CAPÍTULO 19
Hay una primera vez para todo, incluso para dejar de tener miedo de que te vean entera.
La víspera de una guerra es un tiempo raro, de una textura que no tiene ninguna otra noche.
Todos duermen, porque mañana hará falta hasta la última gota de fuerza, y nadie duerme, porque mañana puede sencillamente no haber un después que gastar esa fuerza.
Yo ni lo intento. Subo al cuarto que me dieron cuando llegué siendo una extraña embarrada, con la piel demasiado pequeña para todo lo que llevo dentro esta noche, y no me sorprende oír la puerta abrirse a mi espalda y saber, sin volverme, sin necesidad de mirar, que es él.
—No deberías estar aquí —murmuro, de espaldas, mirando por el ventanuco la niebla que sube del valle—. Mañana necesitas dormir. Mañana necesitas estar entero.
—Mañana. —El ciervo cierra la puerta con el pie, despacio—. Llevas días enseñándome a no fiarme de esa palabra, mujerzuela. No voy a empezar a fiarme justo esta noche.
Me vuelvo. Lo que veo en su cara termina de derribar el último muro que me quedaba en pie después de dos inviernos levantándolos.
No hay cálculo en esa cara. No hay guasa, ni máscara de bobo, ni la sonrisa perezosa con que se defiende del mundo.
Hay un hombre que mañana puede morir defendiendo lo que yo soy, y que ha subido a esta habitación a no pasar solo la única noche que a lo mejor le queda entera.
—Prometí contártelo todo —susurro, y me tiembla la voz—. Ayer. Se me acabó el día antes de poder cumplirlo, y mira lo que costó ese día. —Doy un paso hacia él, sobre las losas frías—. Déjame cumplirlo ahora, ciervo. No con palabras. Las palabras se me dan mal para esto. Otra cosa, no.
—Muireall… —Empieza a decir algo, con esa necesidad suya de ponerle nombre a todo antes de tocarlo.
—Calla. —Le pongo un dedo en los labios, y me tiembla el dedo, y por una vez lo dejo temblar sin avergonzarme—. Por una sola vez en tu vida, ciervo, deja de querer entenderlo todo con la cabeza. No lo entiendas. Siéntelo. Es lo único que te pido esta noche.
Se me queda mirando con mi dedo todavía en los labios, y por un momento el estratega pelea contra el hombre, la costumbre de entenderlo todo contra las ganas de dejarse.
Le veo perder esa batalla en los ojos, rendirse, y es lo más hermoso que le he visto hacer nunca: un hombre que se pasa la vida calculando eligiendo, por una vez, no calcular nada.
Me toma la mano que le tapa la boca, me besa despacio la palma, y después me la aparta con cuidado, como quien retira lo único que le impedía acercarse.
—Está bien —murmura, ronco—. Esta noche no entiendo nada. Esta noche solo te siento. Enséñame.
Lo beso, despacio, esta vez. Sin robar, sin el hambre vieja del duelo, sin la prisa fea de la guerra.
Lo beso como no me he permitido besar a nadie en toda mi vida, dejándole notar en la boca, sin esconder nada, todo lo que llevo dos inviernos tapiando a cal y canto, y él me responde igual de hondo, con esa fuerza contenida que ahora, por fin, por primera vez, se deja de contener del todo.
Le suelto los cordones de la camisa con dedos que ya no fingen la firmeza que no tienen.
Él me busca los lazos de la saya con una torpeza tierna, de hombre que sabe leerlo todo en este mundo menos esto, menos a una mujer que se abre, y me río bajito contra su boca, y él sonríe contra la mía, y la risa se nos deshace en algo mucho más serio cuando la lana cae al suelo y ya no queda una sola hebra de tela entre su piel y la mía.
Me recorre entera con las dos manos, despacio, con un cuidado que me deshace, como quien aprende de memoria un mapa que teme perder al amanecer.
A cada sitio que sus manos encuentran, dejo que la tormenta se me asome un poco a la piel, no para dañar, jamás para dañar, sino para responderle: un calor que sube donde él apoya la palma, una carga suave que espesa el aire del cuarto, chispas diminutas allí donde su piel y la mía se rozan, hasta que los dos temblamos por razones que ya no tienen nada que ver con el frío de la piedra.
Lo tumbo sobre el jergón y me tomo mi tiempo con él, porque llevo toda la vida tomando de todo y quiero, por una vez, dar.
Le recorro las cicatrices viejas con la boca, la del costado, las de cazar, y a cada una le dejo una chispa tibia que lo hace estremecerse y reírse a la vez.
Él me sostiene la cara con las dos manos y me mira como no me ha mirado nadie nunca, sin miedo a lo que soy, con las dos cosas juntas en los ojos: el deseo y la ternura, que casi nunca caben en la misma mirada.
«Eres preciosa», me dice con la voz rota, «y das un miedo de muerte, y no cambiaría ni una cosa ni la otra.
» Me río, y la risa se me deshace en algo más hondo cuando sus manos empiezan a hablar el mismo idioma que las mías.
Lo que viene no tiene ninguna prisa, aunque los dos sepamos que el amanecer trae guerra.
