La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Podéis iros tranquilo —dijo Chiara con un gesto de la mano—. Tengo escolta más que suficiente. —Cinco soldados custodiaban el templo cada vez que acudía.

Malik puso mala cara.

—Está bien, pero si Cad me arranca la cabeza por esto, os echaré toda la culpa a vos. —Reflexionó un instante—. Mandaré un carruaje para que os lleve al palacio.

—No hace falta, de verdad.

—Sí que hace falta —insistió Malik con una mirada elocuente hacia la sala abarrotada—. Aún os quedan horas aquí, y oscurece pronto y hace frío.

Chiara asintió con la cabeza.

—Si así os quedáis más tranquilo.

—Gracias. —Le guiñó un ojo con picardía antes de llamar a los soldados para impartirles las últimas órdenes.

—Hasta pronto. —Chiara le apretó el brazo a Malik un instante a modo de despedida y se acercó deprisa a Soana para preguntarle en qué debía ayudar a continuación.

Chiara reparó, sorprendida, en que el crepúsculo caía cuando por fin se hizo algo de calma en el templo.

Todos los heridos habían sido atendidos; la mayoría dormía.

Al menos los que habían sobrevivido. Por lo menos diez personas habían muerto a causa de sus heridas.

A Chiara le retumbaba la cabeza de tantos gritos y tanto sufrimiento. Agotada, se dejó caer en una silla.

—Tomad. —Soana le tendió una taza de té humeante y especiado.

—Gracias. —Chiara bebió un sorbo con cautela.

—Las gracias os las debemos a vos, Alteza. —Una rara sonrisa iluminó el rostro severo de la sacerdotisa—. Sin vos y vuestros soldados, que han ayudado con tanta energía, hoy no lo habríamos conseguido. —Vaciló—. ¿Puedo hacer algo para mostraros mi agradecimiento?

—Me gustaría visitar el santuario. —Aunque era tarde y estaba cansada, Chiara no había olvidado su propósito. Su situación no había cambiado y, tras el horror de las últimas horas, anhelaba aún más la sensación de que la vida tenía un sentido.

—¿Por qué? —Soana la observó con interés.

Chiara se pasó la mano por la frente, extenuada.

—Me vendría bien un poco de consuelo divino.

La curiosidad del rostro de la sacerdotisa dio paso a la comprensión.

—Por supuesto. Seguidme, Alteza, por favor.

Con un gemido, Chiara se incorporó y cogió su capa. De inmediato uno de los soldados se acercó a ella con respeto.

—¿Emprendemos el camino de vuelta, Alteza?

—Preparad ya el carruaje —le pidió mientras se vestía—. No tardaré mucho.

El hombre carraspeó, incómodo.

—Hasta ahora no ha llegado ningún carruaje. ¿Mando a buscar uno?

Chiara se detuvo, sorprendida. ¿Se le habría olvidado a Malik con las prisas?

—No es necesario —dijo con un gesto de la mano. Un paseo al aire libre le sentaría bien después de un trabajo tan agotador. Además, a pie no llegarían mucho más tarde que si tuvieran que esperar el carruaje—. Solo quiero pasar un momento por el santuario, después podemos irnos.

Él hizo una seña obediente a sus compañeros para que flanquearan a Chiara mientras seguían a Soana.

—¿Necesitáis algo más? —preguntó la sacerdotisa tras abrirle la puerta a Chiara.

—No, gracias. —Chiara se volvió hacia sus guardias—. Esperad aquí, por favor.

Esta vez se acercó al sanctasanctórum con un sentimiento por completo distinto. Ya no era la simple curiosidad lo que la impulsaba. Más bien buscaba una conexión especial, la presencia de algo más grande que ella misma.

A derecha e izquierda del símbolo dispuesto sobre el altar ardían gruesos cirios. El círculo estaba hecho de arcilla cocida y pintada de color dorado, y tenía exactamente el mismo aspecto que en cualquier templo de Arnawal.

¿Significaba eso que la fuerza que había detrás también era la misma? ¿Que Dios no era ni hombre ni mujer, ni Madre Primigenia ni padre, sino algo que escapaba a toda descripción? ¿Un poder tan grande y sabio que superaba el entendimiento humano?

