solo. Esa, y no otra, es toda la diferencia.

En que el amor, madre tenía toda la razón del mundo, sabe multiplicar.