La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Cuando Chiara despertó con una sonrisa de dicha, Cadrim ya no estaba a su lado.

El velo del olvido bienaventurado se rasgó.

El recuerdo de la conversación con Lexor se abatió sobre ella.

Despacio, Chiara se incorporó. Cadrim, vestido de pies a cabeza y de espaldas a ella, estaba de pie junto a la ventana.

Una sensación amarga se extendió en su interior. Aquella escena le resultaba familiar, y eso dolía. La última vez no había sido distinto. Entonces, en la cabaña, después de aquellas horas hermosas e íntimas, llenas de cercanía y confianza, él le había dado la espalda sin piedad.

Temblando, Chiara bajó los pies de la cama y tomó la bata. Oyó a Cadrim volverse, pero no tuvo el valor de sostenerle la mirada. No soportaría leer de nuevo el rechazo en sus ojos.

—Lo siento. No quería despertarte.

A Chiara se le encogió el corazón.

—¿Pensabas marcharte a hurtadillas?

—¿Cómo se te ocurre eso? —Sorprendido, se sentó a su lado y le tomó la mano—.

Solo quería irme antes de que Yorrie viniera a verte.

Pero no podía marcharme sin desearte al menos los buenos días.

—Le volvió el rostro con suavidad y le sostuvo la mirada—.

Buenos días. —La besó con ternura—. ¿Has dormido bien?

—Sí. —Se aferró a la idea de que aún no era una despedida para siempre. Llevaría al menos dos días poner en práctica el plan de Lexor, quizá incluso tres. No debía permitir que la culpa o el miedo se lo amargaran—. ¿Y tú?

—Mejor que en mucho tiempo. —Sonrió—. Tengo ganas de repetirlo esta noche.

—¿Quieres volver a entrar por la ventana?

—Escalaría la cima de una montaña si tú me esperaras allí arriba. Además —sus ojos brillaron con picardía—, situé tus aposentos aquí a propósito. En todo el palacio no hay balcón más fácil de escalar.

Chiara se rio atónita.

—Pensé que tenías intención de mantenerte lejos de mí.

Él, de pronto serio, negó con la cabeza.

—Nunca quise eso. No de verdad. —Apretó las manos entrelazadas contra su pecho antes de depositar un beso en los nudillos de Chiara—. Pero ahora sí tengo que marcharme, si no quiero que me descubran. ¿Nos vemos oficialmente dentro de una hora para desayunar?

—¿Vendrás a mis aposentos?

—No. —Negó con la cabeza con un leve pesar—. Si lo hago, no podré responder de nada. —El pulgar le recorrió la mano—. Y hoy tengo realmente muchísimo que hacer. Avisaré a Samir para que te acompañe al pequeño comedor.

—¿Quién más estará allí, aparte de nosotros?

—A Chiara no le parecía buena idea encontrarse con él a la vista de los cortesanos.

Una sola mirada fuera de lugar podía dar pie a rumores.

Y no descartaba que Jenna fuera pregonando a los cuatro vientos el supuesto parentesco entre Chiara y Cadrim si veía que se le escapaba todo de las manos.

—Solo Willem. Suele hacerme compañía durante el desayuno.

Chiara sonrió aliviada.

—Lo espero con ilusión.

Aquella mañana, Chiara puso especial empeño en su aspecto. Por primera vez quería estar lo más hermosa posible para Cadrim. Yorrie le recogió el cabello de modo que unos pequeños rizos enmarcaran el rostro de Chiara, y el vestido azul oscuro hacía un bonito contraste con sus ojos.

Willem y Cadrim se pusieron en pie al entrar ella en el comedor.

La mirada ardiente de Cadrim la cautivó al instante y Chiara tuvo que obligarse a devolver el saludo afable de Willem.

El hombre, mayor que ellos, vaciló sorprendido y ella estuvo segura de que los había calado a ambos al instante.

Sonriendo, el hombre miró de reojo hacia Cadrim.

Cadrim carraspeó.

—Buenos días, Alteza. Me complace que hayáis aceptado mi invitación.

Willem puso los ojos en blanco. Chiara, titubeante, hizo una reverencia.

Sonriendo, Cadrim le apartó la silla que tenía a su lado.

—Por favor, sentaos.

—Hoy estáis encantadora —comentó Willem—. Tan radiante… como un día de primavera.

El rubor le subió a las mejillas. ¿Tenía razón Cadrim? ¿De verdad Willem lo notaba en ella? Se obligó a mantener la cabeza erguida.

—Os lo agradezco. ¿Cómo están Teera y vuestros hijos?

—Están de maravilla. —Una sombra se posó sobre su rostro—. Por desgracia, no se puede decir lo mismo de todos en Laran.

—Willem acaba de contarme que ha habido crecidas en las estribaciones de la cordillera —explicó Cadrim mientras le servía un té a Chiara—.

Los tres ríos más grandes se han desbordado.

—Parecía preocupado—. El tiempo no solo se ha vuelto loco aquí, sino también en las montañas.

Mientras que a nosotros nos azotó una tormenta de nieve, en la cordillera la temperatura es antinaturalmente suave para esta época del año.

Por eso el deshielo ha comenzado mucho antes de tiempo.

—¿Es grave?

Willem pinchó un poco de huevo revuelto.

—Conlleva no pocos problemas; las inundaciones son solo una parte. Si las plantas empiezan a brotar y después vuelve a helar, la cosecha se echará a perder.

