La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 14
38%

CAPÍTULO 14

Nunca había planeado una emboscada con alguien que me lleva la contraria antes de que yo termine la frase.

Es más de medianoche en el salón de Strathos, y sobre la mesa larga he dibujado con ceniza y carbón cada palmo del norte que conozco: los vados, los cerros pelados, la única senda que sube a Corrie Dubh.

Alrededor, las caras de mi familia, alumbradas por el fuego, escuchan mi plan sin interrumpir, como siempre han hecho.

Todas menos una. Muireall lleva un rato de pie al otro lado de la mesa, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, y sé, solo por cómo respira, que va a echarme abajo la mitad de lo que diga antes de que termine de decirlo.

No me molesta tanto como debería. Empiezo a sospechar, con cierto horror, que hasta me gusta.

—Por el desfiladero no —corta Muireall, inclinada sobre el mapa que he trazado con ceniza en la mesa larga del salón—.

Ahí es exactamente donde quieren que entres, ciervo.

Corrie Dubh tiene una boca sola, sí, angosta y bien vigilada, pero también tiene una grieta en la pared este por la que solo pasa una cabra o una loca.

Yo he sido las dos cosas más de una vez.

—Una grieta que yo no conozco no me sirve para meter a diez hombres armados —replico, tachando su idea con el dedo sucio de ceniza.

—Pues no metas a diez hombres. —Me clava esos ojos negros, y por debajo del duelo de anoche ya le vuelve a brillar el filo de siempre—.

Mete a un lobo, a un halcón, a un ciervo y a una tormenta.

Cuatro. Y a mí por la grieta, sola, a soltar a los míos mientras vosotros cuatro le dais a los sin colores algo mucho más ruidoso y más grande en lo que ocupar la cabeza.

Cael gruñe su aprobación desde el otro lado de la mesa, un ruido corto de lobo conforme.

Bríde, a la que Ciaran tiene sujeta por la cintura con las dos manos para que no se ofrezca a volar preñada al combate, protesta a gritos que ella hace mejor reconocimiento que nadie vivo, y se la compra a medias tras una negociación digna de dos reinos: subirá alto, mirará, contará cabezas, y bajará a contárnoslo sin meterse en la pelea, o su marido y su madre la atan a una silla con su propia camisa.

—¿Y los cautivos, una vez fuera? —pregunta Cael, con el dedo sobre la ceniza—. La grieta es para una cabra, no para una vieja y seis críos con las piernas dormidas de estar atados.

—Salen por la boca. —Muireall traza la línea con el dedo, segura—.

Cuando vosotros tengáis a los sin colores mirando hacia el lobo y hacia el ciervo, la boca queda sola un momento.

Ese momento me basta. Los saco por donde ellos creen que entraría yo, mientras me buscan por la grieta por donde de verdad entro.

—Levanta la vista—. Les doy lo que esperan de una mujer sola y desesperada: que aparezca por el sitio equivocado.

Solo que apareceré por los dos a la vez.

Ronan gruñe algo que en él es un elogio, y mi padre no reparte muchos.

—Es un buen plan —concede Cael a regañadientes, mirando a la mujer del norte con un respeto nuevo—. Peligroso, pero bueno. —Me clava a mí los ojos grises—. Si algo sale torcido, hermano, la prioridad son los niños. No ella. Ella sabrá salir sola. Los críos, no.

—Nada va a salir torcido —contesto, aunque los dos sabemos que en la guerra siempre sale algo torcido, y que él me acaba de pedir, sin decirlo con todas las letras, que elija a los niños sobre la mujer que amo si llega el caso.

No le respondo a eso. Hay preguntas que se contestan solas cuando llega la hora, y no un minuto antes.

La conjura se cierra en una sola noche, entre los cuatro que tenemos sangre vieja bastante para cruzar el norte a oscuras sin perdernos, y a la madrugada siguiente cabalgamos hacia Corrie Dubh con la niebla espesa del amanecer como primera aliada.

Sale casi todo tal y como ella lo dijo, que es lo que más me irrita del mundo y, a la vez, lo que más me enamora, para mi desgracia.

Bríde nos canta desde el cielo, con dos chillidos convenidos, cuántos son y por dónde tienen a los cautivos.

Cael suelta su aullido por el flanco contrario, grave y enorme, y los sin colores corren en tropel hacia el lobo que no llegan a ver nunca, dejándose la espalda descubierta como niños.

Yo me llevo a tres por un rastro falso, ciervo entre los pinos, pasando tan cerca de sus lanzas que les huelo el miedo y el ajo de la cena.

Una flecha me pasa tan cerca del lomo que me lleva un mechón de pelo pardo; me tiro por un barranco, cambio de rastro, los pierdo entre la niebla y vuelvo sobre mis pasos convertido otra vez en sombra.

Es lo mío: hacerle creer a seis hombres que persiguen a un venado asustado cuando en realidad los estoy paseando lejos de la jaula, minuto a minuto, para regalarle a ella el respiro que necesita.

Oigo el aullido de Cael a lo lejos, grave, enorme, y las botas de los sin colores corriendo hacia el sitio equivocado, y sonrío por dentro, con el corazón en la garganta, porque el plan de la cabra loca está saliendo redondo.

