Capítulo 15 #4
A Cadrim se le dilataron las aletas de la nariz con fastidio, pero la soltó sin replicar.
—Despáchala —le susurró con voz espesa—. Te espero en tu dormitorio.
Un fuerte cosquilleo recorrió a Chiara, pero no tuvo tiempo de pensar en lo que aquello podía significar.
—¡Adelante! —llamó alterada, mientras Cadrim desaparecía por fin tras el umbral.
—¿Va todo bien? —Yorrie entró con recelo—. ¿Hay alguien con vos?
—Por supuesto que no.
La mirada de la doncella recorrió la apariencia desaliñada de Chiara, las manchas húmedas en su vestido y las huellas mojadas en el suelo.
—No me encuentro muy bien. —Sin pensarlo, Chiara comenzó a tejer una ilusión—.
Tengo un poco de náuseas. —Se miró en el espejo—.
Mira qué pálida estoy. —Se llevó una mano a la mejilla ardiente.
Los ojos de Yorrie se abrieron compasivos—.
He salido un momento al balcón con la esperanza de que el aire fresco me ayudara —continuó Chiara con voz débil.
—He oído voces. —Yorrie miró de soslayo hacia el dormitorio.
—No puede ser. —Chiara intensificó el flujo de su magia—. Estoy sola. —Mantuvo firme la imagen de la alcoba vacía—. Aparte de nosotras dos, no hay nadie aquí. —Se rodeó los hombros con los brazos, como si tuviera frío—. ¿Puedes encenderme la chimenea de la alcoba? Quisiera acostarme.
—Por supuesto. —Las últimas dudas de Yorrie se disiparon. Se dirigió a la habitación contigua y se arrodilló ante la chimenea. Chiara la siguió, procurando no buscar a Cadrim con la mirada para no destruir la ilusión.
—¿Llamo a un sanador? —preguntó Yorrie cuando el fuego empezó a arder con fuerza—. ¿O os traigo un té?
—Por favor, discúlpame ante la princesa Enora. Muy a mi pesar, hoy no podré acompañarla en la cena. Por lo demás, no necesito nada, gracias. Me voy directamente a la cama.
—Por supuesto. —Yorrie asintió—. Que descanséis y os mejoréis.
—Hasta mañana. —Chiara esperó a que la puerta de entrada se cerrara tras ella antes de hacer desaparecer la ilusión.
Cadrim se apoyaba en silencio contra la pared del fondo de su alcoba.
—No sabía que fueras una mentirosa tan consumada.
Un escalofrío gélido recorrió la columna vertebral de Chiara. Aquel tono no presagiaba nada bueno. Intentó esbozar una sonrisa pícara.
—Es que estaba de lo más motivada. —Dio un paso hacia él.
Cadrim la observó pensativo.
Chiara tragó saliva.
—¿Qué pasa?
—Ha mirado directamente a través de mí.
—¿Habrías preferido que te descubriera?
—Por supuesto que no. Solo que no sabía que fueras capaz de algo así. Eso es… —Sacudió la cabeza, como si quisiera ahuyentar un pensamiento molesto y en extremo desagradable.
Chiara se detuvo. Del ambiente juguetón y apasionado entre ambos ya no quedaba nada. Se rodeó la cintura con los brazos.
—¿El qué es?
—Asombroso y… un poquito espeluznante. Quiero decir —resopló atónito—, ¿cómo podré estar seguro alguna vez de si lo que veo es verdad o no?
—Confiando en mí. —Lo miró desafiante—. Desde el principio supiste qué magia llevo dentro. No te molestó cuando te salvé con ella en el valle fronterizo. Y también ahora solo lo he hecho para protegerte a ti y a tu posición. No te he pedido yo que vinieras.
Una expresión consternada le cruzó el rostro.
—Lo siento. Solo me sorprendió. No sabía que tus ilusiones pudieran hacer desaparecer a personas.
—No pueden. Tú sigues aquí. —Dio otro paso vacilante hacia él—. Está oscuro, apenas se te veía. Además, Yorrie confía en mí, no hizo falta mucho para convencerla.
—Tienes razón. —Se acercó a ella y le rodeó las caderas con los brazos, vacilante—. Por favor, perdóname. He exagerado. Y eso que yo soy el último que debería juzgar a los demás por su magia. Si yo mismo no tengo controlada la mía.
—No pasa nada, lo entiendo. —Chiara se acurrucó contra él para que no le viera la mala conciencia en los ojos. Con sus sospechas había dado de lleno en el blanco.
—¿Entonces no estás enfadada conmigo? —murmuró él contra su coronilla.
Ella negó con la cabeza.
—¿Ni siquiera por haberte privado de la cena con mi madre?
—No. —Sonriendo, se apretó más contra él—. Tú eres todo lo que necesito.
Cadrim le alzó la barbilla con suavidad. El fuego de sus ojos resplandeció.
—Dilo otra vez —le pidió con voz rasposa.
Chiara se sumergió en su mirada.
—Eres todo lo que quiero en la vida. —Se le ensanchó el corazón. Decirlo en voz alta la colmó de una alegría profunda, asombrada, y de un saber mucho más amplio que su entendimiento.
Los dedos de Cadrim le acariciaron el rostro con parsimonia.
—Sí —susurró fascinado—. Yo siento justo lo mismo por ti. Cuando estás conmigo, todo lo demás carece de importancia. —Inclinó el rostro y la besó hondo y con ternura—. No quiero volver a estar sin ti nunca más.
