Capítulo 15 #2
La determinación en su rostro puso a Chiara nerviosa de pronto.
—¿Qué pretendes?
Con el pulgar le apretó los dedos y le envió un cosquilleo directo al corazón. Cadrim capturó su mirada.
—Si tengo que elegir entre la corona de Arnawal y tú, te elijo a ti. Al cien por cien y sin dudarlo.
Chiara parpadeó, porque de pronto se le llenaron los ojos de lágrimas. Lo decía en serio.
Ella significaba para él más que el poder o la dignidad real. Le importaba más que el honor o las reglas.
Nadie le había concedido jamás esa prioridad. Nunca antes se había sentido tan amada, tan vista, tan elegida. El hecho de que de ello nunca pudiera nacer nada no cambiaba la abrumadora felicidad que la embargaba.
—¿Qué dices? —Cadrim la miró interrogante.
—¿A qué? —Tragó saliva, conmovida.
—Sin la corona de Arnawal no hay motivo para hacer pública mi procedencia.
Nadie tiene por qué saber quién era realmente mi padre.
—Le acarició la mejilla—. Podríamos estar juntos, casarnos, si tú quieres.
—La súplica en su mirada era más de lo que ella podía soportar—.
No me importa que seamos parientes —prosiguió febril cuando ella negó despacio con la cabeza—.
Al fin y al cabo, no eres mi hermana. Por favor, dime que tú también puedes pasar por alto eso.
—Una vulnerabilidad sin límites brillaba en sus ojos.
Desnudaba su alma ante ella. Porque lo que de verdad le pedía era que lo amara tanto, que lo eligiera tanto, como él hacía con ella.
Chiara respiró hondo, temblando. No había nada que tuviera que pasar por alto. Ese obstáculo que tanto lo atormentaba, en realidad, no existía. Pero ya era demasiado tarde.
—Ya no podemos mantener esto en secreto.
—Claro que podemos —la contradijo con energía—. Ni Willem ni Malik dirán nada. Y ya encontraré una manera de contentar a Jenna y a su hermano.
Chiara lo dudaba mucho. Si Jenna se daba cuenta de que no podría tener a Cadrim bajo ningún concepto, no se detendría ante nada para vengarse de él. Aun así, su mayor preocupación no era ella.
—La carta a mi padre está en camino…
—No. —Cadrim metió la mano en el bolsillo del pecho y sacó el sobre—.
Quería consultarlo con la almohada una noche más antes de enviarla.
—Lo acercó a la llama de la vela que titilaba sobre la mesa del desayuno y observó cómo prendía.
Por un momento sostuvo el papel en llamas en alto como una antorcha, luego lo arrojó a un plato vacío, donde se deshizo en copos de ceniza negra.
Cadrim sonrió aliviado y metió la mano en el otro bolsillo.
—Ahora depende de ti… Si te basta con una vida como princesa de Laran a mi lado, sería inmensamente feliz pudiendo desposarte.
Con los ojos muy abiertos, Chiara se quedó mirando el precioso anillo que él le ofrecía. Se sentía como un animal acorralado.
La sonrisa se desvaneció de los labios de Cadrim y la decepción se apoderó de sus rasgos.
—No me quieres —murmuró consternado.
—¡Sí! —exclamó ella desesperada y lo retuvo cuando él empezó a apartarse—.
Más de lo que puedas imaginar. —Las lágrimas le nublaron la vista mientras buscaba una salida, una excusa, cualquier cosa con que explicar su comportamiento.
Tragó saliva con dificultad—. No deberíamos precipitarnos.
La situación de Laran es de todo menos estable.
No puedes ofender aún más a Jenna ahora.
Puede hacerte mucho daño si se lo propone.
Cadrim la miró escrutador.
—¿Te preocupas por mí y por mi país?
—Sí. —Le cerró con firmeza los dedos alrededor del anillo de compromiso—. Guárdalo por mí un tiempo más.
—¿De verdad es eso todo?
—Sí. —Sorbió un poco por la nariz.
Cadrim volvió a guardar despacio el anillo en su bolsillo.
—¿Entonces no te molesta que haga esto? —Se inclinó y besó sus labios, al principio con vacilación, luego con cada vez más audacia.
No, no le importaba en absoluto. Las lágrimas le brotaban de los ojos mientras correspondía su beso con desesperación.
Él le retiró con ternura las gotas saladas.
—Todo irá bien —murmuró Cadrim contra sus labios—. Encontraremos una solución.
Ella deseaba poder creerle.
Sus besos se volvieron más exigentes, más intensos.
Sus manos le recorrieron el cuerpo. Sus iris volvieron a arder en aquel hermoso verde azulado y el calor que irradiaba le provocaba un agradable cosquilleo en la piel.
Aunque a Chiara no había nada que le apeteciera más que entregarse a él y al fuego que encendía en su interior, se separó de él.
— ¿Has averiguado algo sobre los guerreros dragón? —Fascinada, le acarició con los dedos el rabillo del ojo.
Él torció el gesto.
—Vuelvo a brillar como una maldita antorcha, ¿verdad?
A Chiara se le escapó media sonrisa.
—A mí me parece precioso, pero estaría más tranquila si supiera por qué ocurre. —Dudó—. Sobre todo porque puede que no seas el único al que le pasa.
—¿A quién más has besado además de a mí?
—Lo digo en serio. —Chiara se incorporó—. Creo que he visto algo parecido en Malik, aunque, claro está, mucho más atenuado…
—¿Malik?
