Capítulo 15 #3
—Me las arreglaré. —Esbozó una sonrisa torcida—. Ya soy mayorcito.
Chiara sabía que jamás conseguirían hacerle cambiar de opinión. Al menos no tenía que preocuparse de que se resfriara.
—Cuídate. —Le acarició el brazo.
—¡Ha dejado de nevar! —se oyó de pronto un grito de alegría.
Todas las cabezas se volvieron hacia las ventanas. En efecto, la intensidad de la nevada disminuyó deprisa. En cuestión de minutos, solo caían al suelo unos pocos granos dispersos.
Enora sonrió satisfecha.
—¿Te irás ya a dormir, por favor?
En lugar de responder, Cadrim entornó los ojos.
—¿No os parece extraño?
—Nada es tan voluble como el tiempo —citó Enora un viejo refrán—. Sé que tienes poca experiencia con esto, pero en las montañas yo lo viví a menudo en mi juventud. A veces entre una tormenta de nieve y un sol radiante apenas median unas horas.
Cadrim se mostró escéptico.
—Esperemos que solo sea eso. —Agotado, se pasó la mano por la frente—. De acuerdo, me tumbaré unas horas. Despertadme de inmediato si ocurre algo fuera de lo común.
—Me las arreglaré —respondió Enora, divertida—. Mantuve el puesto sola durante casi un año en tu ausencia.
—Lo sé. —Le apretó la mano a Chiara a modo de despedida—. Nos vemos luego.
Ella lo miró alejarse mientras se abría paso entre la gente sentada en el suelo.
Se moría por ir tras él. Aquel breve encuentro no había hecho más que reavivar el anhelo dentro de ella.
No se había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos.
Cuando se volvió, se encontró con la mirada atenta y preocupada de Enora.
—Parecéis tenerle mucho cariño a mi hijo —dijo la princesa en voz baja.
—Así es. —Chiara no vio motivo para negarlo.
La compasión se reflejaba en los rasgos de Enora, pero su voz se mantuvo dura.
—Espero que no dejéis que eso os nuble el buen juicio.
—¿Qué queréis decir? —Chiara intentó no dejar traslucir nada.
—Este matrimonio, si llegara a celebrarse, no debe ser jamás más que una alianza meramente política.
¿Sabía la princesa viuda que Chiara estaba al tanto del secreto de Cadrim y quería recordarle el riesgo que él corría con ello? ¿O quería advertir a Chiara para que no entregara el corazón a un hombre al que no debía amar?
Fuera como fuese, sus palabras llegaban demasiado tarde.
—Conozco mi deber —respondió Chiara con aplomo—. Haré todo lo posible por apoyar a Cadrim.
—¿Aunque eso signifique protegerlo de sí mismo?
—Sí. —Chiara sostuvo con seriedad su mirada inquisitiva—. También entonces.
Hacia el atardecer, la nevada no solo había cesado por completo, sino que un cálido viento del oeste trajo consigo incluso una intensa lluvia, que convirtió primero las masas de nieve en barro gris y luego las hizo desaparecer sin dejar rastro durante la noche.
Laran respiró aliviada. La gente estaba mucho más acostumbrada a la lluvia que a la nieve. En dos días, la vida normal regresó a la ciudad. Con horror, Chiara pensó que con ello había vencido el plazo de gracia que Lexor le había dado.
El rey le había comunicado que, en cuanto reanudara sus visitas al templo, enviaría allí a una persona de contacto.
A ella debía entregarle Chiara la huella de la llave, para recibir al día siguiente la llave terminada.
La noche del allanamiento exitoso debía desaparecer del palacio, siempre que sus resultados convencieran a Lexor.
La desesperación de Chiara crecía. En su cabeza ideaba un plan tras otro, solo para descartarlos todos de inmediato.
No se trataba de su propia vida. No necesitaba la ayuda de Lexor para escapar del palacio. Con su magia, le resultaría sencillo desaparecer en Laran. Sin el anillo en su dedo, Lexor no tendría modo de localizarla. Al menos eso esperaba.
Pero no podía abandonar de ese modo a Cadrim. Eso le asestaría un golpe del que no se recobraría tan pronto. Por no hablar de que removería cielo y tierra para encontrarla. Desperdiciaría tiempo y recursos valiosos en ello.
Por supuesto, podía dejarle una nota en la que se lo explicara todo.
Innumerables veces había empezado a redactar esa carta en su cabeza, aunque sabía que nunca la escribiría de verdad.
No se hacía ilusiones sobre lo que les esperaba a los suyos si se negaba a obedecer las órdenes de Lexor.
La pena capital por alta traición sería el mal menor.
Una y otra vez pensaba en decirle sin más la verdad a Cadrim y confiar en que la amara lo suficiente como para perdonarla. En que juntos encontraran una solución para poner a salvo a sus seres queridos antes de que Lexor atacara.
Pero no quería apostar la vida de su familia a esa mínima posibilidad.
Otra idea fue tomando forma poco a poco en su mente.
¿Y si lograba engañar a Lexor? ¿Si le mostraba un recuerdo que jamás había ocurrido así?
Podía intentar proporcionarle información falsa sobre los planes de Cadrim, advertir de algún modo a su madre y desaparecer antes de que la verdad saliera a la luz.
Su familia era y seguiría siendo el eslabón más débil de ese plan.
