La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Castillo de Strathos.

Miento fatal, y en esta casa eso es un defecto tan grave como nacer sin manos.

En cualquier otra familia, un hombre podría llegar tarde a cenar con una mentira bien peinada en los labios y salir airoso, y a lo sumo se ganaría una mirada torcida.

Aquí no. Aquí mi padre se pasó media vida leyéndole la cara al enemigo antes de que el enemigo desenvainara; mi madre abre a las personas como se abren las cartas, por el sello y sin romper el lacre; mi hermano huele el sudor del embuste a diez pasos y a favor del viento; y hasta los tres cachorros de Cael, que todavía no levantan un palmo del suelo, gruñen cuando alguien finge que no ha sido él quien les robó el mendrugo.

Crecer en Strathos es aprender a decir la verdad por pura economía, porque mentir cuesta un trabajo que casi nunca compensa el resultado.

Aun así, llevo dos días mintiendo, y el esfuerzo me está saliendo por las orejas en forma de mal humor.

—Estás raro. —Aila lo dictamina desde el otro extremo de la mesa larga, sin levantar la vista del cuenco de Ailean, al que intenta meterle una cucharada de gachas mientras el crío la esquiva con la agilidad resbaladiza de una anguila untada en manteca—.

Raro de verdad, Oisín. Raro de «este ha hecho algo y no lo cuenta».

—Estoy exactamente igual de guapo y de encantador que siempre.

—Le robo una torta de avena de la fuente, más por tener las manos ocupadas que por hambre, que las manos ociosas delatan al que esconde—.

Lo que pasa es que os habéis malacostumbrado a mi esplendor y ya ni lo apreciáis. Es un problema vuestro, no mío.

—Lo que pasa —tercia Cael, sin apenas alzar la voz, porque mi hermano lleva la autoridad puesta como otros llevan la capa, sin acordarse de que la lleva— es que ayer volviste del norte, te sentaste a esta mesa, y no contaste ni una historia.

Tú. Ni una. —Me clava esos ojos grises de lobo que casi nunca se equivocan del todo—.

La última vez que volviste callado del monte tenías once años y habías perdido mi mejor cuchillo en un pantano.

—Y sigo sin haberlo perdido, que conste en acta. Lo presté.

—A un pantano.

—El pantano tenía cara de fiar. Ojos honrados. ¿Qué iba yo a saber?

—Ojos honrados —repite Aila, sin creerse ni una sílaba, aprovechando la risa de Ailean para colarle por fin la cucharada—. Igual que los que pones tú justo ahora. En esta familia, cuando alguien saca lo de los ojos honrados, es que miente como quien respira.

—Qué injusticia —protesto, llevándome una mano al pecho—. Qué profunda injusticia. Un día de estos me marcho a un clan donde me valoren y me traten con el respeto que merezco.

—Se te echaría de menos —comenta mi padre, sin levantar la vista de la talla— hasta la hora de comer, más o menos. Después ya no tanto.

—Hasta el desayuno —lo corrige Cael, servicial—. Seamos justos.

Conall, el mayor de los trillizos, elige ese instante para trepar por mi pierna con la determinación de un asaltante de murallas, plantarse en mi regazo y tirarme de la barba con un puño que ya aprieta como el de un herrero en prácticas.

Lo dejo hacer, encantado. Los sobrinos son la mejor coartada que existe sobre la tierra: mientras uno tiene un cachorro colgando del mentón, nadie espera de él respuestas coherentes, y yo necesito toda la incoherencia que pueda mendigar esta noche.

—Este va a ser el peor de los tres —anuncio, con orgullo de tío, mientras el crío me investiga la nariz con un dedo húmedo de gachas—. Miradle la mano. Mano de estrangulador nato. Un orgullo para la casa. Le buscamos un ducado.

—No cambies de tema con mi hijo —gruñe Cael, aunque se le ha ablandado la boca, que con los suyos se le ablanda hasta el hierro.

—No cambio de tema. Elevo el nivel de la conversación, que es distinto y mucho más difícil.

La carcajada de Aila me compra un respiro, y mi padre, desde la cabecera, aprovecha ese respiro para no reírse, que es su manera de participar en el escándalo.

Ronan MacRath habla poco y observa mucho, y lleva toda la cena tallando un caballito de madera para el que aún no tiene sitio en el regazo, con esa paciencia de piedra que le dejaron dos veranos de lancero a sueldo antes de conocer a mi madre.

No me mira. No le hace falta mirarme. Sé que ha registrado cada esquive mío y los ha guardado donde guarda las cuentas que piensa cobrar sin prisa, un invierno de estos.

El problema, el problema de verdad, no es ninguno de ellos.

El problema está sentado junto al fuego, con un manojo de romero entre las manos y una quietud que no engaña a nadie, y no ha dicho una sola palabra en toda la noche.

Mi madre no interroga como interroga el resto de la gente.

Mi madre espera. Suelta el sedal, se acomoda, y aguarda a que el pez se canse solo y venga a morder por puro agotamiento.

Yo llevo dos días nadando en círculos cada vez más pequeños dentro de su silencio.

