La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3)
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PRELUDIO
Un bosque miente de muchas formas, y mi madre me puso todas en la sangre antes que las botas en los pies.
Miente por los pájaros. Un monte honrado canta por capas, cada bicho en su altura como cada criado en su oficio: el reyezuelo abajo, entre la maleza, ocupado en sus cosas menudas; el mirlo a media rama, presumiendo de garganta; y arriba del todo, de vigía sobre las copas, la corneja, que es el chismoso mayor del bosque y no se calla ni por respeto.
Cuando una de esas capas enmudece y las otras siguen a lo suyo, algo camina por debajo que no debería, y el silencio de una sola voz te cuenta más que el griterío de las tres juntas.
Miente también por el agua, que cambia de sabor en la boca cuando alguien la ha vadeado corriente arriba: sabe a cuero, a sudor, a hierro frío, y te avisa de que baja un hombre en ella media legua antes de que el hombre asome la nariz.
Miente, además, de una tercera manera que no se enseña con palabras, porque no cabe en ellas, y que llevo yo repartida entre las cuatro patas y las dos: esa cosa que me alza la testuz un latido antes de que haya nada que alzarla, y que a mi madre le sale por la boca en forma de dicho y a mí por el espinazo en forma de escalofrío.
Cada camada de los míos reparte los dones como le da la gana, y en la nuestra el reparto fue de risa.
A Cael, el mayor, le tocó la nariz: huele la sangre, la mentira sudada, el miedo de un hombre a tres colinas.
A Bríde, mi hermana, le tocó el ojo: desde el aire ve el mapa entero, quién viene y por dónde, y baja a contártelo con una insolencia que ya quisiera un rey.
A mí me tocó lo peor de todo, porque es lo que menos se agradece y lo que más se necesita: leer la mentira.
La veo formarse en la cara de un hombre antes de que la boca la pronuncie, la huelo en el temblor de una mano, en el segundo de más que tarda alguien en contestar una pregunta fácil.
Es un don incómodo. Te ahorra flechas y te quita amigos, que a nadie le gusta el que sabe cuándo le mienten.
Por eso me hago el bobo. Un ciervo que parece tonto es un ciervo que sobrevive, y un hombre al que subestiman es un hombre que gana sin que se note.
Por eso, además, soy yo el que sube al norte y no mi hermano.
Mi madre lo señaló hace dos inviernos, la noche que nacieron los trillizos de Cael, con esa cara suya de carta vieja que uno lleva media vida sin querer contestar.
La sangre vieja despierta , murmuró, mirando las colinas donde el clan no pisa y los mapas se rinden.
Desde aquella noche soy yo la respuesta que envía por delante: cuatro patas monte arriba, a oler qué se despierta y por dónde.
Voy en forma de ciervo, que es la que menos escándalo levanta en tierra de cazadores; un macho joven pastando en la umbría no le cuenta nada a nadie.
Un hombre solo en la marca norte, en cambio, cuenta demasiado, y aquí arriba los cuentos crían flechas más rápido que en casa.
La tarde se gasta con esa pereza de octubre que se disculpa.
Bajo la cabeza a un manzano silvestre, de esos torcidos que crecen donde nadie los plantó, y hago lo que haría cualquier venado con la última luz: como sin ganas y escucho con todo lo demás.
El reyezuelo canta abajo, el mirlo le contesta a media altura, la corneja vigila el cielo.
Las capas, enteras. El bosque no miente.
Hasta que me cae una manzana en la testuz.
No una de las maduras, que el peso rinde y sueltan solas.
Esta baja con puntería, con intención, con una mala idea detrás, me rebota en el asta izquierda con un golpe seco y me arranca un bufido más de sorpresa que de daño.
Levanto la cabeza de golpe, las orejas ya girando como veletas, el cuerpo medio vuelto hacia la huida antes de que el pensamiento llegue, porque así estoy hecho, para huir primero y entender después.
Arriba, a horcajadas en la horqueta más alta del manzano, hay una mujer.
Sucia de barro hasta los codos, con el pelo negro escapado de una trenza que perdió la guerra hace días, un desgarrón en la saya y otra manzana en la mano, sopesándola, por si la primera no bastaba para llamarme la atención.
