CAPÍTULO 7
Hay un fuego que no calienta.
Lo llevo bajo las costillas desde hace dos inviernos, agazapado, y las noches malas se despierta y me recorre entera de arriba abajo, buscando una salida que yo le niego con toda la voluntad que me queda.
Esta es una de esas noches. La conversación del salón me ha levantado la costra de todo lo que llevo mal curado, y ahora estoy en el patizuelo de atrás, sola con la luna y con ese fuego frío, apretando en el puño la cinta que trajo el cuervo de Artair hasta clavarme el cuero en la palma.
Se mueven al sur. Vienen. Cierro los ojos, y en lugar de la oscuridad me llega el olor, que siempre llega antes que la imagen: humo de carne y de pelo, el que respiré la tarde en que volví a casa demasiado tarde para servir de nada.
—No deberías estar aquí fuera tú sola.
La voz del ciervo, a mi espalda. No me vuelvo. No tengo ahora mismo la cara preparada para que me la lea un hombre que se gana el pan leyendo caras.
—Vete, Oisín.
—No. —Lo oigo acercarse, prudente, midiendo cada paso, como quien se acerca a un animal herido que todavía tiene dientes—.
Llevas toda la noche estrujando esa cinta como si quisieras estrangularla.
Y en la cena, cuando hablé del traidor, se te cruzó una cosa por la cara que no era rabia contra mí.
Era otra cosa. Más vieja. —Se detiene a mi lado, sin invadir, dejando un palmo de aire entre los dos—.
Cuéntamelo. No al estratega. Cuéntaselo al que te sacó una manzana de encima de la cabeza en un bosque.
No sé por qué —a lo mejor porque llevo dos años sin decírselo a nadie que no lo supiera ya de antes, a lo mejor porque este hombre pregunta con los bordes ásperos del que no sabe barnizar una mentira— se lo cuento. Entero. Por primera vez desde que ocurrió.
—Yo estaba en la montaña la noche que cayó Ardan.
—Las palabras me raspan la garganta al salir, como piedras—.
Arriba, en el risco, aprendiendo lo que mi madre me estaba enseñando en secreto, lejos de todos, a salvo.
Me había subido allí a aprender a escuchar la tierra y a mandar en el agua, cosas que solo me enseñaba lejos de ojos, donde nadie de la aldea pudiera verme y asustarse.
«Esto se esconde, hija», me repetía, «se esconde hasta el día en que no quede más remedio.
» Y yo, cría todavía, protestaba por tener que esconderlo, por bajar la voz, por fingir delante de los vecinos.
Daría lo que no tengo para que ese día no hubiera sido esa noche.
Por haber estado abajo, con ellos. Por haber ardido con mi madre en vez de mirar el fuego desde un risco, sin poder hacer nada, con todo este poder inútil pudriéndoseme dentro.
Vi el resplandor desde allá arriba. Al principio, que la Madre me perdone, pensé que era una hoguera de fiesta, que abajo celebraban algo sin mí.
—Se me quiebra algo por dentro, y por una vez no lo escondo—.
Después entendí que el fuego era demasiado grande para una fiesta.
Bajé corriendo. Corrí toda la noche, Oisín, monte abajo, tropezando en la oscuridad, con el corazón reventándome.
Crucé la aldea antes de llegar a la casa grande, y esa parte no la cuento nunca, porque no hay forma de contarla bien.
No quedaba un solo grito. Eso es lo que más me persigue de todo: el silencio.
Los tejados humeaban todavía, mansos, como después de una lluvia, y no lloraba nadie, porque los que podían llorar ya habían huido al monte o estaban tendidos en sus propias puertas.
Pisé cenizas que aún guardaban calor. Reconocí a los míos por un zapato, por un broche, por la forma de una mano abierta.
Seguí andando hacia la casa de mi padre porque una parte tonta de mí se agarraba a que él estaría allí, dando órdenes, poniendo orden en el desastre como lo ponía en todo.
Cuando llegué, ya de madrugada, mi padre estaba en el salón, en su silla de laird, con la garganta abierta de lado a lado.
Sentado. Mordha lo dejó sentado a propósito, presidiendo su casa muerta, como una burla que durase para siempre. Y mi madre…
Me falla la voz del todo. El ciervo no me apura, no me tira de la manga para que termine, no llena el silencio con nada. Espera. Con esa quietud suya que por una vez no es cálculo de cazador, sino respeto.
—A mi madre la ataron a un poste en mitad de la plaza —sigo, y ahora me tiemblan las manos abiertas, y las dejo temblar delante de él, que esconderlas sería otra mentira—.
Y le prendieron fuego delante de los niños del clan.
A propósito, delante de los pequeños, para que aprendieran desde la cuna a qué huele lo que ellos llaman una bruja, para que el miedo les creciera dentro con los huesos.
Yo llegué a tiempo del rescoldo. Solo del rescoldo.
Metí las dos manos en las cenizas de mi madre buscando algo firme que abrazar, y no encontré más que un calor apagándose entre los dedos.
