CAPÍTULO 11
Sé sonreírle a un hombre que me repugna. Me lo enseñó mi madre, que decía que una sonrisa es la mejor daga que existe, porque entra sin sangre, no hace ruido, y no deja cicatriz que delate después a la mano que la clavó.
La estoy usando entera esta tarde, sin descanso.
Ranald del Lago llegó al mediodía con más séquito del que un laird pobre debería poder permitirse —primera astilla, y bien gorda— y unos regalos demasiado buenos para un cortejo honrado, sedas y un broche de plata labrada que a mí me daría de comer un mes —segunda—, y desde entonces le sonrío en el salón de Strathos como si su compañía me endulzara la existencia, mientras por dentro le voy midiendo las costuras una a una, con la aguja fría.
Le cuento las mentiras como quien cuenta monedas falsas en un mercado.
El séquito, demasiado numeroso para un laird de roca y brezo.
La capa, forrada de una piel que en Cairn Riabhach no se cría ni por milagro.
El anillo, con una piedra que vale más que su clan entero.
Cada cosa que lleva encima grita el nombre de otro bolsillo, uno mucho más hondo, uno que lo ha vestido para la ocasión como se viste a un muñeco antes de sacarlo a la feria.
Él, pobre necio, cree que me deslumbra con lo que en realidad lo delata.
—Sois mucho más hermosa de lo que contaban, mi señora.
—Me toma la mano por encima de la mesa, con unos dedos fríos y suaves, dedos blancos que no han trabajado un solo día de su vida, ni empuñado nada más pesado que una copa—.
Un verdadero desperdicio, tanta belleza pasando hambre en un clan sin futuro ni techo.
Conmigo no os faltaría jamás de nada, os lo aseguro.
—Sois muy generoso, mi señor. —Le abandono la mano un instante más de lo que me pide el estómago, que se me revuelve, y le regalo un rubor que fabrico desde algún sitio helado de dentro—.
Aunque confieso que me abruma tanta prisa.
Apenas nos conocemos de esta tarde, y ya me habláis de fechas y de bodas.
—El norte no da tiempo para cortejos largos, señora, ojalá lo diera.
—Baja la voz, se inclina hacia mí, confidencial—.
Con Mordha suelto por esas tierras, una mujer sola y sin clan es una presa fácil, una liebre en campo abierto.
Conmigo, en cambio, estaríais a salvo de él. Os lo prometo por mi nombre.
Ahí. La astilla más grande de todas, la que estaba esperando sin saberlo.
Porque yo no le he nombrado a Mordha ni una sola vez en toda la tarde.
He hablado de «mi desgracia», de «los que me buscan», de «el hombre del norte», con mil rodeos.
Él acaba de prometerme protección contra un segador cuyo nombre no debería conocer, no con esa familiaridad tan cómoda, no como quien sabe con exactitud de qué mano concreta guardarme, porque es la mano que le llena a él la despensa.
Le sonrío más ancho todavía, hasta que me duelen las mejillas. Por dentro, la tormenta se remueve despacio bajo las costillas, despierta, contenta, olfateando la presa.
—Qué alivio me dais al oíros —susurro, y me inclino hacia él como una cría embobada—. ¿Y cómo protege exactamente un laird del Lago a una dama de un segador del norte, si una puede preguntarlo? Contádmelo con detalle, mi señor, que así dormiré del tirón esta noche.
—Ah. —Se recuesta en la silla, envanecido, hinchado como un gallo, y cae en el lazo con la elegancia con que caen los hombres que se creen mucho más listos que la mujer que los escucha en silencio—.
Digamos, mi señora, que un hombre prudente sabe siempre con quién no le conviene medir sus fuerzas.
Y que a veces la mejor manera de proteger un rebaño no es alzar un muro más alto contra el lobo.
Es asegurarse de que el lobo te mire a ti como a un amigo, y no como a un pastor.
Ya está. No necesito una palabra más. Ranald no lucha contra Mordha ni piensa hacerlo: pacta con él, se arrodilla ante él, le paga tributo.
Lo que Mordha compra con ese pacto, la moneda de la deuda, soy yo.
Entregada por mi propia mano, atada con un lazo de bodas, envuelta para regalo y puesta en su mesa.
Lo único que me falta averiguar ahora, y es lo que de verdad me trajo a esta cena, es por qué hebra invisible le llega a Ranald lo que ocurre dentro de mi casa.
Quién le sopló dónde encontrarme. Quién le contó que Ardan había caído, que yo estaba sola, que un compromiso ventajoso me tentaría en mi desgracia.
De reojo, mientras le río a Ranald una gracia que no tiene ninguna gracia, busco por el salón a la persona que ha estado toda la tarde demasiado pendiente de esta mesa, sirviendo el vino con un oído puesto donde nadie lo ha llamado, moviéndose cerca cada vez que bajábamos la voz.
Artair. Mi primo. La astilla que me negué a mirar de frente en el patio.
Se me hiela el vino en la boca. No quiero que sea él.
Ruego con toda el alma por que no sea él.
Pido a la Madre y a mi madre muerta que sea otro, cualquier otro, un mozo comprado, una cocinera con hambre, quien sea menos la sangre con la que me crié.
