La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Hay una hora, justo antes de que el castillo despierte, en la que Strathos es casi honrado.

La aprovecho. Salgo al huerto con las primeras luces grises, cuando solo andan en pie las cocineras y los gallos más impacientes, y hundo las manos en la tierra fría de Morvenna MacRath como quien saluda a una vieja conocida a la que respeta y teme por igual.

La tierra no miente nunca, esa es su gracia.

La tierra me cuenta lo que la gente se afana en esconderle a las otras personas: aquí se ha llorado hasta quedarse seco, aquí se enterró un perro querido bajo esa piedra plana, aquí una mujer lleva cuarenta años cultivando romero para un muerto que no termina de descansar en su tumba.

Cierro los ojos, dejo que la tierra me lo susurre por las palmas, y por un momento, un momento peligroso y dulce, bajo del todo la guardia que llevo dos años sin soltar.

Es un lujo que no me permito casi nunca, este de escuchar por escuchar, sin buscar nada, dejando que la tierra me cuente sus cosas viejas como una abuela que ya no distingue entre lo que pasó y lo que sueña.

En Ardan no queda tierra que escuchar: queda ceniza, y la ceniza cuenta una sola historia, siempre la misma, y esa me la sé de memoria hasta el último rescoldo.

Aquí, en cambio, el huerto de Morvenna me habla de vida: de raíces que se abrazan bajo el barro, de simientes que aguardan su primavera con una paciencia que a mí se me olvidó hace dos inviernos.

Por un instante, con las palmas hundidas y los ojos cerrados, casi recuerdo cómo era ser una mujer y no un filo.

Casi recuerdo las manos de mi madre guiando las mías en otra tierra, en otro huerto, en otra vida que ardió con ella.

Aprieto los dedos contra el barro de Morvenna, y por un momento las dos tierras se tocan por debajo de todo, la quemada y la viva, y algo dentro de mí, muy hondo, se afloja un punto.

—Sabía yo que las coles te iban a contar más que mis propios hijos.

Me vuelvo de golpe, con el corazón en la boca.

Morvenna está plantada en el borde del huerto, envuelta en un chal grueso, con dos cuencos de leche caliente humeando en las manos y esa mirada suya que no se cansa nunca de abrirme por la mitad.

No la he oído llegar. A mí, que oigo llegar a todo el mundo media legua antes de que asome.

—Tienes las manos metidas en mi tierra desde antes del alba —comenta, y me tiende un cuenco como si tal cosa, como si no acabara de pillarme con la culpa goteándome de los dedos—.

Las que hacen eso al amanecer son de dos clases nada más, niña.

Las que buscan gusanos para el anzuelo. Y las que escuchan lo que la tierra guarda.

Tú no tienes cara de andar buscando gusanos.

Acepto la leche. El calor me sube por los brazos ateridos como una pequeña resurrección, y con él me sube también una cautela vieja, la de mi madre, la de todas las mujeres de mi sangre que me precedieron: cuando otra como tú te reconoce de verdad, o te salva la vida o te la cuesta, y hasta el último aliento no sabes cuál de las dos.

—Escuchaba —admito, porque mentirle a esta mujer sería insultarnos a las dos a la vez, y no me sobra el orgullo para malgastarlo así—. Su romero. ¿Para quién lo cría, señora?

Algo se le mueve detrás de los ojos, y por un instante deja de ser la señora del torreón para volverse solo una mujer cargando una deuda muy vieja a la espalda.

—Para alguien a quien dejé morir por pura cobardía, hace ya mucho —contesta, sin adornarlo con nada, que las verdades grandes se dicen desnudas o no se dicen—.

Igual que tú cargas con un muerto encima, Muireall del norte.

Se te huele desde la puerta. No el de la carne, ese lo carga cualquiera.

El otro. El que se te ha ido cuajando por dentro, invierno tras invierno, hasta volverse esa cosa fría que llevas agazapada bajo las costillas y que te empeñas, con más voluntad que suerte, en que no se te note en la cara.

—Bebe de su cuenco, serena, mientras a mí se me va helando la sangre gota a gota—.

Descansa, que no pienso decirlo en voz alta, ni delante de los míos, ni delante de nadie.

Las de nuestra clase no nos delatamos entre nosotras.

Nos ha costado demasiada ceniza aprender a callarnos.

—¿Las de nuestra clase? —tanteo, con el corazón subido a la garganta.

—No juegues conmigo a esconder lo que las dos ya sabemos, niña.

—Lo dice sin dureza, casi con una ternura que me desarma más que cualquier amenaza—.

Yo llevo lo mío en la forma; me lo cambio con la luna y con la voluntad.

Tú lo llevas en otra parte, más honda, más antigua, más cerca de la raíz de todo.

Reconocí el olor de tu rama en cuanto cruzaste mi portón, y te juro que me temblaron las piernas, que hacía cuarenta años que no lo olfateaba en ningún sitio.

—Me sostiene la mirada sin pestañear—. La última vez que sentí delante lo que siento contigo ahora mismo, ardía una aldea entera con su gente dentro.

