CAPÍTULO 16
El error más caro de toda mi vida empezó con la frase que más me gusta pensar en este mundo: lo tengo.
Llevo dos días armando mi propia caza en paralelo a la de ella, porque un ciervo puede darle a una mujer un día de margen sin quedarse mientras tanto de brazos cruzados mirando las musarañas.
Ella tiene su hilo, el que no me suelta; yo tengo el mío, que no le suelto a ella.
Estamos en paz en eso, cada uno con su carrete.
El mío, esta mañana temprano, canta por fin.
Lo descubro en el patio, de pura chiripa, oyendo a medias a dos mozos de cuadra que ni saben que los escucho.
Uno le cuenta al otro, entre bostezos, que anoche muy tarde vio luz de sebo en el palomar viejo, ese torreón desconchado que ya no usa nadie desde que se murieron las últimas palomas, y una figura encapuchada en la puerta, soltando un ave hacia el norte.
El palomar viejo. Claro. Ahí es donde el traidor de Ardan pasa sus mensajes, lejos de los cuervos de Muireall, por una vía que ella no vigila porque ni sabe que existe.
Lo tengo. Encaja todo de golpe, con ese chasquido limpio que hace la verdad cuando por fin cuadra: los tiempos, las noches en vela, el cuidado de no usar los cuervos.
Esta madrugada volverá el encapuchado a soltar otro pájaro, y yo estaré esperándolo en la oscuridad para ponerle por fin nombre y cara al que vende a los suyos.
Me quedo un rato saboreándolo, lo confieso.
Dos días llevaba comiéndome la rabia de no dar con el hilo, viendo a Muireall guardarse su jugada mientras yo me guardaba la mía, los dos midiéndonos por debajo de los besos, y ahora lo tengo yo primero.
Voy a entrar en el salón mañana con el traidor atado y dejárselo a los pies, y por una vez seré yo el que va tres jugadas por delante, el que resuelve, el que protege.
Me imagino su cara. Me imagino, tonto de mí, el orgullo en sus ojos negros al ver que el ciervo no solo sabe hacerse el bobo, que también sabe cazar.
Es un pensamiento vanidoso, y lo sé, y lo disfruto igual, porque llevo semanas sintiéndome un paso por detrás de esa mujer y por una vez quiero ir yo delante.
Se lo cuento a Cael. Solo a Cael, en voz baja, en un rincón del establo, porque cuantas menos bocas sepan una cosa, mejor se guarda.
—Móntame una guardia en el palomar esta noche —le pido—. Discreta, invisible. Cuatro de tus hombres, los callados, los que no preguntan. Yo me aposto dentro, entre las plumas. Cuando venga a soltar el pájaro, lo cogemos con el ave todavía en la mano, sin que le dé tiempo a negar nada.
—¿Y por qué no se lo dices a ella? —Mi hermano frunce el ceño de lobo—. Es su traidor, Oisín. Es su sangre. Le corresponde.
—Porque se cierra en banda cuando se toca a los suyos, ya lo has visto tú mismo.
—Y porque quiero ser yo, eso no se lo digo, quien le ponga la prueba delante ya resuelta, para que no tenga que descubrir ella sola que su primo la vende.
Quiero ahorrarle ese golpe, recibirlo yo primero y entregárselo amortiguado—.
Deja que se lo lleve hecho. Un regalo. La única cosa que puedo darle que de verdad necesita.
—Te va a matar cuando se entere de que se lo ocultaste. —Cael no lo dice por desanimarme; lo dice porque conoce a las mujeres de esta casa—. Aunque salga bien. Sobre todo, si sale bien.
—Que me mate. —Me encojo de hombros, tan seguro de mí que ahora me da vergüenza recordarlo—. Prefiero su enfado con el traidor cogido que su gratitud con él suelto. Ya se le pasará.
No se le pasó, y el traidor no lo cogí yo.
Cael cede, a regañadientes, porque le puede la lógica.
Esa noche me aposto en el palomar viejo con cuatro lobos callados repartidos por las sombras del patio, el corazón tranquilo, la cabeza fría y despejada, saboreando por adelantado la cara que va a poner Muireall cuando le entregue a su rata atada de pies y manos, con una reverencia y todo, si me apuran.
No viene nadie.
Espero una hora entera. Después dos. La madrugada se hace lentísima, espesa, el frío húmedo del palomar se me cala hasta los huesos por debajo de la capa, y el torreón sigue vacío de todo salvo de plumas podridas, de cagadas viejas de paloma y de mi paciencia, que va menguando canto a canto de gallo.
Para matar la espera hago lo que hago siempre: pensar.
Me digo que el encapuchado tardará porque la luna está alta y espera a que baje.
Me digo que un traidor cauto no sale hasta la hora más muerta de la noche.
Me cuento, en fin, todas las historias que necesito para no ver lo evidente, que es justo lo que hace un hombre listo cuando lo están engañando: usar su inteligencia para explicarse el engaño en lugar de olerlo.
Un tonto se habría aburrido a la primera hora y se habría ido a comprobar la puerta este.
Yo, que soy listo, me quedé. Me quedé toda la noche dándole vueltas a por qué no venía mi presa, sin caer en que la presa era yo, sentado entre plumas podridas, cazándome a mí solo.