Incluso si se sincerara con Cadrim y él estuviera dispuesto a ayudarla, su madre y sus hermanos seguirían a merced de Lexor. Ojalá tuviera la capacidad de Lexor para penetrar en los pensamientos ajenos. Por desgracia, su don se limitaba a tejer ilusiones.
¿O no?
Podía alcanzar a Lexor con su mente. ¿Se debía eso al don del propio Lexor, a la corona o al anillo que ella llevaba en la mano?
¿Y si la magia mental no era más que la capacidad de canalizar la energía que todos los seres humanos irradian y orientarla con la propia concentración? En ese caso, debería ser posible utilizar esa energía para distintos fines.
Cada rey que había gobernado Arnawal hasta entonces disponía de un poder determinado, muy marcado.
Pero eso no era todo. Había suficientes relatos sobre otros prodigios que, según se decía, habían obrado los descendientes de Welzelin.
Por supuesto, era posible que se tratara de meras palabras vacías.
Pero también podía ser la salida que ella buscaba con tanta urgencia.
Chiara cerró los ojos y se concentró en Cadrim. Era el sujeto de prueba más inocuo. Si lograba enviarle un mensaje mental, sabría que era posible. Quizá Lexor necesitara el anillo para localizar la mente de Chiara. Ella se dejaría guiar por su amor.
Chiara dirigió su atención al despacho de Cadrim y se concentró en percibir si lo encontraba allí.
A continuación se desplazó hasta su alcoba, al comedor, recorrió los pasillos en su busca.
Una o dos veces creyó percibir una chispa de reconocimiento, pero esta desaparecía de inmediato cuando intentaba retenerla.
Desanimada, Chiara abrió los párpados. Así pues, eso no estaba en su poder.
Entretanto, había caído el crepúsculo. No se había percatado de cuánto tiempo había transcurrido en su infructuoso intento.
Chiara se dirigió a la puerta para hacer llamar a Yorrie.
En agradecimiento por su ayuda durante la tormenta de nieve, la princesa Enora la había invitado a cenar con ella y sus damas de la corte.
Chiara suponía que la princesa quería más bien tenerla controlada para poder valorarla mejor.
Pero no quería ofender a la madre de Cadrim.
Además, era una buena oportunidad para averiguar más sobre lo que sucedía en la corte.
Tenía ya casi la mano en el pomo cuando un ruido la hizo volverse. Sonaba como si alguien estuviera llamando a la puerta de su balcón. Y así fue: allí descubrió, inquieta, una figura oscura. Chiara abrió la boca para llamar a los guardias cuando reconoció a Cadrim. Curiosa, se acercó.
Él estaba bajo la lluvia torrencial con una amplia sonrisa. El agua le goteaba de la nariz y el pelo le brillaba mojado. Eso no parecía empañar su buen humor. Dio unos golpecitos en el cristal con el dedo índice.
Sorprendida, Chiara abrió la puerta y retrocedió cuando él entró chorreando.
—¿Qué haces aquí? —Dado su estado de ánimo distendido, supuso que no se trataba de una emergencia.
—Quería verte. —La tomó en sus brazos con ímpetu.
—Tenemos pasillos. Además, estás mojado. —Se zafó de su abrazo y bajó la mirada hacia las manchas húmedas en su vestido.
—Me temo que está arruinado. —La siguió sonriendo—. Por desgracia, tendrás que quitártelo.
A Chiara se le arquearon las cejas, escandalizada.
—Cad.
—Chsss. —Se llevó un dedo a la boca—. Me he esforzado mucho por llegar hasta ti sin que me viera nadie.
Por favor, no me arruines la entrada. —Le buscó la mano y le plantó un beso en ella—.
Te echo de menos. —Su tono ya no tenía nada de juguetón—.
A veces te echo tanto de menos que no puedo respirar.
Noche tras noche me quedo despierto pensando en ti.
—De nuevo una sonrisa le rozó los labios—.
Y eso que soy un hombre muy importante que necesita dormir con urgencia.
Así que he decidido hacer algo al respecto.
—Se acercó y le apartó un mechón de la cara—. ¿Cuánto hace que no te beso?
—Ha sido esta misma mañana —balbuceó Chiara. Había pasado a verla y, como Yorrie estaba allí, había saludado a Chiara con un fugaz beso en la mejilla.
La intensidad de su mirada le hizo flaquear las rodillas.
—Me refiero a un beso de verdad. —La atrajo de nuevo hacia sí y presionó su boca con exigencia contra la suya.
Con un suspiro de entrega, Chiara abrió los labios y le devolvió el beso. Cadrim hundió una mano en su cabello y, con la otra, la apretó aún más contra su cuerpo, duro como el acero y empapado. Chiara ya no protestó. El calor que él irradiaba secaría la ropa en un santiamén.
La lengua de Cadrim se deslizó hambrienta entre sus dientes. La empujó hacia atrás hasta que sus pantorrillas chocaron contra el borde del sofá. Chiara se dejó caer en el asiento y arrastró a Cadrim consigo. Lo anhelaba tanto que dolía.
Un golpe en la puerta la hizo detenerse sobresaltada.
—Es Yorrie —susurró mientras apartaba a Cadrim de sí con energía—. Rápido, no debe verte. —Si la madre de Cadrim se enteraba de esto, o Jenna…