CAPÍTULO 12
Saber una cosa y creérsela son dos animales distintos, y el segundo muerde.
Sé desde anteanoche lo que es Muireall. Me lo dijo mi madre con la voz temblándole en el hueco de la escalera, me lo confirmó una hilera de velas apagadas de golpe de la que me enteré por la boca de una cocinera asustada, me lo grita el instinto entero cada vez que la tengo a un palmo.
Lo sé . Lo que no consigo de ninguna manera es creérmelo , meterlo dentro del pecho y que se quede quieto y en su sitio, porque una parte de mí, la cobarde, la que se gana la vida midiendo peligros para esquivarlos a tiempo, insiste con terquedad en que las tormentas no caben en un pecho de mujer, y menos en el de una mujer flaca del norte que me robó un beso en un patizuelo y me dejó luego dando vueltas en el jergón hasta el alba.
Así que voy a buscarla. Al amanecer, cuando Strathos todavía ronca y Ranald ronca más fuerte que nadie desde su cuarto de invitados, con el sueño satisfecho del que se cree ganador, la encuentro donde ya sé que voy a encontrarla: en el huerto de mi madre, de rodillas entre la escarcha, con las manos hundidas en la tierra igual que el primer día que la sorprendí escuchando coles.
—Vas a coger frío —le suelto, por decir algo, porque lo otro, lo que de verdad vengo a pedirle, no sé por dónde empezarlo.
—El frío y yo tenemos un acuerdo viejo. —No se vuelve—. Él no me molesta, y yo no lo derrito. Nos respetamos.
—Un acuerdo cómodo. —Me siento en el borde del bancal, sin prisa por soltar lo que vengo a soltar—. Yo con el mío no negocio tan bien. El invierno me entra igual que a cualquiera.
—Porque tú eres una rama, ciervo. —Sigue sin volverse, hurgando en la tierra—.
Las ramas sienten el frío. Las raíces, no: viven debajo, donde nunca hiela del todo.
—Se detiene, como si hubiera dicho más de lo que quería—.
Anda, suelta ya lo que has venido a decir, que llevas un rato rondándome como un perro que no se atreve a pedir.
Me arrodillo a su lado en la tierra helada. El aliento se me hace vaho en el aire gris; el suyo, no. Esa pequeñez, esa tontería mínima de que a ella no se le enfríe el aire al salir de la boca, me eriza la piel más que cualquier prodigio grande, porque es un detalle, y los detalles no se fingen.
—Enséñamelo —le pido, y la voz me sale más ronca de lo que quisiera—. Sé lo que eres, me lo dijo mi madre. Pero saberlo no me basta, Muireall. Necesito verlo con estos ojos, una vez, o no voy a poder mirarte sin preguntármelo cada vez que te tenga delante, y eso no se lo merece ninguno de los dos.
Se queda muy quieta un rato largo. Después saca las manos de la tierra, despacio, se sienta sobre los talones, y me estudia sopesándome como se sopesa una mercancía cara, calculando el precio exacto de enseñarle a un hombre el arma que la haría arder si él decidiera algún día señalarla con el dedo.
—¿Y si te asustas? —pregunta, y por debajo del desafío, muy al fondo, hay algo frágil, algo que no le he oído nunca en la voz—.
¿Y si te lo enseño, ciervo, de verdad, y luego me miras como los aldeanos miraban a mi madre antes de dejar que la ataran?
No sabes lo que me pides. La gente cree que quiere ver la tormenta.
Le parece emocionante, de lejos. Y después la ve de cerca, y se pasa el resto de la vida buscando por dónde poner el pararrayos para que no le caiga a él.
—A lo mejor yo no busco pararrayos —le digo—. A lo mejor solo quiero saber contra qué me apoyo antes de apoyarme del todo.
—Eso dicen todos, hasta que truena. —Aun así, algo se le ablanda en los hombros—. Está bien, ciervo. Tú lo has querido. Que conste que avisé.
—Yo tengo dos formas —le recuerdo, muy bajito, casi al oído—.
Un ciervo, y un hombre que se pasa el día fingiendo no serlo.
Llevo toda la vida temiendo lo mismo que tú: que alguien me mire cambiar de piel y me vea como a un monstruo en lugar de como a un hombre.
—Le tiendo la mano abierta sobre la tierra desnuda, la palma hacia arriba, sin trampa—.
No soy quién para hacer de pararrayos de nadie, Muireall.
Enséñamelo. Te prometo que no salgo corriendo.
Me mira la mano abierta un momento eterno. Hace algo que no me espero, a mí, que me espero casi todo: la toma. Entrelaza sus dedos fríos con los míos, uno a uno, y posa las dos manos juntas sobre la tierra helada, y cierra los ojos, y susurra apenas:
—Entonces mira bien, que esto no lo enseño dos veces.
Bajo nuestras manos unidas, la tierra se estremece como si respirara.
Un tallo verde asoma entre la escarcha, tímido al principio, tanteando el aire frío, y crece, y engorda, y se abre, y en el espacio de un latido tengo bajo la palma una flor blanca de pleno invierno que no tiene ningún derecho a existir en octubre, temblando de rocío, viva, imposible, perfecta.
