CAPÍTULO 13
El cuervo vuelve al tercer día, y esta vez no trae cinta.
Trae sangre en las plumas.
Lo veo bajar del cielo del norte al atardecer, torcido, batiendo mal un ala, perdiendo altura a tirones, y algo se me hiela dentro antes incluso de que se pose en mi muñeca tendida, temblando, con el pico entreabierto.
No hay mensaje anudado a la pata. No hace ninguna falta.
La sangre reseca de sus plumas lo dice todo, entero, sin una letra: han dado con los míos.
—Beitris —susurro, y el nombre me sale de la boca como una plegaria a una Madre que hace tiempo dejó de escucharme—. Los niños. Èimhir.
Corro al patio gritando por Artair, y es mi primo el que llega primero, blanco como la cera fundida, sosteniendo sobre su montura a un jinete medio muerto: un muchacho de Ardan, uno de mis once tejados, que ha cabalgado dos días enteros con una flecha clavada en el costado para traer la noticia con su propia boca antes de que la vida se le escape por la herida.
Lo tumbo en el suelo del patio, sobre mi propia capa, y le aparto el pelo sudado de la frente.
Lo conozco. Es el hijo del herrero de Ardan, el que de niño me seguía a todas partes queriendo que le enseñara a tirar con honda.
Le tiemblan los labios de frío y de sangre perdida, y aun así se empeña en hablar, en cumplir el encargo antes de irse, porque en el norte a los recados de vida o muerte no se falta ni muriéndose.
—Cayeron sobre nosotros al alba de ayer, mi señora —jadea el chico, mientras lo bajo yo misma de la silla y le sostengo la cabeza contra mi regazo—.
Los sin colores. Muchos. No mataron esta vez.
Fue peor que matar. —Tose, y le sale sangre—.
Se los llevaron vivos. A Beitris. A la pequeña Èimhir.
A seis más de los nuestros. Atados, como reses.
—Me agarra la muñeca con la fuerza última, la que sacan los que ya se van—.
Y dijeron… dijeron que te esperan en el paso de Corrie Dubh.
Que si los quieres ver con vida, subas. Sola.
Que el Segador quiere hablar contigo cara a cara antes de… antes de…
Se le apaga la voz en la boca, y no termina la frase, porque los dos sabemos cómo termina y ninguno tiene el valor de ponerle las palabras.
El muchacho me aprieta la muñeca una vez más, fuerte, y después la fuerza se le va de los dedos de golpe, igual que se va el agua de un puño abierto.
Se le queda la mirada fija en un punto del cielo del norte, hacia su casa, y no vuelve de allí.
Diecisiete años, puede que dieciocho. Le cierro yo misma los ojos con dos dedos, y no tengo guijarros de río a mano, así que le prometo bajito que se los pondré cuando pueda, que no vea el camino de vuelta, que descanse.
Es el tercero de los míos que entierro con estas manos en dos años.
Los cuento, como cuento los tejados. La cuenta no baja nunca.
Solo sube. Cuatro con este. Cuatro caras que veo cada vez que cierro los ojos, alineadas, esperando que las vengue o que me reúna con ellas, una de dos.
El mundo se me pone rojo.
No es una manera de hablar, no es una figura de las que usan los poetas.
Se me pone rojo de verdad: la vista, el pensamiento, la sangre entera hirviendo de golpe, y bajo las costillas la tormenta que llevo dos inviernos tapando con las dos manos revienta la tapa de un solo empujón, porque esto es, exactamente, palabra por palabra, lo que me juró mi madre entre las llamas que llegaría algún día.
El día en que ya no hubiera más remedio.
Me pongo en pie despacio, y el cielo entero sobre Strathos se cierra en un instante, de horizonte a horizonte.
Las nubes acuden de todas partes a la vez, como perros a un silbato que solo ellas oyen, negras, hinchadas, hirviendo, y un viento que no venía de ninguna parte empieza a aullar entre las almenas y a arrancar las capas de los hombros.
Los criados gritan y corren a guarecerse.
Un rayo cae en el cerro de enfrente sin que haya nube que lo pariera del todo, y el trueno le llega pegado, brutal, y a mí me da lo mismo, a mí me sabe a gloria, porque por fin, por fin, después de dos años, voy a bajar al norte a arrancarle a Cathal Mordha el corazón con estas dos manos y a devolverle uno por uno cada tejado, cada niño, cada—
Sobre el patio, la tormenta crece conmigo, alimentándose de mi rabia como el fuego se alimenta del viento.
El granizo empieza a repiquetear contra las piedras.
Los caballos chillan en los establos. Alguien grita que la señora del norte ha traído el fin del mundo a Strathos, y por dentro, en el sitio rojo donde ya no queda razón, pienso que ojalá, que ojalá sea el fin del mundo, con tal de que arda también Cathal Mordha en alguna parte de él.
Doy un paso hacia el portón, hacia el norte, hacia la muerte disfrazada de justicia.
—¡Muireall!
Unas manos me agarran los hombros y me giran en redondo. El ciervo. Con el pelo revuelto por mi propio viento y la cara descompuesta de espanto, plantado delante de mí sin retroceder.
—¡Muireall, mírame a la cara! ¡Te vas a matar tú misma!