Y Muireall se cuela por su grieta de cabra loca sin que nadie la vea, y para cuando los guardias de los prisioneros entienden lo que está pasando de verdad, ya tienen a la vieja Beitris y a los niños fuera de la jaula y a una bruja del norte plantada entre ellos y la única salida, con los ojos como dos brasas.

No gasta la tormenta. Se contiene entera, tal como le pedí que hiciera, y usa solo las manos, la cabeza fría y una daga corta, y aun así, cuando llego yo a cubrirle la retirada con los míos, la encuentro de pie sobre dos hombres que ya no van a levantarse, con la pequeña Èimhir agarrada a su cuello como un monito asustado y la vieja Beitris a su lado riéndose como una cría en una fiesta.

Beitris la recibe con esa voz de cuervo que no le calla ni una jaula.

«¡Ya era hora, niña, dos días esperándote!

», le suelta a Muireall, pero le tiemblan las manos de vieja cuando la agarra, y los ojos lechosos se le llenan hasta el borde.

La pequeña Èimhir no dice ni una palabra en toda la retirada.

Se enrosca al cuello de Muireall y no la suelta, la carita hundida en su hombro, y Muireall la lleva así, colgada, mientras cubre a los suyos con la daga en la otra mano.

Hay algo en esa estampa —la mujer que apaga velas y frena caballos llevando a una cría en brazos como si fuera lo único que pesa en el mundo— que se me queda grabado por dentro para no borrarse nunca.

Volvemos sin perder a nadie. Ni uno. Esa noche, en un refugio de pastores a medio camino de casa, con los rescatados dormidos alrededor de un fuego pequeño y la victoria zumbándonos todavía en la sangre como vino fuerte, salgo a hacer la primera guardia bajo las estrellas, y ella sale detrás de mí sin hacer ruido.

—Ha funcionado —murmura, plantándose a mi lado, y le tiembla la voz de algo que no es el frío de la noche—. Tu plan. Han vuelto. Todos. Hasta el último.

—Tu grieta —la corrijo, mirándola de reojo—. Yo no hice más que aprovecharla. El mérito es de la cabra loca.

—Los dos, ciervo. —Se planta delante de mí, muy cerca, con el fuego lejano pintándole media cara de oro y los ojos brillándole de una manera que ya no me da ningún miedo—. Cada uno con lo suyo. ¿No lo dijimos ya, en aquella muralla?

Esta vez, cuando avanza, cuando me agarra la lana del pecho con las dos manos y tira de mí hacia ella, yo no espero a que me robe nada.

La beso yo. Por primera vez desde que me cayó del árbol, la beso yo primero, y no es un beso robado, ni de duelo, ni de rabia: es un beso de los que se dan cuando por fin uno deja de fingir delante de sí mismo, hondo, hambriento, largo, con la boca entera y las dos manos enteras.

La aprieto contra mí como si quisiera meterla dentro de mis propias costillas, y ella se deja, y me devuelve cada embate con esa fuerza suya que no se rinde ante nada ni ante nadie, y el mundo se me encoge hasta caber en el calor de su boca y en el tamborileo de dos corazones que llevan semanas negándose lo evidente.

La levanto en vilo del suelo. Ella me clava las manos en el pelo, tirando.

Nos besamos como se besa cuando se ha estado a un solo paso de perderlo todo y se ha vuelto a casa con las manos llenas, con una emoción que me sube desde muy hondo y me cierra la garganta, sin nada de la urgencia culpable de la primera vez, solo verdad, solo ganas, solo dos años de sed cada uno.

Cuando por fin nos separamos, jadeando los dos, la frente pegada a la suya, ella sonríe en la penumbra y espera.

Espera a que lo diga. A que suelte, como siempre, mi no quería .

—Sí quería —le confieso, contra su boca, y noto perfectamente cómo se le corta el aliento al oírlo—. Esta vez sí quería. Y la anterior. Y desde el maldito manzano, si me apuras, aunque entonces no lo supiera.

Su risa, baja y cálida, me sabe a una victoria mejor que la de Corrie Dubh. Me atrae otra vez hacia ella, y contra mis labios, muy bajito, me devuelve el golpe con el que empezó todo esto, allá en un bosque, con una manzana y una advertencia:

—Ya te lo dije yo, amiguito. El no querer se te da fatal.

Volvemos al fuego cuando me toca despertar a Cael para el relevo, cogidos de la mano en la oscuridad como dos críos que han hecho una travesura y no quieren que se note.

Ninguno de los dos dice nada más, porque no hace falta.

Me tumbo entre los rescatados dormidos, con Èimhir hecha un ovillo a los pies de Muireall y Beitris roncando como un fuelle roto, y por primera vez en mucho tiempo me duermo sin planear nada, sin calcular la jugada siguiente.

Solo escucho respirar a ocho personas que esta mañana eran cautivas y esta noche son libres, y a mi lado a la mujer que lo hizo posible, y pienso, justo antes de caer rendido, que esto también es una manera de ganar una guerra: devolver vivos a los que ya se daban por muertos.