La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La sangre no se elige, dicen los que no han sangrado. Mienten. Yo elegí la mía cada mañana durante veinte años, tejado a tejado, hambre a hambre. Una madrugada de octubre ella dejó de elegirme a mí.

Salí de Strathos sin despedirme de nadie, con el castillo entero despertándose a mi espalda al grito de que el traidor había huido por la puerta este.

Beitris me agarró del brazo en el patio, con esa fuerza de vieja que aún guarda para lo que de verdad importa, y me miró a los ojos, y no me dijo «no vayas», que sabía inútil, ni «ten cuidado», que sabía tonto.

Me dijo una sola cosa, la única que valía: «no vuelvas siendo él, niña.

Vayas a por quien vayas, no vuelvas siendo él».

Con esa frase clavada entre las costillas eché a cabalgar hacia el último pedazo vivo de mi pasado, para arrancármelo yo misma de raíz.

Cabalgo tras Artair sin escolta, a pelo casi, con el ciervo pegado a mi grupa porque no ha habido fuerza humana ni bestial capaz de dejarlo atrás en el patio, y le doy alcance a poco más de media legua del castillo, donde su caballo, reventado por la prisa y la mala noche, se le ha quedado cojo y lo ha obligado a echar pie a tierra en mitad del brezo.

Se vuelve al oír nuestros cascos. En su cara, en la cara del niño con el que compartí teta y establo y primeras heladas, no encuentro la sorpresa que esperaba.

Encuentro cansancio. El cansancio hondo del que llevaba mucho tiempo esperando este momento exacto y casi, casi, agradece que llegue de una vez para dejar de temerlo.

He cruzado media legua de brezo con la tormenta pidiéndome paso a cada galope, con el ciervo a mi grupa gritándome que no me vacíe, que la guarde, y por una vez le he hecho caso: no he tocado el poder.

He venido a esto con las manos desnudas, como se viene a las cosas de sangre, porque a un primo no se le mata con un rayo.

A un primo, si acaso, se le mata con las manos, mirándolo a los ojos.

O no se le mata. Cabalgando no sabía todavía cuál de las dos cosas venía a hacer.

—No corras más. —Bajo del caballo despacio, sin apartarle los ojos—. No te va a hacer falta ya. Se acabó lo de correr, primo.

—Muireall. —Levanta las dos manos, despacio, abiertas, sin fingir ni por un momento inocencia, que al menos me ahorra esa última humillación—. Déjame que te lo explique. Solo eso. Después haz lo que tengas que hacer.

—Explícame. —La palabra me sale de la boca como un tajo de guadaña—.

Explícame por qué la sangre de mi tío, de mi tía, de los mismos abuelos que nos criaron a los dos juntos en el mismo suelo, ha estado dos inviernos enteros vendiéndoselos a Mordha uno a uno.

Explícamelo bien, Artair, con detalle, que me estoy muriendo por entenderlo, por encontrarle un sentido que no me parta en dos.

—¡Porque nos moríamos! —Me lo grita, y hay lágrimas de verdad rodándole por la cara sucia, y eso es lo peor de todo, que son de verdad, que no las finge—.

¡Once tejados, prima! ¡Once! ¡Niños comiendo raíces hervidas y muriéndose igual!

Tú te subiste a tu montaña a aprender tus hechizos con tu madre, lejos, a salvo, y yo me quedé abajo, en el barro, a enterrar a los nuestros de uno en uno, sin poder hacer nada más que cavar.

—Se le rompe la voz en pedazos—. Mordha vino a mí una noche.

Me hizo una oferta. Los míos vivirían, dijo, todos, con grano en las despensas y muros de piedra, a cambio de una sola cosa.

De ti. De la raíz. Me juró que mientras existiera tu sangre suelta por el mundo no dejaría jamás de segar Ardan, pero que el día que te tuviera a ti, nos dejaría en paz para siempre a los demás.

—Me mira, suplicante, con las manos todavía abiertas—.

Elegí a los vivos, Muireall. A los muchos por encima de una.

Elegí a la pequeña Èimhir respirando por encima de tu venganza personal.

Dime, mírame y dime: ¿tan monstruo me hace eso?

—No me hace monstruo elegir a los vivos —le contesto, y me tiembla la voz de un modo que odio—.

Eso lo habría hecho yo. Eso lo habría hecho cualquiera con corazón.

Si me hubieras dicho «Muireall, o tú o los niños», me habría entregado yo sola, ¿me oyes?

Me habría atado yo misma al poste con tal de que Èimhir respirara.

—Doy un paso, y el brezo se escarcha bajo mis botas—.

Eso no es lo que hiciste. Tú no me diste a elegir.

Decidiste por mí, a mis espaldas, durante dos inviernos, mientras me abrazabas al llegar y me llorabas a los muertos que tú mismo señalabas con el dedo.

Esa es la diferencia, primo, entre un sacrificio y una traición: que el sacrificio lo eliges tú, y la traición la eligen por ti.

Artair no tiene respuesta a eso. Ninguna. Se le apaga en la cara la última brasa de justificación, y por debajo solo queda un hombre cansado que sabe que tengo razón.

