La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El hambre tiene un olor, y no es el que cuentan los que nunca la pasaron.

Los poetas, que comen caliente, le ponen al hambre olor a nada, a vacío, a viento.

Mienten. El hambre huele a mucho: a caldo demasiado claro hervido demasiadas veces, a turba ahorrada hasta el último rescoldo, a piel humana que se ha ceñido tanto al hueso que ya casi se transparenta.

Cruzo lo que queda de Ardan con una liebre flaca colgándome del puño, y ese olor me recibe en la puerta como me recibe cada anochecer, con la fidelidad de un perro al que no puedo permitirme dar de comer.

Quedan once tejados en pie de los cuarenta que hubo.

Los cuento cada mañana, no por nostalgia, sino por oficio: un jefe cuenta lo que le queda antes de repartirlo.

El salón grande, donde mi padre repartía justicia y cerveza a partes iguales y con la misma solemnidad, es ahora una boca negra de vigas quemadas contra el cielo, y nadie la reconstruye, porque reconstruir es prometerle al invierno que uno piensa seguir aquí, y ninguno de los que quedamos se atreve a hacerle esa promesa a la cara.

La nieve tardará dos lunas. Cuento la avena por puñados, la leña por noches, y a los míos por cabezas cada amanecer, con el estómago apretado hasta que salgo de la duda, porque en Ardan no hace falta que venga nadie a matarnos.

Basta con que el frío tenga paciencia, y de eso el frío sabe un buen rato.

—Una liebre. —Beitris me recibe desde el umbral de su choza, con esa voz de cuervo viejo que le sale cuando quiere disimular que se alegra de verme viva—.

Toda la mañana fuera, y me traes una liebre del tamaño de mi puño.

En mis tiempos, niña, una cazadora que se preciara habría vuelto con un ciervo colgado al hombro.

Un ciervo. La palabra me araña por dentro, y me cuido mucho de que no se me note en la cara, porque Beitris lee las caras como yo leo el cielo, y con más años de práctica.

—En sus tiempos había ciervos que se dejaban cazar —replico, y le pongo la liebre en las manos huesudas—. Los de ahora se han vuelto listos. Desconfían hasta de las mujeres que les tiran manzanas desde los árboles.

—¿Manzanas? —Entrecierra los ojos lechosos, que ven poco de lejos y demasiado de cerca.

—Cosas mías, vieja. Guisa, que el olor a hambre me lo tengo aprendido de sobra y prefiero el de la cena, aunque sea liebre flaca.

Se ríe con esa risa suya que suena a piedras rodando cuesta abajo, y desaparece dentro a hacer milagros con cuatro huesos y una raíz.

La dejo hacer. Beitris fue la comadrona que me sacó al mundo entre gritos de mi madre, la que enterró a esa misma madre cuando no quedó de ella más que ceniza y una promesa, y la única de todo Ardan que sabe con exactitud lo que soy y aun así me mira sin apartar los ojos.

A los demás les basta con creer que la hija del laird tiene mano buena para las hierbas y la cabeza fría para mandar.

Se lo dejo creer. El día que sepan lo otro, el día que una lengua suelta lo lleve al valle equivocado, esa media docena de hombres que me peina el monte se multiplicará por diez, y Ardan dejará de ser una brasa para volverse humo del que ya no calienta a nadie.

Reparto lo poco que hay como lo reparto siempre: primero los pequeños, después los viejos, al final yo, que un jefe come de lo que sobra o no come, y así se sostiene el respeto, con el estómago y no con la voz.

Después me siento en la piedra fría del umbral de mi padre a mirar cómo el humo de los pocos hogares sube derecho hacia una luna limpia.

Ahí es donde guardo la parte de mí que no puedo enseñarle a nadie: la que no reza por avena ni por leña, la que reza por un nombre.

Cathal Mordha.

Lo pienso despacio, saboreándolo como se saborea una brasa contra la lengua, porque el dolor también alimenta cuando no hay otra cosa en el plato.

El Segador del Norte. El hombre que entró en Ardan hace dos inviernos con estandartes sin colores y una sonrisa de sacerdote, que degolló a mi padre en su propio salón mientras le hablaba de Dios y de limpieza, y que ató a mi madre a un poste en la plaza y le prendió fuego delante de los niños del clan, para que aprendieran de pequeños a qué huele lo que él llama una bruja.

Yo estaba lejos, en la montaña, aprendiendo justo eso que él quemaba.

Volví a tiempo del rescoldo. Solo del rescoldo.

Metí las manos en las cenizas de mi madre buscando algo firme que abrazar, y no encontré más que un calor que se apagaba entre los dedos.

No lloré entonces. No he llorado desde entonces.

El agua que no derramo se me ha ido cuajando dentro en otra cosa, más útil, más fría, y algunas noches la siento moverse bajo la piel como una tormenta que espera su cielo, empujando las costillas por dentro, pidiendo salir.

Esa es la parte de mí que Beitris vigila con un ojo puesto siempre.

Esa es la parte por la que mi madre, antes de arder, me hizo prometer que la escondería hasta que no quedara más remedio.

«Un día no habrá más remedio», me dijo, con la voz ya rota de humo. «Y ese día, Muireall, no te contengas. Ese día, que se enteren todos de qué sangre eres.»

Aún no es ese día. Pero se acerca. Lo huelo como huelo la nieve dos lunas antes de que caiga, en el filo del aire.

—Estás pensando en él otra vez. —Beitris ha salido con dos cuencos y me tiende el más lleno, como hace siempre, como si yo no fuera la que ha traído la cena—.