Esa súplica, ese golpe de dolor que no consigo controlar porque me pilla con la guardia baja, hace lo que hace siempre el dolor conmigo cuando bajo la tapa: despierta a la tormenta de un tirón.
Las velas del salón se apagan de golpe. Todas a la vez, las cuarenta, sin una ráfaga que lo justifique, sin corriente ni postigo suelto, como si una boca inmensa y helada las soplara desde dentro mismo de la piedra de los muros.
Un frío repentino baja del techo y se derrama sobre la mesa.
Las copas tiemblan y tintinean solas sobre el mantel.
Durante un latido, uno solo, el aire entero del salón se carga con esa hondura pesada que precede al rayo en el monte, y a todos los presentes, nobles y criados, se les eriza el vello de los brazos sin que sepan por qué la piel se les ha puesto de gallina.
Es el instante más peligroso de estos dos años.
Si alguien de esta mesa ata el frío repentino con mi cara, si Ranald une el prodigio con la mujer que tiene enfrente, estoy muerta, y Ardan detrás de mí.
Aguanto sin respirar, con la sonrisa clavada en la boca como una flecha, mientras la tormenta me araña las costillas por dentro pidiendo más, pidiendo salir del todo, pidiendo hacer con este salón lo que ha hecho con las velas, pero ya sin tapa que la frene.
Lo cierro. Lo trago con un esfuerzo que me deja empapada en sudor frío.
Vuelvo a poner la tapa sobre el arcón de dentro, apretando con toda la voluntad que me queda, y las velas se reencienden solas, una tras otra, mansas, mientras los criados murmuran algo de corrientes traicioneras y de postigos que hay que arreglar antes del invierno.
Ranald ríe, incómodo, y le echa la culpa al viento del norte, que dice que se cuela por todas partes en estos castillos viejos. Artair mira las llamas recién nacidas con el ceño fruncido, más pálido de lo que estaba. La mayoría de la mesa no ha entendido nada y ya vuelve a su vino.
Morvenna sí ha entendido.
La busco al fondo del salón, junto a la chimenea grande, y me está mirando fijo, sin pestañear siquiera, con la cara exacta de quien acaba de ver confirmarse su peor sospecha y su mayor esperanza en un mismo aliento contenido.
Muy despacio, con un movimiento mínimo que solo yo pueda leer entre tanta gente, niega con la cabeza.
No aquí. No ahora. No delante de ellos, niña.
Le devuelvo un gesto igual de pequeño, una bajada de párpados. «Lo sé, señora. Se me ha escapado sin querer. No volverá a pasar.»
Aunque las dos sabemos, cada una en su sitio del salón, que es mentira.
Cada jornada que pasa, la tapa del arcón cierra peor, se comba más, resiste menos.
El día que reviente del todo, ya lo presiento, no será por una hilera de velas apagadas en una cena.
Será por algo que no deje piedra sobre piedra en pie.
Esa noche, cuando el castillo entero duerme y Ranald ronca su vino robado en el mejor cuarto de invitados, me escurro sola al adarve a respirar aire que no huela a mentira.
No me sorprende encontrarlo allí, apoyado en la almena fría, de espaldas al torreón, esperándome sin admitir ni ante sí mismo que me espera.
—Es tu primo —murmura el ciervo, sin volverse, con la vista puesta en la oscuridad del norte—.
El que filtra. Lo has visto esta noche, en la cena.
Se te descompuso la cara media pulgada cuando lo miraste servir el vino, y a ti la cara no se te descompone jamás, ni cuando hablas de tu madre en la hoguera.
—Ahora sí se vuelve, y en sus ojos no queda guasa ninguna, ni el rastro de los celos de ayer, solo una pena limpia que me llega hasta el fondo—.
Lo siento, Muireall. De verdad que lo siento.
Sé lo que es que te venda tu propia sangre.
Estuvo a punto de pasarle a mi hermana, y todavía se me hiela el cuerpo de recordarlo.
No le contesto con palabras. No me salen, se me han quedado todas atascadas detrás de esa astilla que ya no puedo negar.
Cruzo los pocos pasos que nos separan en la muralla, apoyo la frente en su pecho, justo sobre el corazón que me late a martillazos bajo la lana, y por primera vez en dos inviernos completos dejo que otro cargue un momento con el peso, solo un momento, solo mientras la tormenta y yo hacemos las paces a oscuras y en silencio.
Él me rodea con los brazos, despacio, torpe, con muchísimo cuidado, como se sostiene una cosa que uno sabe que podría estallar entre las manos y llevárselo por delante.
Nos quedamos así un rato largo, sin decirnos nada, dos personas que juegan el mismo tablero descansando un momento en el mismo bando.
Huele a él, a bosque, a cuero y a algo tibio que no sé nombrar, y por primera vez en mucho tiempo el olor a humo no me sube a la garganta: lo tapa otro.
Noto cómo respira, cómo el corazón se le va calmando bajo mi frente, y me permito, solo por esta noche, no pensar en Ranald, ni en Mordha, ni en mi primo.
Solo en un pecho ancho que no se aparta y en unos brazos torpes que no me sueltan.
No dice que no quería.