La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La calma tiene un sabor propio, y yo aprendí de niño, en el bosque, a desconfiar de él.

El alba llega demasiado tranquila sobre Strathos.

Demasiado. Ni cuervos de mal agüero graznando en las almenas, ni humo negro manchando el horizonte, ni el estruendo de arietes que llevábamos toda la noche esperando con el oído pegado a la piedra.

Solo niebla espesa llenando el valle hasta los bordes y un silencio denso que a cualquier hombre le sabría a tregua, a respiro, y a mí me sabe a trampa cebada, porque he leído demasiadas mañanas en mi vida como para no saber que Cathal Mordha no es hombre que se anuncie con cuernos.

Llevo en esta muralla desde antes del alba, y cuanto más tarda Mordha en aparecer, peor me huele todo.

Un enemigo que llega a su hora es un enemigo con un plan sencillo.

Un enemigo que se retrasa es un enemigo con un plan que todavía no he sabido ver.

He pasado la noche entera, después de dejar a Muireall dormida, repasando el tablero en la cabeza: por dónde entraría yo si fuera él, qué haría con todo lo que sabe de esta casa por boca de Artair, cómo sacaría de detrás de estos muros a una familia que no abandona jamás a los suyos.

Cada camino que trazo termina en el mismo sitio incómodo: en que yo no atacaría el castillo primero.

Atacaría lo que el castillo no puede permitirse dejar arder.

—No me gusta —le digo a Cael, los dos apoyados en la muralla norte, escrutando la niebla—. Debería estar ya aquí, aporreándonos la puerta. Un ejército que ha marchado toda la noche para llegar no se planta a una legua a contemplar el paisaje con las manos en los bolsillos.

—A lo mejor espera a que le lleguen refuerzos —aventura mi hermano.

—O a lo mejor —murmuro, y se me eriza la nuca sola, ese aviso viejo que me sube por el espinazo antes de que la cabeza entienda nada— no toda su fuerza viene por delante, hermano. A lo mejor lo que vemos no es todo lo que hay.

Es Bríde la que nos saca de la duda, y ojalá, ojalá no lo hubiera hecho tan pronto.

Baja del cielo gris en picado, se cambia a media carrera en mitad del patio sin molestarse siquiera en buscar el biombo del granero, y llega hasta nosotros gritando, con el pelo revuelto y la cara descompuesta de espanto.

—¡Los pastores! ¡La gente de la cañada baja! —jadea, agarrándose a la almena—. ¡Mordha no viene a por el castillo primero! ¡Está quemando las granjas de la falda, una por una! ¡Quema a la gente de fuera para obligarnos a salir a defenderla!

Ahí está. La jugada que no supe prever, otra vez, porque sigo pensando como un hombre que defiende muros y Mordha piensa como un carnicero que sabe de sobra que un laird con honra no se queda cruzado de brazos tras la piedra viendo arder a su gente.

Nos ha tendido la trampa perfecta, la que no tiene salida buena: o nos quedamos seguros tras los muros, viendo desde el adarve cómo mueren los nuestros en la falda, o salimos a campo abierto, a la niebla, donde su caballería nos espera peinada y descansada.

Cabeza o corazón. Sabe que un buen laird elige siempre el corazón. Cuenta con ello.

—Es una trampa, y la voy a pisar igual —le digo a Cael, y me sale media sonrisa amarga—.

Ese es el problema de tener honra: que el enemigo la usa de correa para llevarte adonde quiere.

A veces, hermano, la única manera de ganarle a un tramposo es pisarle la trampa a sabiendas y salir corriendo más rápido que el lazo.

No hay elección de verdad, y los dos lo sabemos según nos miramos. En esta casa no se deja arder a nadie. Es lo que somos, para bien y para mal, y Mordha lo ha leído mejor que yo.

—Voy yo —suelto, ya bajando los peldaños de dos en dos—.

Con una partida ligera, rápida. Sacamos a la gente de la cañada, los cargamos a la grupa y los metemos tras los muros antes de que su caballería tenga tiempo de cerrar la boca del valle.

Rápido y sucio, entrar y salir. Es lo único que se puede hacer, y hay que hacerlo ya.

—Voy contigo —gruñe Cael, desenvainando.

—No. Tú te quedas y guardas el castillo, que es exactamente lo que ese hombre quiere que dejemos sin defensa mientras corremos a la falda. —Le agarro el antebrazo con fuerza—. Confía en mí una vez, hermano. Solo una. Esta jugada la leo bien, te lo juro. Sé lo que hace.

Salimos doce a caballo, tragados por la niebla nada más cruzar el portón.

Durante un rato largo y glorioso, la cosa funciona tal como la he pensado: llegamos a la cañada baja, sacamos a los pastores de sus granjas en llamas, cargamos mujeres y críos y algún viejo a las grupas, y emprendemos la vuelta hacia el castillo con el corazón en un puño pero con la boca del valle todavía abierta y despejada ante nosotros.

Cuento cabezas. No falta nadie. Lo tengo , pienso, y debería haber aprendido ya que esa frase es la que me maldice.

Los pastores lloran de miedo y de humo a mis espaldas, agarrados a las grupas, y los críos no entienden qué pasa, y una mujer me bendice a gritos por sacarla de una casa que arde.