Se te pone la mandíbula de tu padre, cuadrada y terca.

Come, niña, que la venganza con el estómago vacío solo trae temblor de manos, y las manos que tiemblan fallan el tiro.

—Estoy pensando en muchas cosas, vieja. —Acepto el cuenco, y el calor me sube por los dedos ateridos como una pequeña resurrección—. En una de ellas hay un ciervo.

—Ya van dos veces que me sacas el ciervo. —Se sienta a mi lado con un crujido de huesos y un suspiro de mártir profesional—. Suéltalo entero o cállatelo entero, pero no me lo vayas goteando, que a mi edad la intriga me da flato y no está el cuerpo.

Así que se lo cuento, o casi. Le cuento del macho joven que me encontré en la marca del sur, pastando bajo un manzano como si el mundo no lo cazara, y de cómo lo miré y supe, con esa certeza que a mí me llega por donde a otros les llega la duda, que aquello no era un ciervo.

Le cuento que olía a hombre por debajo de la pelambre, y a algo más viejo que el hombre, a la misma agua honda de la que bebe mi propia sangre.

—Un cambiante. —Beitris susurra la palabra, y por una vez se le cae la sorna de la boca—. Aquí no quedan, niña. Los limpiaron antes que a nosotras. Los primeros que ardieron.

—Aquí no. —Sonrío al fondo del cuenco—. Al sur, sí.

Los Hijos de Morvenna, vieja. La señora del torreón de Strathos parió una camada de bestias, dicen las canciones, y una de esas bestias se pasea por mi bosque creyéndose invisible.

—Dejo que la idea repose entre las dos, lustrosa y peligrosa como un cuchillo recién afilado—.

Una casa con sangre vieja en las venas y murallas de piedra en pie.

Hombres, hierro, un laird que no me teme porque no sabe lo que soy.

Todo lo que a mí me falta y a Mordha le sobra.

—Muireall. —Beitris me agarra la muñeca con una fuerza que ya no le queda para casi nada más—. Esa gente no te debe nada. Y tú, a esa gente, le llevarías la desgracia a la puerta. Donde tú pisas, niña, el Segador olfatea. Lo sabes.

—Ese ciervo me debe la vida. —Le sostengo la mirada lechosa sin apartar la muñeca—.

Lo avisé antes de que los perros de Mordha lo clavaran a un árbol.

Empezaré cobrando esa deuda, que es pequeña, y ya veremos hasta dónde estira.

Un hombre acostumbrado a que le cuenten historias de miedo sobre mí es un hombre al que puedo conducir de la nariz.

Y necesito que alguien con murallas quiera lo mismo que yo.

—Su cabeza.

—Su cabeza. —La palabra me sale caliente, entera, sin un temblor que la ablande—. En una pica, sobre la ceniza donde ardió mi madre. No pido más. No pienso pedir menos.

Beitris me suelta la muñeca, despacio. En sus ojos hay lo que hay siempre que hablo así: mitad orgullo, mitad duelo, la cara de quien ve a la niña que meció convertirse en el filo que hará falta.

No discute. Hace tiempo que dejó de discutirme lo grande; se reserva para lo pequeño, que es donde una anciana sabia sabe que todavía puede ganar una batalla.

Es entonces cuando la pequeña Èimhir empieza a toser en la choza de al lado, esa tos honda de fuelle roto que llevo tres días fingiendo delante de todos que no me preocupa.

Beitris se tensa a mi lado. Las dos sabemos lo que significa.

No queda milenrama. No queda grasa de oca.

A esa cría, si la fiebre le baja al pecho, el invierno se la lleva antes que a nadie.

Me levanto. No lo pienso, porque pensarlo es dudarlo, y dudarlo es perderla. Entro, me arrodillo junto al jergón de la niña, le pongo la mano abierta sobre el esternón diminuto y hago lo que le juré a mi madre no hacer salvo cuando no quedara más remedio.

Cierro los ojos. Dejo que la tormenta que llevo dentro asome apenas, un hilo, lo justo, la punta de la punta.

El calor me baja por el brazo hasta la palma, y bajo mis dedos el pecho de Èimhir deja de silbar poco a poco, se abre, encuentra el aire.

La fiebre retrocede como retrocede la marea, sin ruido, obediente.

La niña suspira, se acurruca, y se hunde en un sueño limpio por primera vez en tres noches.

Cuando abro los ojos, Beitris está en el umbral, y no me mira a mí. Me mira las manos, que despiden un vaho tenue en el aire frío de la choza, como si acabara de sacarlas de agua caliente.

—Cada vez que lo haces —murmura, y su voz ya no tiene sorna ninguna—, un poco de ti se queda del otro lado. Y hueles a tormenta durante días, niña. A leguas de distancia. Justo lo que ellos vienen olfateando por el monte.

—Lo sé.

—Entonces no lo hagas.

—Era una niña que se moría, vieja. —Me sacudo el vaho de las manos como quien se sacude una culpa que no piensa cargar—. Guárdame el regaño para algo que me importe menos.

Salgo al frío antes de que me conteste, porque tiene razón y yo lo sé, y porque tener razón nunca ha detenido a nadie de mi sangre.

La luna sigue limpia sobre Ardan. El humo sigue subiendo derecho.

En algún lugar del sur, a jornadas de aquí, hay un ciervo que finge no ser un hombre, y un castillo lleno de sangre vieja y de hierro, y un camino que empieza en esta piedra fría bajo mi pie.

Iré a cobrar mi deuda.

Que el Segador afile lo que quiera afilar. Yo también me estoy afilando, y llevo dos inviernos en la piedra.