CAPÍTULO 9
En mi tierra, a los muertos se les cierran los ojos con dos guijarros del río, para que no vean el camino de vuelta y no les tiente desandarlo.
Se lo enseño a Aila esa mañana, junto al cuerpo de Eachann, porque no sé consolar con palabras y sí con oficio, que es lo único que me dejó entero la vida antigua.
Bajo yo misma al arroyo que corre bajo la muralla oeste y escojo los dos cantos con cuidado, redondos, lisos, del tamaño justo de un párpado, fríos de agua, y vuelvo con ellos en el puño cerrado como quien trae un secreto.
Hace frío en el patio a esa hora, un frío gris que se cuela por las mangas, y el cuerpo de Eachann espera bajo una lona hasta que decidamos qué hacer con él.
Lo destapo con cuidado. Es más joven de lo que parecía atravesado sobre la silla; tiene la cara todavía lampiña, de chico que no llegó a hombre del todo, y una herida en el cuello que no merece que la describa.
Le limpio la sangre seca con un paño mojado, despacio, con el respeto que se le debe a un desconocido muerto por la guerra de otra.
Es lo menos que puedo darle. Es también lo más.
El explorador que Mordha me devolvió degollado sobre su propio caballo no tiene ninguna culpa de mi guerra, y merece irse honrado como se iban los míos, aunque su gente no conozca la costumbre.
—Se ponen así. —Le coloco a Aila la mano sobre los guijarros para que sienta el peso—.
Uno en cada ojo. En el norte creemos que el muerto, si te ve llorar, se queda a consolarte y no cruza.
Los guijarros le tapan la vista. Es una crueldad piadosa: le quitamos el último adiós para regalarle el descanso.
Aila me observa hacerlo con los ojos enrojecidos y la mandíbula apretada, sin una lágrima que se atreva a caer delante del muerto, y cuando termino de asentar los cantos me agarra la muñeca. Fuerte. Como agarra las cosas la gente de esta casa, con la mano entera y sin pedir permiso.
—Gracias —murmura, con la voz espesa—. Por tratarlo como si fuera de los tuyos.
—Es que de alguna manera lo es. —Me limpio las manos húmedas en la saya—.
Lo mató lo mismo que mató a los míos, con la misma daga fría y la misma falta de motivo.
Eso hermana, Aila. Hermana más hondo que la sangre.
Nos ha metido a todos en la peor de las familias: la de los que entierran por culpa del mismo hombre.
Aila asiente despacio, y por un momento las dos nos quedamos calladas junto al muerto, cada una con los suyos ardiendo por dentro.
Después se pasa el dorso de la mano por los ojos, con rabia, como si las lágrimas le estorbaran para lo que hay que hacer, y recoge del suelo la manta con la que van a envolverlo.
—Mis hijos no lo van a ver así —dice, y no es un ruego: es una madre poniendo orden en el espanto—. Los pequeños no. Que se lo cuenten de mayores, si hace falta. Hoy no.
—Hoy no —le confirmo—. Hoy lo tapamos y lo lloramos los grandes, que para eso somos grandes.
Es entonces cuando el cuerno de la muralla vuelve a sonar, un toque solo esta vez, limpio, el que anuncia jinete conocido, y a mí se me para el corazón antes de saber por qué.
Dejo a Aila con su muerto y corro al patio con la falda recogida en un puño.
Por el portón, cansado, cubierto hasta las cejas del barro rojo del norte, entra un caballo que reconocería en sueños, y sobre él un hombre al que hace tres semanas dejé al frente de lo poco que queda de Ardan.
—¡Artair! —El nombre se me escapa entero de la boca, sin permiso, y por un instante dejo de ser la mujer de la tormenta y el filo para ser solo alguien que ve llegar a alguien de casa.
Mi primo desmonta antes de que el caballo termine de frenar y me estrecha contra su pecho, y huele a norte, a turba mojada y a humo de hogar, a la infancia entera, y se me llenan los ojos de esa cosa peligrosa que llevo dos años sin permitirme sentir delante de nadie.
—Prima. —Me aparta un poco para mirarme la cara, con esa sonrisa suya de siempre, cálida, la del niño flaco con el que compartí establo y hambres y primeras heladas—.
Gracias a la Madre que te encuentro con vida.
Cuando el cuervo no volvió, pensé lo peor.
Me imaginé mil desgracias por el camino.
—Baja la voz, para que sea solo mía—. Beitris manda decir que aguantan.
Que la pequeña Èimhir respira limpio desde hace unas noches, y que nadie sabe cómo.
—Me guiña un ojo, cómplice—. Yo sí lo sé. Y no diré ni una palabra, tranquila.
Debería alegrarme entera. Me alegro casi entera, con casi todo el pecho.
Pero hay una astilla, una sola, minúscula, que se me clava por debajo de la alegría y no sé de dónde me viene: Artair ha cruzado la marca norte de punta a punta, con los hombres de Mordha peinándola tejado por tejado y vado por vado, y ha llegado hasta Strathos sin un solo rasguño, sin un caballo cojo, sin una flecha en el fardo.
