La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Chiara se mordió el labio para no romper a llorar. Le había prometido a Ora que no habría ataque alguno contra su aldea. La anciana había confiado en ella, se había apoyado en ella. Solo por eso había guardado el secreto de Chiara ante Cadrim. Ahora lo pagaba con su vida.

—¿Es seguro? —preguntó Willem, conmocionado.

—Los exploradores de Ora vieron a las tropas con sus propios ojos.

—Es imposible. —Willem miró a Chiara, desconcertado—. Tenemos a su hija. ¿Cómo puede exponerla a semejante peligro?

—Porque no es su hija. —Jenna irrumpió acompañada de varios soldados—. ¡Prendedla!

A Chiara se le heló el alma mientras Jenna la atravesaba con una mirada cargada de odio.

Se había acabado. Todo se había acabado. Había fracasado en todos los sentidos.

—¡Alto! —ordenó Cadrim con energía. De pronto se erguía tan firme y fuerte como si fuera una roca contra la cual cualquier reproche, cualquier ataque contra Chiara, rebotara sin causar efecto.

Los soldados obedecieron—. ¿Qué haces aquí, Jenna?

—preguntó Cadrim con severidad—. Te dejé claro que no deseaba volver a verte en el palacio.

—¿Ni siquiera si te entrego a una traidora en bandeja de plata? —Desafiante y desdeñosa a la vez, señaló a Chiara—. ¿Por qué no le cuentas quién eres en realidad? ¿Cómo le has mentido desde el principio? —Parecía francamente encantada.

—Basta ya —la reprendió Cadrim.

—¿No te extraña que Lexor conociera el camino directo al pueblo de Ora? Por lo que sé, está apartado de la ruta. La razón es que ella le informa de cada uno de sus pasos desde que está en Laran.

—Eso es imposible. Estaba bajo vigilancia las veinticuatro horas del día.

Jenna resopló con desdén.

—Conoces el poder de Lexor; no le habrá costado nada penetrar en una mente dispuesta.

—Su poder no es ilimitado.

—Siempre hay medios y maneras. Piensa en Ora… y su magia no era nada en comparación con la de Lexor.

—Aun así. —La voz de Cadrim temblaba—. Isida jamás haría algo así.

Jenna sonrió con aire triunfal.

—Isida quizá no. Pero esta no es la hija de Lexor. No es la princesa, sino una espía que han lanzado contra ti. Y tú has caído a ciegas en su trampa. —Negó con la cabeza, compadecida.

—No es verdad… —Buscando ayuda, Cadrim se volvió hacia Chiara. Ella reconoció el dolor y la duda en su rostro.

A toda prisa relegó al fondo su propio pánico y su tristeza. Tenía que intentar salvar lo que se pudiera salvar. Chiara se levantó sin prisa y enderezó los hombros.

—Conservad al menos una parte de vuestra dignidad y dejad de difamarme, lady Jenna.

Jenna sonrió con dulzura empalagosa.

—Solo sería difamación si no tuviera pruebas.

—No las hay —insistió Chiara—. Porque vuestras palabras no son más que mentiras.

Cadrim carraspeó con impaciencia.

—Tenemos problemas más importantes ahora mismo, Jenna. Lexor está atacando los pueblos de montaña. Tenemos que movilizar a las tropas…

—Te refieres a nuestras tropas —le corrigió ella con sorna—. Y no las tendrás mientras le des más crédito a esa traidora que a mí.

—¿Pretendes chantajearme? —El fuego en los ojos de Cadrim se avivó.

Si Jenna lo notó, no se dejó intimidar. Levantó el mentón con actitud combativa.

—No. Solo quiero que de una vez me escuches.

—Entonces di lo que tengas que decir —siseó él—. Pero date prisa. Hay vidas humanas en juego.

—Acabo de recibir un mensaje de nuestro hombre en la provincia del sur.

Ya sabes que a mi hermano y a mí nos gusta estar al tanto de todo.

Hace unos meses se nombró en Acharba a un nuevo administrador, que venía directamente de Welzedon.

Me pareció una ocasión única para averiguar más acerca de nuestra estimada princesa.

Chiara se clavó las uñas en las palmas de las manos para no temblar. Iridon había abandonado la capital semanas antes que ella. No sabía nada del plan de Lexor. No podía imaginar que ella no era Isida de verdad.

—Lo cierto es que conoce a la princesa asombrosamente bien; ha pasado mucho tiempo con ella. Me contó que Isida no posee ni el menor talento para la magia mental. Algo que en Arnawal es de dominio público.

Un escalofrío gélido recorrió a Chiara.

—Mi don es tan insignificante que no quisimos divulgarlo —explicó, y se maldijo por lo insegura y temblorosa que sonaba su voz.

—¿Eso es todo? —intervino Cadrim con impaciencia—. ¿Has construido toda una conspiración a partir de eso?

—No —replicó Jenna cortante—. La princesa quizá no posea ningún tipo de magia, pero una de sus sirvientas sí.

—Su mirada rencorosa se clavó en Chiara—.

Una pequeña tejedora de palabras que creaba necias ilusiones para entretener a la princesa.

—Se volvió hacia Cadrim—. ¿No te suena de nada, querido?

Cadrim se quedó paralizado.

—¿No es una coincidencia increíble que nuestra princesa disponga de pronto del mismo don? ¿Que incluso lo utilice para deambular por el palacio sin ser vista y espiarte?

