Capítulo 18 #3
—Le duele el cuerpo por el abuso de la magia. Pero ha de pasar por ello —explicó Soana con gravedad—. Le haréis más daño si os detenéis. Aún no está fuera de peligro.
Preocupado, Cadrim observó el rostro pálido, al que poco a poco volvía el color. Su respiración era apenas perceptible y los latidos de su corazón tan lentos que cada vez le invadía el pánico de que pudiera ser el último.
Cerró los ojos cuando su vista se nubló de pronto y se masajeó un instante el puente de la nariz.
Eran los primeros indicios del agotamiento mágico.
No era de extrañar. En tiempos antiguos, a los enfermos los acompañaban numerosos parientes que, junto con las sacerdotisas, les transmitían parte de su fuerza.
—Déjame a mí. —Malik se agachó a su lado—. No podemos permitirnos que tú caigas.
Unos celos infundados, por completo irracionales, se apoderaron de Cadrim. Quería ser él quien la devolviera a la vida. El primero al que ella viera al abrir los ojos.
—¿Cad? —Malik le dio un golpecito con el hombro.
Cadrim reprimió el impulso de estrellarlo contra la pared.
—Sí. Gracias. —No se movió del sitio y apretó los puños cuando Malik posó las manos sobre el metal.
—¿Qué tengo que hacer?
—Solo imagínate cómo tu fuerza vital fluye hacia ella.
Malik cerró los párpados… y sonrió. Era la sonrisa más dulce y pura que Cadrim había visto jamás en el rostro de su amigo.
Apretó los puños cuando los celos volvieron a clavarle sus garras. Malik no tenía derecho a resplandecer así pensando en ella.
Los segundos se arrastraban con lentitud insoportable.
Cadrim le tomó la mano y la sujetó con fuerza, mientras con el dedo índice rastreaba el pulso en su muñeca.
Una sensación de alivio se extendió por su interior.
Parecía que en verdad estaba funcionando.
El pecho de Chiara se elevó con una inspiración profunda.
—Es suficiente. —La sacerdotisa apartó con suavidad los dedos de Malik del metal y se llevó el aro consigo—. Ahora debería recobrarse por sí sola. —Sin añadir nada más, desapareció por la puerta con su botín.
Cadrim no protestó. Más tarde tendría tiempo de sobra para ocuparse de ello.
—Uf. —Malik se pasó la mano por el rostro—. Esto ha sido… interesante. —Se incorporó tambaleándose—. ¿Y ahora cómo seguimos?
—No lo sé —admitió Cadrim en voz baja. Apaciguada la ardiente preocupación por su vida, todas las demás cosas volvían a abrirse paso hasta el primer plano.
No tenía ni idea de quién era en realidad la mujer que tenía delante.
De si él significaba algo para ella. De si alguna vez podría volver a confiar en ella—.
Nos delató a Lexor y luego intentó salvarnos.
—Sacudió la cabeza, abrumado—. No estoy seguro de qué pesa más.
Malik le apretó el hombro con ánimo.
—En cualquier caso, tengo muchas ganas de oír su historia.
—Sí. Yo también. —Los párpados de Chiara comenzaron a temblar—. ¿Puedes esperar fuera, por favor?
—Claro. Voy a ver cómo va todo. Antes, por precaución, he mandado rodear el templo.
Cadrim no respondió mientras Malik se alejaba. Con el ánimo revuelto, no apartó la mirada de aquellos ojos que se abrían despacio. Nada en toda su vida lo había llenado jamás de mayor alegría y de mayor opresión.
—Cad. —Su voz era apenas un soplo. Una sonrisa preciosa y diminuta le iluminó el rostro un instante, antes de apagarse—. ¿Ha funcionado?
—¿El qué? —preguntó él con voz ronca. Le resultaba antinatural no atraerla hacia sí, ni abrazarla, ni besarle los labios. No cerciorarse con cada fibra de su ser de que de veras había vuelto a él, de que seguía con vida.
Ella tragó saliva con esfuerzo.
—El ejército de Lexor… ¿lo han detenido?
Hablaba a su favor que esa fuera su primera preocupación. A menos que siguiera interpretando un papel… y fuera así de buena.
—No lo sé. Enviaré exploradores.
Los ojos de Chiara se llenaron de lágrimas al reconocer la desconfianza en su rostro.