—Levanto la cara hacia él, y no me limpio lo que me baja por las mejillas, que llorar delante de este hombre me humilla menos que fingir que no lloro—.
Así que no me hables tú de traidores, ciervo, desde tu castillo lleno y tu familia entera.
Yo sé cuánto pesa cada tejado. Los he contado con las manos quemadas.
Lo que hace entonces no me lo espero. A mí, que preveo el mundo antes de que ocurra, dejar de prever no me pasa casi nunca.
No me abraza. No me suelta ninguna de esas palabras huecas que la gente ofrece para tapar su propia incomodidad ante el dolor ajeno.
Alza una mano, despacio, y me limpia con el pulgar lo que me resbala por la mejilla; un gesto torpe, de hombre que no ha aprendido a hacerlo, que no sabe muy bien dónde poner los dedos, y justo por torpe me llega más hondo que cualquier caricia diestra.
Me sostiene la mirada con una pena limpia, sin una gota de lástima, la única clase de pena que soy capaz de aguantar sin morder.
—No vuelvas a decir que traes fuego a mi casa —murmura, muy bajo—. No traes fuego. Traes esto. Y esto no se le reprocha a nadie que lo cargue.
Algo se me rompe por dentro, la última cuerda tensa que me quedaba entera, y hago lo que hago siempre que el mundo amenaza con partirme por la mitad: avanzo.
No espero. No calculo. Le agarro la lana del pecho con las dos manos, tiro de él hacia mí, y le robo el beso antes de que a su cabeza de estratega le dé tiempo a sopesar si le conviene o no que se lo den.
No es un beso dulce. No es de los que se piden con permiso.
Es un beso robado, tomado, urgente, de los que se dan para no gritar, para no romperse, para tapar con una boca el hueco que dejó una hoguera.
Le muerdo el labio de abajo, lo beso como se bebe agua después de tres días de sed en el monte, con la rabia y el duelo y el hambre vieja saliéndoseme todos a la vez por la boca.
Por un instante glorioso, él se queda quieto de puro asombro, como el venado que no se esperaba la manzana.
Después su cuerpo decide por delante de su cabeza, que es la primera vez que le gana la partida: una mano se le cierra en mi nuca, la otra en mi cintura, y me responde con una fuerza que me arranca del pecho un sonido que yo no sabía que llevaba guardado, un calor de verdad esta vez, del que sí calienta, subiéndome desde muy abajo y borrándolo todo a su paso, el poste, la ceniza, el frío de dos inviernos de piedra.
Nunca me habían besado así, ni yo había besado así a nadie.
Los pocos besos de mi vida antigua fueron tímidos, de cría, robados en las fiestas antes de que todo ardiera.
Este es de mujer que ha enterrado a los suyos y sigue viva a pesar de todo, un beso con dos años de hambre metidos dentro, y lo que más me asombra es que él lo aguanta, lo devuelve, no se espanta de la cantidad: que quepo entera ahí, tormenta y duelo y rabia, y el beso no se rompe.
Soy yo la que se aparta. Porque si no me aparto yo, no se aparta ninguno de los dos, y todavía me queda en algún rincón la cordura justa para saberlo.
El ciervo respira como si acabara de subir el monte a la carrera.
Tiene los ojos oscurecidos, la boca marcada de la mía, y en la cara esa mezcla de espanto y de deseo del hombre que descubre, demasiado tarde, que no se controlaba ni la mitad de bien de lo que él creía.
Lo miro deshacerse, y por un momento se me olvida hasta mi propio duelo, porque hay algo glorioso en ver a un hombre que lo lee todo quedarse de golpe sin saber leerse a sí mismo.
Le tiembla una mano. La cierra en un puño para que no se note, y se le nota igual.
Toda esa cabeza que se pasa la vida calculando ángulos de fuga, y no ha visto venir el único golpe que le importaba: el mío.
—No quería besarte —suelta al fin, con la voz hecha trizas.
—Ya. —Le sonrío, temblando todavía, salada de lágrimas y encendida de arriba abajo—.
Se te ha notado un montón. Sobre todo, en cómo me has agarrado la nuca, como si te fueras a morir ahí mismo si te soltaba.
—Le doy media vuelta y me marcho hacia el torreón antes de que me fallen las piernas del todo y quede en evidencia, y le lanzo por encima del hombro lo único que me devuelve un pedazo de la armadura que él acaba de arrancarme—: Descansa, amiguito.
Y ve haciéndote a la idea de una vez: lo vas a querer más veces.
El no querer , mira tú por dónde, se te da fatal.
Bajo la escalera del torreón con las piernas de trapo y el corazón desbocado, y me obligo a no volver la cara, porque si me vuelvo y le veo esa cara de pasmo se me cae la armadura entera y me quedo.
No puedo quedarme. Quedarse es de mujeres que tienen algo que perder, y yo llevo dos inviernos sin permitirme tener nada.
Esta noche, por primera vez, me acuesto con una grieta nueva en esa regla, y todavía no sé si maldecirla o darle las gracias.
Me duermo tarde, salada aún de lágrimas, con el sabor de él en la boca tapándome por fin, una noche entera, el olor a humo.