La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 15 #6
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Capítulo 15 #6

Cadrim buscó sus labios. Esta vez su beso fue tierno y leve. Aun así, Chiara sabía que se convertiría enseguida en algo más si uno de los dos daba el primer paso.

Por desgracia, justo en el instante en que ella deslizó la mano hacia la cadera de Cadrim, su estómago rugió.

Una expresión de culpa se dibujó en su rostro.

—Te he privado de la cena.

—No pasa nada —dijo ella, restándole importancia—. Ahora mismo no me apetece nada comer. —Alzó el rostro para besarlo.

Cadrim sonrió.

—Una cosa no excluye la otra —prometió. Sus ojos brillaron con promesa.

—Está bien. —Chiara se incorporó y cogió su bata.

—¿Qué te propones? —preguntó él, desconcertado.

—Pedirle a uno de los guardias de la puerta que me traiga un tentempié.

—Ni hablar. —Cadrim se irguió con energía—. No puedes salir así. —Señaló indignado la fina bata con la que ella se había envuelto el cuerpo desnudo—. Además, quiero que tu resplandor sea solo para mí.

—¿Qué resplandor?

— Ese resplandor. —La giró hacia su espejo.

Aunque el fuego titilante de la chimenea distaba de iluminar la habitación por completo, Chiara no podía negar el brillo de sus ojos.

—Tienes pinta de que alguien acaba de hacerte muy feliz —le ronroneó Cadrim al oído, satisfecho—. Cualquier hombre lo reconocería de inmediato.

A ella le pareció que él exageraba sin medida.

—¿Prefieres salir tú? Estoy segura de que con eso se cortaría cualquier especulación de raíz. O bien —se giró hacia él y entrelazó las manos en su nuca—, renunciamos a la cena y pasamos directamente al postre.

—Una idea tentadora —admitió Cadrim en voz baja—. Que, por desgracia, no puedo permitirme. —Agarró su camisón y lo desplegó ante sí—. Me temo que hoy ya no podrás ponerte este. —Estaba todo arrugado y empapado—. ¿Tienes otro? —Se dirigió a su armario y lo abrió.

—Sí, espera. —Chiara lo siguió y cogió un camisón limpio de la pila.

—¿No tienes alguno menos transparente? —preguntó Cadrim con mal humor.

Ella no entendía cuál era el problema. La tela casi no dejaba ver nada.

—Es todo lo que el bondadoso príncipe de Laran ha puesto a mi disposición.

—No tiene gracia —gruñó él—. ¿Te ha visto alguno de esos tipos con él puesto?

Chiara tuvo que morderse una sonrisa.

—No te creía capaz de comportarte como un tirano celoso.

—¿Te has mirado alguna vez en el espejo? —Cadrim le quitó el camisón de las manos—. Déjame —pidió en un tono mucho más suave, mientras le deslizaba la bata por los hombros y la ayudaba a meterse en el camisón. Le abrochó con cuidado todos los botones hasta el cuello.

—¿No estás exagerando un poco?

—No. —La envolvió en la sedosa bata—. Será para mí un placer especial volver a desabrochar todos esos botones.

Una agradable expectación hizo que un escalofrío le recorriera el cuerpo a Chiara.

—No puedo esperar.

Cadrim dio un paso atrás y la observó con aire evaluador.

—Sigues estando para comerte —se quejó.

Sonriendo, Chiara se dirigió a la puerta mientras él desaparecía en el baño. Trató de controlar su sonrisa de felicidad y fracasó de forma estrepitosa. Rápidamente se aseguró de que Cadrim no la estuviera mirando y tendió una ilusión sobre sus rasgos que la hacía parecer más apagada y demacrada.

Acto seguido abrió la puerta y le pidió a Samir que le trajera un tentempié, porque ya se encontraba un poco mejor.

Apenas había cerrado la puerta cuando, de pronto, la voz de Lexor resonó en su cabeza.

Me alegra que hayas hecho tan buenos progresos con el príncipe.

Chiara se quedó petrificada del susto. Majestad , balbuceó sorprendida. ¿Cuánto habría captado de lo que acababa de ocurrir? ¿Cómo había podido colarse en su cabeza sin que ella lo notara?

¿Qué tal si la próxima vez os divertís en su despacho? Así matarías dos pájaros de un tiro.

Chiara no estaba segura de si aquello era cínico o iba en serio. El pánico y la vergüenza inundaron su cuerpo.

Lo que hagas con él me trae completamente sin cuidado, siempre que me proporciones la información que necesito , prosiguió Lexor sin piedad. Mañana irás al templo y le entregarás la huella de la llave a la mujer que se te dé a conocer allí.

Horrorizada, Chiara comprendió que se le había acabado el tiempo. No estoy segura de que mañana ya pueda funcionar…

Encárgate de que así sea , la cortó Lexor. Y si en lugar de eso te atreves a traicionarme y a contarle al príncipe la verdad sobre ti, te enviaré a tu madre a Laran en pedacitos, repartidos a lo largo de meses.

Chiara soltó un jadeo.

—¿Va todo bien? —Cadrim salió del baño. Se había envuelto una toalla en torno a las caderas.

No consiento que jueguen conmigo, le advirtió Lexor con seriedad. ¿Nos hemos entendido por fin?

Sí, Majestad. Chiara bajó la cabeza para que Cadrim no le notara el miedo ni las lágrimas.

—¿Qué pasa? —Al acercarse, la miró sin comprender.

—Nada. —Se arrojó contra su pecho y apoyó la mejilla en él.

—¿Ha ocurrido algo? —insistió él, preocupado—. ¿Ha dicho algo alguno de los guardias?

—No. —Se obligó a calmarse—. Es solo que todavía no puedo creer mi suerte. —Valiente, alzó la vista hacia él.

—¿Por eso lloras? —No parecía convencido y la ternura de su mirada le partió el corazón.

—Sí. —Volvió a acurrucarse contra él—. ¿Tú nunca has llorado de alegría?

Un golpe en la puerta liberó a Cadrim de una respuesta. Chiara lo apartó en silencio y abrió la puerta para recibir una bandeja con pan, carne, queso, fruta y té.

Mientras regresaba con Cadrim al dormitorio, en su cabeza reinaba un caos absoluto. Lo único que sabía con certeza era que sus horas felices con él estaban contadas, al margen de si lo traicionaba o le contaba la verdad.

Aquello era tiempo prestado, y ella estaba resuelta a sacarle el máximo provecho.