CAPÍTULO 4
Mi hermano tiene una idea muy suya del castigo, y consiste en darte justo aquello que no sabías que temías.
—La vigilas tú —me suelta Cael a la mañana siguiente, en el patio de armas, mientras los tres cachorros le trepan por las botas como si fueran una escalera con muy mal genio—.
De sol a sol. No la pierdes de vista, no la dejas a solas con madre más de lo estrictamente necesario, y me cuentas cada palabra que suelte antes de que ella haya terminado de decirla.
—¿Y por qué yo? —protesto, aunque me sé la respuesta de sobra, que pregunto solo por el gusto sano de quejarme un rato.
—Porque tú lees a la gente. —Se agacha a desenganchar a Faolán de su rodilla, sin alterarse, con esa paciencia de padre que todavía me sorprende en un lobo—.
Y porque anoche esa mujer te llamó amiguito delante de medio castillo, te puso la mano en el pecho, y tú te quedaste del color exacto de la cuajada.
Quiero saber qué hay ahí, hermano. Y lo quiero saber por tu boca antes de que ella averigüe de nosotros más de lo que ya sabe.
Tarde , quiero decirle. Ya lo ha averiguado, y de sobra.
Anoche conocía mi cara sin habérmela visto nunca de hombre, se sabía lo del manzano, se sabía lo que me corre por debajo de la piel cuando cambio.
Esa mujer entró en Strathos sabiendo más de mí de lo que sabe mi propia madre, que ya es decir, y a mí, que me gano el pan de cada día leyendo lo que los demás se afanan en esconder, eso me revuelve por dentro de una manera que no tiene un nombre limpio.
Así que me paso la jornada entera haciendo lo que mejor se me da en este mundo: observar. Descubro, con una humillación que me sube por las orejas hasta las astas que ahora no llevo, que observar a Muireall del norte es como pretender coger agua con un cesto de mimbre.
La sigo a las cocinas, y para cuando cruzo el umbral ya se ha ganado a la cocinera mayor, que le está enseñando a majar no sé qué raíz con la confianza de dos comadres que llevan veinte años criando juntas.
La sigo al huerto de mi madre, y la sorprendo de rodillas entre las coles, con las manos hundidas en la tierra y una quietud extraña en la espalda que se me borra de la cabeza en cuanto se vuelve y me pilla mirándola con la boca entreabierta.
La sigo a los establos, a la fragua, al pozo, a la muralla, y a cada sitio llega ella antes de que yo haya terminado de decidir que va a ir, como si me leyera la vigilancia con más soltura de la que yo le leo el rastro.
A media tarde ya he perdido la cuenta de las veces que me ha dejado en ridículo sin apenas proponérselo.
En la fragua se pone a hablar con el herrero de temples y aleaciones con un aplomo que me deja a mí de convidado de piedra, y cuando quiero meterme en la charla descubro que discuten de algo que no entiendo y que ella, del norte, domina.
En el pozo le pido, con toda mi astucia, que me acompañe a revisar la muralla oeste para tenerla lejos de las cocinas, y acabo cargando yo el cubo que llenó ella, cuesta arriba, mientras me mira subir con una ceja levantada y cara de estar pasándoselo en grande a mi costa.
Hasta los cachorros de Cael la prefieren: la siguen en fila como patos detrás de la pata, y a mí, su tío favorito desde que nacieron, hoy me han mirado dos veces como se mira un mueble que estorba en mitad del paso.
Para cuando el sol empieza a caer por el oeste, tengo una certeza humillante bien clavada entre las costillas: no la estoy vigilando yo a ella.
Me está paseando ella a mí, por todo el castillo, como se pasea a un perro nuevo, para que aprenda a mi costa quién manda aquí desde anoche.
Lo peor no es la humillación. Lo peor es que, en algún punto de la tarde, entre el pozo y la fragua, he dejado de vigilarla por encargo de Cael y he empezado a seguirla porque me da la gana, porque el castillo entero se me ha vuelto más interesante desde que ella lo cruza, y esa es una traición a mi propio oficio que todavía no sé cómo me la voy a perdonar.
—Se te da de pena esto de espiar, ¿lo sabías?
—comenta, sin volverse siquiera, apoyada de espaldas en la almena del adarve sur, cuando el día ya se cae por el oeste—.
Llevas desde el alba pisándome la sombra con la sutileza de un buey enamorado.
Si vas a guardarme, ciervo, hazlo al menos con un poco de arte, que me estás dando vergüenza ajena y no es plato de gusto.
—No te guardo. —Me acerco, porque negarlo desde lejos sería todavía más patético—. Disfruto de las vistas, que las hay buenas por aquí.
—Las vistas soy yo.
—Las vistas son el valle. —Me pongo a su lado, dejando entre los dos un palmo prudente de aire, medido con cuidado de estratega—. Tú simplemente estabas en medio, tapándolo.
