CAPÍTULO 18
Volver a casa con malas noticias tiene un peso propio, y esta vez lo cargo yo, que fui quien ayudó a abrir la puerta por donde entraron.
El salón de Strathos está lleno y en silencio, un silencio denso, de víspera de guerra, de esos que se mascan.
Cael de pie a la cabecera de la mesa larga, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada.
Ciaran a su lado, enorme, callado, con esa calma de piedra que trae la gente del norte a las malas noticias.
Bríde, a la que su marido ha conseguido sentar por fin de puro milagro, con una mano en el vientre que ya redondea y la otra cerrada sobre el puño de un cuchillo.
Mi padre en su rincón, afilando una hoja que hace tiempo dejó de necesitar filo, porque para él afilar es una manera de pensar.
De pie en medio de todos, sin querer sentarse, como si sentarse fuera rendir una plaza que aún defiende, Muireall, contándolo todo sin adornarlo con una sola palabra de más: el primo, la traición de dos inviernos, Corrie Dubh convertido en cebo, y la verdad última, la que nos hiela a todos por igual hasta las botas: que Cathal Mordha sabe ya, sin margen de duda, que la raíz de toda la sangre vieja duerme bajo este techo, y que viene a arrancarla con toda su hueste, por la misma puerta que le ha dibujado Artair con su mano.
Lo cuenta como se cuenta un parte de guerra, sin una lágrima, poniendo los hechos sobre la mesa como quien pone las cartas boca arriba porque ya no queda nada que esconder.
Cuántos hombres calcula que trae Mordha.
Por dónde entrará, gracias a su primo. Cuánto tiempo nos queda, que es poco.
No pide compasión ninguna. No llora a Artair delante de nosotros, aunque yo sé que lo llora por dentro.
Solo expone la ruina que ha traído, con una honestidad que hace daño, y después ofrece la única moneda que le queda para pagarla: ella misma.
—Es mi guerra —termina, y la voz no le tiembla, aunque yo, que le leo hasta lo que esconde, sé lo que le cuesta que no le tiemble—.
Yo la traje hasta vuestra casa. Yo os metí a Mordha en las despensas sin querer.
Dadme un caballo y me marcho esta misma noche, sola, hacia el norte.
Que me siga a mí, que es a quien busca. Vosotros no tenéis por qué arder por lo que yo soy.
Nadie contesta enseguida. El fuego chisporrotea en el silencio.
Veo a Cael medir la oferta con esa cabeza fría de lobo, sopesándola de verdad, porque un jefe tiene que sopesarlo todo, hasta lo que le repugna.
Veo a Bríde apretar el mango del cuchillo hasta que se le blanquean los nudillos.
Veo, sobre todo, a mi madre, que no ha soltado ni una palabra en toda la reunión, ponerse muy despacio de pie en su rincón del fuego, y sé, solo por cómo se levanta, que lo que va a decir lleva cuarenta años esperando turno en su boca.
—Siéntate, niña.
La voz que corta el aire del salón no es la de Cael, como todos esperábamos. Es la de mi madre.
Se ha levantado del rincón del fuego sin que la oyéramos, y hay en ella algo que no le he visto en toda mi vida, algo que me eriza el vello de los brazos: se ha quitado veinte años de encima y se los ha vuelto a poner de golpe, todos juntos, como si la sola palabra Mordha , dicha en voz alta en su salón, la hubiera devuelto de un tirón a una mujer más joven, más rota, y mucho más peligrosa.
—Nadie se marcha de esta casa esta noche —ordena, y no es la señora del torreón la que habla, es algo más viejo—.
Y menos que nadie, tú. Porque esta guerra no la trajiste tú, Muireall.
Tú trajiste solo la última milla del camino.
El resto, todo el resto, lo abrí yo hace cuarenta años, la noche en que eché a correr.
El salón entero se queda sin aire de golpe. Cael descruza los brazos despacio.
—Madre. —Su voz es un aviso y una pregunta a la vez—. ¿De qué estás hablando?
—De que conozco a Cathal Mordha. —Lo dice mirando fijo a las llamas, no a nosotros, porque hay cosas que no se pueden contar mirando a los hijos a los ojos—.
De mucho antes de vuestro padre. De antes de este torreón, de antes de estos muros.
De cuando yo era una cría del norte con dos pieles en el cuerpo y una aldea entera de los míos alrededor: cambiantes y brujas juntos, viviendo puerta con puerta, la sangre vieja completa, las dos ramas del mismo árbol bajo un mismo cielo.
—Traga saliva, y le cuesta—. Mordha era joven entonces, y ya segaba.
Ya se creía la escoba de Dios. Cayó sobre nosotros una noche de pleno invierno, con antorchas y con hierro.
Y yo… yo hui, hijos míos. Volé. Me salvé este pellejo por el aire mientras a mi espalda ardía todo lo que yo era y todo lo que yo amaba.
No miré atrás ni una vez. Bajé al sur volando de noche, me escondí en una forma y en un nombre que no eran del norte, me casé con un lancero bueno que tuvo el tino de no preguntarme nunca de dónde venía, y enterré lo que soy tan hondo, durante tanto tiempo, que casi acabo por creérmelo yo también.
