CAPÍTULO 10
Los celos son la única mentira que no sé leer, porque me la cuento yo mismo y me la creo entera, sin astilla que me delate la trampa.
Llevo desde ayer encerrado en mi cuarto como un crío al que le han quitado el juguete favorito, y lo sé, y me da una rabia sorda saberlo, y aun así no bajo.
Cada vez que junto la voluntad para bajar me vuelve la escena entera: ella en el patio, la barbilla alta, el pelo negro al viento, acepto , tan tranquila, tan dueña de sí, un día justo después de besarme en el patizuelo como si me necesitara para seguir respirando.
Acepto. La palabra me da vueltas en la cabeza toda la noche, afilándose sola contra mis propias tripas, cortando cada vez más hondo.
Lo peor no es que se comprometa. Lo peor es no saber por qué me importa tanto que se comprometa.
Yo no me enredo con mujeres que traen problemas; llevo toda la vida eligiendo lo cómodo, lo que se lee fácil, lo que no me quita el sueño.
Va y aparece una del norte que no consigo leer ni con toda mi maña, que me tira manzanas y me roba besos y me promete a un desconocido al día siguiente, y resulta ser la única cosa de mi vida que no cambiaría por nada.
Un hombre listo se apartaría. Yo, que presumo de listo, no doy con la puerta.
Bríde entra sin llamar, que en esta casa nadie llama a una puerta ni por accidente, y se sienta en el borde de mi jergón con el descaro tranquilo de la hermana que da por descontado su sitio en el mundo y en mi cama.
—Llevas veinte horas largas de morros —observa, sin preámbulos—. El servicio ya hace apuestas abajo, para que lo sepas. Aila dice que aguantas dos días enteros encerrado. Yo aposté por hoy al mediodía. No me hagas quedar mal, hermano, que jugué buena plata contra tu terquedad.
—No estoy de morros. Estoy pensando.
—Estás de morros pensando, que es la peor de las dos cosas y la más inútil.
—Me da un golpe seco en la rodilla con el reverso de la mano—.
Óyeme. Te conozco desde antes de que supieras andar en dos patas ni en cuatro.
Esa mujer se compromete con un desconocido delante de todo el castillo, a ti se te cae el mundo encima de la cara, y sigues aquí arriba escondido en vez de bajar a plantarle cara.
¿Sabes tú lo que significa eso, con toda tu cabeza de estratega?
—Que soy un hombre prudente.
—Que estás enamorado hasta las cejas y muerto de miedo, que es distinto.
—Se levanta, satisfecha de su diagnóstico como un físico que ha acertado la dolencia—.
Baja de una vez. Aunque sea a hurgar, que hurgar se te da de maravilla y es lo único productivo que sabes hacer cuando el corazón te estorba.
Y ahí fuera, hermanito, hay muchísimo que hurgar.
Empieza por preguntarte de dónde saca un laird pobre grano para regalar.
—¿Desde cuándo sabes tú de graneros? —protesto, por no darle la razón tan pronto.
—Desde que vuelo por encima de ellos, hermano.
—Bríde se detiene en la puerta, y por un instante deja la guasa a un lado—.
Óyeme una cosa de verdad. Yo también creí una vez que a mí no me pasaba, lo del querer, que era cosa de gente más blanda.
Y me pasó, con un gigante callado del norte que ni me caía bien al principio.
—Sonríe de medio lado—. La cabeza no te va a salvar de esto, Oisín.
Úsala para protegerla a ella, no para protegerte de ella.
Es distinto, y tú, que eres el listo de la familia, deberías notar la diferencia.
Tiene razón, la muy halcón, y la odio un poco por tenerla con tanta facilidad.
Bajo. No a plantarle cara a Muireall, que eso sería concederle en voz alta que me importa hasta el temblor.
Bajo a hacer lo único que sé hacer bien cuando el corazón se me pone en medio del camino: usar la cabeza como un cuchillo.
La cabeza, en cuanto la aparto de mis celos y la pongo a trabajar sobre Ranald del Lago, empieza a oler mal enseguida.
Me paso la jornada entera en las cocinas y los establos, que es donde de verdad se sabe lo que pasa en un castillo, mucho más que en el salón, tirando del hilo de ese laird misterioso al que nadie ha visto nunca y que aparece justo ahora, con un ejército enemigo bajando del norte, a ofrecerle muros y grano a una novia arruinada.
Le saco a un buhonero que subió del sur, a cambio de una moneda y una jarra, todo lo que sabe de Cairn Riabhach, que es poco y feo: tierra flaca, un laird joven con más deudas que ovejas, que hace un año no tenía ni con qué herrar sus caballos.
Le pregunto a un fraile de paso, con la excusa de la limosna, si ha oído de bodas o de tratos por el Lago, y el fraile, que ha caminado mucho mundo y ve más de lo que cuenta, se santigua y me suelta que por esas tierras «anda dinero nuevo, y el dinero nuevo en tierra vieja siempre huele a alguien que compra algo que no se ve».
Guardo la frase. Guardo todas las frases: ese es mi oficio.