Cuando por fin la mesa se deshace —Aila arreando a los tres aulladores hacia la cama con la eficacia de un pastor de tormentas, Cael detrás cargando al que se resiste, mi padre a su fragua nocturna a golpear hierro que no lo necesita—, mi madre deja el romero sobre la falda, se limpia las manos en el delantal, y me clava esa mirada entera, de una sola vez, que me conoce desde antes de que yo supiera mi propio nombre.

—Ven a la lumbre, hijo. Que las cosas grandes de esta casa se hablan al fuego, y tú traes una encima que no te deja tragar el pan.

—No traigo nada, madre. —Lo intento igual, por deporte, porque rendirme a la primera sería faltarle al respeto a las dos partes.

—Traes el norte metido en el cuerpo. —Se sienta, y da una palmada en el banco de al lado, una orden vestida de invitación—. Lo hueles distinto desde ayer. Lo que sea que subiste a buscar por encargo mío, lo encontraste. Y no me lo has contado, que es justo la parte que me quita el sueño.

Me siento. El fuego chisporrotea entre los dos, y por un momento me tienta contárselo todo de golpe: la mujer del árbol, la manzana en la testuz, los cazadores que la llamaban bruja, la certeza imposible de que ella sabía lo que soy.

Abro la boca. Me vuelve a pasar lo de ayer, esa mano que se me cierra sobre la lengua sin pedirme permiso, ese egoísmo nuevo y terco de guardarme algo que quiero antes de que la familia lo pese, lo mida y decida por mí qué se hace con ello.

—Vi que el norte se mueve —admito, y esa parte es verdad, así que me sale limpia y sin astilla—. Hombres armados donde no debería haberlos. Sin colores. Cazando a alguien.

Mi madre se queda muy quieta. En su cara pasa algo que no le he visto casi nunca, una sombra que le sube desde muy hondo, de un sitio anterior a nosotros, anterior a mi padre, anterior a este torreón y a estas murallas.

—¿Sin colores? —repite, despacio, y cada palabra le pesa—. ¿Estás seguro?

—Como de que tengo dos formas.

Se vuelve hacia el ventanuco que mira al norte, hacia la oscuridad donde el clan no sube y los mapas se callan, y se queda mirándola con la misma cara con que la miró la noche en que nacieron los trillizos.

La cara de una carta vieja que uno se sabe de memoria y lleva media vida sin querer contestar.

—Entonces ya ha empezado —murmura, y no me lo dice a mí, se lo dice a la ventana, a la noche, a algo que hay ahí fuera y que solo ella conoce—.

Te dije que la sangre vieja despertaba, hijo.

No es la nuestra la única que ha oído la llamada.

—Me pone la mano en el hombro, un peso firme, de los que en esta casa anuncian que se avecina algo grande—.

Guárdame el sueño esta noche. Sube a la muralla.

Y si algo baja del norte hacia nosotros, sea lo que sea…

no le cierres la puerta antes de que yo lo vea con mis ojos.

Subo a la muralla porque me lo pide, no porque crea que vaya a ver nada.

La noche está limpia, el aire afilado como un cuchillo recién pasado por la piedra, y Strathos duerme bajo mis pies con esa seguridad de piedra que nos ha costado siglos amasar: los establos llenos, las despensas cargadas hasta las vigas, tres cachorros a salvo soñando con lunas a las que aullarles.

Todo lo que a un hombre le importa de verdad, dentro de estos muros.

Aun así, apoyado en la almena fría, no pienso en el norte, ni en los hombres sin colores, ni en la sombra que le cruzó la cara a mi madre.

El relente me cala la capa y me muerde los nudillos apoyados en la piedra, y yo, que sé de sobra cómo se pasa una guardia larga sin congelarse por dentro, no me muevo a buscar reparo.

Abajo, en el patio, un perro ladra una sola vez y se calla, convencido de haber cumplido con su deber para toda la noche.

Una lechuza cruza de una sombra a otra sin hacer más ruido que el que hace un pensamiento.

Todo está en su sitio. Todo respira despacio.

Todo, desde estas almenas, me dice que puedo bajar al jergón con la conciencia tranquila, que el norte queda a jornadas, que los muros son altos y las despensas hondas, y que esta noche no va a bajar por el camino del oeste nada que merezca perder el sueño.

No bajo. Me quedo, con el frío mordiéndome los dedos y la excusa de mi madre por bandera, y no pienso engañarme respecto a por qué, que bastante miento ya de puertas afuera.

Pienso en una mujer que baja de un árbol a ciegas y cae exacta donde uno se esconde. Que me llamó ciervo como quien conoce el truco entero de cabo a rabo. Que prometió venir a cobrar una deuda con la certeza tranquila de quien nunca ha dado una palabra por perdida.

«Iré a cobrártela pronto», dijo.

Yo, que veo venir el mundo antes que nadie, me sorprendo a mí mismo mirando el camino del oeste en mitad de la noche, con el corazón golpeándome las costillas como un preso golpea una puerta, y no estoy rezando porque no venga.

Estoy rezando porque no tarde.