Así que dime, y dímelo pronto y claro: ¿traes fuego a mi casa, Muireall, o traes solo tu miedo a que te encuentren?

No me da tiempo a responderle.

Del establo llega un relincho que se quiebra en puro pánico, el chillido de un caballo que ha olido algo que lo aterra hasta la médula, y por debajo de ese grito, el llanto agudo de uno de los cachorros del lobo, que a saber cómo demonios se ha escurrido de su madre y se ha plantado justo en el camino del animal desbocado.

Todo sucede en el espacio de un latido: la puerta del establo que revienta hacia fuera en astillas, la mole parda de un semental encabritado saliendo a ciegas de la penumbra, y en mitad de su carrera, sentado en el barro con la inocencia entera de sus dos años, el pequeño Ailean, el de los ojos de enero, mirando la muerte que se le viene encima sin saber siquiera que las piernas le sirven para correr.

No lo pienso. Pensarlo es perderlo, y a ese niño no lo pierdo yo delante de su abuela.

Extiendo la mano y suelto el hilo. No un hilo esta vez: medio ovillo de golpe, porque no queda tiempo para avaricias ni para prudencias.

El aire se espesa alrededor del semental como se espesa el cielo un instante antes del rayo, la tierra del patio le sube en un remolino corto y furioso a las patas, y la bestia, que iba lanzada a matar sin querer, se frena en seco a dos palmos escasos del niño, temblando de arriba abajo, con los ojos en blanco, clavada al barro por una voluntad que no es la suya y que no entiende.

Doblo dos dedos en el aire. El caballo se aparta, manso de repente, y se queda quieto como un cordero recién nacido mientras una cocinera medio desmayada de terror arranca a Ailean del suelo y se lo lleva en volandas, berreando de susto sano.

Todo ha durado lo que dura un suspiro hondo. Nadie mira hacia mí. Todos miran al niño, a salvo en brazos ajenos, y al semental, manso e inexplicable en mitad del patio.

Nadie salvo Morvenna.

Ella me mira las manos, que humean tenues en el aire fresco de la mañana como recién sacadas de un caldero, y luego me sube los ojos a la cara, y en ellos ya no queda pregunta ninguna.

Queda certeza. Detrás de la certeza, muy al fondo, un miedo antiguo enredado con algo que casi, casi, se parece demasiado a la esperanza.

—Con que solo tu miedo, ¿eh? —murmura, muy bajo, solo para las dos—.

Niña, tú no traes fuego a esta casa. Tú eres el fuego.

Y acabas de apagar un semental delante de media servidumbre para salvarle la vida a un nieto mío.

—Cierra los ojos un instante, como quien echa por dentro una cuenta que le duele—.

Ellos no lo han entendido. Esta vez. Pero el que anda olfateándote por el norte no necesita entenderlo con los ojos: le basta y le sobra con el rastro que acabas de soltar al viento.

Hueles a tormenta a diez leguas a la redonda, Muireall, y tus perseguidores tienen el olfato bien afilado de tanto cazarnos.

Le sostengo la mirada, y por dentro se me cuajan a la vez las dos cosas que llevo dos años cuajando en el mismo caldero: el miedo y la rabia, la presa y el filo, la niña que enterró a su madre y la mujer que piensa cobrarla.

—Que huelan —contesto, y la voz no me tiembla ni en la última sílaba—.

Que vengan de una vez. Antes o después iban a venir igual, señora; de eso no me libro yo por mucho que corra.

La única diferencia es que ahora, por primera vez en dos inviernos, no pienso esconderme sola en un monte esperando el final.

Morvenna me estudia un rato largo, ese rato exacto en que una mujer sabia decide si le abre la puerta de su casa a un incendio o se la cierra en las narices para siempre.

Después, muy despacio, hace algo que me desarma más que cualquier amenaza que pudiera echarme: me pone la mano en el hombro, un peso firme, de los que en esta familia, ya lo aprenderé, se ponen para prometer.

—Entonces esta tarde hablamos delante de mis hijos —resuelve—.

Todos ellos. Y les cuentas, con tu boca y sin ahorrarte nada, a quién traes pisándote la sombra.

—Recoge los dos cuencos vacíos, y antes de darse la vuelta hacia el torreón me deja una última frase colgada en el aire frío del amanecer, dicha con tanta calma que tardo un momento entero en sentir cómo me cala hasta el tuétano—: Bienvenida a la guerra, Muireall del norte.

Llevábamos cuarenta años esperándote sin saber siquiera tu nombre.

La veo alejarse hacia el torreón con los cuencos en las manos, pequeña y recta bajo el chal, y me quedo sola en el huerto con las palmas todavía tibias y el corazón dándome tumbos.

Cuarenta años esperándome. A mí no me había esperado nunca nadie; a mí me habían buscado, que es justo lo contrario.

Descubro, con una punzada que no sé si es miedo o alivio, que después de dos inviernos huyendo he llegado por fin a un sitio del que quizá no tenga que salir corriendo.

De momento. Que en mi vida el «de momento» dura lo que tarda el viento en cambiar de cuadrante.