CAPÍTULO 21
Me han quitado la única cosa que me atrevía a querer, y la tormenta lo sabe antes que yo.
Los pastores cruzan el portón de Strathos a salvo, catorce vidas embarradas y llorosas que Oisín ha comprado con su libertad, mujeres y críos y un par de viejos, y yo los cuento desde el adarve con el corazón subiéndoseme a la garganta.
Detrás de ellos entran sus once hombres, uno herido, reventados los caballos.
Detrás de los hombres, por el camino que se pierde en la niebla, no entra él.
Miro, y vuelvo a mirar, y cuento otra vez, como si contar dos veces pudiera devolvérmelo. No entra.
Bajo del adarve sin sentir los peldaños bajo los pies, con una calma extraña que dura lo que tarda mi cabeza en entender lo que mi cuerpo ya sabe.
Èimhir corre hacia mí por el patio, entre los pastores rescatados, con los bracitos abiertos, contenta de verme, y yo me agacho y la abrazo y le sonrío, y por encima de su cabecita sigo buscando entre los hombres que llegan una cara que no está, un ciervo grande que no cruza el portón.
La niña me nota algo, porque los niños lo notan todo antes que nadie, y se me queda mirando muy seria con esos ojos suyos, y me pregunta, bajito, dónde está el señor grande que juega con ella.
No le contesto. No me sale la voz para mentirle.
Uno de los suyos, un mozo con la cara gris de espanto, sube al adarve y me lo cuenta con la voz hecha jirones, sin atreverse a mirarme a los ojos: el vado, la niebla que se abrió como un telón, las dos laderas erizadas de lanzas que esperaban desde antes, la red de cazar jabalíes que lo arrancó del caballo cuando cubría la huida de todos.
Una voz. Una voz tranquila, mansa, bajando desde lo alto de la ladera. Vivo. A ese lo quiero vivo.
Con esas tres palabras, el cielo sobre Strathos se cierra como un puño, y lo hace antes de que yo decida cerrarlo, porque hay una parte de mí que ya no me pide permiso para estas cosas.
No lloro. Ese es el detalle que asusta a los que me rodean, más que el cielo negro: que no lloro.
Las lágrimas serían de duelo, y esto no es duelo, es otra cosa más antigua y más fría que sube de donde suben las tormentas.
Dos inviernos llevo cuajando este poder gota a gota, guardándolo, sin gastarlo apenas, y todo él, entero, se me pone ahora mismo del lado de una sola idea: bajar al norte y borrar del mundo al hombre que me ha quitado lo único que dejé entrar en dos años.
—Voy a por él. —Estoy bajando las escaleras del adarve de dos en dos, ya gritando por mi caballo, y el viento se me levanta alrededor sin que se lo mande, arrancando antorchas de las paredes—.
Ahora. Sola. Me quiere a mí, ¿no? Pues me va a tener.
Voy a bajar al norte y le voy a meter la tormenta por la garganta a ese carnicero hasta que me devuelva al ciervo o hasta que no quede de él ni el nombre para maldecirlo.
—¡Muireall! —Cael me corta el paso en el patio y me agarra las riendas del caballo con las dos manos—. ¡Para! ¡Piensa un segundo! ¡Eso es exactamente, palabra por palabra, lo que ese hombre está buscando que hagas!
—¡Me da igual lo que busque! —le grito a la cara, y un trueno seco me subraya la voz desde un cielo que hace un momento estaba limpio, y hasta el lobo, que no le teme a nada, retrocede medio paso sin querer—.
¡Lo tiene a él, Cael! ¿Lo entiendes o no lo entiendes?
¡A tu hermano! ¡Y lo tiene por mi culpa, porque yo traje a Mordha hasta esta puerta, porque él se metió en ese vado por sacarme a mí de tener que entrar sola!
El patio entero se ha quedado quieto a mi alrededor, mirándome con ese miedo respetuoso que le tienen ya a lo que soy.
Los caballos piafan y tiran de las cuerdas.
Una teja se desprende de un tejado y se hace añicos contra las losas sin que la haya tocado nadie.
Cael no me suelta las riendas, y me sostiene la mirada sin apartarla, plantándole cara a mi tormenta como quien se planta ante un río crecido, sabiendo que puede llevárselo por delante y sin moverse igual, porque es su hermano el que está en el norte, atado.
—Sé lo que sientes —dice, y le tiembla la voz de lobo, porque a él también se lo han quitado—.
Es mi hermano, Muireall. El pequeño. Llevo protegiéndolo desde antes de que anduviera.
Te juro que quiero bajar contigo ahora mismo y quemarlo todo.
Pero si bajamos así, los dos, ciegos de rabia, lo matamos nosotros antes que Mordha.
—Niña.
La mano de Morvenna se cierra sobre la mía, sobre las riendas, y lo hace con una calma que no debería caber en un patio donde se está levantando una tormenta. No tira. No forcejea. Solo aprieta, firme, y me habla muy bajo, para mí sola, entre todo el estruendo.
—Mírame. No mires la tormenta, que la tormenta te empuja a lo fácil. Mírame a mí a la cara.