Lo terrible, lo que me hiela hasta el mismísimo tuétano de los huesos, es que casi lo entiendo.

Casi del todo. Porque yo también he contado tejados por las mañanas con el estómago apretado hasta el dolor.

Porque yo también, en las peores noches, habría vendido mi alma entera y la de quien fuera por un solo invierno con grano para los míos.

Pero.

Siempre hay un pero , y este me cae encima como una losa de piedra.

—Le has dado más que a mí, Artair —susurro, y la certeza me llega entera de golpe, sin piedad—.

No has huido esta noche por miedo a que yo te descubriera aquí dentro.

Has huido porque ya le has entregado lo último que le faltaba, y no querías estar cerca cuando lo usara.

Le has dicho dónde estoy. Le has dicho lo que soy , que es mucho peor.

Y le has dibujado el camino para entrar en Strathos.

—Doy un paso hacia él, y a mi alrededor, sin que yo se lo ordene, el aire empieza a enfriarse, a espesarse, a cargarse de esa hondura que precede al rayo—.

Dime que me equivoco, primo. Te lo ruego.

Dime que no le has dibujado a Cathal Mordha el camino hasta la única casa que me ha dado cobijo, con toda su gente dentro.

Con niños dentro. Con tres cachorros que aún no andan bien.

Artair no lo niega. Baja la cabeza, despacio, hasta el pecho.

En ese silencio suyo, que dice más que mil confesiones, se me confirma la peor de todas las cuentas que he echado nunca: que trece personas que me abrieron su puerta sin conocerme van a arder por mi culpa, porque mi propia sangre le ha vendido al Segador la única llave que le faltaba para venir a por todos a la vez.

La tormenta se me sube a las manos sola, negra, hambrienta, pidiendo justicia a gritos.

Sería tan fácil. Tan justo. Un solo gesto de estos dedos, y Artair no volvería a vender a nadie nunca más, ni a mí ni a otro.

Lo tengo delante, indefenso, desarmado, culpable hasta los huesos, y cada muerto de Ardan que llevo contados me grita desde dentro que lo haga, que cierre la cuenta aquí mismo.

Veo el gesto entero antes de hacerlo, como los veo todos: la mano que sube, el rayo que baja, Artair convertido en la misma marca negra en la que Mordha convirtió a mi madre.

Ahí está el veneno, justo ahí. Que sería devolverle a Mordha su propia obra.

Que matar a un hombre de rodillas, suplicante, por muy culpable que sea, es exactamente lo que hace un segador.

Me detengo en el filo de ese gesto, temblando, con la tormenta arañándome las yemas de los dedos.

—Muireall.

La voz del ciervo, a mi espalda, muy baja, sin órdenes.

—Él no es la batalla. Mordha lo es. Si te gastas aquí, en él, en esta rabia, llegas vacía a la que de verdad importa.

—Una pausa, y el golpe justo, medido, el único que me alcanza—.

No te lo pido por él, que se lo merece. Te lo pido por los trece de Strathos.

Por Èimhir. Guarda la tormenta para quien va a arder si no la guardas.

Cierro los puños hasta clavarme las uñas. Trago la tormenta entera, hacia dentro, y me sabe a hiel, a ceniza, a dos años de rabia sin descargar. Miro a Artair, al niño con el que crecí, por última vez en mi vida como se mira a la sangre propia, y después dejo de mirarlo así para siempre.

—Corre —le digo, y la palabra me arranca algo por dentro al salir—.

Corre con tu Segador y dile que voy detrás, pisándole la sombra.

Dile que la raíz ya no se esconde de nadie, que se acabó esconderse.

Y reza, primo, reza con todo lo que te quede, por que Mordha te mate a ti antes de que te encuentre yo, porque el día que tú y yo nos volvamos a ver la cara, no habrá ciervo en toda Escocia que me detenga la mano.

Lo dejo ir. Se me parte el pecho en dos al dejarlo ir, y lo dejo, porque el ciervo tiene razón y porque no pienso empezar mi guerra convirtiéndome en lo mismo que quiero quemar.

Artair monta el caballo cojo, torpe, y antes de irse me mira una última vez, y en esa mirada hay algo que no esperaba encontrar: gratitud.

No por perdonarle la vida, que no se la he perdonado, se la he aplazado.

Gratitud por no haberme convertido en Mordha delante de él, por dejarle un último recuerdo de la prima que fui y no de la cosa en la que él me ayudó a convertirme.

Se aleja al trote hacia el norte, encogido sobre la silla, sin volver la cabeza.

Nunca más voy a mirarlo como sangre. Lo he enterrado aquí, en este brezo, sin guijarros y sin tumba, mientras se marcha vivo.

Después me vuelvo hacia Oisín, hacia el camino de Strathos, hacia la única familia que me queda ya en el mundo, la prestada, la que va a pagar mi precio con su sangre, y la voz me sale de un sitio helado y firme dentro de mí que hasta hoy no sabía que existía.

—Vuelve rápido a avisar a tu madre. —Monto de un salto, y el caballo lo nota y piafa—. Mordha ya no viene a por mí sola. Viene a por todos. Y ahora sabe por dónde entrar.