No le contesto. Voy contando los pasos que faltan hasta la boca del valle, midiendo la niebla, calculando cuánto tardará la caballería de Mordha en darse cuenta de que hemos entrado y salido antes de que puedan cerrar.

Voy ganando, pienso. Voy más rápido que él.

Por una vez en toda esta guerra, voy un paso por delante del carnicero.

Ese pensamiento, esa vanidad tonta, es justo la niebla que no me deja ver las dos laderas hasta que ya es tarde.

La niebla se abre justo cuando cruzamos el vado, como un telón que alguien descorre a propósito.

No hay caballería esperándonos de frente, cerrándonos el paso, como yo había calculado que haría un enemigo cualquiera.

Los tengo a los dos lados. En las dos laderas del vado, quietos, callados, montados, esperándonos desde mucho antes de que llegáramos, porque alguien les dijo con pelos y señales por dónde entraríamos a la cañada y por dónde saldríamos de ella.

Porque mi primo Artair se sabe estos vados del norte tan bien como me los sé yo.

Me han dejado entrar. Me han visto cargar los caballos de inocentes con toda la paciencia del mundo.

Ahora, sin prisa, cierran la bolsa alrededor de nosotros.

—¡A los muros! —grito, girando el caballo—. ¡Cargad y no paréis por nada! ¡No miréis atrás! ¡Yo cubro la retirada!

Los pastores rompen hacia Strathos con mis once hombres escoltándolos a uña de caballo, y yo me quedo atrás, solo, en el vado, ciervo entre dos laderas erizadas de lanzas, haciendo lo único que sé hacer mejor que ningún hombre vivo: ser el señuelo.

Ser el que corre en zigzag por el barro para que le disparen a él y no a los niños de las grupas.

Aguanto lo que hace falta aguantar y un poco más.

Los veo a lo lejos, entre jirones de niebla, cruzar el portón de Strathos y ponerse a salvo tras la piedra, uno a uno, todos, y algo dentro de mí se afloja de puro alivio, porque han llegado, porque los he sacado, porque esta la he ganado aunque me cueste la piel.

Ese instante de alivio, esa media sonrisa tonta, es justo el que me pierde.

No veo venir la red. La lanzan desde el brezo de la ladera, pesada, de las de cazar jabalíes, y me arranca del caballo antes de que la sombra siquiera me avise por el espinazo.

Ruedo por el barro del vado enredado en las cuerdas, manoteando, y para cuando encuentro los pies y me incorporo a medias, ya tengo seis puntas de lanza tocándome el cuello y una voz que no conozco, grave, mansa, tranquila como la de un cura en misa de domingo, dando la orden desde lo alto de la ladera.

—Vivo. —Cathal Mordha lo dice sin alzar la voz, sin ninguna necesidad de alzarla—. A ese lo quiero vivo y entero. Es el precio con el que la raíz va a venir a mí por su propio pie, sin que yo tenga que ir a buscarla.

Levanto la cara embarrada hacia lo alto de la ladera, y lo veo por primera vez.

No es lo que uno se imagina de un carnicero.

Es un hombre mayor, sereno, de manos limpias cruzadas sobre el pomo de la silla, con la cara mansa del que lleva tanto tiempo seguro de tener razón que ya ni necesita levantar la voz para imponerla.

Me estudia como se estudia una herramienta útil, sin odio, y esa falta de odio es justo lo que lo vuelve peor que cualquier monstruo de los cuentos con los que se asusta a los críos.

—Un cambiante —comenta, casi con curiosidad de sabio—.

Uno de los cachorros de Morvenna, si estos viejos ojos no me engañan.

Cuánto tiempo sin ver de cerca a uno de los tuyos.

—Ladea la cabeza—. No te voy a hacer daño, muchacho.

Todavía no. Tú eres la carta, no la mano.

La mano vendrá sola a recogerte, y ese día habré reunido por fin, en un mismo sitio y a la vez, todo lo que llevo cuarenta años cazando por Escocia.

No le contesto. No le doy el gusto de verme con miedo, aunque lo tenga, aunque el saco que me echan por la cabeza huela ya a mi propio final.

Mientras me atan las muñecas pienso una sola cosa, y me agarro a ella como a un clavo ardiendo: que le he leído la jugada solo a medias.

Soy la carta, sí. Pero una carta también se puede jugar contra el que la reparte, si uno tiene la cabeza fría y la paciencia de esperar su mano.

Me encapuchan con un saco que huele a grano viejo.

Me atan las muñecas a la espalda. Mientras me suben a un caballo y me arrastran hacia el norte, hacia el hombre que quemó a la madre de Muireall en un poste y a la aldea entera de la mía cuarenta años atrás, lo único que soy capaz de pensar, con una claridad amarga que me sabe a hierro, es que he vuelto a leer bien el tablero, a mover bien mis piezas, a sacar a salvo a todos los inocentes, y a perder igual.

Porque hay batallas —madre tenía razón desde el principio, y me ha costado la libertad entenderlo— que no se ganan con la cabeza por mucho que uno la tenga buena.

A esta acabo de entrar yo solo, con los ojos bien abiertos y a sabiendas, para que ella no tuviera que entrar sola.