A mi padre, sobre todo, que rodó de lancero a sueldo por medio país en su juventud y guarda en la cabeza un mapa de clanes que a estas alturas ya casi no existe salvo dentro de su cráneo.
—¿Cairn Riabhach? —Mi padre frunce el ceño sobre la talla, rebuscando en la memoria—.
Tierra pobre, hijo. Roca y brezo y cuatro ovejas flacas.
Un laird de allí no tiene grano ni para su propia gente en un mal invierno, mucho menos para regalárselo a un clan del norte que no le toca nada.
—Levanta la vista de la madera, y en sus ojos encuentro el mismo cálculo frío que siento subirme a mí—.
Si ese hombre ofrece lo que no tiene, Oisín, es que alguien se lo está prestando por detrás.
Y a los que prestan ejércitos y grano les gusta cobrar la deuda, siempre, en la moneda que a ellos les conviene.
—¿Y quién presta, padre? —pregunto, aunque ya lo sé, porque necesito oírlo dicho por una boca más vieja que la mía.
—El que quiere algo que no se compra con oro. —Ronan no levanta la vista de la talla—. En el norte, ahora mismo, solo hay uno que compre voluntades en vez de tierras. Ya sabes su nombre, hijo. Lo trajo esa mujer metido en el equipaje.
Ahí está. La astilla. La veta áspera que llevo todo el día buscando bajo el barniz.
Ranald del Lago no es un pretendiente enamorado de un retrato. Es una mano tendida por otra mano que se esconde detrás de ella. En toda Escocia solo hay una mano que gaste ejércitos en el norte ahora mismo, que compre voluntades con grano y prometa protección contra sí misma.
Voy a buscar a Muireall con el corazón partido en dos furias a la vez, la vieja de los celos y la nueva del hallazgo, y la encuentro donde la encuentro siempre, en el adarve, huyendo del techo. Me planto delante de ella sin saludar, sin rodeos.
—Ranald es de Mordha —le suelto de golpe—.
O de alguien que come de su mano y le sirve el plato.
Su clan no tiene con qué pagar ni la mitad de lo que ofrece.
Te está tendiendo una trampa, mujer, y tú acabas de meter la cabeza en el lazo tú solita, delante de todo el patio.
—Me acerco, bajo la voz sin querer, y la rabia se me deshace en súplica sin pedirme permiso—.
Rómpelo. Di mañana mismo que has cambiado de idea, que la pena por tu padre te nubló el juicio, lo que sea.
No te vendas a un hombre de tu enemigo por unos muros que no vas a llegar a pisar.
Ella me mira. En su cara pasa algo rarísimo, algo que no le he visto nunca: alivio.
Un alivio hondo, casi tierno, el de quien descubre de repente que no está tan sola en la oscuridad como se temía.
Lo capto entero, porque para eso tengo el ojo, y me desconcierta más que cualquier cosa que pueda decirme: he subido a rescatarla de una trampa, y lo que le he dado sin querer es la certeza de que alguien más vela por ella.
Nunca imaginé que ver ese alivio ajeno pudiera doler tanto.
Le dura un parpadeo. Después lo esconde, como lo esconde todo, y me sonríe con una calma que me saca de mis casillas de una patada.
—Vaya, vaya. —Ladea la cabeza, y le baila la guasa en los ojos—. El ciervo ha atado los cabos él solito. Sabía que lo harías, era cuestión de horas. Tienes muy buena cabeza, ¿sabes? Anoche te lo dije en la cena y todo, antes de que te enfurruñaras.
—¿No me estás oyendo? Te digo que Ranald es…
—Ranald es exactamente lo que yo necesito.
—Me pone un dedo en el pecho, y esta vez no hay caricia en el gesto, hay mando puro—.
Duérmete tranquilo, amiguito. Sé perfectamente de quién es la mano que mueve a ese muñeco.
La conozco mejor que tú. Y no pienso romper nada.
Pienso dejar que se acerque bien, que muerda el cebo entero, y entonces le pienso arrancar el brazo de cuajo.
Se marcha, y me deja en la muralla con la boca abierta y una certeza humillante asentándoseme en las tripas como una piedra: la mujer a la que yo creía tener que rescatar de una trampa lleva días construyendo esa trampa con sus propias manos, con mucho más arte y más sangre fría de los que yo habría gastado en su lugar.
«Jugamos el mismo tablero», comprendo, con el orgullo por los suelos y las tripas heladas. «Y ella me lleva tres jugadas de ventaja, por lo menos. Puede que cuatro.»
Me quedo solo en el adarve, con el viento del norte en la cara y una sensación rarísima, nueva del todo, de no ser por primera vez en mi vida el más listo de la habitación.
Lo peor, lo que me remata, es que en vez de fastidiarme, me gusta.
Me gusta que exista alguien en este mundo que me lleve ventaja, que me obligue a correr para alcanzarla, a quien no pueda leer de un vistazo como leo a los demás.
Bríde tenía razón, la maldita halcón. La cabeza no me va a salvar de esto.
Ya no. Así que bajo del adarve dispuesto a lo contrario de lo que subí: no a apartarme de la tormenta, sino a colocarme en su camino, que es donde, por lo visto, he decidido plantar la tienda para lo que me queda de vida.