«Los ataques son demasiado limpios» , oigo decir al ciervo dentro de mi cabeza, con esa voz suya que lee lo que otros esconden.
«Eso te lo cuenta alguien de dentro.» Aparto el pensamiento de un manotazo, como se aparta una mosca en la sopa.
Es mi primo. Nos criamos juntos. La rabia de estos dos inviernos me está pudriendo hasta la sangre limpia, hasta desconfiar de la única mano que me ha abrazado en semanas.
Me obligo a sonreírle como le sonreía de críos, cuando robábamos huevos del gallinero de Beitris y él cargaba siempre con la culpa por mí, porque decía que a las niñas se las regañaba menos.
Ese Artair no vendería a nadie ni por todo el grano del sur.
Me agarro a ese Artair. Lo pongo por delante de la astilla como se pone un escudo por delante de una flecha, y casi, casi, consigo no oír la vocecita del ciervo repitiéndome que nadie cruza limpio un cerco de lobos salvo el que va marcado como amigo.
—Traigo más que noticias —continúa Artair, y la cara se le pone seria, de mensajero—.
Traigo una oferta, prima, y de las buenas.
Ranald del Lago, el laird de Cairn Riabhach, ha sabido de nuestra desgracia.
Ofrece protección a lo que queda de Ardan: hombres, muros de piedra, grano para pasar el invierno sin enterrar a más niños.
—Hace una pausa, y escoge las palabras con un cuidado que a mí no se me escapa—.
A cambio de una alianza. De sangre. Contigo, Muireall. Quiere desposarte.
El patio se ha ido llenando de gente sin que yo me diera cuenta, atraída por la novedad. Sé, sin necesidad de volverme, en qué punto exacto de la escalinata del torreón está plantado el ciervo, porque noto su mirada clavárseme entre los omóplatos igual que se clava el frío del norte, sin aviso.
Pienso deprisa, que es lo único que sé hacer deprisa.
Un hombre que ofrece muros a un clan arrasado a cambio de su heredera es un hombre que ha olido la debilidad desde muy lejos.
Un hombre que la huele tan pronto, y que sabe tan bien dónde encontrarme, es un hombre que tiene oídos donde no debería tenerlos.
Un compromiso, si lo llevo yo de las riendas y no él, es la mejor red que existe para ver qué peces se mueven en el agua turbia: quién avisa a Ranald, quién le lleva y le trae, por qué hebra secreta viaja lo que sale de mi boca hasta las orejas que no deben oírlo.
Lo calculo todo en el tiempo que Artair tarda en cerrar la suya, y para cuando la cierra ya lo tengo decidido.
—Dile a Ranald del Lago —anuncio, alto y claro, para que lo oiga el patio entero, para que lo oiga sobre todo el que está en la escalinata— que acepto su oferta. Que me visite aquí, en Strathos, y hablaremos de fechas como dos personas sensatas.
El silencio que sigue tiene textura, se puede tocar.
Artair sonríe, aliviado, como si le hubieran quitado un fardo de la espalda.
Morvenna me busca los ojos desde la puerta del torreón con una pregunta afilada como un cuchillo en los suyos.
A mi espalda, en la escalinata, oigo unos pasos que empiezan a bajar, se detienen a mitad de camino, dudan un instante, y vuelven a subir, rápidos, furiosos, seguidos de una puerta que se cierra allá arriba con un golpe seco que retumba por toda la piedra del castillo.
Aprieto los dientes para no volverme hacia esa puerta cerrada de golpe.
Volverme sería seguirlo, y seguirlo sería explicarle, y explicarle sería perderlo todo antes de empezar.
Me quedo mirando a Artair, que me sonríe agradecido sin sospechar que acabo de convertir su buena noticia en la soga con la que pienso ahorcar a quien me vende.
Le devuelvo la sonrisa. También yo sé sonreír con una daga escondida en la boca. Me viene de familia.
Cierro los ojos un instante. «Perdóname, ciervo», pienso, y me sorprende de veras cuánto me cuesta pensarlo.
«No es a ti a quien vendo en ese patio. Es a un traidor al que le estoy tendiendo la cama para que se acueste en ella.
No puedo decírtelo, porque me leerías la mentira en la cara antes de que terminara la frase, y para que esta trampa cierre bien tienes que creértela tú el primero de todos. »
Duele más de lo que había calculado. Eso, tratándose de mí, que llevo dos años sin que nada me duela salvo lo de siempre, es la peor noticia del día.
Subo despacio a mi cuarto cuando el patio se vacía, y por el camino, frente a la puerta que él cerró de un golpe, me detengo un instante con la mano a un palmo de la madera.
Casi llamo. Casi le grito, a través de la tabla, que es todo mentira, que no me caso con nadie, que aguante.
Bajo la mano. La mentira solo sirve si él la cree entera, y un ciervo que lee caras no puede creerse lo que sabe que me está costando.
Sigo hasta mi jergón, y me acuesto con dos deudas nuevas: la de Ranald, y la de este silencio.
Las dos las pienso cobrar. La primera con sangre; la segunda, si la Madre me da tiempo y suerte, con la verdad dicha a la cara de este hombre terco el día que ya no ponga en peligro a nadie contársela.