Me mira desde las ramas con una calma que no le corresponde a nadie encaramado a un árbol huyendo de algo, y lo primero que se me ocurre, con el asta todavía dolida, es que esa mujer no tiene la más mínima prisa por un cuerpo que debería tenerla toda.
—Corre —ordena, en voz baja, sin dramatismo, como quien avisa de que va a llover y no le apetece mojarse—. Vienen a por mí. Pero a ti también te encuentran, ciervo. Y a ti te matan igual, seas lo que seas debajo de esa pelambre.
Seas lo que seas debajo.
Cuatro palabras, y el bosque entero se me tuerce bajo las patas.
No hay hombre nacido de mujer que le hable así a un venado.
A un venado se le espanta, se le apunta, se le codicia el asta para colgarla sobre una chimenea.
No se le avisa. No se le regala la huida como se le regala a un vecino con el que uno se cruza en el camino.
Desde luego, no se le llama ciervo con ese retintín, con ese guiño de quien sabe de sobra que la palabra se le queda corta a lo que tiene delante.
La miro un latido de más, y en ese latido hago lo que no hago nunca, lo que ningún instinto mío consiente: quedarme quieto cuando el cuerpo pide moverse.
Porque la cabeza me grita más fuerte que las patas, y lo que me grita es una sola cosa: «esta mujer sabe algo que no debería saber».
Después obedezco. No por ella. Por los otros.
Los oigo antes de verlos, para eso subí yo y no mi hermano: la capa de los pájaros se cae por el este, primero el reyezuelo, después el mirlo, y en el silencio nuevo suben las botas.
Seis pares, puede que siete, con el tintineo perezoso de un hierro que no espera pelea.
Me llevo el cuerpo al abrigo de un acebo espeso, me pliego contra la tierra fría, y dejo de ser un venado grande para volverme una sombra parda que respira despacio.
La mujer, arriba, no baja. Se aplana contra el tronco, se funde con la corteza como si el manzano la hubiera parido a ella misma, y desde el suelo ya no hay árbol que la delate.
Los hombres entran al claro sin mirar hacia arriba, que es el primer error de todo el que caza a alguien más listo que él. Vienen cansados, sucios, con esa chulería floja de los que cobran por buscar y llevan días sin encontrar.
—Aquí tampoco. —Uno patea el brezo con la punta de la bota, de puro fastidio—. Semanas detrás de unas faldas. Semanas, y todavía nada.
—Detrás de la bruja —lo corrige otro, y escupe la palabra como se escupe un hueso con mal sabor—.
Que no se te olvide lo que es, no vayas a apiadarte cuando la tengamos delante llorando.
Órdenes claras: viva si se deja, muerta si estorba, y callada del todo, que esa boca sabe demasiado y el amo la quiere sin lengua o sin aire, una de dos.
—Una mujer sola en el monte. —El primero ríe, sin ganas—. Menudo misterio. En dos días la tenemos.
—Esa mujer sola en el monte —el otro ya no ríe— enterró a cuatro de los nuestros en Ardan con las manos vacías y una sonrisa. Búscala bien, listo. Y reza por dar tú con ella antes de que ella dé contigo, que a los cuatro de Ardan también les parecía poco misterio.
Se marchan hacia el vado, monte arriba, arrastrando el desprecio y la lámpara apagada de su valentía, y la capa de los pájaros se cierra despacio tras ellos, mirlo, reyezuelo, corneja, el bosque recomponiendo su vieja mentira una voz cada vez.
Cuento hasta que el último tintineo se apaga.
Cuento un poco más, por oficio, que las prisas se las dejo a los que no vuelven a casa.
Cuando el claro es otra vez solo mío, cuando ya me estoy diciendo que la mujer del árbol es un asunto del norte que le llevaré a mi madre y no un asunto mío, algo cae de la copa y aterriza a dos palmos de mi acebo, en cuclillas, ligera como un gato que ha medido el salto desde antes de saltar.
Ella. A mi lado. En el único escondrijo de todo el claro. El mío.
No hay manera de que supiera dónde me plegué.
Me moví contra el viento, elegí la mancha más negra del acebo, no quebré ni una rama seca.