—Y yo tampoco sin ti —logró articular Chiara. Tenía que decírselo. Simplemente tenía que hacerlo.
Las manos de Cadrim recorrieron su cuerpo, mientras su lengua exploraba con avidez posesiva su boca e invitaba a la suya a una danza sensual y embriagadora. Un gemido profundo escapó de su garganta y resonó en su cuerpo.
Una parte de ella sabía que tenía que confesárselo, que cada segundo que tardara en hacerlo era una traición.
Al mismo tiempo, otra parte le suplicaba a la desesperada que disfrutara una última vez de lo que estaba ocurriendo.
En cuanto le contara la verdad a Cadrim, destruiría todo lo que sucedía entre ellos.
Mañana sería otro día. Mañana, por fin, le diría la verdad.
A Chiara se le saltaron las lágrimas.
Por supuesto, Cadrim se dio cuenta.
—¿Qué pasa? —Se detuvo preocupado y se apartó de ella tan de golpe como si se hubiera quemado—. ¿Soy demasiado impetuoso, no deseas esto?
—Sí. —Le hundió la mano en el cabello y, entre lágrimas, sostuvo su mirada ardiente—. Lo deseo más de lo que jamás haya deseado nada. Te quiero a ti con todo lo que ello conlleva. —Las gotas saladas se desprendieron de sus pestañas y Cadrim se las besó con ternura.
—¿De verdad es eso todo? —La miró atento al rostro.
—Sí. —Chiara había tomado su decisión. Esa noche quería ser por última vez la mujer a la que él tanto amaba. Atrajo su cabeza hacia sí y lo besó con plena entrega.
Sin separarse de ella, Cadrim la alzó en brazos y la llevó hasta la cama, donde la depositó con delicadeza.
Con expectación y un poco nerviosa, Chiara alzó la vista hacia él.
Esto era distinto a su encuentro en la cabaña de caza.
Entonces habían sido la situación y sus sentimientos los que los habían arrollado.
No estaba planeado, ni debía tener significado alguno.
En cambio, esto ocurría con plena intención.
Y si ella fuera realmente quien fingía ser, tendría un significado enorme para los dos.
Cadrim se sentó a su lado y Chiara apartó todas las preocupaciones y dudas. Había tomado su decisión. Quería saborear la felicidad al menos una vez en toda su plenitud, antes de que se hiciera añicos en mil pedazos.
Estiró los brazos hacia Cadrim a modo de invitación, pero él negó suavemente con la cabeza, sonriendo. En su lugar, alcanzó los botones de la parte delantera de su vestido y comenzó a desabrocharlos con lentitud, casi con solemnidad.
—Quédate ahí tumbada —le pidió con un murmullo grave, y el brillo de sus iris se intensificó. Su mirada se posaba hipnotizada en el nacimiento de su pecho, que iba apareciendo bajo sus manos.
Ella percibía con extrema claridad el calor de sus dedos y cada caricia.
Un cosquilleo le recorrió el cuerpo. El anhelo de sus besos se hacía aún más intenso porque sabía que aún no debía ceder a él.
Chiara se mordió el labio mientras observaba a Cadrim descubrirle el torso poco a poco, viendo cómo se le oscurecían los ojos y se le aceleraba la respiración.
Por fin llegó al último botón, a la altura del ombligo. Sus nudillos la recorrieron una vez por delante, desde la clavícula hasta el vientre. Sin poder evitarlo, Chiara se arqueó hacia la caricia y vio cómo Cadrim tragaba saliva.
Con delicadeza, le deslizó el vestido por los hombros, rozando cada centímetro de piel a su paso. Chiara se estremeció, tanto por su magia chispeante como por la mirada ardiente con la que la contemplaba.
Ya no pudo contenerse más y se deslizó fuera de las mangas, ignorando el tirón de los músculos lesionados.
—Ven aquí. —Le puso las manos sobre los hombros, apremiante.
En lugar de obedecer, él le besó el antebrazo y volvió a recostarla en la cama.
—Todavía no. —Le acarició el cuello, los costados, bajó hasta las caderas, las levantó y le quitó el vestido del todo.
Vestida solo con su ropa interior, Chiara yacía ante él, expectante.
El calor se acumulaba en su bajo vientre.
Sus pezones presionaban con urgencia contra la tela que los cubría.
A Chiara le costó mucho no suplicarle a Cadrim que la tocara.
Por suerte, él la entendió de todas formas.
La cama crujió cuando se tumbó a su lado y le envolvió el pecho con la mano.
Chiara inspiró con un silbido cuando una ola de placer la atravesó.
El pulgar de Cadrim jugueteó con su sensible punta y ella se mordió el labio inferior para no gemir en voz alta.
Sus dedos se deslizaron bajo la banda elástica en torno a su pecho y Chiara atrajo su cabeza hacia sí para besarlo con avidez.
Introdujo la lengua en su boca, mordisqueando y succionando sus labios.
Cadrim se estremeció. Por un instante, su mano descendió hacia sus nalgas y le presionó con fuerza el abdomen contra el suyo. En la cabaña no se había atrevido a algo así.
Animada por ello, Chiara también abandonó su reserva. Le sacó el faldón de la camisa de los pantalones.
—Quítate eso —le pidió con voz ronca.
Los ojos de Cadrim se abrieron, sus caderas se impulsaron de nuevo hacia delante y obedeció. En un instante se desprendió de la camisa antes de inclinar la cabeza hacia su pecho, descubrirlo y empezar a acariciarlo con la lengua y los dedos.