El vaho del aliento de Muireall vuelve por fin, cansado, entrecortado, como si acabara de subir una cuesta larga, y ella abre los ojos, y en ellos, en lugar de orgullo, hay miedo.
Miedo desnudo a lo que yo vaya a decir. Ese miedo, en una mujer que le sonríe a Ranald del Lago sin pestañear, me parte por la mitad.
—No siempre es apagar velas —murmura, mirando la flor y no a mí—.
No siempre es frenar caballos ni cerrar gargantas.
A veces es esto. Lo mismo que da la muerte, da la vida, ciervo.
Todo depende de la mano que lo mueva y de lo que lleve dentro esa mano cuando lo mueve.
—Aparta la suya, despacio, y la flor se marchita al instante, ennegrece, se dobla, devuelta al invierno del que la sacó a la fuerza—.
Pero cuesta. Siempre cuesta. Cada vez que lo hago, algo de mí se va con ello y no vuelve.
Una flor, poco. Un caballo, bastante más.
Lo grande… —Traga saliva—. Lo grande te lo cobra de un tirón, entero, y no te devuelve el cambio.
Por eso mi madre me enseñó a esconderlo.
No por miedo a ellos. Por miedo a que un día lo gaste todo de golpe y me apague yo con ello.
Se queda mirando la flor muerta entre los dos, ennegrecida sobre la tierra, y hay en su cara un cansancio que no es del cuerpo.
Le ha costado algo, lo veo: tiene los labios un punto más pálidos, un temblor fino en los dedos que antes no estaba.
Por una flor. Una flor blanca del tamaño de una moneda le ha robado un pedazo, poco, pero un pedazo, y me lo ha regalado igual, para que yo entienda.
Me doy cuenta entonces de la clase de confianza que acaba de ponerme en las manos: no me ha enseñado su arma para amenazarme.
Me ha enseñado su herida. Una herida, en la gente como nosotros, es la única llave verdadera que existe, y ella me la ha entregado sin pedir nada a cambio.
Debería asustarme. Mi madre me lo advirtió anoche mismo, con esa cara suya de carta vieja.
La cobarde de dentro me grita que retroceda un paso, que una fuerza así atrae la ruina como el hierro atrae el rayo, que un hombre prudente se levanta, se sacude el barro de las rodillas y se va a desayunar como si no hubiera visto nada.
No me levanto. Le tomo la cara con las dos manos, esa cara que se pasa la vida entera siendo de piedra pulida y que ahora mismo tiembla, de verdad, esperando mi juicio como se espera un veredicto, y le digo lo único cierto que encuentro dentro de mí:
—No veo una tormenta, Muireall. Veo a la mujer que le ha dado una flor de invierno a un ciervo muerto de miedo, solo para enseñarle que no todo lo que ella toca se rompe.
—Le acaricio el pómulo con el pulgar, torpe—.
Y ahora, por fin, entiendo por qué Mordha te caza a ti, precisamente a ti, y no a otra cualquiera.
No es por lo que guardabais los tuyos en Ardan.
Es por lo que sois . Tu sangre es la raíz, ¿verdad?
La honda. Aquella de la que salimos todos los demás.
Los míos somos una rama que brotó lejos. Tú eres el tronco.
Se le llenan los ojos hasta el borde. No lo niega.
No dice ni una palabra, que a veces el silencio es la confesión más grande.
En ese sí callado se me abre delante, por primera vez, la hondura entera de esta guerra en la que me he metido: no cazan a una mujer del norte con mal genio y peor suerte.
Cazan el origen mismo, la fuente, la raíz de toda la sangre vieja que queda sobre la tierra.
Comprendo por qué a mi madre le temblaron las piernas en el portón.
Decido ahí, de rodillas, con las manos en su cara y una flor muerta ennegreciéndose entre los dos, una cosa que ya no pienso deshacer: antes de que sieguen esa raíz, van a tener que segarme a mí primero, y no me pienso dejar segar barato.
Ella me estudia la cara, buscando la mentira que sabe que no va a encontrar, porque por una vez no la hay. Algo se le afloja en los hombros, una tensión de dos años, como si acabara de soltar un fardo que llevaba cargando sola cuesta arriba.
—Eres muy tonto, ciervo —murmura, y le tiembla la voz de una manera que le da rabia, se le nota—. Muy, muy tonto. Acabo de enseñarte lo que hace huir a los hombres valientes, y tú vas y decides plantarte delante como un pasmarote.
—Ya me lo dijiste el primer día. —Me encojo de hombros—. Pasmarote. Es una de mis muchas virtudes.
Se ríe, corta, con los ojos húmedos, y me da un empujón en el hombro que no aparta nada, que más bien acerca.
Así nos quedamos un rato en la escarcha, hombro con hombro, un ciervo y una raíz, dos formas distintas de la misma cosa, viendo salir un sol que no calienta, pero alumbra, mientras Ranald ronca su condena en el mejor cuarto del castillo sin sospechar que la cama en la que se ha acostado ya no es la del cazador. Es la del cebo.