Capítulo 18 #2
El edificio del templo apareció ante su vista y Cadrim decidió no asombrarse de nada.
Saltó del caballo y subió presuroso los escalones de la entrada.
La puerta estaba cerrada con llave. Desconcertado, la sacudió antes de dar un paso atrás y hacerla estallar con una bola de fuego que surgió de pronto en su mano.
No dejaría que nadie lo detuviera, nadie.
Varias sacerdotisas corrieron a su encuentro, sobresaltadas.
—¿Dónde está? —Cadrim agarró a la primera por los hombros y la sacudió—. ¿Dónde está? —Giró la cabeza como si quisiera olfatear el aire. De súbito soltó a la mujer, que balbuceaba, y se puso en marcha. No necesitaba su ayuda. Sabía dónde estaba ella .
Unas manos intentaron detenerlo, unos cuerpos se interpusieron en su camino.
Los apartó sin miramientos, como quien separa las aguas.
Ante él surgió otra puerta cerrada. Sin aminorar el paso, la redujo a escombros y cenizas y, sin prestar atención a los gritos de miedo, pasó por encima de los restos hacia el interior de la sala.
Se detuvo en seco. Trastabilló. Ella yacía inmóvil sobre un catre, con una sábana blanca y lisa subida hasta la barbilla. No…
Una mujer se interpuso en su camino. Le costaba enfocarla con la mirada, todo cuanto podía ver era a ella. Ni un músculo se movía en su rostro, no veía aliento alguno que le agitara el pecho.
El fuego en su interior dio paso a un frío glacial.
—¿Mi príncipe? —La voz sonaba cansada, pero firme—. Debo pediros que os marchéis.
Cadrim la miró aturdido. Era Soana, la sacerdotisa que le había informado del ataque de Lexor. ¿Qué tenía ella que ver con todo aquello?
—No tenéis derecho a irrumpir entre estos muros. No tenéis derecho a profanar este lugar.
—¡Él tiene todos los derechos del mundo aquí, maldita sea! —Malik se plantó a su lado con paso firme y posó la mano sobre la empuñadura de su espada con ostentación—. No ha sido nada fácil seguirte sin romperme el cuello. Pero, por lo que veo, lo tienes todo bajo control.
Cadrim buscó las palabras con esfuerzo. Mil preguntas asaltaban su mente y, sin embargo, todas eran irrelevantes.
—¿Está… muerta? —Se le quebró la voz.
La sacerdotisa vaciló. La esperanza con que aquello lo llenó desmentía toda su ira, todo su odio.
—Casi —matizó la voz de Soana, atenuando su alivio.
—¿Dais cobijo a una traidora y espía? —se indignó Malik—. Eso es alta traición.
—Deberíais marcharos. —La sacerdotisa hizo caso omiso de su objeción—. Dejadla morir en paz.
—No. —No antes de que Cadrim supiera lo que había sucedido. Se abrió paso junto a Soana y se arrodilló al lado del lecho.
Su rostro sin vida estaba impecable, ni un rasguño ni un hematoma desfiguraban su semblante. Solo había una leve marca que le recorría la frente a lo largo del nacimiento del cabello. Le acarició la mejilla con suavidad. Estaba tan fría. Y eso que ella odiaba tener frío.
Su magia se despertó sin que él hiciera nada. La dejó fluir, envolviéndola en su calor como tantas veces antes.
A ella siempre le había encantado. Al principio, incluso sin saber que él lo estaba haciendo.
Cuántas veces la había calentado en secreto durante las largas, atormentadoras y deliciosas horas que había pasado ante él en la silla de montar.
No había podido resistirse de ningún modo y se había deleitado con la sonrisa de bienestar con que ella, de vez en cuando, se apoyaba en él instintivamente.
Ahora, sin embargo, su magia no surtía efecto. Su piel seguía tan fría y pálida como el alabastro.
Al menos su corazón latía, aunque tan despacio que entre latido y latido transcurría una pequeña eternidad.
—¿Por qué no hacéis nada? —exigió saber Cadrim con voz ronca—. ¿Por qué la dejáis morir sin más?
—Quizá sea mejor así. —Malik posó la mano sobre el hombro de Cadrim—. Mejor para todos, Cad.
—No. —Se sacudió la mano de Malik—. ¡No! —repitió enardecido—. ¿Qué se le había perdido en las montañas? ¿Cómo podía estar allí y aquí al mismo tiempo?
—¿De qué hablas? —comenzó Malik, mientras la sacerdotisa tomaba aire de golpe.
—¡Vos lo sabéis! —Cadrim se levantó de un salto y se volvió hacia ella con los puños apretados—. ¡Decidme, maldita sea, qué ha pasado!
—No estoy segura. Solo capté una parte, y no antes de que su poder empezara a apagarse y se disipara el velo con que nos había mantenido apartadas.
Se interpuso en el camino de los atacantes, intentó detenerlos.
Y al hacerlo, fue mucho más allá de sus límites.
Cuando la montaña empezó a derrumbarse, ya no tenía fuerzas para regresar.
Su cuerpo estaba aquí, pero su espíritu estaba allí.
Si la conexión se hubiera roto un segundo más tarde, habría muerto en el acto.
Malik resopló.
—Nunca he oído nada más absurdo.
—Yo lo he visto —replicó Cadrim con voz inexpresiva—. ¿Cómo es posible?
—No lo sé. —La sacerdotisa suspiró—. Y nunca lo sabremos.
