Capítulo 18
—¿No se puede ir más rápido? —Cadrim tiró impaciente de las riendas de su semental. Su mirada sombría recorrió las cabezas de los hombres.
—Los caminos están embarrados, los carros avanzan con dificultad —explicó Willem a su lado con paciencia.
—¡Pues que los dejen atrás! —Cadrim buscó un camino entre la multitud. Lo que más deseaba era salir él solo a galope tendido para enfrentarse a Lexor. En cambio, había pasado las dos últimas horas escuchando a sus oficiales decirle todo lo que no se podía hacer.
Sencillamente, no estaban preparados para un ataque en pleno invierno y desde aquella dirección.
Casi la mitad de sus tropas se hallaba a más de quince jornadas de marcha.
En ese tiempo, Lexor alcanzaría la llanura y Cadrim perdería la única ventaja que tenía.
En los estrechos pasos de las montañas y con los senderos de fuga ocultos, tal vez pudieran detener a los enemigos. En la llanura, Lexor los arrollaría.
No podía permitirlo. Aunque tuviera que interponerse él solo en su camino.
—Sabes que eso no es posible —objetó Willem en voz baja—. No servirá de nada que los hombres acudan a la batalla hambrientos y agotados. No descargues tu ira sobre ellos…
Cadrim apretó los dientes con tal fuerza que amenazaron con astillarse. Willem no tenía ni idea de lo cerca que él estaba de perder el último resto de dominio sobre sí mismo. Su cabeza era demasiado estrecha para la ira, la decepción y el dolor que se agitaban en ella.
Ella lo había traicionado. Lo había llevado de las narices. Le había mentido. Nada de lo que había habido entre ellos era real. Nada de nada.
Cadrim respiró hondo, temblando, para no gritar a voz en cuello a todo el que se cruzara en su camino.
¿Por qué? ¡¿POR QUÉ?!
¿Cómo había podido ser tan estúpido?
Lexor lo había planeado todo. Todo hasta el último detalle. Mientras Cadrim se creía tan listo, tan superior, Lexor había tirado del hilo que lo hacía bailar. Ella había sido ese hilo.
Cadrim cerró los párpados con desesperación. Lo peor de todo era que seguía preocupándose por ella . Una inquietud interior que no acertaba a explicarse lo iba consumiendo. No conseguía pensar con claridad ni concentrarse en la tarea que tenía ante sí. Se sentía azuzado y aletargado a la vez.
Habría dado cualquier cosa por cabalgar sin más, campo a través, hasta que el viento le barriera de la mente aquellos pensamientos molestos y el agotamiento adormeciera el dolor en su pecho.
Pero no podía escapar de aquello. Nunca.
Además, tenía la responsabilidad de su pueblo.
Tenía que cargar con la desgracia que había traído sobre Laran.
Una nueva oleada de presentimiento, como un hormigueo, lo sacudió.
Conocía esa sensación. Ya la había percibido antes.
Aquella vez, cuando ella se encontraba en peligro mortal.
¿O acaso aquel incidente también había sido tan solo una mentira, una treta para que él se desprendiera de sus últimas reservas?
Había funcionado a las mil maravillas. Como un necio enfermo de amor, había acudido a su rescate.
Cómo se había atormentado, cuánto se había condenado por su amor. Ella había escuchado su confesión sin oponer reparo y con ojos grandes y leales, sabiendo muy bien que aquel obstáculo entre los dos no existía.
Se odiaba a sí mismo por que una parte débil y miserable suya, que aún la añoraba, se regocijara ante esa idea. No había nada que se interpusiera entre ellos, salvo su traición.
Una traición imperdonable.
—Quizá deberías hablar con ella —sugirió Willem con cautela.
—¡No! —espetó Cadrim. Solo de pensarlo, el fuego que ardía en su interior se avivó con tal intensidad que amenazó con consumirlo.
No podía enfrentarse a ella , no podía y punto.
Los sentimientos que ella desataba en él eran demasiado contradictorios.
Y su magia lo empeoraba todo, como si dos corazones le latieran en el pecho.
Había una parte de él que quería protegerla de todo mal.
Y otra, tan rugiente de ira y herida que la haría pedazos en el acto si la veía.
—Podría tener información importante… —insistió Willem.
Cadrim se detuvo. Volvió la cabeza despacio.
—¿Quieres que la interroguen? —Su voz sonaba como un gruñido amenazador.
Willem frunció el ceño mientras intentaba descifrar el comportamiento de Cadrim.
—Al menos deberíamos escuchar lo que tiene que decir.
—Mentiras, nada más que mentiras. —Cadrim apartó la desagradable sensación que poco a poco lo estaba enloqueciendo. Tenía que mantener la cabeza fría, prepararse para la guerra. Nunca volvería a creer nada que saliera de su boca.
—Cad.
—Me ocuparé de ella más tarde.
Conocía su deber. Sabía qué castigo merecía ella. Y se aseguraría de que lo recibiera, aunque al hacerlo él se rompiera en pedazos.
Willem suspiró.
—Lo siento muchísimo.
—Lo sé. Nos ha engañado a todos. —Por un instante, el dolor en su pecho le cortó el aliento. No debía pensar en ello.
Malik se les acercó.
—La caballería ha tomado la puerta sur. Están dejando atrás a la infantería y se sumarán a la ruta principal en Markum.
