Capítulo 14 #4
—Túmbala en el sofá —sonó de pronto la orden clara de Yorrie. Se abrió paso junto a Chiara para entrar en la habitación—. Vamos.
Samir levantó a Chiara con cuidado y la llevó de vuelta al salón. Frustrada, parpadeó para contener las lágrimas. ¿Por qué tenía que fallarle el cuerpo justo ahora?
—Estoy bien —se defendió ella.
—Eso es mejor que lo decidan los sanadores… —Samir hizo una señal a uno de los otros hombres—. Y enviad a por el príncipe.
—Gracias. —Chiara le apretó la mano cuando él la dejó en el sofá.
—De nada, Alteza. —Se volvió hacia Yorrie—. ¿Te las arreglas?
—Sí. —La doncella interrumpió por un momento su empeño de colocar un cojín bajo la espalda de Chiara y le sonrió radiante—. Nos vemos luego.
Él le sostuvo la mirada un momento más antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de sí.
—¿Puedo traeros algo? —Yorrie puso la mano sobre la frente de Chiara para comprobar su temperatura—. ¿Quizá un té o una manta?
—Solo necesito descansar. —La preocupación de Yorrie, por bienintencionada que fuera, la estaba volviendo loca.
—Ha sido por lady Jenna, ¿verdad? —Yorrie miró a Chiara frunciendo el ceño—. Os ha alterado mucho. Samir no debería haberla dejado pasar a veros. —Se detuvo, preocupada—. ¿Os vais a quejar al príncipe por eso?
—No —la tranquilizó Chiara—. Me ha dicho algunas cosas importantes. —Cerró los párpados, acallando así las preguntas de Yorrie.
—¿Isida? —Cadrim le sacudió el hombro con suavidad.
Debía de haberse quedado dormida. Abrió los ojos con lentitud.
—¿Va todo bien? —Se arrodilló a su lado. La sanadora se mantuvo a una distancia respetuosa detrás de él.
—Dejadnos solos —le pidió Chiara en voz baja.
La confusión cruzó el rostro de Cadrim.
—Preferiría que ella te examinara.
—No me pasa nada. —Chiara se incorporó un poco—. Al menos mientras no intente caminar.
—¿Y por qué lo has hecho? —La miró con preocupación—. ¿Qué ha ocurrido?
—Deberíamos hablar de ello en privado.
Una arruga vertical apareció en su frente. Con tranquila determinación, Chiara le sostuvo la mirada. Cadrim suspiró.
—¿Hay algún inconveniente desde vuestro punto de vista? —se dirigió a la sanadora.
—No. —Le dedicó a Chiara una sonrisa alentadora—. Su Alteza parece juzgar bien su estado. —Inclinó la cabeza—. Pasaré a veros dentro de una hora.
Cadrim tomó la mano de Chiara mientras la puerta se cerraba tras la sanadora.
—¿Qué te ha alterado tanto?
—Lo sé —dijo Chiara con sencillez.
—¿Qué sabes?
—Todo. —Retiró los dedos de los suyos.
La inquietud cruzó el rostro de Cadrim.
—¿De qué hablas? —preguntó tenso.
—Jenna ha estado aquí. Me ha contado algunas cosas interesantes.
—¿Qué cosas?
—Las que preferiría haber oído de ti.
—¡Déjate de jueguecitos! —Cadrim se enderezó de golpe—. ¿Qué te ha contado? —Se irguió sobre ella, agitado.
—Que eres el legítimo heredero al trono de Arnawal, el hijo del rey Corvan. —Lo miró con reproche.
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo.
—¿Qué más?
—Que solo me usas para tener entretenido a tu tío. Que nunca tuviste intención de casarte conmigo. Que los dos lleváis prometidos desde hace una eternidad.
Cadrim se pasó la mano por la cara antes de dejarse caer a plomo en un sillón.
—No me puedo creer que me haya traicionado de este modo.
A Chiara le pareció como si él le hubiera clavado una daga al rojo vivo en el pecho.
—¿Es eso todo lo que te aflige? —Hasta el final, una parte de ella había esperado que Jenna solo estuviera escupiendo veneno—. ¿Entonces es verdad?
Suplicante, Cadrim respiró hondo y se inclinó hacia delante.
—No. —Una mueca amarga se dibujó en sus labios—. No todo.
—¿Eres el hijo del rey Corvan? —preguntó ella, temblorosa.
Se le hundieron los hombros hacia delante.
—Sí.
—¿Cómo es posible?
—Mi padre se dirigía a la cordillera. Quería investigar unas pistas que lo llenaban de inquietud.
—¿Qué pistas?
—Eso no importa ahora. Temía que una antigua amenaza pudiera resurgir y quería buscar la forma de detenerla.
Lexor aprovechó la ocasión que se le presentó.
Organizó una emboscada. Los soldados de mi padre fueron masacrados; él mismo solo se salvó porque, malherido, se dejó caer a un río.
Los atacantes lo dieron por muerto. Tardó mucho en recuperar las fuerzas.
Y cuando por fin logró llegar a zonas habitadas, se enteró de que su hermano ocupaba ya el trono y de que, al parecer, él había muerto en un asalto de bandidos.
Sin embargo, sabía que los atacantes no habían sido bandidos, sino soldados de Arnawal.
Había reconocido su lengua y sus armas. Tenía claro que Lexor no lo dejaría con vida bajo ningún concepto si caía en sus manos.
Así que mi padre hizo lo único que le quedaba por hacer y huyó a las montañas.
El resto ya lo sabes. Conoció a mi madre, se fueron juntos a Laran.
Se ganó el favor del anciano príncipe de la ciudad uniendo el país y se convirtió en su sucesor.