Se ríe. Una risa baja, de las que le salen del pecho y no de la garganta, y que me revuelve algo por dentro que yo llevaba toda la vida teniendo bien quieto.
Entonces, sin previo aviso ninguno, se gira, se mete de lleno en ese palmo prudente que yo había medido con tanto arte, y me pone la mano en el pecho igual que anoche en el patio, solo que ahora no hay gentío ni testigos, solo el viento del atardecer, ella, y un latido que se me dispara como un potro que oye al lobo.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, amiguito?
—Ladea la cabeza, y tiene una brizna de última luz enredada en el pelo negro—.
Que te crees el más listo de todo el bosque.
Lo llevas escrito en esa cara de pillo que pones para que nadie te tome en serio.
Y va y resulta que el más listo del bosque se pone a temblar como un flan cuando una mujer flaca del norte le apoya una mano encima.
—Sube esa mano un dedo, dos, hasta el hueco de mi garganta, donde sabe de sobra que el pulso me está delatando a gritos—.
¿Lo notas ahí? Ese golpeteo. Eso no me lo controlas tú con toda esa cabeza de la que tan orgulloso vas.
Doy un paso atrás. Uno solo, pero lo doy, y le retiro la mano de encima con la mía, despacio, como quien aparta una brasa que quema demasiado bien para lo que conviene.
—Eres una descarada —le suelto, y la voz me sale más ronca de lo que a mí me gustaría reconocer—. Una mujerzuela sin una pizca de vergüenza en todo el cuerpo.
—Y tú un cobarde con muy buena percha. —Sonríe, encantada de la vida por haberme hecho retroceder, sin ofenderse ni un pelo por el insulto, casi agradecida—. Míranos, ciervo. Cada uno con lo suyo, y bien avenidos.
Estoy buscando la manera de recuperar el terreno perdido —que es mucho, y lo sé, y lo peor es que ella también lo sabe— cuando un graznido nos corta a los dos por la mitad.
Un cuervo baja del cielo del norte, negro contra la última brasa de luz, y se posa en la almena a tres pasos de nosotros, con una cinta parda anudada a la pata.
No es ave de esta casa. Muireall se pone rígida a mi lado, tensa como una cuerda de arco, y toda la guasa se le descuelga de la cara de una sola vez.
—Ese pájaro es tuyo —adivino, y ya no juego—. Del norte.
—De los míos. —Se acerca al cuervo, le suelta la cinta con unos dedos que no tiemblan, aunque yo veo, porque para eso tengo el ojo, que por dentro querrían temblar.
Lee la marca quemada en el cuero, y el rostro se le cierra como se cierra un puño alrededor de un cuchillo—.
Es de mi primo Artair. Me avisa cuando los que me buscan se mueven.
—Aprieta la cinta en el puño hasta que los nudillos se le ponen blancos—.
Se mueven hacia el sur, ciervo. Hacia aquí.
Le he traído la sombra a tu casa antes de lo que yo pensaba traérsela.
La miro leer esa desgracia con la mandíbula apretada y la espalda recta, sin una queja, sin una lágrima, sin uno solo de los gestos que yo esperaría de cualquiera que acaba de saber que la muerte le pisa los talones.
Algo en mí, esa parte que se pasa la vida entera midiendo y calculando ángulos de fuga, deja de calcular un momento y solo mira.
Mira a la mujer que les tira manzanas a los ciervos y provoca a los hombres en las murallas, plantándole cara a un cuervo de malas noticias sin permitirse ni un temblor que la ablande.
Cuidado, Oisín , me digo, y por una vez me hago caso. A esta no la vas a leer nunca del todo. Las que uno no consigue leer son justo las que le cambian el mapa entero de un día para otro.
Me quedo mirándola un rato de más, y por primera vez desde que sé leer a la gente me sorprendo sin ganas de leerla.
No quiero desarmarla como desarmo a los demás, pieza a pieza, hasta dar con el sitio por donde empujarla.
Quiero —y la idea me cae encima igual que me cayó la manzana— que me lo cuente ella.
Que me lo dé, no que se lo saque yo. Un hombre que se pasa la vida robando secretos ajenos no está preparado para el vértigo raro de desear que le regalen uno.
—Cuéntame quién te busca —le pido. Y por primera vez desde que la conozco no es una jugada, ni una treta para mi hermano, ni una manera de recuperar terreno. Es que quiero saberlo de verdad.
Ella me estudia un instante largo, sopesando en esa balanza suya cuánto de la verdad puede soltarme sin arrepentirse.
—Mañana —concede al fin—. Con tu madre delante, y tus hermanos.
Esto se cuenta una sola vez, y a quien vaya a servirle de algo cargar con ello.
—Recoge al cuervo en el antebrazo, lo acaricia con un dedo entre las plumas del cuello, y me lanza una última mirada por encima del ala negra—.
Duerme mientras puedas, amiguito. Mañana empieza lo feo de verdad.
Y te vas a alegrar, ya lo verás, de tener cerca a esta mujerzuela cuando empiece.