—Gracias. —Cadrim asintió. Al menos podía confiar en sus amigos.
—¿Cómo estás? —preguntó Malik, vacilante.
—Lo superaré. No hay nada como una buena pelea para sacarse a una mujer de la cabeza.
Malik esbozó una sonrisa de compromiso, pero la preocupación no se le fue de los ojos. Y había algo más que a Cadrim le recorrió la espalda con un escalofrío. Un remolino de chispas bailaba alrededor de las pupilas de Malik.
—Tus ojos —se le escapó a Cadrim, alarmado.
Malik resopló.
—Mira quién habla.
Pillado, Cadrim se llevó la mano al rostro.
—¿Tan evidente es?
—¿Ahora mismo? Podrías servir de faro.
Estupendo. Justo lo que quería oír.
—¿No te preocupa?
—Un poco —admitió Malik. Esbozó una sonrisa torcida—. Al menos no estoy tan mal como tú. Más bien me pregunto qué ha desencadenado este cambio tan de repente.
—¿Qué cambio?
Malik le dirigió una mirada de asombro.
—¿Tu madre no te contaba leyendas cuando eras pequeño?
Cadrim abrió la boca para hablarle del libro que seguía sin leer en sus aposentos. El libro que ella le había dado. El recuerdo de aquel momento hizo que el fuego volviera a avivarse en su interior.
—No —respondió con voz tensa—. Y ahora mismo tenemos problemas más urgentes.
—De todos modos, no podían cambiar lo que les estaba sucediendo.
Además, cualquier cosa que pudiera suponer una ventaja frente a Lexor le venía de perlas—.
¿Cuánto les falta a los arqueros? —se interesó, cuando, de pronto, una voz acaparó su atención. Su voz.
Cadrim volvió la cabeza de golpe, sin poder evitarlo, pero ella no estaba a la vista por ninguna parte.
Cadrim…
El sonido de su nombre en aquella boca se le clavó en el pecho como una daga al rojo vivo. Había tanto dolor, tanto anhelo, tanto pesar. Por un instante, el tiempo se detuvo. Luego, un aluvión de imágenes que carecían por completo de sentido irrumpió en su consciencia.
Una avalancha de tierra descendía imparable por un sendero de montaña.
Soldados con el uniforme de Arnawal huían presos del pánico ante la masa que se aproximaba.
Cadrim sintió una íntima satisfacción al comprobar que no eran lo bastante rápidos, a pesar de que se encaramaban unos sobre otros.
Eran demasiados, iban demasiado apretados, era imposible que escaparan todos.
Conocía aquel lugar. Si hubiera podido elegir a su antojo un sitio para una emboscada, habría escogido aquel. ¿Era posible que el destino se lo estuviera resolviendo a él?
Lo siento…
La voz no era más que un soplo. El asombro de Cadrim se transformó en horror cuando una figura menuda con un vestido azul atrajo su atención. Justo en el instante en que la avalancha la alcanzaba también a ella, hacía girar su cuerpo como a una muñeca de trapo, lo quebraba y lo sepultaba bajo sí.
El torrente de imágenes se interrumpió.
—¡No! —rugió Cadrim como fuera de sí—. No… —Miró frenéticamente a su alrededor.
—¿Qué ocurre? —Willem se había inclinado hacia delante en la silla. Su mano sacudía el hombro de Cadrim—. ¿Qué tienes, Cad?
Cadrim sacudió la cabeza como aturdido y se pasó los dedos por la frente, de pronto empapada de sudor.
—Nada… —Tragó saliva, conmocionado hasta lo más hondo, y dejó que su mirada recorriera los rostros familiares de sus amigos y el contorno de las puertas de la ciudad a su espalda. Aquello era real. Esas imágenes no eran más que…
De golpe, dio media vuelta con su caballo. No tenía la más mínima idea de qué había sido aquello. Una ilusión, tal vez, un último intento de manipularlo y engañarlo…
Los gritos de Willem y Malik se desvanecieron a su espalda mientras describía un arco y galopaba campo a través hacia la ciudad.
Solo quería asegurarse de que ella siguiera bien guardada en su mazmorra, de que no hubiera logrado huir mediante alguna treta.
Después de todo, quería pedirle cuentas por sus crímenes contra Laran.
Las lágrimas le nublaron la vista y se las enjugó con rebeldía. Solo quería cerciorarse de que una peligrosa criminal estaba bajo siete llaves.
No debía pensar en que ella ni siquiera conocía aquel sendero de montaña. En que aquel engaño —si es que lo era— no tenía ningún sentido. Ni en que la angustiosa inquietud que sentía en su interior se iba apagando poco a poco para dejar paso a un vacío que lo devoraba todo.
No, en eso no quería pensar en absoluto mientras seguía espoleando a su caballo. ¿Por qué estaba tan lejos esa maldita puerta? ¿Por qué era tan lento ese semental?
El pulso de Cadrim martilleaba al ritmo de los cascos retumbantes, y la conciencia de que ya era demasiado tarde resultaba insoportable. La había visto morir. Y esa imagen lo perseguiría hasta el final de sus días.
Por fin franqueó la puerta y se dirigía hacia el palacio cuando un instinto le hizo cambiar de rumbo. No acertaba a explicárselo, pero era la misma sensación que ya lo había llevado hasta ella una vez. Un saber que carecía de toda lógica y razón.