—¿Sabéis por qué crío romero, y no otra hierba cualquiera?
—Su voz se hace pequeña, de cría—. Porque es lo que crecía en la tumba de mi madre, allá arriba, antes de que Mordha la quemara sin dejarle tumba.
Lo planté aquí, en el sur, para tener un pedazo de ella que oler cuando la echara de menos.
Cuarenta años oliéndola y pidiéndole perdón por haber volado en vez de arder a su lado.
—Se le quiebra la voz—. Vosotros creéis que vuestra madre es una mujer valiente, la señora del torreón que no le teme a nada bajo el cielo.
Vuestra madre es una cobarde que lleva media vida escondida detrás de un buen hombre y de un buen apellido, rezando cada noche por que el pasado no la encontrara.
El pasado, hijos, siempre encuentra. Siempre. Solo tarda lo que tarda en llegar.
Levanta al fin la cara del fuego, y le brillan los ojos con una humedad vieja de cuarenta años.
—Cuarenta inviernos llevo subiéndole romero al monte a una madre que dejé arder atada a un poste por no pararme a defenderla —dice, y cada palabra le sale pelada—. Cuarenta años rezando cada noche por que Mordha me hubiera perdido el rastro en algún vado del sur.
—Y no te lo perdió —murmura Muireall, blanca como la cal, entendiéndolo todo de repente.
—Nunca me lo perdió. —Mi madre le sostiene la mirada, y entre las dos mujeres, la vieja y la joven, la que huyó y la que volvió a por venganza, pasa algo antiquísimo, de rama a rama, que a los demás nos deja fuera—.
Solo esperó. Tuvo la paciencia del cazador de verdad.
Esperó a que la sangre volviera a juntarse ella sola, porque sabía que se juntaría, que la sangre vieja se llama a sí misma de un extremo a otro del mundo.
Tres cambiantes de una misma camada, mis tres hijos.
Y ahora tú, la raíz, la honda, durmiendo bajo mi propio techo.
—Cierra los ojos un momento, como si le doliera—.
Le hemos servido en bandeja de plata lo que llevaba cuarenta años cazando por toda Escocia: las dos ramas otra vez juntas, en un solo sitio, quietas, para poder segarlas de un tajo limpio.
El silencio que sigue lo rompe mi padre, que deja el cuchillo y la piedra sobre la mesa, se pone en pie despacio, viejo y recto, y habla con esa voz suya de montaña que solo baja al valle para las cosas grandes.
—Entonces esta vez no corres, Morvenna. —Cruza el salón y se planta a su lado—.
Esta vez lo esperamos aquí, entre los muros de piedra que no tenías entonces y con los hijos que no tenías entonces.
—La mira, y en su cara curtida hay cuarenta años de un amor que no se ha gastado—.
Te dije una vez, hace mucho, que a las tormentas no se las combate de frente, que se las capea.
Pues vamos a capear la peor de todas, mujer, la que llevas huyendo media vida.
Juntos. Y el hombre que quiera segar esta casa va a tener que segarnos a los cinco primero, uno por uno, y no le va a salir barato ninguno de los cinco.
—Le pone a mi madre una mano en la nuca, con una ternura que en un hombre tan callado desarma—.
Cuarenta años esperando a que volviera a por ti, mujer.
Que venga. Ya no estás sola en aquel monte.
Ahora tienes muros, y espada, y una casa entera que arderá contigo antes que dejarte arder a ti.
Cael desenvaina la espada y la clava en la mesa, de pie.
Bríde se levanta a pesar del vientre, con el cuchillo en alto, y Ciaran le pone una mano en el hombro y asiente una sola vez, que en un hombre como él es un discurso entero.
Yo, que traje la desgracia hasta esta puerta por querer ser el más listo, miro a mi familia cerrar filas alrededor de la mujer que amo, y por primera vez desde la noche del palomar vuelvo a sentir, muy despacio, que sirvo para algo en este mundo.
—Que venga, entonces. —Muireall lo dice muy bajo, y en su voz la tormenta ya no pide permiso a nadie—. Esta vez la raíz no está sola. Esta vez tiene bosque.
Miro a Muireall decir eso, «esta vez tiene bosque», con la voz tomada, y veo perfectamente lo que le cuesta creérselo, porque dos inviernos de soledad no se curan con una frase por muy bonita que suene al decirla.
Me acerco por detrás, sin que lo vea nadie más en el revuelo, y le rozo la mano con la mía, apenas, un roce de nada.
Ella no se aparta. Cierra los dedos alrededor de los míos un instante, con fuerza, como quien se agarra a una rama en mitad de una corriente crecida, y después los suelta y vuelve a ser la de siempre, recta y de piedra delante de todos.
Nadie lo ha visto. Da igual: yo sí. Ese roce a escondidas, en medio de una sala que se prepara para morir, me dice más que todos sus besos juntos: que empieza, muy despacio, a dejarme ser bosque a mí también.