Nos buscamos despacio, aprendiéndonos de memoria, parándonos en cada temblor como quien no quiere que se acabe la única noche segura que le queda.
Cada vez que la tormenta se me escapa a la piel, él la recibe sin apartarse, como si el peligro fuera una parte más de mí y él las quisiera todas, hasta las que hacen daño.
Nadie me había querido nunca con la tormenta puesta.
Todos, antes, me querían a pesar de ella, cuando la escondía.
Él me quiere con ella encima. Es distinto.
Es la diferencia entera que hay entre que te toleren y que te elijan.
—No te asustes —susurro, cuando noto que percibe lo que despierto bajo sus manos, esa electricidad que no viene de ninguna parte y viene de mí—. No es peligro. No para ti. Es… lo que soy, respondiéndote. Es mi cuerpo diciéndote que sí en el único idioma que tiene entero.
—No me asusto. —Me mira a los ojos en la penumbra, y en los suyos hay fuego del bueno, del que calienta y no quema—. Al revés. Me estás dejando entrar del todo, ¿verdad? Por la puerta, no por la ventana. Lo noto. Y no pienso desperdiciar ni un solo latido de esta noche teniéndote miedo.
Nos hundimos juntos en el jergón, en la penumbra tibia, y lo que viene después no lo mide el tiempo con ninguna vara conocida.
Es lento y es urgente a la vez, las dos cosas sin contradecirse.
Es risa ahogada y es lágrima que no sé de dónde sale.
Es la mujer que no baja la guardia ni cuando la matan bajándola entera, por primera vez, delante de otro ser humano, y es el hombre que lo controla todo dejándose caer al fin sin red y sin plan.
Me abre despacio y me lee con las manos y con la boca y me responde a cada temblor, y yo lo recibo y lo reclamo como mío y lo marco con las uñas en la espalda para que le quede constancia mañana de que esta noche fue verdad.
Nos movemos juntos hasta perder cada uno el sitio donde terminaba y empezaba el otro, hasta que ya no sé cuál de los dos gime y cuál de los dos jura, y cuando por fin nos rompemos a la vez, con su nombre roto en mi boca y el mío en la suya, la tormenta se me desborda un instante fuera de la piel y llena el cuarto entero de una luz tenue, dorada, cálida, que no quema nada ni a nadie, que solo alumbra dos cuerpos enredados y sudados y vivos.
Él la mira temblar sobre nuestras pieles, con el pecho aún agitado, y se ríe.
Se ríe maravillado, como un crío ante la primera nieve.
—¿Siempre iluminas así? —murmura, trazándome la clavícula con la yema de un dedo, siguiendo el rastro de luz—. Porque, Muireall, podría acostumbrarme a esto sin ningún esfuerzo.
—Solo cuando bajo la guardia del todo. —Le apoyo la cabeza en el pecho, sobre el corazón, y se lo oigo galopar bajo la oreja, todavía desbocado—. Y del todo, ciervo, no la había bajado nunca. Ante nadie. Contigo es la primera vez en mi vida entera. Esa luz eres tú, que me la has sacado.
Nos quedamos así mucho rato, enredados, con la luz apagándose despacio sobre nuestras pieles a medida que la guardia me vuelve a subir sola, tibia todavía en el aire del cuarto.
Fuera, el castillo duerme su sueño intranquilo de víspera de guerra.
Dentro, por primera vez en dos inviernos enteros, yo no tengo frío, ni miedo, ni la puerta tapiada.
Solo tengo a este hombre imposible que se coló por ella cuando ni yo misma sabía que la había dejado abierta, respirando despacio bajo mi mejilla, vivo, entero, mío por lo que dure esta noche.
Se queda callado un rato largo, acariciándome el pelo enredado, y su respiración se va calmando bajo mi mejilla. Cuando por fin habla, la voz le sale distinta, desnuda del todo, sin una sola de sus máscaras puestas.
—No pienso dejar que Mordha te ponga la mano encima. —No es una bravata de las que sueltan los hombres para hincharse. Es un juramento, dicho a media voz en la oscuridad, y esos pesan—. Ni a ti, ni a esta casa, ni a esa luz tuya. Aunque tenga que ponerme yo en medio de él y de ti para impedirlo.
Debería reñirle. Debería decirle que no se ponga en medio de nada ni de nadie, que él es carne y hueso y Mordha es un ejército con hierro, que los juramentos así se los lleva la guerra por delante.
Pero estoy tan cansada de estar sola en el mundo, y esta noche es tan corta y nuestra, que solo lo abrazo más fuerte contra mí, hundo la cara en su cuello, y me callo la única verdad que podría estropeárnosla.
Que en esta familia, y en todas, los que se ponen en medio son justamente los que el destino se lleva primero.
Lo sé porque lo he visto: mi padre se puso en medio de una tormenta y se lo llevó el agua; mi madre se puso en medio de un cazador y ardió en un poste.
Los que aman de verdad se ponen delante, y el mundo, que es un carnicero paciente, empieza siempre por los de delante.
Esta noche me callo esa cuenta, la aprieto contra mi pecho junto a él, y rezo por equivocarme una vez en la vida.