—Sí. Se sentía culpable por no haber estado conmigo cuando ocurrió el ataque. Y vi chispas en sus ojos.
—¿Estás segura? —Cadrim frunció el ceño.
—No. —No lo estaba—. También podría haber sido un reflejo de luz.
—Seguro que no fue más que eso. Malik nunca ha mostrado el más mínimo don para la magia mental.
—¿Crees entonces que se debe a eso? ¿A tu magia mental?
—¿Qué otra cosa podría ser? —Sonaba como si no quisiera pensar demasiado en ello.
—No lo sé. ¿Es habitual que un don evolucione de repente? —El suyo lo hacía, desde luego, pero eso se debía a que el rey Lexor ya no se lo arrebataba día tras día.
—Ni idea. —Cadrim le apartó un mechón de pelo de la cara—. Si te soy sincero, ahora mismo me ocupan cosas muy distintas. —Le puso una mano en la nuca y volvió a atraer a Chiara hacia sí.
Sin embargo, en lugar de besarla, se detuvo de pronto. Su mirada la rebasó, hacia la ventana.
—¿Qué dem…? —Cadrim se levantó desconcertado. Chiara también se giró. Tardó un momento en darse cuenta de lo que tanto lo había sorprendido. Fuera, pequeños copos de nieve caían sin prisa hacia el suelo.
—Está nevando —comentó ella, encantada. Adoraba la nieve, siempre que no la sorprendiera en plena travesía de la cordillera.
—Sí. —Cadrim no parecía tan entusiasmado. Se acercó a la ventana—. En Laran casi nunca nieva. La última vez fue hace más de veinte años.
Chiara se colocó a su lado y apoyó la mejilla en su hombro.
—¿Nunca has jugado en la nieve? Pues ya es hora.
Él se quedó mirando los copos blancos como hipnotizado.
—Eso no va a ocurrir. Seguro que la nieve no cuaja.
Cadrim se equivocó. La nevada se intensificó en el transcurso de las horas siguientes.
Las temperaturas bajaban sin cesar y Chiara tuvo que añadir leña a su chimenea una y otra vez.
Yorrie seguía embobada frente a la ventana, mientras a Chiara le iban calando poco a poco las consecuencias del repentino cambio de tiempo.
La gente de Laran no estaba preparada para algo así. Sus casas no eran lo bastante cálidas.
Durante tres días, la tormenta de nieve tuvo a Laran atenazada.
En ese tiempo, Cadrim apenas vio a Chiara.
Retiraron a los guardias de Chiara, salvo a Samir; todos los hombres disponibles ayudaban a poner orden en el caos.
Había que despejar los tejados de nieve para que no se hundieran, y se repartía leña.
La princesa Enora habilitó un refugio de emergencia en la sala de asambleas del castillo para todos aquellos que ya no tenían un alojamiento seguro. Chiara colaboraba allí cuanto podía.
La preocupación por cuánto durarían la nevada y el frío se cernía como una nube amenazante sobre Laran.
Chiara estaba repartiendo té caliente en la gran sala junto a la princesa Enora cuando sintió una ráfaga de aire helado. Cadrim se dirigía hacia ellas a paso rápido. Llevaba el abrigo tan cubierto de nieve que parecía un yonra: imponente, fiero y blanco.
Mientras caminaba, se desenrolló la bufanda de la cara, se detuvo un instante ante su madre y le besó la mejilla, antes de hacer lo mismo con Chiara.
Tenía los labios agrietados y fríos, y gotas heladas se le pegaban al pelo revuelto.
Aun así, a Chiara le pareció que una luz deslumbrante se le encendía en el corazón. Cadrim le apretó la mano con ternura.
—¿Cómo está la situación? —Su madre carraspeó en señal de advertencia. Su mirada pasó de su hijo a Chiara y de vuelta.
Por supuesto. Creía que era su prima y, sin duda, no veía con buenos ojos que su hijo se sintiera atraído por ella.
—Podría ser peor. Los exploradores informan de que solo una parte de Laran se ha visto afectada por el temporal. Es una franja de aproximadamente una jornada de viaje de ancho, que se extiende desde la cordillera. Los campos del norte y del sur no han sufrido daños.
—Gracias a la Diosa. —Enora sonrió aliviada.
Cadrim sacudió su gorro.
—Me gustaría saber qué tal está la situación al otro lado de las montañas. Pero hace días que no llegan noticias.
—La tormenta no durará para siempre —lo tranquilizó su madre.
—Esperemos que sea así —masculló Cadrim.
—¿Quieres un té? —le ofreció Chiara. Parecía agotado del todo.
—Con mucho gusto. —Una sonrisa agradecida asomó a sus labios, pero se desvaneció de golpe—. ¿Por qué ya no llevas el vendaje?
—Es que me molestaba. —No era del todo cierto; el costado derecho le tiraba cada vez que tensaba el brazo. Sencillamente no había podido aguantar más estar de brazos cruzados pudiendo ayudar.
Estaba segura de que Cadrim la calaba, pero él se limitó a asentir.
—¿Le has preguntado al menos a algún sanador?
—Todos están ocupados en otras cosas. —Chiara le tendió una taza de té y se obligó a no torcer el gesto con el movimiento.
Cadrim la vació casi de un trago.
—¿Te vas otra vez ya? —preguntó su madre con desaprobación.
—Tengo que hacerlo. —Cadrim suspiró—. Me necesitan.
—No ayudas a nadie si te desplomas de agotamiento. Necesitas dormir y una comida decente.