CAPÍTULO 6
Una verdad de verdad tiene los bordes ásperos.
La mentira, en cambio, viene lijada, sin una astilla que la delate, porque el que la fabrica se ha pasado la noche entera puliéndola para que resbale limpia por el oído ajeno.
Llevo toda la vida ganándome el pan por esa diferencia, por saber distinguir la madera bruta de la barnizada con solo pasarle la yema de la atención por encima.
Por eso mismo, esa tarde, en el salón de mi padre, no le quito ojo a la boca de Muireall del norte mientras habla, buscando el punto exacto donde el barniz tape la veta.
Estamos todos. Cael a un lado de la mesa larga, con Aila pegada al hombro y los tres cachorros por fin rendidos en el regazo de Maired, la vieja que los cuida.
Mi padre en la cabecera, tallando un mango de cuchara que no necesita mango, escuchando con las manos, que es como escucha él.
Mi madre enfrente de la extraña, tan quieta que asusta más su quietud que cualquier grito.
En medio del salón, de pie porque no ha querido sentarse, como si sentarse fuera rendir una plaza, Muireall, contándonos a quién trae pisándole la sombra.
—Se llama Cathal Mordha —arranca, y la voz le sale plana, demasiado plana, de esa manera exacta en que se cuentan las cosas que, si se sintieran al pronunciarlas, partirían en dos al que las cuenta—.
En el norte lo llaman el Segador. Se hace pasar por hombre de fe, con su túnica humilde y sus manos limpias, pero lo único que reza es una sola cosa, repetida mil veces: que se limpie la tierra de lo que él llama abominaciones.
Brujas. Bestias. Sangre que no sea la suya, mansa y corta.
Lleva cuarenta años segando, laird, sin una prisa y sin un descanso.
Y es muy bueno en su oficio. El mejor que he visto, y he visto a muchos hombres crueles; los otros matan por algo, por tierra, por oro o por una mujer, y con esos se negocia.
Mordha mata por limpiar. Con esa clase no hay trato, laird, porque no quieren de ti nada que puedas darles salvo que dejes de existir.
—¿Y por qué a ti? —pregunta Cael, sin suavizarlo lo más mínimo, que mi hermano no le lija los bordes a un interrogatorio ni por cortesía.
—Porque mi clan lo estorbaba. —Alza la barbilla, y el gesto le sube desde la médula—.
Ardan guardaba cosas viejas que él quería muertas y enterradas.
Hace dos inviernos entró en mi casa con estandartes sin colores, degolló a mi padre en el mismo salón donde ahora no hay más que vigas negras contra el cielo, y de los cuarenta tejados que humeaban aquella mañana dejó once en pie.
Once, laird. Los cuento cada amanecer, uno a uno, por si el frío me ha robado alguno durante la noche sin pedirme permiso.
El salón entero se queda sin aire de golpe. Aila baja los ojos al fuego. Mi padre detiene el cuchillo sobre la madera, un instante, uno solo, antes de que la hoja vuelva a morder la viruta con la misma calma de siempre. Es lo más cerca que le he visto nunca de una plegaria.
Yo, que la estoy leyendo palabra por palabra, encuentro por fin lo que llevo un rato buscando: la astilla.
La veta áspera. Cada cosa que dice sobre Mordha es cierta, entera, sin lijar; le sale de un sitio demasiado hondo para ser mentira.
Pero hay un hueco en el relato. Un lugar exacto que rodea con cuidado de artesana, igual que se rodea una trampa que uno mismo ha tendido y no quiere pisar por descuido, y ese hueco tiene la forma precisa de la única pregunta que importa: por qué un hombre gastaría cuarenta años y un ejército entero en cazar a la hija de un clan pobre del monte.
Nadie arrasa una aldea entera por unas «cosas viejas» sin nombre.
Falta una pieza en el tablero. Ella lo sabe mejor que nadie, y ha decidido, con toda la intención, que esta tarde esa pieza no sale de su boca.
—Faltan muertos en tu cuenta —le suelto, antes de calcular siquiera si me conviene soltarlo, que a veces la boca me gana la carrera a la cabeza.
Muireall gira la cabeza hacia mí, despacio, muy despacio, y por un segundo se le enciende detrás de los ojos algo que no es cálculo ni guasa ni el juego de las murallas. Es rabia pura, de la que quema al tocarla, de la que uno no debería provocar en una mujer a la que le han ardido a la madre.
—¿Perdón?
—Los ataques a Ardan. —Me inclino sobre la mesa larga, sin apartarle los ojos—.
Los que cuentas. Son demasiado limpios para venir de fuera.
Mordha sabía cuándo estabais desprevenidos, por qué flanco entrar, a quién buscar antes que a nadie.
Eso no se adivina desde el otro lado de una muralla, mujer.
Eso te lo susurra alguien de dentro. —Dejo caer la piedra en el pozo, sin más, a ver hasta qué hondo suena—.
Tienes un filtrador en Ardan. Alguien de los tuyos les vende a los tuyos.
Se hace un silencio feo, de esos que pesan.
Muireall me mira, y por primera vez desde que me tiró una manzana a la testuz no me contesta al vuelo.
Traga. Aprieta los puños contra los costados hasta que se le marcan los tendones.