Chiara se detuvo muy cerca del círculo sagrado. Nunca había estado tan próxima al símbolo. Aquel honor estaba reservado solo a los sacerdotes y, por un instante, se preguntó si no se estaría arrogando algo que no le correspondía. Pero Soana no parecía albergar ninguna duda al respecto.

El círculo resplandeciente atrajo la atención de Chiara casi como por arte de magia.

Un suave zumbido le llenó los oídos y vibró en todo su cuerpo.

Sonaba extrañamente familiar, aunque no lograba identificar el sonido.

Fascinada, Chiara extendió la mano, pero no se atrevió a tocar el círculo.

El anillo que llevaba en el dedo se templó.

Asombrada, se dio cuenta de que era el origen de la peculiar vibración que la atravesaba, como si le cantara a través de la sangre.

De pronto comprendió a qué le recordaba aquel sonido soterrado: al de un cuenco de oración. ¿Era una señal de que Dios estaba dispuesto a escucharla?

Chiara inclinó la cabeza y depositó todos sus miedos, preocupaciones y esperanzas en una plegaria silenciosa.

Por favor, ayúdame a encontrar una salida. Por favor, guíame para que todo salga bien.

No estaba segura de a quién iban dirigidas esas palabras, pero algo le decía que habían sido escuchadas.

Chiara salió sobresaltada de su ensimismamiento cuando alguien le tocó el hombro con vacilación. Ni siquiera había oído pasos.

—¿Alteza? Deberíamos ponernos en marcha.

—Por supuesto. —Con una última mirada al círculo resplandeciente, Chiara se dio la vuelta.

En cuanto salieron del templo, los hombres la rodearon, dos a cada lado y uno cerrando la marcha. Tiritando, Chiara se ciñó más la capa. Incluso en Laran se notaba ya que había entrado el invierno. Chiara aceleró el paso.

Algunos faroles dispersos iluminaban la calle, que estaba notablemente desierta.

Las pequeñas tabernas y cafés que, en otras circunstancias, habrían estado a rebosar por la noche, estaban cerrados.

Se notaba que Cadrim obligaba al pueblo a apretarse el cinturón.

Willem había mencionado que incluso se habían cancelado la mayoría de los bailes de la temporada de invierno.

Cadrim quería que la nobleza diera buen ejemplo para no poner al pueblo aún más en su contra.

Chiara percibió la presencia de Lexor en su mente y puso orden en sus pensamientos.

¿Has averiguado algo?

Vaciló. ¿Debía excusarse alegando que no estaba sola?

Pero el camino no exigía mucha atención por su parte y ninguno de los guardias le dirigía la palabra.

Bien podía aprovechar el momento. El príncipe siempre cierra con llave la puerta de su despacho al salir.

Pero he conseguido tomar una impresión de su llave.

Muy bien. Lexor parecía sorprendido, como si no hubiera contado en serio con que ella lograra algo. ¿Puedes fabricar un duplicado con eso?

No tengo experiencia con esas cosas , puntualizó Chiara. Además, primero tendría que conseguir los materiales necesarios.

Entiendo. Te haré llegar instrucciones sobre cómo proceder. Hizo una breve pausa. Me alegro de que por fin hayas entrado en razón.

Sí, Majestad.

Él desapareció de su mente, pero sus palabras siguieron rondándola. Su plan no le parecía nada sensato. Era más bien una locura. Si de verdad irrumpía en el despacho de Cadrim, si le revelaba a Lexor sus planes secretos, cruzaría una línea de la que no habría vuelta atrás para ella.

El único clavo ardiendo al que podía aferrarse era la esperanza de no encontrar allí nada aprovechable. Tenía que convencer a Lexor de que Cadrim no representaba ningún peligro para él. Solo por eso estaba dispuesta a hacerlo.

Un grito estertoroso la sacó de golpe de sus pensamientos.

Chiara giró la cabeza, alarmada. El hombre que tenía al lado se desplomó con el rostro desencajado.

Un virote de ballesta se le había clavado en la garganta.

Resonaron más gritos de dolor. Se desenfundaron las armas.

Una andanada de virotes se abalanzó sobre ellos.

—¡Es una emboscada! —Uno de los guardias empujó a Chiara contra el suelo con fuerza.