—Lo siento. —Una gota se desprendió de sus pestañas y rodó hacia la sien—. Nunca quise hacerte daño.
Se le quebró el corazón una vez más bajo aquella mirada suplicante.
Cadrim apretó los labios hasta convertirlos en una línea delgada. Ni siquiera sabía su nombre.
—¿Cómo te llamas?
Ella tomó aire con un temblor.
—Chiara.
El dolor se hizo tan intenso por un momento que apartó el rostro. Como si hasta el último instante hubiera esperado que todo fuera tan solo un error, un malentendido.
Por desgracia, todo el desear y el negar del mundo no cambiarían la cruel verdad.
—Bueno, Chiara. —Carraspeó—. Necesitas descansar. —Y él, distancia—. Enviaré a un sanador para supervisar tu traslado de vuelta. —Se enderezó de golpe.
—Cad —lo llamó ella con un hilo de voz.
Aquel apelativo familiar le recorrió la espalda con un escalofrío. A regañadientes, sostuvo su mirada.
—Las sacerdotisas… tienen el etrium. Tienes que ir a buscarlo… —Su voz era tan baja que él tenía que esforzarse por entender las palabras—. Con eso… podrás derrotar a Lexor…
Se le cerraron los párpados, como si aquel esfuerzo hubiera sido excesivo para ella.
Sobresaltado, Cadrim se dejó caer otra vez de rodillas y le tanteó el pulso.
Con gran esfuerzo, ella abrió de nuevo los ojos.
No sabía qué decir ni qué hacer. Verla lo torturaba y, sin embargo, era incapaz de marcharse sin más.
—¿Por qué lo has hecho?
—Al principio… te tomé por el… enemigo. Y luego… —Tragó saliva—. Mi familia…
El dolor en su voz lo conmovió.
—No me refería a eso. —No quería saber por qué le había mentido y traicionado—. ¿Por qué te interpusiste en el camino de Lexor?
—Porque él… mata a inocentes.
—Tú misma estuviste a punto de morir.
Otra lágrima resbaló por su sien.
—Hubiera sido más sencillo… para los dos.
—No digas eso. —A Cadrim se le hizo un nudo en la garganta. Solo de imaginarlo le resultaba insoportable.
—Lo siento… Nunca quise hacerte daño… Intenté repararlo. —Ella lo miró temblando.
Cadrim luchaba contra sus propias lágrimas. Chiara había arriesgado su vida defendiendo Laran, en lugar de ponerse a salvo. En lugar de suplicar clemencia, le había hablado del etrium. Aun así, le daba miedo volver a confiar en ella.
—¿Lo que hubo entre nosotros también fue mentira?
—Nunca. —Sostuvo su mirada con una intensidad que lo consumía todo—. No en las cosas… que importaban. —Tomó aire muy hondo—. Te amo.
Aquellas palabras resonaron en su cabeza.
No en las cosas que importaban. Pensó en su valentía y en su compasión.
En su disposición a ayudar, en su dulzura y en su fuerza.
En cómo nunca miraba por sí misma con tal de socorrer a los demás.
Se había puesto en peligro para protegerlo a él en el puerto.
Y había estado a punto de morir cuando había hecho lo mismo por las gentes de Laran.
Todo lo que se interponía entre ellos —la ira, la desconfianza, el dolor— perdió importancia mientras la contemplaba. El pulgar le rozó la mejilla con mimo, mientras el nudo que le oprimía el pecho se iba deshaciendo poco a poco.
—Yo también te amo.
Sus ojos se redondearon de sorpresa antes de que ella, con tristeza, negara con la cabeza.
—No digas eso. —Se le quebró la voz—. Ni siquiera me conoces.
—Sí, sí te conozco —la contradijo con suavidad, sintiendo esa certeza hasta el último rincón de su alma—. Te amo. No a tu nombre, ni a tu origen, ni a tu rango. Solo a ti.
Una sonrisa luminosa le asomó a los labios, mientras la cabeza le rodaba hacia un lado por el agotamiento.
Con ternura, Cadrim la estrechó contra sí y se limitó a sostenerla.
Más adelante aclararían todas las cuestiones pendientes, decidirían cómo continuaría todo entre ellos dos, con Arnawal y con Laran. Por el momento, le bastaba con tenerla en sus brazos y saber que estaba viva y junto a él.
Fin del Libro 2
La historia continúa en: La tejedora de palabras - Hielo y hoguera
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