Cuando habla al fin, lo hace con una frialdad nueva, cortante como el hielo del vado, la de quien acaba de comprobar que el ciervo bobo muerde más hondo y más certero de lo que a ella le convenía.
—En Ardan solo quedan once tejados de gente que se muere de hambre por no traicionar a nadie —replica, y cada palabra cae como un tajo de cuchillo bien afilado—.
Han enterrado a sus hijos por seguir a mi lado.
Así que no vengas tú, desde tu castillo lleno hasta las vigas, a decirme cuál de los míos me vende, cuando los míos pagan mi nombre con la vida de sus críos.
—No lo digo por ofenderte. —Le sostengo la mirada—. Lo digo porque es verdad, y la verdad tiene el mal gusto de no preguntar primero si ofende.
—Oisín. —La voz de mi madre, blanda y firme a la vez, una mano puesta sobre la mesa sin tocarla.
Pero Muireall ya se ha rehecho por dentro, ya ha vuelto a lijarse los bordes a toda prisa, y me sostiene la mirada con una sonrisa que se le queda atascada a mitad de camino, sin llegarle nunca a los ojos.
—Tienes buena cabeza, ciervo —concede, en un tono que promete guerra larga—. Demasiada buena. Habrá que enseñarte a usarla en lo que yo te mande y no en lo que a ti te apetezca hurgar, no vayas a cortarte con tus propios filos.
Mi padre deja por fin la talla sobre la mesa. Es la primera vez en toda la reunión que suelta la madera, y el salón se calla por respeto, que cuando Ronan MacRath deja de tallar es porque va a hablar, y eso pasa pocas veces al año.
—Yo fui lancero a sueldo antes que padre de nadie —dice, despacio, sin alzar la voz—.
Vi de cerca lo que hace un hombre como ese Mordha cuando le dejan segar sin que nadie le plante cara delante.
No para nunca. La compasión la lee como debilidad, y la debilidad la siega la primera.
—Mira a Muireall, y después a mi madre, y algo callado cruza entre los dos, de esos que llevan treinta años entendiéndose sin gastar palabras—.
Esta casa no echa a la intemperie a quien llega huyendo de un carnicero.
No es lo que somos. Si ha de venir la guerra, que venga a nuestros muros, que son altos y de piedra, y no a un monte pelado donde una mujer sola no tiene ni un canto al que arrimar la espalda.
—Padre… —empieza Cael, que carga sobre los hombros el peso de defender todo esto.
—Está decidido, hijo. —Ronan recoge la talla y vuelve a ella, y con ese gesto cierra el asunto tan firme como se cierra un portón—. Tu madre respondió por ella en la puerta. Yo respondo detrás de tu madre. Y tú, la quieras o no, defenderás a quien duerma bajo este techo, que para eso naciste lobo.
Más tarde, cuando el salón se vacía y la noche se echa entera sobre Strathos, la encuentro en el adarve, adonde huye siempre que necesita aire que no huela a gente.
No subo a pelear la batalla del salón; esa la hemos dejado en tablas los dos.
Subo porque, sencillamente, no sé mantenerme lejos, y esa es la verdad de bordes ásperos que llevo yo dentro y que tampoco pienso soltar delante de nadie.
—Sé que hay un traidor —murmuro, poniéndome a su lado, mirando con ella la oscuridad del norte—.
Y sé que tú también lo sabes, que se te vio en la cara antes de que la cerraras.
Lo que no entiendo es por qué me frenas cuando intento dar con él.
Deberías querer que lo desenmascare más que nadie en este mundo.
Ella se vuelve. Está muy cerca, más de lo prudente, y el viento de la noche le trae el pelo negro a la cara. Levanta una mano, despacio, y me la posa en la mandíbula, tibia contra el frío, y todo mi cuerpo se olvida de golpe de que había subido a razonar.
—Porque hay cosas que prefiero encontrar yo primero, ciervo. —Su boca queda a un aliento de la mía, y el mundo entero se me encoge hasta caber en ese aliento—. Y porque cuando te acercas tanto a lo mío, dejas de serme útil y te vuelves peligroso. Para los dos a la vez.
Doy el paso atrás. Otra vez. Le retiro la mano de la cara con unos dedos que me tiemblan, y odio con toda mi alma que me tiemblen, porque un hombre que lee a los demás no debería temblar por el roce de una palma en la mandíbula.
—Vete a dormir, mujerzuela —le suelto, y la voz me sale ronca, hecha jirones—. Antes de que uno de los dos cometa una tontería de las que no se deshacen.
—¿Tú a mí me das órdenes, ciervo? —Se ríe bajo, sin moverse ni un dedo del parapeto—.
Qué valiente de repente, para un hombre que hace nada temblaba por un roce en la barbilla.
—Se aparta al fin, despacio, saboreándolo—.
Está bien. Me voy. No porque me mandes, que a mí no me manda nadie desde hace dos inviernos, sino porque me apetece dejarte aquí solo con lo que no te atreves a decirme.
Piénsalo tranquilo, que yo pienso mejor durmiendo.
Su risa me persigue escaleras abajo, baja y cálida en la noche fría. Lo peor, lo que no le confieso ni al viento que me da en la cara, es que bajo cada peldaño sin saber cuál de los dos habría sido el que cometiera la tontería.