Al tercer canto, cuando la luz sucia del alba empieza a grisear las rendijas de los postigos, lo comprendo de golpe, con un vacío que me sube desde el estómago hasta la garganta: no viene porque no iba a venir nunca.
Que me han jugado. A mí. Al que juega.
Salgo del palomar a la carrera, tropezando con mis propios pies, y el patio, que a esta hora debería estar dormido y sereno, hierve como un caldero.
Antorchas moviéndose. Voces cruzadas. Cael saliendo del torreón con la cara descompuesta, mi madre detrás con un chal echado a medias sobre el camisón, criados corriendo sin rumbo.
En medio de todos, plantada, blanca como un sudario, con una silla de montar colgando de una mano y una verdad terrible ardiéndole en los ojos, está Muireall.
—¿Dónde estabas? —me escupe en cuanto me ve, y la voz le sale a jirones, rota—. ¡Toda la noche! ¿Dónde te has metido, y con cuatro de los hombres de Cael, si puede saberse?
—En el palomar viejo. —Se me hiela la sangre según lo digo en voz alta, porque al oírme empiezo a entenderlo todo, tarde—. Había un soplo. Un encapuchado soltando aves al norte de madrugada. Pensé que era el traidor, pensé que lo cazaba, pensé que te lo entregaba resuelto y…
—Pensaste. —Se ríe, y es la risa más amarga que le he oído en la vida, sin una gota de humor dentro—.
Claro que pensaste. Es lo que haces, ciervo, es lo único que haces.
Y alguien que te conoce muy bien lo sabía.
—Tira la silla de montar al suelo, y el golpe seco resuena en el patio—.
No había ningún traidor en tu palomar. Había un cebo.
Uno hecho a tu medida, cosido a la forma exacta de tu orgullo.
Para que te llevaras a cuatro guardias a vigilar un torreón vacío toda la noche mientras la puerta este se quedaba corta de hombres.
—Le tiemblan los puños cerrados—. Y por esa puerta, esta madrugada, ha salido a caballo mi primo Artair.
Hacia el norte. Sin que nadie lo parara.
Porque los que tenían que pararlo estaban contigo, cazando un fantasma que él mismo te dibujó a tu medida, sabiendo que ibas a morderlo.
El suelo se me abre bajo los pies. No por lo que dice, sino porque es verdad, entera, redonda, sin una sola astilla que yo pueda agarrar para desmentirla.
Me tendieron una mentira cortada justo a la forma de mi vanidad — un soplo secreto, un misterio para mí solo, una rata que desenmascarar yo sin ayuda de nadie — y la mordí como muerde el pez tonto el anzuelo que más brilla.
Mi propia inteligencia, eso de lo que llevo toda la vida presumiendo por lo bajo, ha sido la palanca exacta con la que me han abierto la casa de par en par.
—Muireall. —Doy un paso hacia ella, y por primera vez en mi vida no me sale la voz entera—. Yo no sabía…
—Ya. —Me detiene con la palma de la mano en alto, y en su cara no hay solo rabia, ojalá hubiera solo rabia: hay una decepción honda que duele mil veces más que cualquier grito—.
No sabías. Porque no me dejaste contártelo, y yo no te dejé contártelo a ti.
Los dos jugando solos al mismo tablero, tan listos cada uno por su lado, tan seguros de nuestra propia mano.
—Se le quiebra algo en la garganta—. Te di un día, Oisín.
Uno. Y en ese día tú tenías que ser el más listo del bosque, y yo tenía que ser la más callada de todas, y entre los dos, con toda nuestra inteligencia, le hemos abierto a Mordha la única puerta que le faltaba por abrir.
No hay nada que un hombre pueda decir a eso. Nada. Por primera vez en toda mi vida, la cabeza que lo resuelve todo, la que siempre tiene lista una frase, una salida, una jugada de repuesto, se me queda muda, hueca, vacía como el palomar en el que he perdido la noche.
Mi madre se acerca por detrás de Muireall, despacio, y me mira, y en su cara no hay reproche, que sería más fácil de aguantar.
Hay la pena de quien lleva semanas avisando y ve por fin cumplirse lo que temía.
«Amar a una tormenta se puede, hijo», me dijo, «pero no fingiendo que no truena.
» Yo hice algo peor todavía: fingí que la tormenta necesitaba que yo la protegiera, cuando lo que necesitaba era que la escuchara.
Quise ser el listo, quise ser el que resuelve, y por querer entregarle a Muireall su traidor envuelto para regalo, le he abierto a Mordha la casa entera.
La cabeza, mi maldita cabeza de la que tanto presumo, ha sido esta noche la puerta más ancha del castillo.
Miro a Muireall, blanca en el centro del patio, y quiero decirle mil cosas y no me sale ni una.
Todas empiezan por «yo creía», y «yo creía» es justo la frase que nos ha traído hasta aquí.
Los dos creíamos. Los dos éramos los listos.
Los listos, esta noche, hemos perdido la casa.
Entiendo, tarde, con la peor de todas las claridades, lo que mi madre lleva semanas intentando meterme en la testuz sin conseguirlo: que hay batallas que no se ganan siendo el más inteligente.
Que a veces la inteligencia, mi inteligencia, es justo la trampa en la que caes.