CAPÍTULO 3
Un castillo se conoce por lo que les tira a los perros.
Llevo un buen rato agazapada entre los tojos, frente al portón de Strathos, viendo cómo un mozo de las cocinas vacía al foso los restos de una cena que en Ardan habría alimentado a cuatro familias durante una luna entera.
Huesos con carne todavía pegada, lustrosos de grasa.
Cortezas de pan blanco, del de verdad, del que yo no pruebo desde antes de la matanza.
Media gallina que a alguien de ahí dentro le pareció poca cosa para terminársela.
Los mastines se pelean por el festín con la desidia perezosa de los animales que nunca han conocido el hambre de verdad, la que aprieta las tripas hasta que uno se plantea si valdría la pena masticar una raíz de las que matan.
Los miro gruñirse por lo que sobra, y yo, que sí conozco esa hambre, que la llevo puesta como una segunda piel desde hace dos inviernos, me trago la rabia entera y la guardo con el resto, en ese arcón de dentro que ya casi no cierra de lo lleno que va.
Aquí sobra , pienso, despacio, para que no se me olvide. A los míos les falta. Esa cuenta también la voy a cobrar. Hoy no toca, pero la apunto.
No he venido a robar huesos, que eso lo hace cualquiera con hambre y sin orgullo. He venido a robar algo mucho más difícil de sacar de un castillo con las manos vacías: la voluntad de sus dueños.
Me pongo en pie, me sacudo el barro de tres jornadas de camino, y hago lo único que un guardia de portón no espera jamás de una mujer sola al anochecer: camino derecha hacia las lanzas, con la barbilla alta y el paso de quien ya ha decidido, en algún punto del bosque, que esta noche duerme dentro.
—Alto ahí. —El centinela baja el asta, más por costumbre que por miedo, porque una mujer flaca y embarrada no le pone a nadie el corazón en la garganta—. ¿Qué se te ha perdido en Strathos a estas horas, mujer?
—Cobijo, agua y una audiencia con la señora del torreón. —Le sostengo la mirada sin pestañear, que el que pestañea primero pierde—. En ese orden, si puede ser. Y si no puede, en el que ella disponga, que para eso es la señora y no yo.
—La señora no recibe a cualquiera que baje del monte con cara de hambre y…
—A cualquiera no. —Sonrío, y dejo que la sonrisa cargue con la mitad del trabajo, que para eso la he ido afilando—. A mí sí. Anda, dile que ha bajado del norte alguien que sabe a qué huele el humo que ella no menta nunca delante de sus hijos. Verás qué deprisa cambia de opinión la señora.
El hombre duda. La duda es una puerta entornada, y yo llevo media vida colándome por las dudas ajenas antes de que sus dueños decidan cerrarlas.
Está sopesando todavía si soy loca, bruja o mensajera de algún señor sin nombre cuando un revuelo a su espalda me ahorra el resto del trabajo: cruza el patio un grupo desordenado, cocineras y mozos y un par de perros que ladran sin ganas, y en medio de ese barullo doméstico camina, sin saber que lo busco, el hombre al que he venido a buscar.
Lo reconocería entre mil, y no por la cara, que en el bosque no le vi la cara.
Lo reconozco por lo otro. Por ese olor a agua honda debajo de la piel, esa hebra de sangre vieja que a mí me canta bajito como me canta la mía, y que él pasea por su propio patio convencido de que nadie en el ancho mundo la huele.
Alto, de hombros anchos, con una media sonrisa perezosa colgada de la boca, la sonrisa del que se hace el bobo por oficio.
Esa sonrisa se le cae al suelo en cuanto sus ojos tropiezan con los míos y me reconoce a su vez, a su manera torpe de hombre listo que de pronto no entiende del todo qué está viendo cruzar su portón.
Cruzo el umbral sin que nadie me lo permita, porque pedir permiso dos veces es enseñar la debilidad antes de tiempo, y voy derecha a él, entre las miradas de medio castillo.
—Amiguito. —Le planto la mano en el pecho, sobre el corazón, que le está dando martillazos bajo la lana buena—. Te avisé de que vendría a cobrar. Aquí me tienes, puntual como una deuda con intereses.
El patio entero se queda quieto de golpe, hasta los perros. El ciervo me mira como si alguien le hubiera cambiado el suelo de sitio mientras él no miraba.
—No… —Traga saliva, y escoge las palabras con el cuidado del que camina sobre un lago recién helado—. No sé de qué me hablas, mujer.
—Claro que lo sabes. —Bajo la voz hasta dejarla solo para él, un hilo íntimo en mitad del gentío—.
Un manzano torcido. Una manzana en la testuz.
Seis hombres peinando el monte en busca de la bruja del norte, y un venado tan pasmado comiendo fruta que se habría dejado clavar a una encina de no ser por esta boca que ahora te habla.
—Le doy dos palmaditas sobre el corazón, en el mismo sitio donde en el bosque le di dos toques en el hocico, para que le quede claro que me acuerdo de todo—.
Tranquilo, ciervo. Tu secreto y el mío duermen en la misma cama.
No pienso destaparte delante de nadie. Te necesito entero, y entero no le sirves a nadie clavado a un árbol.
—Oisín. —Una voz grave corta el aire desde la escalinata del torreón, y el nombre por fin tiene dueño.
