La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

Cayó dolorosamente sobre las manos y las rodillas y miró a su alrededor, presa del pánico. Dos de sus guardias ya no se movían. Otros dos corrían agachados hacia el origen de los disparos. Uno de ellos también parecía herido. El hombre que se había quedado con ella la agarró del brazo.

—Tenemos que salir de aquí, Alte… —No llegó a terminar la frase.

Un virote le atravesó el pecho desde atrás.

—Corred… —murmuró mientras caía de rodillas e intentaba escudarla con su cuerpo.

Chiara se clavó los dientes en el labio inferior para contener el grito que pugnaba por salir y tanteó en busca de su magia.

No debía dejarse llevar por el pánico. Se recogió la falda, se incorporó de un salto y echó a correr.

Dos pasos veloces antes de envolverse en invisibilidad y cambiar de rumbo en seco.

No tenía la menor idea de lo buena que era su ilusión ni de cuánto aguantaría.

Con un poco de suerte, su súbita desaparición desconcertaría tanto a los hombres que conseguiría escapar.

—¡Se ha camuflado de verdad! —El que hablaba soltó un juramento—. ¡Ahí! ¿Lo oís?

¡Maldita sea! Sabían de su magia y sus pasos sobre los adoquines resonaban demasiado.

Se oyó el silbido de unos virotes de ballesta.

Antes de que pudiera detenerse o darse la vuelta, le estalló en la espalda un dolor abrasador.

Chiara apretó los dientes con tanta fuerza que crujieron.

Las lágrimas le brotaron de los ojos y el aliento se le atascó en el pecho.

Pero logró contener el grito de dolor. Despacio, se dejó caer al suelo y se acurrucó formando un ovillo diminuto, mientras sostenía con todas sus fuerzas el velo que la ocultaba.

—Se ha quedado parada —explicó el cabecilla, aguzando el oído, y levantó la mano—.

Ahorrad los virotes. —Desenvainó la espada y la blandió de derecha a izquierda en un amplio arco que cortó el aire—.

Vamos, hay que encontrarla. —Miró a su alrededor con nerviosismo—.

Daos prisa. —Junto con sus dos ayudantes, empezó a peinar la calle de manera sistemática.

La desesperación se apoderó de Chiara. ¿Cómo sabían de sus capacidades?

Temblando, estrechó más los brazos en torno a su cuerpo.

La punta del virote le sobresalía del pecho, justo por debajo de la clavícula.

La sangre le empapaba el vestido por delante y por detrás.

Las fuerzas se le iban junto con la magia.

No había salida. Era cuestión, como mucho, de dos minutos hasta que los hombres la encontraran, si es que su velo aguantaba tanto.

Le castañeteaban los dientes; las lágrimas le corrían por el rostro.

Estaba todo perdido, no había ninguna ayuda a la vista.

Chiara apoyó la mejilla en las rodillas, mientras un frío cada vez mayor se le extendía por dentro. Había fracasado.

Al menos no había tenido que traicionar a Cadrim.

¿Perdonaría Lexor a su familia si ella moría cumpliendo con su deber?

Los hombres estaban a un paso de distancia. La punta de una espada le pasó a un pelo. Como si el arma hubiera rasgado el velo protector, Chiara perdió el control de su magia.

—¡La tengo! —gritó triunfante el hombre que la tenía delante, solo para perecer al instante en una bola de fuego.

Chiara se echó hacia atrás, conmocionada, cuando otra bola de fuego llegó volando, impactó contra el pecho del segundo hombre y lo hizo tambalearse hacia atrás.

Los cascos de un caballo retumbaron sobre los adoquines. Con sus últimas fuerzas, Chiara miró a su alrededor.

Cadrim se acercaba a galope tendido sobre un caballo negro, con el rostro lleno de cólera sombría e iluminado por las llamas que crepitaban en la palma de su mano. El último hombre se dio a la fuga gritando. Cadrim lanzó el brazo hacia delante y disparó la bola de fuego.

Sin volver a ocuparse del agresor, saltó al suelo junto a Chiara. Extendió los brazos como si quisiera estrecharla contra sí y se quedó inmóvil, horrorizado, al ver el virote de la ballesta.

Un fuego ardía en sus ojos y una ola de calor abrasador pasó por encima de Chiara. Su rostro se contrajo de miedo e ira. Tomó aire con esfuerzo.

—¿Cómo te encuentras? —Su voz sonaba áspera y quebrada, como si necesitara toda su fuerza para no estallar como un volcán.

—Estoy… bien —murmuró ella con un hilo de voz.

El resto de su cuerpo ya no le obedecía, así que al menos volvió el rostro hacia él.

Hacia él y hacia el calor reconfortante que irradiaba.

Curiosamente, no sentía miedo alguno, aunque a las claras se notaba que por dentro hervía. Quizá fuera porque tenía un frío atroz.

—Solo tengo… un poco de… frío.

Un sonido, mitad gruñido, mitad sollozo, se le escapó de la garganta cuando deslizó con cuidado los brazos bajo ella y se incorporó con ella en vilo.

—Eso lo arreglamos enseguida —prometió, y apretó sus labios ardientes contra la frente helada de Chiara.

Chiara apoyó la cabeza, exhausta, en su hombro. Ahora todo iría bien. Sostenida a salvo por Cadrim, se deslizó hacia la oscuridad.