La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Se puede besar a un hombre y seguir sin dejarlo entrar. Yo llevo dos inviernos siendo una casa con la puerta tapiada a cal y canto, y una boca, por muy buena que sea, no derriba un muro que me costó sangre levantar piedra a piedra.

Han pasado tres jornadas desde Corrie Dubh, y son las mejores que recuerdo en años, tantos que casi me da miedo contarlas.

El ciervo me busca a cada rato, con cualquier excusa tonta, y yo lo dejo encontrarme, que es otra manera de buscarlo yo a él sin dar mi brazo a torcer.

Hay risas, de las que salen solas y no se piensan.

Hay besos robados por los dos, que ya nos turnamos el hurto, que en eso hemos acabado yendo a medias como en todo lo demás.

Una noche, junto al fuego de las cocinas, con el olor del pan del día siguiente levando en la artesa, me quedo dormida contra su hombro sin darme cuenta, sin proponérmelo, cosa que no me pasa desde que era una cría en el regazo de mi madre, porque dormir es bajar la guardia y yo no bajo la guardia ni cuando me matan.

Beitris nos vigila desde su rincón con esa sonrisa de anciana satisfecha que le sale cuando cree que no la miro, la de la que ha vivido lo bastante para saber cuándo la vida está siendo buena con alguien.

Hasta la pequeña Èimhir, ya repuesta, con color en las mejillas, corretea entre los dos como si el ciervo fuera parte del mobiliario del castillo, un mueble grande y cálido al que trepársele.

Esa tarde, sin ir más lejos, el ciervo se empeña en enseñarme a jugar a las tabas con los cachorros de Cael, y descubro, con una satisfacción impropia de mi edad, que se me da mejor que a él y que pierde con una dignidad pésima.

—Haces trampas —protesta, cuando le gano la tercera seguida.

—No hago trampas. —Recojo las tabas—. Veo venir tu jugada antes de que la hagas. Como tú con todo el mundo, ciervo, solo que por una vez te toca estar del otro lado del tablero. ¿Escuece?

—Escuece muchísimo. —Se lo dice a Conall, que le da la razón muy serio, del lado de la señora de las tormentas como toda la casa—. ¿Ves, sobrino? Traición. En mi propia sangre.

Bríde, que remienda una camisa junto al fuego con Ciaran de reposabrazos, suelta una carcajada.

—Bienvenido al bando de los que pierden con ella, hermano. Yo llevo perdiendo desde el primer día, y mira, se sobrevive. Casi mejor: los que ganan a esta se creen a salvo, y es justo cuando muerde.

Me río con ellos, de verdad, con el pecho suelto, y me doy cuenta a media risa de que hace dos inviernos que no me río en una mesa llena de gente sin calcular por dónde saldría corriendo si hiciera falta.

En Ardan aprendí a comer con un ojo puesto en la puerta.

Aquí, esta tarde, tengo los dos ojos en el juego.

Es un lujo peligroso, este de confiar. Me lo permito una tarde. Solo una.

Aun así, no le cuento el plan entero. Esa es la astilla en toda esta miel.

No le digo que esta misma noche pienso tenderle a mi primo el último lazo.

No le digo que llevo dos días dejando caer, en voz alta, donde Artair pueda oírme sin que parezca que se lo cuento, una mentira medida al gramo, pesada como se pesa el veneno: que mañana al alba sacaré en secreto a los supervivientes de Ardan hacia el valle escondido de Glen Fada, sola, sin escolta MacRath, para no comprometer más a mis anfitriones con mi desgracia.

Es carnaza pura. Si pica, sabré la verdad sin margen de duda.

Si no pica, si Glen Fada amanece vacío y en paz, entonces le habré hecho a mi primo una injusticia enorme sin que él llegue a enterarse, y me alegraré en el alma de habérmela callado en lugar de escupírsela a la cara.

Las acusaciones, como las tormentas, más vale soltarlas cuando una está bien segura del blanco.

Si no, se llevan por delante a inocentes, y yo ya he visto arder a bastantes.

Glen Fada es un pliegue del norte que solo conocen los míos, un valle sin nombre en ningún mapa.

Si mañana al alba hay hombres sin colores esperándome allí, entonces sabré, sin una sombra de duda que me deje escapatoria, que la boca que los avisó fue la de la sangre con la que me crié.

Esa certeza tengo que tragármela yo primero, a solas, en la oscuridad, antes de escupírsela a nadie, porque hay verdades tan grandes que una tiene que aprender a cargarlas sola antes de dejar que las carguen los demás.

Rezo por equivocarme. Cada noche desde que tendí el lazo me acuesto rezándole a una Madre en la que ya no creo por que mañana Glen Fada amanezca vacío, por que no haya nadie esperándome en ese pliegue del norte, por que la boca que nos vende sea la de un extraño comprado y no la de la sangre con la que aprendí a andar.

Porque si es Artair, si de verdad es él, no me queda ya nadie de antes.

Beitris es vieja y se irá pronto. Los otros son buena gente, pero gente que sigue a la hija del laird por costumbre, no de la mano.

