La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

Paso a paso, los hombres fueron ganando terreno. Una y otra vez, Chiara lanzó al dragón contra ellos, canalizando energía a través de sí sin cesar, hasta que ella misma pareció hecha de fuego líquido.

Pero, mientras algunos de ellos, atrapados en su ilusión, se desplomaban entre gritos, los demás soldados seguían avanzando con valentía. Y cuantos más permanecían ilesos, más se reforzaba su confianza.

Así no podría detenerlos. La mirada de Chiara revoloteó a su alrededor, buscando.

Si lograba bloquear el camino —o, al menos, hacérselo creer a los hombres—, detendría su avance.

Sus caballos y carros no podían desviarse por la abrupta ladera.

Tendrían que buscar otra ruta. Eso le daría a Cadrim un tiempo precioso para reunir a sus tropas y desplegarlas.

En pleno vuelo hizo girar al dragón, de modo que se estrelló con toda su fuerza contra la montaña, por encima de las cabezas de los soldados.

La tierra tembló; piedras y escombros se pusieron a rodar con estrépito.

Algunos hombres gritaron asustados al ver caer hacia ellos pedazos de roca, pero el comandante se limitó a reírse.

—¿Eso es todo lo que tienes que ofrecer? —Sus ojos rastrearon los alrededores en busca de algún indicio de Chiara—. Muéstrate, pequeña tejedora de palabras. Deja tus jueguecitos. Se acabó.

Una piedra enorme estalló como una pompa de jabón al tocarla él con la mano.

La desesperación se apoderó de Chiara. Él tenía razón. Sus ilusiones ya no engañaban a nadie. Había fracasado y sus fuerzas se desvanecían. Sentía como si la energía del éter la hubiera consumido por dentro. No era mucho más que un cascarón frágil, que solo su voluntad mantenía en pie.

Aun así, no quería rendirse. Tensó el cuerpo, alzó los brazos y se abrió todavía más a la magia. Cada minuto que ganase para la gente de las montañas salvaba vidas.

El sudor le brotó en la frente cuando el dragón embistió de nuevo la ladera, arrancó con sus garras un trozo y lo arrojó contra los hombres que tenía debajo.

Se desató una avalancha; el polvo se arremolinó.

El estruendo le vibró hasta en los huesos.

Pero cuando el polvo se posó, no quedaba ni una piedra sobre el camino llano.

Conmocionada, cayó de rodillas. Se había acabado. El velo que la ocultaba parpadeaba. El dolor le recorría el cuerpo, miles de hormigas de fuego le trepaban por las venas. La inconsciencia del agotamiento mágico tendía la mano hacia ella.

Triunfantes, los soldados avanzaron.

De pronto, el muchacho se incorporó de nuevo a duras penas sobre las rodillas. Chiara lo había dado por muerto, pero aún había vida en él. Un fuego ardía en sus ojos cuando enderezó los hombros y alzó el brazo.

Los soldados se rieron con desdén. Uno de ellos le apuntó perezosamente con la ballesta.

El cuerpo del muchacho, sacudido por una fuerza invisible, se onduló, y una bola de fuego apareció en su mano.

Con todas sus fuerzas la lanzó lejos de sí, una fracción de segundo antes de que el virote de ballesta lo atravesara.

En pleno vuelo, su esfera siguió creciendo, mientras él se desplomaba hacia atrás.

Las lágrimas nublaron la mirada de Chiara al comprender que el muchacho estaba utilizando las últimas gotas de su energía vital para alimentar el proyectil.

La bola de fuego pasó zumbando por encima de las cabezas de los soldados.

Estos sonrieron con sorna al verla fallar.

Pero los hombres nunca habían sido el objetivo.

El muchacho había adivinado la intención de Chiara.

La bola de fuego impactó contra la ladera de la montaña.

Unas cuantas piedras rodaron hacia abajo.

La tensa esperanza de Chiara se desvaneció. El muchacho lo había puesto todo en su ataque, pero no había sido suficiente.

—Se acabó. —El oficial avanzó con paso decidido hacia Chiara—. Ríndete y tal vez el rey te conceda clemencia.

Chiara intentó desesperadamente abandonar aquel lugar, pero ya no sabía cómo se hacía. Sus fuerzas se habían consumido. Y, en lugar de regresar a su cuerpo en el templo, se hallaba atrapada allí. Como si el hilo que la unía a su vida ya estuviera cortado.

—Por otra parte, tampoco es que seas tan importante para él. —El hombre desenvainó su daga.

Una bola de fuego le alcanzó en el pecho y lo arrojó varios metros hacia atrás.

Chiara giró la cabeza. Tres hombres y dos mujeres aparecieron a la vista. Sombríos, decididos y con los ojos ardientes. Como los guerreros dragón de las leyendas de las montañas.

Sin titubear, lanzaron más proyectiles, que impactaron contra la ladera.

—¡Es solo una ilusión! —gritó una voz que enmudeció de golpe cuando un pedrusco, al caer, sepultó al que hablaba.

La pared de la montaña voló por los aires. Una avalancha colosal se precipitó hacia abajo, arrasando sin piedad cuanto encontraba a su paso.

Alguien le gritó una advertencia a Chiara, pero ya era demasiado tarde. Estaba demasiado cerca y no tenía fuerzas para esquivar aquel embate de la naturaleza que se abalanzaba sobre ella.

Chiara cerró los párpados. Al menos sería rápido. Sus últimos pensamientos fueron para su madre… y para Cadrim.