Chiara abrió los ojos, conmocionada. ¿Cómo podía saberlo Jenna?

—¿Sorprendida? —La otra mujer sonrió satisfecha—.

La próxima vez deberías ser un poco más silenciosa cuando vayas siguiendo a la gente.

De un tiempo a esta parte, un número sorprendente de personas ha hablado de fenómenos espectrales en el palacio.

Incluso yo misma tuve el placer de experimentarlo una vez.

Y, después de enterarme de tu magia, no fue difícil atar cabos.

—¿De qué está hablando? —Cadrim se volvió con lentitud hacia Chiara. En sus rasgos se reflejaban la conmoción y un dolor abismal, así como la desesperada esperanza de que ella lo desmintiera, de que lo aclarara todo.

El rostro de Chiara semejaba un témpano.

—No tengo ni idea. —Aunque Jenna había dado en el blanco con sus afirmaciones, hasta el momento no había aportado prueba alguna.

—Eso no fue todo lo que nos contó el nuevo administrador —prosiguió Jenna con calma—.

No tenía buena opinión, que digamos, de la pequeña tejedora de palabras; a ella le debe su destierro de la corte.

Se le ofreció con la intención de medrar en sociedad casándose con él.

Cuando él la rechazó, ella lo denunció ante la princesa.

En silencio, Chiara observó a la otra mujer. ¿De verdad esperaba Jenna que se delatara mordiendo aquel ridículo anzuelo?

—¿Y luego? —preguntó Cadrim con impaciencia.

—Descubrió que su familia procedía de la provincia del sur. Que su hermano vivía en una aldea a pocos días de viaje de Acharba.

Un puño invisible le oprimió la garganta a Chiara. Fuera cual fuese el objetivo de Jenna, no podía ser nada bueno.

—Por venganza contra ella, hizo que lo ejecutaran bajo un pretexto endeble.

Sin poder evitarlo, Chiara se estremeció. Con todas sus fuerzas luchó por mantener una expresión inmutable, pero no pudo reprimir las lágrimas que le brotaron en los ojos.

Marten estaba muerto. Su hermano mayor, bondadoso e inocente, estaba muerto.

El repentino silencio le zumbaba en los oídos.

Cobró dolorosa conciencia de las miradas fijas en ella.

Chiara recurrió a su magia para tejer una ilusión que ocultara su consternación, y al mismo tiempo supo que era demasiado tarde.

A los demás quizá podía engañarlos, pero Cadrim había visto el dolor en sus ojos, las lágrimas que no debían existir. La conocía demasiado bien.

Cadrim parpadeó, tambaleándose. Por un instante pareció haber recibido un golpe mortal.

—Entonces sí que es verdad… —Las rodillas le fallaron y se desplomó de nuevo en su silla.

—¡No! —gritó Chiara. Sollozando, cayó de rodillas a su lado y le tomó la mano—. No —repitió entre lágrimas—. No te traicioné, jamás. No podría hacerlo…

Un estremecimiento recorrió la figura de Cadrim. Cerró los ojos con fuerza y su respiración se volvió entrecortada. Sus rasgos parecían petrificados. Se zafó de los dedos de Chiara.

—Lleváosla —dijo con voz apagada. Cuando alzó los párpados, su mirada estaba tan muerta como su voz.

—Te amo —afirmó Chiara, desesperada, mientras la levantaban con brusquedad—. Lo siento…

—Yo me encargo… —Willem se acercó a ella con el semblante sombrío. Su decepción la golpeó casi tanto como la de Cadrim.

—No —respondió este con dureza—. Tú vienes conmigo.

—Se puso en pie con esfuerzo. Había recuperado el afán de actuar—.

Encerradla en la mazmorra y no la perdáis de vista ni un instante.

Más tarde me ocuparé de la traidora. —Se volvió hacia Soana, que seguía todo con cara de estupefacción—.

Por favor, regresad al templo, por si llegara otro mensaje de Ora.

Jenna se colocó junto a él con toda naturalidad, como si fuera lo más lógico, mientras él se dirigía hacia la puerta.

—Ya están poniendo a nuestras tropas en estado de alerta. Quedan a tu disposición.

—Esperemos que eso baste para impedir que Lexor entre en la llanura.

Chiara lo siguió con la mirada mientras él salía en tromba de la sala. Él no se volvió a mirarla ni una sola vez.

La empujaron al interior de una celda; la puerta de barrotes se cerró tras ella con un tintineo metálico. Temblando, Chiara se ciñó los brazos al cuerpo mientras sus guardias echaban el cerrojo y uno de ellos traía dos sillas en las que se sentaron frente a ella.

Parecían tomarse al pie de la letra las instrucciones de Cadrim. Había odio en las miradas que le dirigían.

No podía reprochárselo. Lo había hecho todo mal.

Su vida estaba perdida. Marten estaba muerto.

Cadrim la despreciaba y la odiaba. Ella sola era la responsable de todo aquello.

Si en su día hubiera dejado a Iridon en paz, Marten seguiría vivo.

Si le hubiera confesado antes la verdad a Cadrim, Lexor no estaría ahora arrasando aldeas pacíficas.

Y Cadrim no se estaría lanzando a una batalla imposible de ganar…

Aturdida, Chiara se dejó caer al frío suelo, mientras la culpa, la vergüenza y el miedo la arrastraban en un torbellino del que no había escapatoria. Había fracasado, lo había perdido todo. La única salida que podía esperar con ilusión era la muerte.