La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Bríde no llega nunca a un sitio. Bríde aterriza sobre él.

La oigo antes de verla, ese chillido de halcón que me erizaba la nuca de niño y me la sigue erizando de hombre hecho, y cuando salgo al patio ya está bajando en picado sobre el torreón, un borrón pardo que se deshace detrás del biombo del granero y reaparece a los pocos latidos convertida en mi hermana, abrochándose la camisa a manotazos, con Ciaran Dargath desmontando a su espalda, enorme y callado como una montaña que ha aprendido, con los años, a sonreír de medio lado.

—¡Hermanito! —Se me echa encima antes de que me dé tiempo a plantar bien los pies, todo codos y alegría y viento del norte—.

¡Deja que te mire a la cara! Madre me manda un cuervo diciendo que baja guerra del norte, y yo cruzo media Escocia preñada del susto, ¿y con qué me encuentro al llegar?

Con que la guerra tiene faldas y a ti se te ha puesto cara de bobo enamorado.

—Me agarra la barbilla con esa mano de garras que no ha perdido, me gira la cara hacia la luz como si me inspeccionara los dientes, y suelta una carcajada de gloria pura—.

¡Ja! Lo sabía. Cael tenía razón en el cuervo.

Estás perdido. Perdidísimo. Lo llevas escrito por toda la jeta con letras bien gordas.

—Bríde. —Ciaran le pone en el hombro la mano de partir nueces—. Deja respirar al pobre, que acabamos de bajar del cielo.

—Lo dejo respirar en cuanto confiese. —Mi hermana me pincha el pecho con un dedo—. ¿Cómo se llama? ¿Es guapa? ¿Es peligrosa? Por tu cara diría que las tres cosas, y que la tercera te gusta más que las otras dos juntas, que siempre tuviste un gusto pésimo para lo que te conviene.

—No me pasa absolutamente nada. —Me la quito de encima con la poca dignidad que me va quedando, que a estas alturas es más bien poca—. Y tú deberías estar descansando, no cruzando cielos a saltos y preñada, cosa que ni tu marido ni nuestra madre te van a perdonar en la vida.

—Mi marido me lo perdona todo. —Ciaran llega por fin, sin prisa, me estrecha el antebrazo con esa mano que podría partir nueces con solo pensarlo, y me mira desde arriba con la gravedad divertida de la gente del norte—.

Se lo perdono porque discutírselo cansa más que cedérselo, y yo ya no tengo edad para gastar fuerzas en batallas perdidas. Oisín.

—Ciaran. Bienvenido otra vez al manicomio.

—Ya me conozco el manicomio de sobra. —Se le escapa media sonrisa por debajo de la barba—. Me casé con la interna más ruidosa de todas.

Bríde le clava un codazo en las costillas sin ni siquiera mirarlo, con la puntería de toda una vida de práctica, y para cuando Cael sale al patio con los tres cachorros pisándole los talones, el reencuentro se convierte en un caos feliz de aullidos y chillidos, de sobrinos que no conocen al tío halcón y lo reciben como se recibe a un desconocido en esta familia, mordiéndole las botas con entusiasmo, y de Aila repartiendo abrazos y órdenes a partes iguales, que es su manera de querer.

Por un rato bueno, un rato de los que se guardan, Strathos huele solo a familia y a nada más, y hasta yo me olvido de cuervos, de traidores y de una boca que me robó un beso anoche en el patizuelo y me dejó luego sin pegar ojo hasta el alba.

Dura lo que duran las cosas buenas en esta casa: hasta que mi madre me roza el brazo y me aparta del bullicio con un gesto suave que no admite ni una broma.

—Ven. —Me lleva al hueco de la escalera, lejos de oídos ajenos—. Tú y yo tenemos que hablar de ella, Oisín. Y quiero que me escuches con la cabeza fría, si es que anoche te quedó un poco de fría, que lo dudo.

—Madre…

—No. —Me corta en seco, y hay en su cara una seriedad honda que me borra de un plumazo lo que fuera a decir—.

Escúchame bien. Esa mujer es de la sangre vieja, como nosotros.

Pero no de nuestra rama, hijo. De la otra.

De la honda. La que da tormentas y no da pieles.

—Baja la voz hasta dejarla en un hilo que apenas me llega—.

Es más fuerte que yo, Oisín. Mucho más. Lo supe en cuanto cruzó el portón, y te juro que me temblaron las piernas como no me temblaban desde hacía cuarenta años, desde otra noche que ya te contaré.

Frenó un semental lanzado, a la carrera, con dos dedos de una mano, para salvarle la vida a tu sobrino. ¿Lo entiendes bien? Con dos dedos.

Se me seca la boca de golpe. Pienso en el patizuelo, en las manos que me limpiaron la mejilla con aquella torpeza que me deshizo, en la mujer que lloró la ceniza de su madre y me besó luego como quien se agarra a un hierro al rojo por no caerse al vacío.

—¿Y eso qué cambia? —pregunto, más bajo de lo que quería que me saliera.

—Lo cambia todo, hijo. —Mi madre me pone la mano en la mejilla, y su tacto es mucho más suave que sus palabras—.

Porque una fuerza así atrae a los cazadores igual que la carroña atrae al cuervo desde tres valles de distancia.