Llevo cinco años enseñándole a Cael a perder un rastro, y ni mi hermano, con esa nariz de sabueso, me encuentra cuando de verdad no quiero que me encuentre.
Esta mujer, en cambio, baja de un árbol a ciegas, sin mirar, y cae exacta en el palmo de bosque donde respiro.
Me mira a los ojos —a los del ciervo, a dos cuartas de los suyos, sin rastro del miedo que le tendría cualquier criatura sensata a un macho acorralado— y sonríe.
Es una sonrisa cansada, con una brizna de barro en la mejilla y una chispa de guasa en el fondo, y aun así es lo más peligroso que he visto en semanas de monte.
—Amiguito. —Me da en el hocico dos golpecitos con el dedo, con la confianza de quien premia a un perro que ha hecho la gracia—.
Me debes la vida. Si no te aviso, te quedas ahí pasmado comiendo manzanas como un señorito, y esos te clavan al primer venado que ven, por deporte y por aburrimiento.
—Se incorpora, se sacude el barro de las palmas con la tranquilidad de quien no lleva media comarca pisándole los talones, y me guiña un ojo—.
Iré a cobrártela pronto. Las deudas conmigo se pagan enteras, ciervo.
Y contigo, ya te aviso, pienso llevarme hasta los intereses.
Se yergue. Se ciñe la saya rota. Se aleja hacia el oeste, hacia la parte del bosque de la que huyen los hombres armados, con el paso de quien vuelve a casa y no de quien la ha perdido, sin mirar atrás ni una vez, tan segura de volver a verme que ni se molesta.
Me deja a mí —a mí, que leo la mentira antes que la boca que la dice, que oí siete botas antes de verlas, que no me sorprende una tarde entera desde que aprendí a andar en dos formas— plantado en mi propio escondrijo, con el asta dolida y una certeza fría trepándome por el espinazo como una hiedra.
No me ha hablado como se le habla a un animal.
Me ha hablado como se le habla a un hombre que finge ser animal. Me ha regalado la vida como se le regala a un igual, me ha llamado ciervo sabiendo que la palabra le sobraba por dentro, y se ha ido tan segura de nuestro reencuentro que no ha gastado ni una mirada en despedirse.
Vuelvo a casa con la noche ya cerrada y el norte todavía sin oler del todo.
En el salón huele a caldo y a turba; mi padre afila un cuchillo junto al fuego con esa calma suya de montaña vieja, sin ninguna prisa por un filo que ya corta; y mi madre levanta la vista de los manojos de hierba que ata para el invierno y me mira entera, de una sola pasada, como mira ella, sin dejarse un rincón.
—¿Qué has visto? —pregunta.
Abro la boca para contárselo. El norte, los vados, las botas, la mujer a la que llaman bruja y persiguen media docena de hombres por saber demasiado.
Me descubro callándomelo, guardándolo debajo de la lengua igual que el Oisín de los cuentos guardaba un secreto malo: torpe, a punto de que se le caiga en cada frase, y sin ganas ningunas de soltarlo.
—Nada que no esperaras, madre —le miento, y es la primera vez en mi vida que le miento a la cara y no se me nota, porque por primera vez en mi vida tengo algo que quiero para mí solo, antes de que nadie me lo pese, me lo mida y me diga qué se hace con ello.
Mi madre me sostiene la mirada un instante de más. Después vuelve a sus manojos, y no insiste, y ese no insistir suyo me da más miedo que un interrogatorio, porque significa que ha olido algo y ha decidido esperar. En esta casa, cuando mi madre decide esperar, más vale ir haciéndose a la idea.
Ceno sin hambre. Bríde me robaría el pan de la mano si estuviera, y no está, se lo llevó el norte con su Cuervo, y la echo de menos con una punzada rara que no me esperaba.
Ya tumbado en la oscuridad, con el asta que ya no tengo doliéndome todavía donde me golpeó la manzana, entiendo por fin lo que llevo toda la tarde esquivando: que no fui yo quien la encontró a ella.
Llevo semanas subiendo al norte a leer qué se despierta, creyéndome el cazador de esta historia, el que ve venir el mundo antes que nadie.
El mundo, esta tarde, me ha caído encima de un árbol. Sin avisar.