La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Percibió con toda claridad el miedo de aquel hombre. No estaba allí por voluntad propia. Y sabía lo que le esperaba si fallaba.

Le envió la ilusión de sí misma en un intento desesperado de escapar. En efecto, el hombre cambió de dirección y corrió tras la imagen falsa.

Quería atraerlo aún más lejos cuando una repentina oleada de miedo, ira y dolor la hizo tambalearse, conmocionada. Le siguió otra oleada y luego otra más. Como si una roca, al desplomarse, hubiera agitado el mar infinito del éter.

La mente de Chiara se precipitó por sí sola hacia el origen de la perturbación.

Vio a un muchacho, de apenas quince o dieciséis años, que se incorporaba junto al cuerpo inmóvil, atravesado por varias flechas, de una mujer mayor.

El muchacho llevaba el atuendo clásico de las montañas.

Las lágrimas le corrían por el rostro y en sus ojos había una determinación letal.

El muchacho alzó los brazos entre gritos —sin duda poseía magia— y lanzó una onda expansiva contra un ejército de soldados.

Chiara ya había visto algo así antes. Aquella vez, cuando Cadrim trató de detener a la turba enfurecida en el puerto. Y, al igual que entonces, el ataque se disipó casi sin resultado.

Algunos de los hombres trastabillaron, otros se rieron. Uno levantó la ballesta y disparó un virote contra el pecho del muchacho. Desesperado, este volvió a lanzar una onda expansiva. Pero en su rostro se reflejaba la certeza de que aquello no serviría de nada.

El corazón de Chiara se desbordó de compasión e ira. Alcanzado por el disparo, el muchacho cayó de rodillas. La sangre tiñó el marrón claro de su túnica. Chiara sintió su dolor como si fuera el suyo propio. Nada deseaba más que ayudar a aquel valiente muchacho en su lucha.

De pronto, la imagen ganó en nitidez, perspectiva y realidad.

Igual que poco antes en la casa de su madre, Chiara ya no observaba la escena desde lo alto: estaba en medio de todo.

A su izquierda, una ladera se elevaba abruptamente.

A la derecha, el terreno descendía en picado.

Entre ambos discurría un camino de unos seis metros de anchura que el ejército de Lexor utilizaba para su avance.

Chiara sintió el viento frío sobre la piel, vio al muchacho desplomado sin vida sobre el cuerpo de la anciana.

Los soldados estaban aún a unos cincuenta metros.

Por lo demás, no se veía a nadie en los alrededores.

El muchacho y la mujer debían de haberse interpuesto en el camino del enemigo, sabedores de lo desesperado que era.

Con ello buscaban, tal vez, ganar tiempo para que los habitantes de su aldea pudieran huir.

Chiara afirmó ambas piernas en la tierra, abrió la mente y llamó a la magia. Aunque ella misma no fuese más que una ilusión, una proyección, percibió el poder que se acumulaba en su interior. Chiara alzó los brazos de golpe e hizo lo único que se le ocurrió en aquel momento.

Un dragón colosal cobró vida sobre ella con un bramido, todavía más grande, más real y más poderoso que el del puerto.

Se entregó por completo a su creación, dejando que la fuerza bruta y ardiente del éter corriera por sus venas.

No necesitaba ver al dragón para oír su rugido furioso, para que sus ropas ondeasen con violencia bajo el viento que levantaban sus alas.

Estallaron gritos de espanto, mientras las miradas incrédulas de los soldados seguían el vuelo del dragón. Unos cuantos alzaron las ballestas y dispararon contra él como locos.

—¡No podéis hacerle nada! —La voz de Chiara resonó por encima del fragor del combate y, en efecto, los virotes rebotaron en el vientre acorazado de la bestia—.

¡Su chorro de fuego os abrasará! —Sus palabras añadían poder a la ilusión.

El dragón le obedeció al pie de la letra y ella vio caer a hombres entre gritos, mientras sus ropas ardían sobre sus cuerpos.

El viento traía el hedor de la carne quemada y el humo acre.

Los soldados retrocedieron sobrecogidos al consumirse en llamas las primeras filas.

El espanto se apoderó de Chiara. No había sabido que las palabras, que la imaginación, que ella misma pudieran ser tan poderosas y despiadadas.

Hombres morían ante sus ojos porque creían que cuanto les transmitían sus sentidos era la verdad.

Chiara contuvo las náuseas. No tenía elección. Había que detener a Lexor.

—¡Marchaos! —gritó desesperada—. ¡Dad la vuelta! Aquí no tenéis nada que ganar.

Virotes de ballesta pasaron silbando junto a ella.

Uno le rozó el brazo derecho. Chiara sintió un dolor ardiente, pero no se veía ninguna herida.

Volvió a lanzar al dragón contra los soldados, mientras se envolvía en un velo que la ocultaba a sus miradas.

A toda prisa se apartó unos pasos a un lado.

No sabía lo vulnerable que era en realidad bajo aquella forma, y no quería correr riesgos.

Sin ella, los habitantes de las montañas estarían indefensos ante Lexor.

—¡No es real! —resonó de pronto una voz potente.

Un oficial trepó a una gran roca—. Es solo una ilusión.

¡No miréis, no creáis en ello, y no os hará nada!

—Se interpuso en la trayectoria del crepitante chorro de llamas y dejó que pasara sin daño sobre él—.

¿Lo veis? No son más que trucos de magia baratos.

—Triunfante, se volvió hacia sus hombres—.

Traedme a esa zorrita, que se esconde por ahí detrás.

Chiara no dudó de que aquellas palabras venían de Lexor. De que el rey estaba blindando la mente de aquel hombre contra su ilusión, como había hecho en el valle de Valessa. Aunque él permanecía en la comodidad de su palacio, no dejaba a sus soldados sin apoyo.