Donde ella pisa, huele a tormenta, y detrás de ese olor viene Mordha oliendo el rastro.

Te la has metido en el corazón, no me lo niegues, que a tu madre no le mientes ni tú con toda tu labia.

Solo te pido una cosa, una: quiérela con los ojos bien abiertos.

Amar a una tormenta se puede, Oisín. Yo llevo media vida amando a un hombre que fue lancero a sueldo y tenía las manos manchadas cuando lo recogí.

Pero no se ama a una tormenta fingiendo que no truena. Eso no acaba bien para nadie.

—¿Y si truena de verdad? —pregunto, y no es una broma, aunque me habría gustado que lo fuera—. Si es tan fuerte como dices, madre, y un día la fuerza se le escapa de las manos.

—Entonces tendrás que decidir si te quedas a su lado o si corres.

—No me lo ablanda ni un poco—. Yo corrí una vez, hijo, hace cuarenta años, de un fuego parecido a este.

Y llevo desde entonces cultivando romero para el muerto que dejé atrás por cobarde.

—Se le enturbia la voz un instante, y la endereza a fuerza de voluntad—.

No te digo lo que debes hacer. Te digo que lo sepas de antemano, para que la decisión sea tuya y no del susto.

La sangre de esa mujer y la nuestra fueron una sola cosa hace mucho, allá arriba en el norte, antes de que un hombre como Mordha nos partiera en ramas y nos esparciera por Escocia.

Ella todavía no lo sabe. Puede que ni yo lo sepa entero.

Pero lo huelo, Oisín, y lo que huelo me dice que no fue casualidad que cayera justo de tu árbol y no de otro.

Voy a contestarle algo, no sé el qué. No me da tiempo.

Un cuerno rasga el aire desde la muralla norte, dos toques largos y graves, el que anuncia jinetes en el camino, y el patio entero se congela en mitad de su alegría como el agua se hiela de repente.

Corro a las almenas con Cael pegado a mi costado y mi padre detrás, sorprendentemente rápido para un hombre de su edad, y lo que vemos abajo, en la curva del camino, nos cierra la garganta a los tres a la vez, sin necesidad de decirnos nada.

Un caballo de Strathos, uno de los nuestros, ensillado, vuelve solo al paso.

Trae al jinete atravesado sobre la silla, atado con cuerdas para que no se caiga por el camino, y aun desde aquí arriba distingo lo que le han hecho: la garganta abierta de oreja a oreja, y en el pecho, prendido con la punta de su propia daga, un trapo.

Un trapo pardo, sin colores. Sin enseña. Sin clan.

Un mensaje sin letras, de los que entiende a la primera cualquiera que haya pisado una guerra en su vida.

Bajamos al patio los tres, y detrás la familia entera, y el silencio con que recibimos al caballo es el peor que ha sonado nunca entre estos muros.

Cael desata él mismo las cuerdas, con esas manos suyas que no tiemblan por nada, y esta vez tiemblan.

Baja a Eachann con un cuidado que ya no le sirve de nada al muerto y le sirve de todo al vivo, le cierra los ojos con el pulgar, y se queda un momento largo con la mano sobre esa cara joven que él mandó al norte hace dos días.

—Es Eachann —murmura Cael, y por primera vez en toda mi vida le oigo la voz partirse por la mitad—. Lo mandé de explorador hace dos días. A la marca del norte. A oler qué bajaba.

A mi espalda, sin que ninguno la haya oído subir, aparece Muireall en el adarve.

Mira el caballo. Mira el trapo sin colores clavado con la daga.

Cuando habla, su voz ya no tiene guasa ninguna, ni rabia, ni el filo cortante de anoche en el salón.

Tiene otra cosa, más honda y fría, que me hiela por dentro más que todo el viento del norte junto.

—Ya está aquí —murmura, casi para sí—. No he traído la sombra a tu casa, Oisín.

He traído al Segador en persona. —Se vuelve hacia mí, despacio, y en el fondo de sus ojos veo por fin, entero y desnudo, ese fuego que no calienta del que me habló sin nombrarlo—.

Y ahora ya no queda un solo sitio donde esconderse.

Ni para mí, ni para ninguno de vosotros.

Miro el trapo sin colores clavado en el pecho de un chico de diecinueve años, y miro después a la mujer que ha subido sin ruido a mi lado con el fuego frío entero en los ojos, y por primera vez desde que me cayó del árbol dejo de calcular jugadas.

No hay jugada que valga. Hay una casa, una familia, una tormenta que ha venido a refugiarse en ella, y un carnicero bajando del norte a segarnos a todos juntos en el mismo montón.

Mi madre tenía razón: me la he metido en el corazón sin pedir permiso.

Lo que no me dijo, porque quizá ni ella lo sabía, es que ya no querría sacármela, aunque me enseñaran cómo.

Bajo la mano hacia la de Muireall, sin mirarla, y se la aprieto una vez, corta y firme, delante del muerto y de la familia y del norte entero.

Ella no se aparta. Me la aprieta de vuelta.

Así, cogidos de la mano sobre un cadáver, empezamos juntos la guerra que ninguno de los dos va a poder ganar solo.