—Voy a matarlo a él. —No reconozco mi propia voz al salir. Suena a trueno hueco.
—¡Y de paso a ti, que es lo que ese hombre quiere!
—Me sacude por los hombros, sin una pizca de miedo, metido de lleno en mi tormenta como quien se mete en un río crecido a sacar a alguien—.
¿No lo ves? ¡Piénsalo un segundo! Corrie Dubh es una trampa con lazo y cebo.
«Ven sola», dicen. Quiere justo esto que estás haciendo ahora mismo: que bajes ciega de rabia, que te vayas vaciando de poder por todo el camino a fuerza de tormentas inútiles, y llegar tú a él temblando, hueca, seca, fácil de segar de un solo tajo.
—Me aprieta más fuerte, hasta hacerme daño—.
¡Te está cazando con tu propia ira, Muireall! ¡Y tú se la estás sirviendo en bandeja!
La palabra trampa me atraviesa la niebla roja como un cuchillo bien afilado. Detrás de ella, pegada, la voz de Beitris, la de siempre, la que me regañaba de niña, resonándome dentro del cráneo: «cada vez que lo haces, niña, un poco de ti se queda del otro lado».
Me miro las manos. Humean como no las he visto humear nunca, un vaho espeso que sube en el aire frío.
Me tiemblan sin control. Comprendo, con un horror que me enfría la sangre de golpe mejor que cualquier razón, que llevo un minuto entero gastándome a raudales, tirando el poder por la borda, y que si sigo así llegaré al paso de Corrie Dubh convertida en una cáscara vacía, y que entonces mis muertos serán siete en lugar de seis, y el séptimo, el más tonto de todos, seré yo.
Cierro la tapa. Cuesta como cerrar un portón contra el viento del mar en plena galerna.
Las nubes se abren despacio, a regañadientes; el rayo se calla; el viento afloja hasta morir.
Caigo de rodillas en el barro del patio, vaciada de la mitad de mí, temblando entera como una hoja, con el ciervo sujetándome por los brazos para que no me dé de bruces contra el suelo.
Me quedo así, a cuatro patas en el fango, jadeando, mientras el cielo se despeja del todo sobre mi cabeza como si se burlara de mí, azul y limpio y ajeno a todo.
La mitad de mi fuerza se ha ido en un minuto de rabia inútil, en asustar a unos criados y partir un árbol en un cerro vacío.
No le he tocado a Mordha ni un pelo. No he salvado a nadie.
Solo me he vaciado, que es exactamente lo que él quería que hiciera desde el otro lado del norte, moviéndome como se mueve una ficha en el tablero.
—Se los va a llevar —sollozo, y odio el sonido de mi propio llanto, y no consigo pararlo—. Beitris me sacó al mundo con estas manos suyas, Oisín. Esa niña respira hoy porque yo le abrí el pecho hace unas noches. Se los va a llevar, y yo aquí, de rodillas en el barro, sin poder hacer—
—De rodillas no. —Me alza la barbilla con dos dedos, con una firmeza que no admite ni un gramo de duelo—.
Y sin poder, tampoco. Sin poder ir tú sola , que es una cosa muy distinta.
—Me sostiene la mirada, y en la suya, por primera vez desde que la conozco, no hay ni rastro de miedo a mi tormenta.
Hay un plan formándose a toda velocidad, esa cabeza suya girando como una rueda de molino—.
Corrie Dubh quiere una presa sola y ciega de rabia.
Nosotros le vamos a mandar una manada entera, con los ojos bien abiertos y los colmillos afilados.
—Me limpia el barro de la mejilla con el pulgar, torpe, como aquella noche del beso—.
Guárdate el poder, Muireall. No lo malgastes en el camino.
Lo vas a necesitar entero cuando lleguemos.
Porque vamos a ir. Los dos. Y vamos a volver con los tuyos.
Vamos. La palabra me sostiene mejor que sus brazos, mejor que el suelo. Llevo dos inviernos enteros sin poder conjugar un solo verbo en plural, sin nadie con quien conjugarlo. Este hombre acaba de devolvérmelo, así, en mitad del barro, sin darse cuenta de lo que me regala.
Alza la voz hacia el patio, hacia los suyos, y de pronto ya no me sostiene a mí sola: convoca a una casa entera.
—¡Cael! ¡Bríde! —Los nombres cortan la niebla que deja una tormenta al morir—. ¡Al salón! Todos los que crucéis el norte de noche sin perderos. Tenemos hasta el alba para sacarle a Mordha ocho vidas de las manos.
Acuden. Eso es lo que me deja sin habla, todavía de rodillas en el barro: que acuden.
El lobo, el halcón, el gigante callado del norte, el padre de las manos grandes, la señora del torreón.
Una familia entera poniéndose en pie por ocho desconocidos, por una vieja comadrona y una niña con tos, por mí.
En Ardan éramos once tejados peleando solos contra el mundo.
Aquí, por primera vez en dos inviernos, no soy un número que baja.
Soy una más de una manada que se levanta a la vez.
Esa noche, por primera vez desde que ardió Ardan, no me duermo pensando en muertos.
Me duermo afilando un plan con ellos, en plural, que es la clase de esperanza que llevaba dos inviernos sin permitirme.