Artair es el último que me conoció de niña, el último que sabe cómo era yo antes de que el fuego me volviera esto.

Perderlo a él es perder también a la que fui, y esa, de todas mis cuentas, es la que menos me atrevo a echar.

—Me escondes algo.

El ciervo lo suelta esa noche, en el adarve, y no hay reproche en la voz, que sería más fácil de aguantar. Hay dolor, que es peor.

—Lo llevo notando desde Corrie Dubh —sigue, sin mirarme, con los ojos puestos en la oscuridad—.

Te ríes conmigo, me besas, te duermes en mi hombro como si por fin descansaras…

y de pronto se te cierra una puerta detrás de los ojos y te vas a un sitio adonde yo no puedo seguirte.

—Se apoya en la almena fría, y me mira de lado, y hay una tristeza vieja en esa mirada—.

¿Sabes lo que es para mí, Muireall, que me gano el pan leyendo a la gente entera de una ojeada, tener delante a la única persona a la que de verdad querría leer, y no poder?

Es como quedarse ciego de un solo ojo, y justo del que mira lo que importa.

—No es del ojo que mira lo que importa —le digo, muy bajo, porque me duele verlo dolerse—. Es del que mira lo que a mí me quema. Y ese lo tapo yo, ciervo, no me lo tapa nadie. Llevo dos años tapándomelo.

—Pues destápamelo. —Da un paso hacia mí, y no hay exigencia en el gesto, hay ruego, que es mil veces peor—.

No quiero leerte a la fuerza, Muireall. Quiero que me dejes entrar por la puerta, como se entra en las casas, y no colarme por la ventana como un ladrón.

Es lo único que te he pedido desde que caíste de aquel árbol: la puerta. La sigues teniendo tapiada.

Se me cierra la garganta, porque tiene razón hasta en eso, y porque la puerta lleva tapiada tanto tiempo que ya ni sé dónde quedaba el marco.

Trago saliva. Porque tiene toda la razón, y porque la verdad es más cruel que cualquier mentira que pudiera contarle: no le escondo el plan por desconfianza.

Confío en él más de lo que he confiado en nadie en dos años.

Se lo escondo porque lo quiere descifrar absolutamente todo, porque no puede evitarlo, es su naturaleza, y si le doy la punta del hilo, tirará de ella con esa cabeza suya que no descansa, y me mejorará la trampa hasta desbaratármela por adelantarse a ella.

—Te escondo una cosa —admito al fin, y le pongo la mano en la mandíbula, que es lo más cerca que sé estar de nadie sin echar a correr—.

Una sola. No es por ti, ciervo, te lo juro.

Es porque hay una jugada que tengo que hacer yo, a mi manera, con mis reglas y mis tiempos, y si te la cuento esta noche, la vas a querer mejorar, y hay cosas que no se pueden mejorar sin romperlas.

—Le sonrío, y me sale triste—. Dame un día.

Uno. Mañana por la noche te lo cuento entero, todo, hasta el último rincón tapiado de esta casa que soy yo.

Te lo juro por la ceniza de mi madre, que es lo único por lo que juro. Solo… solo dame hasta mañana.

Me mira largo rato, peleando consigo mismo, con esa necesidad suya de saberlo ya, ahora, entero. Le veo la batalla en la cara, pieza contra pieza. Al final, contra su propia naturaleza de cazador de secretos, hace lo más difícil que puede hacer un hombre como él: rendirse a no saber.

—Un día —concede, y la voz le sale ronca—. Te doy un día, Muireall. Pero que quede constancia de que me está costando la vida, y que si mañana no me lo cuentas, subo a esta muralla y me tiro yo solo de la impaciencia.

No sabe cuánta razón lleva con eso de la vida.

Ni yo tampoco, esa noche, mientras le sonrío y le robo un último beso antes de bajar.

Si lo hubiera sabido, si hubiera tenido la más mínima sospecha, le habría contado hasta el último rincón allí mismo, en la muralla, bajo la luna, sin esperar a ningún mañana.

Es lo último que pienso, ya en la cama, antes de dormirme casi tranquila por segunda noche seguida: mañana se lo cuento todo, y dejo de estar sola de una vez por todas.

Mañana. Esa es, justamente, la palabra que Mordha me enseñó a fuego, dos inviernos atrás, a no dar nunca por segura.

Debería haberlo sabido. Dos inviernos me enseñó ese hombre que el «mañana» es la mentira más cara que se cuenta una a sí misma: la que se contó mi madre la víspera de que la ataran, la que se contaron los once tejados antes de quedar en once.

«Mañana lo arreglo. Mañana descanso. Mañana dejo de tener miedo.

» El norte no regala mañanas; los cobra por adelantado, y a veces no los sirve.

Me duermo, aun así, con el mañana entre los dientes como una moneda que muerdo para ver si es de ley, y sueño, por primera vez en mucho tiempo, con una casa de puertas abiertas de par en par.

No sé todavía que voy a despertar a una en la que han entrado por la única que dejé sin guardar.