—Como si no tuviéramos ya suficientes problemas —masculló Cadrim.

Chiara podía ver a las claras cómo otro peso se le posaba sobre los hombros. Deseaba con todas sus fuerzas poder ayudarle de alguna manera.

—No me gusta nada esto —murmuró Willem—. Cambios de clima tan drásticos no ocurren sin motivo.

Cadrim levantó la vista con brusquedad.

—¿Te refieres a…? —Negó con la cabeza—. Descartado, imposible. Ni siquiera él es tan poderoso.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Chiara, desconcertada.

Cadrim respiró hondo.

—¿Podría ser tu padre el responsable? ¿Está intentando debilitarnos influyendo en el tiempo?

A Chiara se le quedó la boca abierta.

—Yo… no lo sé. — Había historias que contaban que el rey, como vicario de Dios, podía poner fin a una sequía o a una lluvia incesante. Pero ella no estaba segura de si eran ciertas. A Lexor le gustaba colgarse medallas que no eran suyas.

—No importa —desestimó Cadrim, sombrío—. Aunque él lo provoque, no podemos obligarlo a parar. De un modo u otro tendremos que lidiar con las consecuencias.

—Tal vez tengamos suerte y todo vuelva a equilibrarse —intervino Willem—. La tormenta de nieve también duró solo unos días.

—Así que solo nos queda esperar y confiar. —Cadrim cerró el puño, frustrado—. No me gusta.

—Tenemos que sacar el mayor partido de la situación.

—Podríamos rezar —se atrevió a decir Chiara.

Cadrim la miró como si dudara de su cordura.

—Piénsalo —continuó ella con firmeza—. Tú sabes lo enormemente poderosa que puede ser la magia mental.

Y opinas que toda persona dispone de ella en cierta medida.

Si concentramos esa energía, si reunimos a los habitantes de Laran en un propósito común y orientamos su atención, si comprenden qué hacen y por qué lo hacen, ha de surtir efecto.

No otra cosa hace mi padre con su corona.

Solo que él les roba la energía a las personas antes de concentrarla.

—¿Puede funcionar algo así? —se dirigió Willem a Cadrim con escepticismo.

—No lo sé. —Al menos no rechazó la propuesta de plano—. Nunca antes se ha intentado algo así. Ni siquiera sabría cómo explicárselo a la gente o en qué tendrían que centrar su atención.

—En la armonía. —Chiara se llevó la mano al pecho y escuchó la voz que susurraba en su corazón.

¿Era esa la magia que la guiaba? ¿O era una guía divina?

¿Acaso había alguna diferencia?—. En el restablecimiento del equilibrio natural que es inherente a todas las cosas, también al clima —dijo, dando forma a lo que apenas intuía.

Cadrim asintió con un gesto pausado.

—Es un planteamiento interesante que exige bastantes preparativos.

A corto plazo no lograremos con ello una solución.

Consultaré con las sacerdotisas cómo se puede llevar a la práctica.

Tengo la sensación de que, de cara al futuro, no estará de más tener un as en la manga.

—Le tendió la palma a Chiara—. Me alegraría que me apoyaras en ello.

—Con mucho gusto. —Sonriendo, entrelazó sus dedos con los de él.

Unos golpes fuertes los hicieron dar un respingo y apartarse. Un instante después, la puerta se abrió de par en par y Soana irrumpió en el cuarto. El cabello le caía pegado a la cabeza en mechones húmedos y revueltos, el bajo del vestido embarrado, el rostro descompuesto.

—¿Qué ha ocurrido? —Alarmado, Cadrim miró a la sacerdotisa, por lo general tan sobria.

Jadeando, ella se apoyó en el respaldo de una silla.

—Hemos sido atacados. Las tropas de Arnawal han atravesado el valle de Valessa y están arremetiendo contra los pueblos fronterizos.

Cadrim palideció.

—¿Cómo lo sabéis?

—Ora me ha enviado un mensaje.

—¿Cómo está ella? —El horror le oprimió la garganta a Chiara. Pensó en todas aquellas personas alegres y hospitalarias que la habían acogido. En la anciana bondadosa de la que había aprendido tanto en las pocas horas que había pasado con ella—. ¿También han destruido su aldea?

Soana se dejó caer con pesadez sobre la silla.

—Ora percibió el rugir de la magia de Valessa. Intuyó que, sumado al deshielo antinatural que azota la cordillera, eso solo podía significar un gran ataque.

—Entonces nuestra tormenta de nieve solo fue un efecto secundario —murmuró Cadrim, conmocionado, al comprenderlo—. Lexor ha manipulado el tiempo en las montañas para hacer transitables los caminos a su ejército.

—Así es —prosiguió Soana, sombría—. Los exploradores que Ora envió confirmaron esa sospecha.

El grueso de las tropas ya había cruzado el valle y se encontraba a medio camino del asentamiento de Ora.

Ella mandó lejos a su gente, para que se pusieran a salvo y avisaran a los demás pueblos. Después nos informó.

—¿Cómo?

La tristeza en el rostro de Soana se hizo más honda.

—Ora ha empleado en ello gran parte de su energía vital.

—¿No ha huido? —Cadrim, si cabe, palideció aún más.

Una lágrima resbaló por la mejilla de Soana.

—Es demasiado anciana. Dijo que solo entorpecería a los demás. Y consideraba más importante advertirnos que… —su voz tembló—, que salvar su propia vida.