—Y su odio hacia su hermano nunca se extinguió —añadió Chiara con tono sombrío. Por fin entendía la ira y la amargura con las que Cadrim hablaba de Lexor.
—¿Puedes reprochárselo?
Ella se rodeó el cuerpo con los brazos.
—Por eso me has odiado desde el principio.
—Eso jamás —replicó Cadrim con vehemencia—.
Te envidié por el derecho de nacimiento que me había sido arrebatado.
—Se pasó la mano por la frente—. Aun así, me había jurado que no se te tocaría ni un pelo.
A fin de cuentas, somos de la misma sangre.
—Sonaba como si las dos últimas palabras lo ahogaran.
Chiara bajó la cabeza.
—De hecho, nunca tuviste intención de casarte conmigo, ¿verdad?
Cadrim tragó saliva de forma audible.
—Sí la tuve.
Ella parpadeó, desconcertada.
—Esa unión no tendría futuro.
—Iba a ofrecerte un matrimonio de puro formalismo. Daba por supuesto que tú tenías tan poco interés en una unión real como yo. Cada uno conservaría la libertad de buscar en privado la compañía de otra persona.
La indignación se apoderó de ella.
—¿Tenías pensado tomar una amante y querías proponerme algo parecido?
Cadrim cruzó las manos.
—No creo que muchos hombres en mi lugar fueran tan tolerantes.
Chiara se mordió el labio para no gritarle a pleno pulmón.
—¿Y encima tengo que darte las gracias por eso?
—Tú querías la verdad —aclaró él—. Si todo hubiera salido bien, quizá ni siquiera habría tenido que poner mi linaje en la balanza. Era mi último as en la manga, por si todo lo demás fallaba.
—¿Nunca tuviste intención de revelármelo?
—No lo sé —confesó en voz baja—. Hasta ahora, solo Jenna, Willem y Malik saben de mi origen.
Y Jenna solo porque mi padre se lo había contado al suyo.
No podía prever cómo reaccionarías y, una vez dicho, no habría vuelta atrás.
—Respiró hondo—. Ojalá pudiera decir que en esto solo me preocupaba la seguridad de mi pueblo, pero sería mentira.
Chiara lo miró sin comprender.
—No quería perderte. —Sonrió con melancolía—.
Todo esto ha salido de una forma totalmente distinta a la planeada.
Willem me aconsejó que te dijera la verdad y que, por lo demás, mandara todas las reglas al diablo.
—Cadrim bajó la mirada—. Él cree que el amor jamás puede ser un error.
Si tú despiertas en mí sentimientos tan profundos, eso no puede sino estar bien.
—Cadrim tragó saliva y la miró vacilante.
A Chiara le dio un vuelco el corazón—. No tenía intención de enamorarme de ti —continuó, como si necesitara desahogarse al menos una vez—.
Pero así es. Aunque desde el principio supe quién eres para mí.
Aunque sea incorrecto, impropio, incluso aberrante, no puedo evitarlo.
Demasiado embelesada para decir algo o moverse, Chiara observó cómo se levantaba del sillón, se arrodillaba a su lado y le acariciaba con suavidad la mejilla.
—Te amo.
A Chiara se le aceleró el pulso. La dicha y el dolor latían en ella con la misma fuerza. Había anhelado tanto oír esas palabras de su boca que sentía su eco en cada fibra de su cuerpo, mientras la culpa y el miedo la desgarraban por dentro.
Ahora sería el momento adecuado para confesarle que ella no era Isida. El obstáculo que tanto lo atormentaba no era real. Pero en el instante en que lo pronunciara, lo echaría todo por la borda.
Y Lexor haría que su familia lo pagara.
Chiara cerró los párpados y apoyó el rostro en su mano.
—Yo también te amo —susurró desesperada.
Él apoyó la frente contra la suya, su aliento le rozó el rostro.
—Mírame —pidió Cadrim en voz baja, y ella lo hizo.
El fuego de sus ojos ardía intenso. Llamas de un verde esmeralda danzaban en torno a sus pupilas, pero esta vez no parecían amenazadoras ni airadas, sino hermosas sin más.
—Te amo —repitió Chiara y le acarició la mejilla. Pasara lo que pasara, ese momento ya nadie podría arrebatárselo.
—Te lo estás tomando con más calma de lo que esperaba —murmuró Cadrim pensativo—. Pensé que gritarías, llorarías, te enfurecerías.
Seguramente lo habría hecho si fuera de verdad Isida. O si antes hubiera visto siquiera un atisbo de posibilidad de un futuro feliz.
—Me has dejado claro varias veces que jamás podremos ser una pareja de amantes. Ahora, al menos, conozco el motivo.
—Lo siento. —Cadrim se separó de ella a regañadientes—. Lo siento mucho. Nunca quise causarte dolor. —El sufrimiento en su rostro era evidente.
—Lo sé. —Sonrió con valentía para no empeorárselo a él—. ¿Qué hacemos?
—Conoces la verdad: la decisión es tuya. —Le apretó la mano—. Sigo queriendo casarme contigo.
—¿Por qué? —Con eso se arriesgaba mucho y no ganaba nada.
—Porque no soporto la idea de que puedas pertenecer a otro.
Oírlo hablar con tanta sinceridad de sus sentimientos era una tortura agridulce.
—¿De verdad querrías llevar un matrimonio platónico conmigo?
—Si es lo único que puedo conseguir.
Chiara negó con la cabeza.
—Eso no funcionaría nunca. —Vio en su cara que también lo sabía—. Además, está Jenna.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó él con brusquedad.
—¿ Estás comprometido con ella?