El hermano mayor, el lobo, no hay que ser adivina: lleva la autoridad como una segunda piel que se le ha ido pegando al cuerpo, y me mide de la cabeza a las botas embarradas con unos ojos grises que no se fían ni de su propia sombra—. ¿Conoces tú a esta mujer?
—No —contesta el ciervo, demasiado rápido.
—Sí —lo corrijo, tranquila, sin subir la voz—.
Aunque él todavía no sabe cuánto. —Me vuelvo hacia el lobo y le hago una inclinación de cabeza, la justa, ni sumisa que rebaje, ni insolente que ofenda—.
Me llamo Muireall. Bajo de las tierras del norte con hombres armados pisándome la sombra, y he venido a hablar con Morvenna MacRath, porque me han contado que es la única mujer en cien leguas que entiende de qué escapa una como yo.
Dadme una noche bajo techo y una audiencia con ella.
Si por la mañana no os convenzo de que os interesa lo que traigo debajo del barro, me marcho por donde he venido y no volvéis a ver mi cara.
—O te marchas ahora mismo —gruñe el lobo, dando un paso al frente—, que a Strathos no le entra un extraño con perros de guerra a la zaga sin traernos de regalo los perros y la guerra juntos.
—Cael.
La palabra cae desde lo alto de la escalinata, suave y firme a la vez, y todo el patio se vuelve hacia ella como se vuelve el trigo hacia el viento.
Baja los peldaños sin prisa ninguna, una mujer hecha de hierro y de ceniza envuelta en lana buena, con unos ojos que me abren en canal de una sola pasada, igual que se abre una carta que se lleva media vida esperando y temiendo a partes iguales.
Yo, que he mirado a la cara al Segador del Norte sin que me temblara el pulso, siento por primera vez en dos inviernos las tripas frías como el agua del deshielo, porque esos ojos no ven ante sí a una mujer flaca y embarrada que pide posada.
Ven, sin un solo tropiezo, exactamente lo que soy.
Morvenna se detiene a un paso de mí. Me huele sin acercarse, con esa manera callada que tenemos las de mi sangre de reconocernos entre nosotras, de olfatearnos el alma por debajo de la piel, y algo le cruza el rostro, muy hondo, muy rápido, antes de que lo atrape y lo guarde bajo llave.
—Del norte —repite, y no lo pregunta—. Ya me extrañaba a mí que el aire bajara raro esta semana, con ese regusto que yo conozco. —Se vuelve hacia su hijo mayor sin dejar de clavarme a mí los ojos—. Dale cobijo, Cael. Una noche. Yo respondo por ella.
—Madre…
—Yo respondo. —No lo repite más alto, lo repite más hondo, y en esas dos palabras hay un peso que hasta el lobo acata con la mandíbula tensa.
Después me tiende una mano seca, de dedos fuertes de trabajar la tierra, y por un instante no sé si me la ofrece para sellar la hospitalidad o para comprobar de una vez si le quemo al tocarla—.
Pasa, Muireall del norte. Cenarás en mi mesa esta noche.
Y luego tú y yo tendremos una conversación de despensa, que es donde en esta casa se hablan las cosas que no caben entre los platos del salón.
La sigo hacia el calor y la luz, con el ciervo taladrándome la nuca con la mirada y el lobo taladrándome la espalda, y por dentro, donde no me ve nadie, sonrío como no me he permitido sonreír en dos años enteros.
El salón de Strathos me recibe con una bofetada de calor, de humo de leña y de olor a carne asada que me afloja las rodillas de pura hambre atrasada.
Hay una mesa larga, de madera oscura lustrosa de años, y sobre ella tanto pan blanco y tanto asado y tanta cerveza espesa que en Ardan habríamos hecho fiesta grande con la mitad de lo que aquí se enfría sin que nadie lo mire.
La familia ya está sentada: el lobo en un extremo, vigilándome sin disimulo; una mujer de ojos amables con un crío dormido al hombro y otros dos peleándose por un mendrugo a sus pies; un hombre callado, de manos grandes, que talla madera sin levantar la vista, aunque me tiene contada desde que crucé el umbral.
En un rincón, el ciervo, en el sitio de siempre de los que fingen no mirar, mirándome.
Me siento donde Morvenna me señala, entre toda esa abundancia, con dos inviernos de hambre agazapados en el estómago, y me obligo a comer despacio, sin ansia, que un jefe no se relame delante de la mesa ajena, aunque lleve una luna soñando con pan.
Cada bocado me sabe a dos cosas a la vez: a gloria, y a la cara flaca de Èimhir tosiendo en su jergón a jornadas de aquí. Mastico las dos.
—Come tranquila —murmura el ciervo, a mi lado, bajando la voz para que no lo pesque el lobo—. Nadie te va a quitar el plato, mujerzuela.
—Lo sé. —Le sostengo la mirada por encima del asado—. Es que estoy contando. Aquí sobra para veinte, amiguito, y de donde yo vengo faltó para todos. —Le doy un mordisco al pan blanco sin apartar los ojos de los suyos—. Tranquilo. Es una cuenta que no te toca pagar a ti.
Se le cae la sonrisa. Bien. Que vaya entendiendo de qué madera está tallado lo que le ha entrado en casa.
He entrado, y ya ceno en su mesa. Lo de convencerlos es ya cuestión de paciencia y de filo.
De las dos cosas ando, por desgracia para esta casa, bien sobrada.