La miro. En su cara, en esas arrugas de cuarenta años, veo lo mismo que me está devorando a mí ahora mismo por dentro: veo a la cría del norte que voló mientras ardía todo a su espalda, la que lleva media vida cargando esa culpa.
Algo en mí, en medio de la rabia roja, se detiene a escucharla, aunque todo el resto de mi cuerpo quiera arder.
—Yo hice esto una vez —murmura, y solo yo la oigo—.
No corrí hacia el fuego como quieres correr tú.
Corrí lejos de él. Pero es la misma cosa, niña, las dos son elegir el miedo por encima de la cabeza.
Si bajas ahora, sola y ciega de rabia, te vas gastando el poder por el camino a cada trueno, como en Corrie Dubh, y llegas a él vaciada, temblando, hueca.
Te siega en una tarde, sin despeinarse. Y a él, al ciervo, lo cuelga igual, delante de ti, para castigarte por haber venido.
—Me aprieta la mano hasta hacerme daño—.
Piensa. Sé que arde, sé que quema como el infierno. Piensa igual, por él.
—No puedo pensar con él allí, Morvenna. —Se me quiebra la voz, y odio con toda mi alma que se me quiebre delante de todo el patio, delante de la casa entera—.
No puedo. Llevo dos inviernos sin dejar entrar a nadie por esto, por esto exactamente, por no volver a sentir lo que estoy sintiendo ahora mismo, este miedo que me parte.
Me tapié entera para no volver a tener nada que pudieran quitarme.
Y él se coló igual, por la rendija, sin permiso, y ahora lo tiene ese carnicero, y yo estoy aquí, y no puedo—
—Y por eso, precisamente por eso, vas a ganar.
—Me sujeta la cara con las dos manos, fuerte, obligándome a sostenerle la mirada—.
Escúchame bien, que esto se aprende una sola vez.
Hasta hoy peleabas por venganza. La venganza es una fuerza fría, y es una fuerza sola: te llena las manos pero te vacía el pecho.
Desde hoy peleas por amor, y el amor es la única fuerza que ha vencido nunca, en toda la historia del mundo, a un hombre como Cathal Mordha.
Pero el amor, niña, no carga a ciegas contra las lanzas.
El amor calcula. El amor tiene la cabeza fría justo porque tiene algo que perder, y no se lo juega en una carrera tonta.
—Baja la voz hasta dejarla en un hilo—. No corras hacia él.
Oblígalo a venir él hacia ti. Aquí. A mis muros.
Con mis hijos alrededor, con las dos ramas de la sangre vieja por fin juntas y por fin dispuestas a plantar cara en vez de a huir.
Deja que traiga al ciervo hasta la puerta misma de esta casa, creyéndose el cazador.
Y entonces, Muireall, ese día, sueltas de una vez todo lo que llevas dos inviernos tragándote, y que la Madre se apiade de él, porque yo no pienso pedírselo.
Alrededor, la familia entera nos mira sostenernos la mirada, dos brujas de la misma sangre midiéndose en un patio, la vieja que huyó hace cuarenta años y la joven que quiere correr hoy.
En los ojos de Morvenna, por debajo de toda esa calma, veo lo que le cuesta pedirme esto: veo que ella habría dado media vida por que alguien la hubiera agarrado a ella de las riendas la noche que voló, por que alguien le hubiera dicho «no corras, piensa, quédate y pelea».
Nadie lo hizo. Voló sola, y ardió todo a su espalda, y lleva cuatro décadas cargándolo en silencio.
Me está dando ahora, en este patio, lo que a ella nadie le dio nunca.
Trago la tormenta. Trago las nubes, el viento, los truenos, la rabia entera, hacia dentro, de un tirón, y cuesta como tragar hierro al rojo vivo, me raspa la garganta, me quema el pecho.
El cielo sobre Strathos se abre despacio, a regañadientes, sin irse del todo, quedándose ahí arriba, encapotado, esperando su hora como un perro atado que ha olido la sangre.
Bajo del caballo con las piernas temblándome, y la rabia, por primera vez en dos años, se me convierte en otra cosa.
Algo más frío. Más quieto. Mucho más peligroso.
—Que venga, entonces. —Lo digo bajito, y ya no me tiembla la voz—.
Prepara tus muros, señora. Cada piedra, cada portón, cada flecha.
Voy a darle a Cathal Mordha, en la puerta de esta casa, lo mismo que lleva cuarenta años buscando por toda Escocia.
—Miro al norte, hacia la niebla que se ha tragado al hombre que se coló en mi casa tapiada—.
Y cuando lo tenga delante, va a desear con toda su alma no haberme encontrado nunca.
Me vuelvo hacia la familia, hacia el patio lleno a la vez de gente asustada y de gente valiente, que muchas veces son la misma, y por primera vez desde que crucé este portón hablo no como una extraña que mendiga cobijo, sino como quien da órdenes en su propia casa.
—Dos días —digo, y la voz me sale firme, sin un temblor—.
Tenemos dos días para volver estos muros una trampa de la que no salga vivo.
Cael, la puerta este. Ciaran, el adarve norte.
Todos los brazos que sepan sostener algo, a trabajar desde ahora.
—Miro al norte una última vez—. Que venga a por su raíz.
Le vamos a tener preparado un jardín, y en el centro, esperándolo, la flor que menos se espera.