Capítulo 16 #4
En tal caso, Ora habría podido dirigir sin más su mensaje al templo y habría sido pura casualidad que fuera nada menos que Soana quien estuviera lo bastante cerca para recibirlo. Casualidad que el desesperado intento de Ora de advertir a Cadrim se hubiera visto coronado por el éxito.
Chiara era del todo consciente de lo descabelladas e improbables que sonaban sus conclusiones, de que podía estar equivocada de medio a medio. Pero ella —igual que la anciana y sabia mujer del pueblo de montaña— ya no tenía lo más mínimo que perder.
Si existía aunque fuera la sombra de una posibilidad de que estuviera en lo cierto, tenía que aprovecharla. Tenía que asegurarse de que Cadrim recibiera el metal para que pudiera plantarle cara a Lexor en igualdad de condiciones.
Con eso tenía al menos el esbozo de un plan, en caso de que lograra escapar de la mazmorra.
Una meta en la que centrar su energía. Chiara deslizó con disimulo la manga sobre la palma de la mano y la posó sobre el anillo, como si quisiera apoyarse en el suelo.
Los guardias, a los que observaba con el rabillo del ojo, no se movieron.
Cambió el peso del cuerpo, recogió con ello el anillo y se lo guardó en el bolsillo.
Ahora solo tenía que salir de aquella celda.
—¿Podría tomar un poco de agua, por favor? —se dirigió con tono lastimero a los guardias.
—No —cortaron en seco.
—Por favor. —Chiara se llevó la mano a la garganta—. Tengo mucha sed.
—No me digas. —El hombre soltó una carcajada—. Tenemos órdenes de no creerte una palabra. Da igual lo que digas o lo que creamos ver, esta puerta seguirá cerrada.
Jenna sí que los había instruido bien. Chiara se humedeció los labios. Ahora que ella misma había sacado el tema, advirtió lo reseca que tenía la garganta.
Como si quisiera burlarse de ella, el hombre sacó una cantimplora y dio un buen trago.
Chiara pensó con intensidad. Tenía que conseguir como fuera que abrieran la puerta. Pero el truco no debía resultar demasiado transparente. Intentó esbozar una sonrisa.
—¿Estáis seguros de que no puedo convenceros? —Examinó con aire calculador a los dos guardias—. Quienes me envían os recompensarían con largueza…
—¡Cierra esa sucia bocaza, zorra! No negociamos con traidores.
Chiara se incorporó hasta quedar de rodillas.
—Pensadlo, tendríais la vida resuelta. Nunca más servir en mazmorras apestosas.
—¡Que te calles, te he dicho! —El guardia de la izquierda golpeó los barrotes con el puño enguantado.
—Por favor. —La voz de Chiara comenzó a temblar—. No sabéis lo que me espera cuando regrese el príncipe. —Parpadeando, hizo brotar las lágrimas—. Me torturará y me atormentará para que traicione a mi patria, para que revele los secretos que mi rey me ha confiado.
—Haberlo pensado antes. —El que hablaba escupió.
—Dejadme marchar y seréis recompensados. Arnawal es cien veces más rica y poderosa que Laran. Ganaremos esta guerra. ¿Preferís estar del lado de los perdedores? Aún podéis salvaros vosotros, salvar a vuestras familias, construir una nueva vida…
El guardia se acercó con aire amenazante.
—Si no cierras el pico al instante, entro y te lo cierro yo.
—No —lo frenó su compañero con frialdad—. Con eso le harías el juego. Lo único que quiere es que abramos la puerta.
El primer hombre se metió los pulgares en el cinto.
—No parece tan peligrosa. Una mujercilla menuda y delicada, ¿qué nos va a hacer a los dos?
—Tenemos nuestras órdenes —insistió el segundo—. Puedes seguir hablándonos hasta que se te quiebre la voz —añadió dirigiéndose a Chiara—. No cambiará nada. Jamás traicionaremos a Laran.
Chiara suspiró resignada y dejó caer los hombros hacia adelante.
—Así que no hay salvación para mí. —Se enjugó las mejillas con desesperación. Su mirada vagó alrededor, como si buscara una salida. Estremeciéndose, cerró los párpados al no encontrarla—. No me queda otra opción.
Con calma se puso en pie y se desató la fina cinta de tela que le servía de cinturón al vestido.
—¿Qué pretendes? —Los guardias la miraron alarmados.
Desanimada y con tono acusador, los miró a ambos.
—El príncipe no me concederá una muerte rápida. Me esperan días, si no semanas, de tormento sin fin. —Sacudió la cabeza con rebeldía—. No pienso aguardar a que eso ocurra. —Temblando, se pasó la cinta por la nuca y la ató por delante con un nudo flojo.
—¡Eh, deja eso! —El guardia de la izquierda dio un paso hacia ella, asustado.
—Está fingiendo —desestimó el otro.
Chiara tomó aire una última vez, se preparó y tiró con fuerza de ambos extremos.
El lazo se cerró en torno a su garganta.
Resultaba incómodo, pero no lo bastante fuerte para causarle un daño real.
Contuvo la respiración y apretó los dientes, mientras se aseguraba de que la cinta permaneciera bien tensa.