Capítulo 16 #3
¡Informe! La voz de Lexor atravesó la tormenta de sus sentimientos agitados. Sonaba más débil, más metálica de lo habitual. Como si estuviera muy lejos… o agotado.
Chiara lo ignoró. Ya nada importaba.
¿Qué ha sucedido? , insistió él con apremio. Ella notó cómo su espíritu se adentraba más hondo, buscando en sus recuerdos agitados la respuesta que ella no le entregaba por voluntad propia.
Se acabó , respondió Chiara, abatida. Cuanto antes lo supiera, antes la dejaría en paz. El príncipe sabe que no soy la verdadera princesa. Lord Iridon se lo ha revelado. Si Lexor no le había pedido cuentas a Iridon por la muerte de Marten, quizá lo hiciera por esto.
¿Qué más sabe? De nuevo el espíritu de Lexor la asaltó con vigor. No le preguntó cómo estaba ni dónde se encontraba ahora. Su suerte no le interesaba. Quizá aquella fuera su oportunidad.
Dejó que su peor pesadilla tomara forma en su imaginación y se la lanzó sin filtros a Lexor, perdiéndose en su propia visión.
¡Oh, Dios, viene hacia mí! , balbuceó Chiara, presa del pánico.
Está furioso. Tengo miedo… El rostro de Cadrim, deformado por el odio, se alzó ante su ojo interior.
El dolor y el desprecio que había en él le rompieron el corazón de nuevo.
¡Tenéis que ayudarme! Por favor, ayudadme, Majestad…
El Cadrim de su fantasía alzó el brazo. Su puño le golpeó el rostro.
Chiara gimió de dolor, la cabeza le voló hacia un lado mientras los hombres de Cadrim la sujetaban en pie.
Me está haciendo daño. Por favor, no… Por favor…
Ayudadme, Majestad… No tuvo que fingir ni su miedo ni su desesperación, lo que hizo que la ilusión que enviaba a Lexor resultara aún más viva.
Cadrim desenvainó su daga. Gimoteando, Chiara trató de esquivarlo. Quiere matarme… No… No… ¡¡¡No!!!
Con un último grito interior desesperado, Chiara se arrancó el anillo del dedo y lo arrojó a su regazo.
La llamada de Lexor se desvaneció en su mente.
Jadeando, Chiara permaneció sentada mientras se esforzaba por no pensar en nada.
Pasaron varios minutos antes de que se atreviera a asomarse con cautela a su interior.
La presencia de Lexor había desaparecido.
En su cabeza reinaba un vacío profundo, como si un mecanismo de defensa interno quisiera evitar que se derrumbara bajo el peso de sus emociones.
No podía permitírselo. Quizá su propia vida estuviera perdida, pero había muchas más en juego.
Si Lexor creía de veras que ella había muerto, al menos su familia estaría a salvo por el momento.
No, la familia no, se corrigió con amargura; solo su madre y Sara.
Marten ya estaba muerto. No creía que Jenna hubiera mentido al respecto.
A Iridon lo consideraba plenamente capaz de semejante vileza.
¿Lo sabía Lexor mientras le describía el supuesto peligro que los planes de Cadrim representaban para la población de la provincia del sur? ¿Se había quedado Marten en su tierra natal porque en realidad ya no estaba vivo?
Nunca lo sabría.
Pero si por algún milagro lograba sobrevivir a esto, iría a buscar a Iridon y le mostraría hasta dónde llegaba ya el poder de la pequeña tejedora de palabras. No le mostraría más piedad de la que él tuvo con su hermano.
Un odio que jamás había conocido se encendió en su interior.
Chiara lo reprimió también. Tenía que mantener la cabeza fría.
Con su muerte fingida había logrado ocultarle a Lexor la advertencia de Ora.
Él no sabía que su ataque ya se conocía en Laran, que Cadrim estaba movilizando a su ejército para salirle al paso.
Eso, sin embargo, no significaba que Cadrim estuviera fuera de peligro.
Por no hablar de los habitantes de las montañas.
Pasarían semanas hasta que el ejército de Cadrim se encontrara con el de Lexor. Para entonces, miles de personas habrían caído víctimas de las tropas enemigas. Y solo de pensar que Cadrim se lanzaría a esa batalla, se le cerraba tanto la garganta que no le entraba el aire.
Sabía que nada podría reparar la grieta abierta entre ellos. Él la había mirado como si ella le hubiera arrancado el corazón del pecho y lo hubiera aplastado con su mano desnuda. Nunca volvería a confiar en ella. Quizá ni siquiera fuera capaz nunca más de soportar su presencia.
Si seguía con vida, era solo porque él tenía cosas más importantes que hacer.
Eso, sin embargo, no significaba que ella no fuera a darlo todo para apoyarle contra Lexor.
Algo crujió a sus espaldas y Chiara se volvió sorprendida. Una rata enorme la miraba desde la paja, ya no demasiado limpia, que se amontonaba en un rincón de la celda. Sus ojos rojos brillaban, calculadores.
Una risa histérica brotó en Chiara. ¿A quién quería engañar? Estaba encerrada e indefensa, sin amigos ni aliados. Y los dos hombres que la vigilaban no bajaban la guardia ni un solo instante.