—¡No! —Cadrim se negaba a considerar esa posibilidad—. Tenéis que salvarla.
Soana negó con la cabeza, apenada.
—Lo hemos intentado, no podemos hacer nada por ella. —Se pasó la mano por la frente y, por primera vez, Cadrim reparó en las profundas ojeras que tenía—. Le hemos dado todo cuanto hemos podido, no ha bastado. Ninguna de nosotras dispone de la cantidad necesaria de energía mental.
Cadrim no vaciló ni un segundo.
—¿Y yo?
Abrió los ojos de par en par, conmocionada.
—Eso… no es posible.
—¿De verdad no? ¿O es que no queréis y ya está? —Por lo que él sabía, el proceso requería el uso de etrium.
La mirada de Cadrim se posó en la marca de su frente. ¿Podía ser? ¿Había estado el etrium delante de sus narices todo este tiempo? ¿Habían intentado las sacerdotisas transmitirle su fuerza vital con él?
—Lo siento, no sé de qué habláis.
Cadrim señaló con gesto acusador la figura sin vida.
—¿Cómo localizó al ejército, cómo pudo aparecer ella misma allí?
Sus dones son impresionantes, sin duda. Pero no es tan poderosa.
No sin un instrumento. —Con cada palabra su voz ganaba en filo—.
Se lo disteis vosotras, ¿verdad? El etrium que teníais escondido aquí.
La habéis utilizado, la habéis sacrificado y ahora queréis dejarla morir para que vuestro secreto quede a salvo.
Acorrálalas a todas —añadió en tono sombrío, dirigiéndose a Malik—.
Nadie debe abandonar este lugar hasta que se haya registrado todo a fondo.
—Fijó en la sacerdotisa una mirada dura—.
Encontraré el etrium y, en vuestro lugar, rezaría para que ella aún viva entonces.
—Había estudiado a fondo el diario de Welzelin.
Sabía cómo funcionaba la transmisión de energía vital con ayuda del preciado metal.
El semblante de Soana se endureció. Cuadró los hombros.
—El templo goza de autonomía. No estamos sujetas a vuestras órdenes…
—Eso me da completamente igual —la interrumpió Cadrim con sequedad y la agarró del brazo. No iba a perder más tiempo en discusiones superfluas mientras ella moría ante sus ojos.
—Os equivocáis. —Indignada, la sacerdotisa trató de zafarse de su agarre—.
Ni hemos escondido el etrium ni hemos incitado a la princesa a nada.
Fue ella quien lo encontró. No sabíamos nada de ello hasta que descubrimos su allanamiento.
Aun así, intentamos salvarla después de que yo viera lo que había hecho.
—¿Dónde está el etrium? —La sacerdotisa volvió a vacilar y Cadrim la sacudió con furia—. ¿Dónde está?
—No está destinado a vos.
—¿De eso se trata, entonces? ¿Queréis dejarla morir para negarme a mí ese poder? —El fuego en su interior se alzó rugiente. No dejaría piedra sobre piedra en aquel templo con tal de salvarla. Y si fracasaba…
La sacerdotisa lanzó un grito de dolor. El olor a tela quemada y a piel chamuscada le asaltó el olfato a Cadrim. Los ojos de Soana se abrieron desorbitados, llenos de miedo, al reflejar el infierno que rugía en los iris de él.
—¡Eh! —exclamó Malik alarmado, pero Cadrim no le prestó atención.
Se obligó a no aflojar el agarre del brazo de Soana. Quería que a ella no le quedara ninguna duda sobre sus palabras.
—Si muere, no dejaré a ninguna de vosotras con vida. Y ni siquiera quedarán cenizas que enterrar. —Sentía con toda claridad —por qué sentido interior, no sabría decirlo— que su tiempo se agotaba.
Un músculo del rostro de la sacerdotisa se contrajo.
—Os lo daré si me juráis que después lo dejaréis bajo nuestra custodia.
—Sí —confirmó él con vehemencia. Le habría firmado su propia alma si ella se la hubiera pedido.
—Está en el armario. —Soana señaló hacia allí y Malik echó a correr de inmediato.
Sacó un aro reluciente con una abertura de unos quince centímetros de diámetro.
—¿Y ahora? —En su voz había inquietud y asombro.
—Pónselo en la cabeza. —Cadrim soltó a la sacerdotisa y volvió a agacharse junto al lecho.
No tenía ni un cuenco sonoro ni tiempo para una ceremonia, así que solo le quedaba confiar en que también funcionase sin ellos.
Le acomodó el aro en la coronilla y respiró hondo, tembloroso, antes de apoyar ambas manos sobre el metal.
—Vuelve —susurró con apremio, imaginando cómo su calor, su amor y su fuerza fluían hacia el cuerpo de Chiara. El metal se templó; le pareció ver un resplandor a través de los párpados cerrados y se concentró aún más en su deseo de otorgarle sanación y energía.
Su mente se sumergió en los recuerdos más hermosos que conservaba de ella, dejándose guiar por su anhelo de vivir todo aquello, y mucho más, junto a ella.
Se la imaginó paseando por la playa en primavera, flotando entre sus brazos sobre una pista de baile, deshaciéndose de gozo y deseo bajo sus dedos y sus labios.
Un gemido de dolor se le escapó de la garganta; Chiara volvió el rostro apartándose de él, como si intentara esquivarlo. Como si su contacto le doliera.
Asustado, Cadrim retiró las manos. Lo último que quería era causarle dolor.