La única ventaja que le quedaba era su magia.
No estaba segura de cuánto sabían los guardias acerca de ella.
Como habían venido con Jenna, sin duda estaban al tanto de sus facultades.
Sin embargo, nunca la habían visto en acción.
Si conseguía que abrieran la puerta de la celda, ya se las arreglaría de algún modo para escapar de ellos.
Y después… Por desgracia, no tenía ni idea de qué hacer a continuación, ni adónde acudir.
Por supuesto, podía intentar salvarse a sí misma, esconderse, abandonar Laran y comenzar una nueva vida lejos de allí. Pero ¿a qué precio?
Cadrim la odiaría aún más por ello; consideraría su huida como la prueba de su traición, de que le había mentido a sangre fría todo aquel tiempo. Se enfrentaría al ejército de Lexor con esa certeza… y así moriría.
No, antes de salir de aquella celda y perder con ello la última posibilidad de convencer a Cadrim de su sinceridad, necesitaba un plan. Un plan endiabladamente bueno. Uno por el que mereciera la pena no volver a ver jamás a Cadrim. Uno que le salvara la vida.
Chiara encogió las rodillas y apoyó la mejilla sobre ellas. De pronto, los acontecimientos del puerto afloraron en su memoria. Entonces, Cadrim también se había enfrentado sin dudar a una fuerza superior. Pero había sido ella, con su magia, quien había inclinado la balanza.
¿Podría volver a hacer algo así? ¿Se dejarían intimidar las tropas de Lexor igual que la turba enfurecida?
Lo dudaba. Mantener a cien personas a raya no era lo mismo que a varios miles.
Ni siquiera con el anillo tendría fuerza suficiente para ello.
Por no hablar de que los atacantes se encontraban a cientos de kilómetros de distancia.
Desanimada, Chiara apoyó la frente contra las rodillas.
No podía hacer nada para evitar la catástrofe.
Había tenido suficientes oportunidades de decirle la verdad a Cadrim.
Una y otra vez había decidido no hacerlo.
Se había convencido de que era por proteger a su familia.
Pero esa no era toda la verdad. Lisa y llanamente, había sido demasiado cobarde.
Había preferido disfrutar de la breve felicidad antes que hacer lo correcto. Ahora se le presentaba la cuenta.
Se había acabado. E innumerables personas pagarían por su decisión.
Chiara cerró los ojos con fuerza cuando el dolor en el pecho se le volvió arrollador.
Casi peor que su sufrimiento presente era darse cuenta de que eso no cambiaría jamás, de que lo arrastraría consigo hasta su muerte.
Chiara se mordió el nudillo para no gritar a viva voz su dolor, su miedo y su arrepentimiento.
Su cuerpo temblaba. Con un leve tintineo, el anillo de Lexor cayó de su vestido al suelo.
El primer impulso de Chiara fue recogerlo y lanzarlo contra la pared con todas sus fuerzas. Pero se contuvo, con los dedos a apenas unos milímetros de distancia. No debía rozarle la piel. Si Lexor estaba al acecho de cualquier señal de vida por su parte, lo advertiría.
Indignada, se quedó mirando el pequeño aro. Por ella podía oxidarse y pudrirse allí mismo.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó uno de los hombres con recelo.
—Nada —respondió Chiara con voz ahogada.
—No me lo creo. —Se levantó y se acercó con cautela.
Chiara alzó la mirada hacia él.
—¿Por qué no entras y lo compruebas tú mismo?
—Eso es lo que te gustaría, bruja. —Escupió—. Nos han advertido de tus trucos.
Indiferente, Chiara volvió a apoyar la mejilla sobre las rodillas. Al cabo de un rato, el hombre se dio la vuelta y se dejó caer en su crujiente silla de madera.
La rabia de Chiara contra el anillo se desvaneció.
La joya no era culpable de su situación.
No era más que una herramienta. Sería absurdo prescindir de ella.
Seguro que aún necesitaría su poder, aunque con ello se delatara ante Lexor.
Y si no empleaba el anillo ella misma, al menos podía dejárselo a Cadrim.
Era la única pieza del precioso metal a su alcance. El resto se había perdido sin remedio.
Ora era la única que sabía dónde se encontraba el metal.
Chiara se detuvo.
¿Era casualidad que la anciana hubiera contactado justo con Soana?
Había media docena de templos en aquella ciudad.
¿Y por qué no había enviado su mensaje directamente a Cadrim?
Como príncipe y comandante, él sería la elección más obvia.
La única explicación lógica era que eso no había estado en manos de Ora.
La esperanza se agitó en Chiara.
Quizá hubiera algo en el templo que facilitara la transmisión del mensaje de Ora. Algo que captaba su energía mental, la concentraba y la amplificaba. Algo que Lexor no podía detectar porque ningún humano lo tocaba jamás.
La imagen del círculo de arcilla pintado de dorado, en el santuario del templo, afloró en la memoria de Chiara.
Recordó cómo había reaccionado el anillo de su mano a su cercanía.
Entonces, aquello no había tenido sentido para ella.
Pero ¿y si el círculo no estuviera hecho de arcilla?
¿Y si bajo la costra de barro se ocultara algo mucho más valioso?